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En el capítulo anterior...

José Miguel González Hernández

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“... o bien configurarte como una persona que recibe pasivamente las influencias del entorno sin más motivación que la supervivencia, o bien como otra que afecta a los demás (a ser posible, de forma positiva) con el objeto de ser dinamizadora para que sucedan cosas. Cosas buenas, claro está. En definitiva, o eres vagón o eres locomotora...”

¿Y si queriendo ser locomotora me paso la vida siendo vagón? ¿De quién es la culpa? Para empezar, debemos diagnosticarnos a la hora de establecer nuestro rango de responsabilidad y respondernos a una sencilla pregunta: “¿He hecho todo lo posible por conseguirlo? Si la repuesta es ”no“, pues ya sabes qué hacer. Sigue en el empeño.

Por el contrario, si consideras que la respuesta es “sí”, tal vez hayas puesto tus aspiraciones por encima de unos límites irreales. Así y todo, no pienses que debes tener la responsabilidad de ser una variable motriz todo el tiempo. Hay mutaciones en el tiempo y en el espacio que te permiten la posibilidad de arrastrar o de sentirse como una persona que necesita de ciertos eslabones a los que se pueda asir. Es ahí donde dichos eslabones toman una caracterización interesante, debido a que es necesario afianzar una cadena de calidad. Es decir, si no sé dónde está la respuesta, al menos he de conocer a quién la sabe. Ese es un buen comienzo.

Además, hay que tener claro que esta capacidad no es vocacional, más allá de la facilidad para adquirirla. Es una cualidad trabajada y cultivada continuamente en la que, de forma permanente, hay que estar reinventándose, tanto en el origen del proceso como en el destino pretendido. Para empezar, hay que dotarse de coherencia, de forma que se combinen las ideas con las acciones. De lo contrario, generas sospechas. Una vez superada esta prueba, aplícale transparencia y dinamicidad al igual que colaboraciones que detectes y coadyuven a la consecución de tus objetivos para encontrar un sentido compartido. Cuando todo esto lo tenemos claro, la cosa mejora.

Y ¿existe un manual? No necesariamente. Existen procedimientos. Para empezar, hay que fijar la meta, muy ambiciosa a largo plazo, pero de realidad dotada y troceada a corto plazo para evitar frustraciones innecesarias. Esto de estar dando bandazos a diestra y siniestra no es la mejor de las cartas de presentación. Un objetivo común es imprescindible sabiendo que, si aspiramos a taparnos la cabeza, probablemente nos descubramos los pies, a no ser que aspiremos a tener una sábana más grande.

Aquí aparece, por lo tanto, la determinación y la seguridad. El primer kilómetro surge del primer metro. Cuando ya sabemos dónde queremos ir, invirtamos en nuestras personas, así como en nuestros entornos. Ya no solo invertir en formación y capacitación que te permita llegar más rápido al destino final, sino en aquellas facetas que consideras que se convierten en tus debilidades y lagunas más latentes.

A partir de aquí, hay que formular un compromiso, prácticamente grabado a fuego de forma que, si lo dices es porque lo vas a hacer, convenciéndote que no solo lo intentarás, sino que lo conseguirás. De esa forma adquieres compromiso con la causa. Esto te hará sentir con mayor motivación y satisfacción.

Otro pilar fundamental es comunicar lo que haces y cómo lo haces. No pienses que te expones ni ganas en vulnerabilidad. En el error está el avance. Revelar tus valores te hace ganar en humanidad pensando no solo en transmitir, sino en recibir. De esta forma desarrollas la escucha activa, que implica observar y preguntar, dotar de flexibilidad y confianza, de apertura y firmeza. Ya no se trata solo de saber qué necesidades se tienen, sino de conocer cuáles han de ser las aportaciones necesarias.

Con todo esto, incorporando una gran dosis de entusiasmo optimista/realista, de forma que cuanto más consciente seas de tus propias capacidades y más abierto estés a ellas, más lejos llegarás, no solo asumiendo responsabilidades, sino delegando tareas para garantizar la lealtad. Y si al final no funciona, no pasa nada. Hay que seguir intentándolo.

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