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La primera huelga general de la hostelería canaria, una fecha para recordar

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E ste mes se cumplen 40 años de la primera gran huelga de la hostelería canaria. Esta huelga, al mismo tiempo que un hito en el despertar reivindicativo de los trabajadores y trabajadoras del sector turístico, fue la lucha que cerró en Tenerife el ciclo de conflictos laborales y sociales que, aunque latente y con algunos estallidos concretos en los últimos años del franquismo, tomó cuerpo después de la muerte del dictador, en 1975, con la huelga de los astilleros Nuvasa, y en 1976, con la de CESEA, empresa constructora de la nueva dársena comercial del puerto tinerfeño. Continuó en 1977 con la de Cespasa, la empresa de recogida de basuras de Santa Cruz de Tenerife, que, en palabras del historiador Domingo Garí en su libro  Tenerife en rojo, fue “una larga y luchada huelga de 25 días”, dirigida por el sindicato CCT. Para reventarla se llegó a emplear el ejército en tareas de esquirolaje, pese a lo cual el conflicto se saldó con un triunfo completo de los trabajadores, que de poco más de diez mil pesetas de salario pasaron de golpe a cobrar 25 mil.

CENIT DE LOS CONFLICTOS. Esta etapa de conflictos sociales tuvo su cenit en los meses de octubre, noviembre y   principios de diciembre de 1977, con las huelgas de Transportes de Tenerife y de las empresas tabaqueras, así como la del Frío Industrial, del puerto de Santa Cruz; en total, más de cinco mil obreros y obreras movilizados por subidas salariales y mejores condiciones de trabajo. Estos conflictos parciales desembocaron en la convocatoria de una huelga general el 12 de diciembre, en el transcurso de la cual fue asesinado por la Guardia Civil el estudiante universitario Javier Fernández Quesada, lo que dio lugar a disturbios sociales similares a los de septiembre de 1976, por el asesinato, también a manos de la fuerza pública, del estudiante de Magisterio Bartolomé García Lorenzo en la barriada de Somosierra, y a una represión inusitada por fuerzas especiales de policía, traídas ex profeso de la Península, que aplastaron con una violencia insólita las protestas populares.

Pues bien, fue en este contexto donde un año más tarde, del 22 al 27 de diciembre de 1978, tuvo lugar la huelga de los trabajadores del sector turístico de Tenerife, que coincidió en el tiempo con la de los empleados del turismo en las islas de Gran Canaria y Lanzarote. Es decir, la huelga se extendió prácticamente a todo el sector turístico del Archipiélago con la participación de más de 12 mil trabajadores y trabajadoras.

Voy a centrarme solo en la huelga de Tenerife, pero antes creo necesarias algunas puntualizaciones sobre el contexto general en que se producen estos conflictos.

LOS PACTOS DE LA MONCLOA. Las vicisitudes políticas de la transición estuvieron acompañadas en todo el Estado español, y concretamente en Canarias, por un recrudecimiento de la crisis económica, que tuvo su origen en 1973 con la primera crisis del petróleo. Las consecuencias en una economía débil, como la española de los últimos años del franquismo, fueron importantes: restricciones de empresas industriales (en Tenerife concretamente hubo una importante huelga en el sector del metal), subida del desempleo, bajada sensible del turismo extranjero (como consecuencia de la crisis europea), casos de fuga de capitales y una gran inflación, que llegó a superar el 26% a mediados de 1977.

Los empresarios, por su parte, acostumbrados al corporativismo e   intervencionismo que presidían las relaciones económicas y sociales durante la dictadura, recelaban de la nueva situación política y de los nuevos interlocutores sociales, los sindicatos de clase.

La superación de este grave panorama, desde la perspectiva de la adecuación de los sistemas económico y político a los nuevos tiempos, se hizo a través de los llamados Pactos de la Moncloa, firmados en octubre de 1977, por el Gobierno, los partidos del arco parlamentario, entre ellos UCD, PSOE y PCE (las primeras elecciones habían sido el 15 de junio del mismo año), las asociaciones empresariales y los sindicatos CC.OO. y UGT. Esta última los había rechazado al principio, pero llamada al orden por el PSOE, entró después por el aro. No así la CNT, que no firmó los acuerdos y fue condenada al ninguneo por los poderes constituidos.

Aparte de los derechos políticos (reunión, asociación, libertad de expresión y de prensa, etc.) se reconoció el derecho de asociación sindical, se instituyó el despido libre para un máximo del 5% de la plantilla de las empresas y se puso un límite al incremento salarial que se fijó en el 22%, la inflación prevista para 1978 (más de cuatro puntos por debajo de la existente en aquel momento, que era del 26,39%). Este tope fue uno de los principales obstáculos que puso la patronal en las negociaciones que dieron lugar a la huelga de la hostelería canaria.

NEGOCIACIONES Y RUPTURA. Las negociaciones del convenio colectivo habían empezado en las primeras semanas de diciembre, sin que hubiera avances significativos debido a lo dispar y contradictorio de las posiciones enfrentadas. Los sindicatos con presencia en hostelería eran la UGT, CC. OO., CNT y principalmente la FCSU (Federación Canaria de Sindicatos Unitarios), surgida de la escisión de un numeroso sector de militantes de las todavía ilegales CC.OO. Canarias, opuestos a la conversión de Comisiones en un sindicato clásico, tal como se acordó en la Asamblea de Barcelona de 1976, donde se abandonó el carácter de movimiento sociopolítico que la organización había tenido hasta entonces. La FCSU, un sindicato autónomo, con gran presencia en la hostelería tinerfeña y desvinculado de los acuerdos de La Moncloa, fue la punta de lanza del movimiento obrero asambleario que llevó a buen término la huelga y las negociaciones del convenio.

Por el lado patronal el sector estaba agrupado en dos asociaciones, la de Empresarios de Hospedaje, presidida por Juan Cólogan Ponte, que abarcaba a los dueños de los hoteles, y la Asociación de Hostelería, en la que estaban las empresas de bares, cafeterías y restaurantes. Ambas patronales tenían divergencias en aspectos importantes del convenio, hasta el punto que los representantes de bares y restaurantes intentaron que hubiera dos convenios distintos para cada grupo empresarial, idea que no prosperó.

Ante la cerrazón de la patronal, los trabajadores, reunidos en asamblea en el Parque de San Francisco, acordaron el 19 de diciembre romper las negociaciones y convocar huelga general a partir de las 24 horas del día 21 del mismo mes. Comenzó entonces el periodo más duro del convenio, con manifestaciones y concentraciones de trabajadores, piquetes de huelga y despidos, así como tensas negociaciones, que duraban a veces noches enteras (recuerdo haber asistido a algunas de ellas celebradas en el edificio de la AISS, con presencia del delegado de Trabajo de la época, Ángel Delgado, y en el Hotel Mencey de Santa Cruz de Tenerife).

PAPEL DE LOS MEDIOS INFORMATIVOS. La prensa y la TV -y con esto entro en el tema que se me ha atribuido en esta mesa-, se refirieron al conflicto de manera desigual y fragmentaria, como suele ser usual por estos lares. He tenido ocasión estos días de repasar las noticias publicadas en los periódicos El Día (algunas de ellas las redacté yo mismo) y Diario de Avisos. No hay grandes diferencias entre lo que cuentan unas y otras, aunque sí se aprecian matices más peyorativos en el Diario, donde se suele hacer hincapié en las nefastas consecuencias que la huelga está acarreando a la economía de la provincia tinerfeña y a la irresponsabilidad de los huelguistas “que están causando pérdidas irreparables a una tierra que dicen querer” (editorial de Diario de Avisos del domingo 24 de diciembre de 1978, tercer día de huelga).

No es rara esta evidente parcialidad, pues Diario de Avisos ha sido siempre, desde su traslado a Tenerife desde La Palma a inicios de los años 70, un periódico al servicio de las clases dominantes de la provincia. En los tiempos que estamos tratando su accionista principal era Pedro Modesto Campos, uno de los caciques agrarios más importantes (si no el que más) de Tenerife. Su principal objetivo era la defensa de sus negocios y, naturalmente de los de sus adláteres en poder social y económico, entre ellos los grandes empresarios hoteleros, como el ya citado Cólogan, también vinculado al sector agrario.

Como muestra del trato de favor a los empresarios están las páginas enteras que el Diario dedica a la publicación de sus extensos comunicados a la opinión pública, mientras las posturas de los trabajadores aparecen reflejadas de forma genérica y muchas veces confusa en las crónicas de los redactores de a pie. No es extraño que en la asamblea donde se decidió la huelga los corresponsales de Diario y El Día en el Puerto de la Cruz fueran expulsados con modos muy poco corteses, incluso algún cogotazo, aunque ya me ha informado Martín, que estaba presente, que la sangre no llegó al río.

En cuanto a El Día, aunque más objetivo por la parte que me toca, también en sus editoriales y artículos sin firma cae en el alarmismo y catastrofismo con que la prensa local solía en aquellos tiempos –y también en estos de ahora si se producen–, tratar los conflictos y huelgas laborales. Fue precisamente en 1978 cuando se inició el empoderamiento del propietario y editor del periódico, José Rodríguez Ramírez, de luctuoso recuerdo. El director, Ernesto Salcedo, había sido apartado de su puesto y su sucesor, el director en funciones, Ricardo Acirón, era un profesional plegado totalmente al parecer de D. Pepito, cuyo primer objetivo fue quitar responsabilidades al grupo de redactores jóvenes que se había articulado y adquirido cierta independencia profesional en torno al antiguo director. Concretamente, un año y medio más tarde, yo mismo, en mi etapa de concejal de UPC en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, fui despedido del periódico, gané el juicio y me indemnizaron, pero no volví más a El Día, que, como ustedes saben, tuvo pasado el tiempo la deriva xenófoba y políticamente disparatada que le insufló su propietario, convertido ya en director del rotativo, hasta su fallecimiento hace unos pocos años.

TRAPACERÍAS SINDICALES. Mención aparte merece la actitud de   UGT y (más moderadamente) de CC.OO., firmantes como hemos dicho, de los pactos de la Moncloa. Concretamente la dirigencia de UGT mantuvo a lo largo de la huelga una negociación paralela y oculta con la patronal de Hospedaje. Al parecer, fruto de estas triquiñuelas, en las que era maestro el responsable ugetista Juan Sabater, se produjo el intento de desconvocar la huelga en la madrugada del día 22, a las tres o cuatro horas de iniciada. En su edición del día siguiente, Diario de Avisos se hizo eco de la intentona y, posteriormente, su jefe de redacción me culpó a mí, sin nombrarme, de echar barro contra ellos al desmentir en El Día la falsa noticia de la suspensión de la huelga.

Las maniobras de Sabater fueron denunciadas en la asamblea permanente del Parque de San Francisco por los representantes de la FCSU, concretamente por Ignacio Rodríguez y José Ángel Martín aquí presentes, y desde aquel momento Sabater dejó de acudir a la asamblea y ésta se constituyó en la verdadera dirigente de las negociaciones hasta el triunfo final.

A UGT se debe también su apoyo a la patronal en aspectos como la subida salarial, pues coincidía con ella en no traspasar el tope del 22% impuesto en los Pactos de la Moncloa, que al final fue ampliamente rebasado, pues el aumento salarial fue superior al 27%, lo que unido a los demás renglones dinerarios del convenio (pago de las horas extra que antes eran gratis total, abono del cien por cien del salario en caso de baja por enfermedad, póliza de seguro con una cobertura de 700 mil pesetas, etc.) elevaban la cuantía a un 44 %.

Lo raro es que pese a la voracidad insaciable de los trabajadores, que ya se sabe cómo son, el sector turístico no se arruinó, los visitantes siguieron viniendo incluso en los días más álgidos de la huelga, no hubo que activar el plan de evacuación de los turistas que vagaban como zombis por los pasillos desolados y llenos de basura sin recoger de los hoteles, la economía no entró en recesión, el Teide no estalló y devolvió las islas a las honduras del Océano donde nacieron… En fin, no se cumplió ninguna de las profecías catastróficas que los sectores interesados esgrimían y los medios de persuasión (que no de información) extendían a diestro y siniestro durante la semana que duró la huelga.

Pero de todo esto les informarán con más conocimiento y detalle que yo los compañeros que me acompañan en la mesa. Les dejo con ellos, pero antes quiero decirles que si bien veinte años no es nada, como cantaba Carlos Gardel, cuarenta años son toda una vida, la vida que han dedicado a la defensa de los derechos de los trabajadores compañeros como Ignacio Rodríguez, José Ángel Martín, Vicente Pérez y tantos otros que están hoy aquí, así como algunos ausentes como nuestro querido amigo y camarada Agustín Padilla, que tuvo también su bautismo de fuego en la huelga del 79. A todos mi reconocimiento y el orgullo de haber compartido algunas de las luchas que ellos han protagonizado.

Muchas gracias por su atención.

*Palabras pronunciadas en el acto conmemorativo del XL aniversario de la primera huelga general de hostelería, que tuvo lugar en Tenerife, Gran Canaria y Lanzarote en diciembre de 1978. Julián Ayala es periodista y siguió para El Día el conflicto laboral.

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