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Sobre este blog

El Grupo de Trabajo Desmemoriados está compuesto por personas comprometidas con la construcción y la preservación de la Memoria Colectiva de Cantabria. Desmemoriados trabaja de forma abierta y plural en proyectos que ayuden a difundir el legado común de la lucha por una sociedad digna, y aporta herramientas metodológicas y tecnológicas para  la conservación y divulgación de las voces y los elementos documentales que conforman la memoria colectiva de Cantabria.

Desmemoriados aborda así proyectos concretos de recuperación, conservación y difusión de esa memoria así como alimenta y comparte una base de datos de acceso público con fotografías, documentos, testimonios, pegatinas, carteles… que documentan, siempre de forma incompleta, la trayectoria social y política desde la II República hasta los años 90 del siglo XX.

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El paternalismo industrial, trasfondo del conflicto: estrategias de control obrero en Las Forjas de Buelna

Inauguración del monumento a José María Quijano, fundador de Forjas de Buelna. |

Desmemoriados.org

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Las Forjas de Buelna era uno de los escasos exponentes en la entonces provincia de Santander en la que los patronos desplegaban un modelo organizativo, el del paternalismo industrial, que pretende inicialmente la atracción de la mano de obra -en este caso, en un entorno marcadamente rural-, retenerla, disciplinarla, adaptarla a los ritmos de producción industriales, aumentar su rendimiento y apartarla del peligro de la autoorganización implantando lazos verticales de lealtad y fidelidad. Las relaciones se establecían de arriba hacia abajo, de patrón a obrero, con respeto a la jerarquía. Así pues, a la autoridad y protección del patrón se debía responder con el respeto y la fidelidad del obrero. Se trata, por lo tanto, de una transposición de las relaciones familiares tradicionales a las laborales.

El control del empresario paternalista sobrepasaba los límites de la fábrica, de hecho su expresión paradigmática lo constituye el dominio de los espacios y tiempos extralaborales. Como señala José Sierra Álvarez, la clave de las estrategias paternalistas reside en el intento de disciplinar productivamente la mano de obra a través de intervenciones sobre el no-trabajo y en la puesta a punto de un arsenal especifico de técnicas y procedimientos: las “obras sociales” [1].

En el caso de Las Forjas, José María Quijano, que poseía unas fuertes convicciones católicas, quiso imprimir además a su obra empresarial unos valores muy en sintonía con la doctrina social de la Iglesia de aquel tiempo, impulsada por el papa León XIII. En el año 1892 creó una Asociación de socorros mutuos en los casos de impedimento para el trabajo por enfermedad, ancianidad y defunción, pocos años después se estableció un Economato -suministro de artículos de primera necesidad a precios más reducidos- para sus asociados. Otra finalidad de la más tarde denominada Cooperativa de Las Forjas de Los Corrales de Buelna fue el fomento de la cultura en la medida que lo permitieran los recursos de la Asociación. También alquilaba a los trabajadores casas con huerta y vendía residuos de carbón (escarbilla). En 1922 se inauguró el Casino, que funcionaba bajo la protección de la Condesa de Las Forjas, Soledad de la Colina, viuda del fundador de la empresa (título nobiliario concedido por Alfonso XIII en enero de 1919), en el que “los hijos de los empleados y obreros que formen en las listas de asociados tendrán paso franco a este centro cultural, en el que podrán moldear sus alma y formar sus inteligencias para empresas más elevadas” [2]. En 1925, la condesa donó al pueblo la iglesia de San Vicente Mártir y el asilo de San José.

En la época de mayor apogeo de esta política patronal, en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, esta tipología de iniciativas gozaba de un gran predicamento entre las clases dirigentes (empresariales y políticas) y en la Iglesia católica. Se presumía en el patrono una condición intelectual y moral más elevada que debía manifestarse en un cierto efecto tutelar de los obreros, con la apariencia de magnanimidad y altruismo.

Alberto López Argüello (1878-1932), ingeniero de minas, inspector provincial del Trabajo en Santander y político, publicó un opúsculo [3] en 1918 en el que exponía su punto de vista sobre las relaciones patrono-obreros, lamentándose de que no hubiera mayor abundancia de obras paternalistas:

«Pero ¿cuántos son los patronos y jefes industriales que han imitado esta conducta? Una tan mínima proporción de los que existen, que haría sonrojar al que pretendiera expresarla en términos matemáticos. Apresurémonos a decir, en descargo de los patronos, que para la unión íntima de éstos con sus obreros, para el contacto espiritual y afectivo que debe subsistir entre ambos elementos sociales, es la moderna organización de la industria un obstáculo de consideración.

Pero, en la actualidad, el patrono de nuestra gran industria tiene a veces 10.000 obreros a sus órdenes; y pensando en ello y en el amor que este patrono debe profesarles a todos, no puede menos de acudir a los labios la reflexión de Van Tricht, que, en presencia de este cuadro, exclama tristemente: ¡Diez mil hombres para un solo corazón!

Y el patrono de la moderna industria, ya sea un hombre o una colectividad, si no puede compartir afectos con el trabajador por razones de número, puede, no obstante, hacer llegar hasta el último de sus obreros su acción de humanidad y de justicia».

Ángel Pulido Fernández (1852-1932), fue senador real vitalicio y vocal del Instituto de Reformas Sociales que emitió el laudo sobre la resolución de la huelga de 1919 y que con su voto decantó el sentido del fallo, favorable a la no readmisión de los diez despedidos por la Sociedad. A pesar de su posición en el caso, su libro 'La degeneración del Socio-sindicalismo. Necesidad de su regeneración higiénica y moral' [4], en 1921, constituye una fuente relevante para entender las posturas que se establecieron en la primera fase del conflicto:

«El patrono D. José María Quijano cuida paternalmente de sus obreros y les construye barriadas higiénicas y baratas; monta cooperativas bien organizadas para surtirles de alimentos y otros artículos buenos y económicos; instala escuelas gratuitas, etcétera, y logra crear una poderosa industria donde reinan la paz, la armonía, la prosperidad y la ventura.

Y así iban las cosas, es decir, muy bien, cuando llega tiempo en que unos obreros incorporados a la masa de los mil que forman la vieja población laborante, predican ciertas doctrinas subversivas, sugieren reclamaciones, organizan protestas y dirigen ataques a instituciones antes siempre veneradas, como el Economato.

… se niega [la Sociedad] con energía a otras concesiones, como la de suprimir el Economato, por ser una fundación utilísima, creada por el difunto fundador José María Quijano, y digna de gratitud, veneración y respeto, tanto para la familia cuanto para los obreros.

… el 28 de Junio, un día después, la Sociedad Anónima avisa que resuelve prescindir de veinte determinados obreros, por atentar al Economato. El 30 de Junio responden los obreros a este aviso, comunicando que constituyen la Comisión de huelgas; y tres días después, el 2 de Julio, la Sociedad Anónima anuncia que, a su vez, acuerda suspender los trabajos por tiempo indefinido.

… y el hecho absurdo de atacar a una cooperativa tan útil; el caso más raro aún de oponerse a que la viuda del fundador siga construyendo un excelente asilo-hospital y capilla, para ancianos y ancianas, so pretexto de que sus obreros "no quieren nada que huela a beneficencia" y "caridad", y solamente admiten ya lo que constituya "un derecho" y una propiedad suya».

El economato, como caracterización de las “obras sociales”, viene a suponer una especie de dogma para la empresa. Explícitamente se afirma que los obreros que resultaron despedidos, lo fueron por “atentar al Economato”, o lo que es lo mismo, atentar contra la autoridad del “patrón paternalista”.

A modo de balance y siguiendo un aspecto de lo expresado por López Argüello, las “obras sociales” en Cantabria fueron relativamente escasas y aglutinadas en grandes empresas, tales como Nueva Montaña, Solvay & Cía., Real Compañía Asturiana de Zinc o las mismas Forjas de Buelna. Su tiempo de mayor desarrollo se sitúo en torno al cambio de siglo. De hecho, estas actuaciones perdieron peso en las décadas de 1920 y 1930, proceso unido al desarrollo del Estado, que comenzaba a asumir políticas de asistencia y previsión, así como distintos equipamientos que hasta entonces eran propios de las obras patronales.

Tras la Guerra Civil, el paternalismo industrial experimentó un resurgimiento. El régimen franquista planteó un modelo de estado intervencionista y autárquico, con una política económica fundamentada en la protección de la industria nacional y una política laboral doctrinalmente orientada a la superación de la lucha de clases a través del control social. La debilidad del aparato estatal para desplegar políticas de protección social hacia los trabajadores situó su principal esfera de acción en el campo legislativo -reglamentación laboral como función privativa del Estado- asignando a las empresas el papel ejecutor de dichas políticas: economatos, viviendas, los puntos, clubes sociales, fiestas de hermandad… que se multiplicaron en esta primera fase del franquismo.

Para refuerzo de estas políticas 'conciliadoras', el estado contó con tres elementos de control heterogéneos: la familia católica (modelo de convivencia), el sindicato vertical (catalizador de las relaciones laborales), y la Iglesia, (guía espiritual). El paternalismo adquiría por lo tanto un componente de política estatal más sistematizada frente a las iniciativas aisladas de la fase anterior.

El catolicismo social en Las Forjas de Buelna

La familia Quijano no era ajena al hecho de que el sindicalismo iba a constituir un factor limitante a los réditos que les deparaba la estrategia paternalista. Vinculada a este planteamiento optaron por una respuesta que debilitara a su vez la eficacia de la lucha y solidaridad obrera: la creación de un sindicato católico en Los Corrales de Buelna. Este hecho fue objeto de un estudio por Juan José Castillo en 1975 que mantiene toda su vigencia.

El vector de introducción del sindicalismo católico en Los Corrales fueron los hermanos Herrera Oria, Francisco y Ángel [5]. Francisco envío una carta a Ángel, en julio de 1919, cuando no había transcurrido siquiera un mes desde el inicio de la huelga de los Las Forjas de Buelna, en la que no deja ninguna duda de las intenciones de la familia propietaria de la fábrica:

«A los Quijano se les han metido los socialistas en sus Forjas… Los Quijano están dispuestos a cerrar antes que a permitir la sindicación socialista y por indicación mía quieren entenderse con Agustín Ruiz y con el Padre Nevares, para organizar un plan y contrarrestar la sindicación socialista con la sindicación católica. ¡Siempre tarde!».

La carta finaliza con la petición a Ángel de que medie con Ruiz y el padre Nevares para concertar una entrevista con Ramón Quijano -uno de los hijos del fundador de las fábricas corraliegas- y “trazar un plan de campaña” [6].

Por aquellos mismos días, Soledad de la Colina, primera condesa de Las Forjas de Buelna, era cumplimentada por Lorenzo González, capellán del colegio torrelaveguense de los Sagrados Corazones, con intenciones de ver su predisposición al respecto, lo que recoge este en una carta dirigida a al jesuita Sisinio Nevares:

«Una de las personas que con este fin hemos visitado es la propietaria de la industria metalúrgica Forjas de Los Corrales de Buelna, que con ocasión de la guerra ha ganado muchos millones. No hemos podido ir en mejor ocasión, pues desde hace varios días y por primera vez desde hace cuarenta años que fundó la fábrica, la tiene cerrada por haberse asociado los obreros de la misma en socialistas y haber declarado la huelga». [7]

Una vez finalizada la huelga, Miguel Quijano, otro de los hijos de José María Quijano, remite otra carta al padre Nevares concretando la solicitud:

«Nos proponemos favorecer una campaña social católica que deje algún rastro duradero en Santander y su provincia y luego en Los Corrales, y para ello me dirijo a usted para que me digan el presupuesto que necesitan ustedes para hacer la campaña de esta capital y de algún otro centro industrial de esta provincia como Torrelavega.

Si necesita usted datos para hacer el presupuesto, pídame cuantos necesite, que yo veré de proporcionársele a usted, enseguida y más tarde el dinero necesario.

Ruego a usted mantenga en secreto mi intromisión en estos asuntos y esperando sus noticias». [8]

La inversión económica de la familia Quijano fue notable. El Sindicato Católico de Oficios Varios de Los Corrales de Buelna fue creado al año siguiente, tal y como se recoge en la Memoria de la Inspección del Trabajo correspondiente al año 1920 [9], “para estudio y defensa de los intereses obreros”. En su caso, una llamativa declaración de intenciones.

Así pues, en estas líneas quedan claras algunas características esenciales del sindicalismo católico: su vinculación a un concepto paternalista de las relaciones de producción, la financiación patronal, su carácter reactivo -surgen en empresas con implantación previa de organizaciones obreras de tendencia socialista y/o anarcosindicalista para propiciar su debilitamiento- y su naturaleza instrumental de lucha social antiobrera [10].

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