Juan González Quijano: el derecho a nombrar el mundo con las manos
Durante décadas, la sordera fue leída como carencia, como límite individual, como algo que debía corregirse. Y es que en buena parte del siglo XX, nacer sordo en España significó crecer sin lengua reconocida, sin derecho a nombrar el mundo con las manos. En realidad, fue —y sigue siendo— una cuestión de desigualdad: de acceso al lenguaje, a la educación, a la información, a la vida compartida.
En Cantabria, como en otros muchos lugares, las asociaciones de personas sordas han funcionado durante años como espacios de refugio y de resistencia: lugares donde la lengua de signos no estaba prohibida, donde la comunicación no era un esfuerzo constante y donde la identidad podía construirse sin pedir permiso. En ese mapa de apoyos y afectos se inscribe la vida de Juan González Quijano.
Juan nació en Santander el 18 de diciembre de 1942, en una España marcada por la posguerra y el régimen franquista. Su primera infancia estuvo atravesada por la pérdida: su madre murió cuando él tenía apenas un año y medio. Creció al cuidado de su padre, funcionario de la Diputación Provincial, y de varias tías maternas que sostuvieron el día a día familiar. Fue el único de sus hermanos con sordera profunda desde nacimiento, aunque siempre ha recordado su hogar como un espacio donde la diferencia formaba parte de la vida cotidiana.
Lejos de casa estaba el único lugar que podía atender a Juan y, con solo cuatro años, fue trasladado a Madrid para ingresar como alumno interno en el Colegio de la Purísima para Niños Sordos, regido por la Congregación de las Hermanas Franciscanas Misioneras del Sagrado Corazón. Era 1947. Allí recibió una educación marcada por el oralismo, el modelo dominante durante el franquismo, que prohibía la lengua de signos y obligaba a aprender a hablar mediante lectura labial y métodos correctivos.
La lengua natural de las personas sordas fue expulsada de las aulas, pero sobrevivió fuera de ellas: en los patios, en los pasillos, en la complicidad entre niños y niñas. Aquella lengua no solo le permitió comunicarse: le dio pensamiento, pertenencia y una forma de estar en el mundo. “Sin lengua de signos, me habría pegado un tiro”, reconoce, sin dramatismo, con absoluta certeza, como quien enuncia una verdad vital.
Finalizada su etapa escolar, en 1956, regresó a Santander. Con apenas 16 años y gracias a la mediación de su padre, inició un período de prácticas en el Banco Santander. Durante 18 meses, y sin remuneración, se formó en tareas administrativas hasta lograr un puesto estable. Se adaptó gracias al apoyo de sus compañeros y a la firme orientación de su padre, a quien describe como “un santo”, que además le enseñaba en casa los entresijos del trabajo bancario. Tras ser contratado, se convirtió en uno de los primeros trabajadores sordos integrados en una entidad bancaria nacional en Cantabria. Durante 40 años —de 1959 a 1999— trabajó en varias oficinas del banco, incluida la central de Santander.
Pero si el trabajo le dio estabilidad, fue el movimiento asociativo el que le dio comunidad. Desde comienzos de los años sesenta, Juan se implicó activamente en las asociaciones de personas sordas de Cantabria. Fue presidente de ASORLA, en Laredo, y de ASOBE, en Torrelavega, y participó también en la vida asociativa de Santander. Aquellos espacios —hoy articulados en torno a la Federación Cántabra de Personas Sordas (FESCAN)— fueron escuelas de ciudadanía, espacios de ocio compartido, de militancia cotidiana y de transmisión cultural. Lugares donde la lengua de signos no se explicaba: se vivía. También fueron espacios abiertos a personas oyentes que se acercaban a la lengua de signos no como curiosidad, sino como puerta de entrada a una comunidad viva.
A los 83 años, se siente satisfecho. No habla de heroísmo ni de conquistas épicas. Habla de haber podido trabajar, amar, criar a un hijo —también sordo— y formar parte de una comunidad que le dio lengua y lugar, y de otra —la oyente— en la que, en parte, también pudo participar
El marco legal que rodea a la comunidad sorda también ha cambiado con el tiempo. La aprobación de la Ley 27/2007 supuso el reconocimiento oficial de la lengua de signos, pero no eliminó las barreras. La desigualdad sigue presente en las aulas, en los hospitales, en la administración, en los servicios públicos donde la accesibilidad comunicativa continúa siendo una excepción.
Juan lo sabe bien: su vida está atravesada por esas ausencias cotidianas. Durante más de 20 años acompañó a su esposa, Alicia Trueba Ruiz, también sorda, a lo largo de una enfermedad prolongada, enfrentándose a la ausencia de intérpretes y a un sistema sanitario que rara vez piensa en quienes no oyen. Alicia falleció en 2024, tras más de medio siglo de vida compartida en Santander.
Hoy, a los 83 años, Juan González Quijano se siente satisfecho. No habla de heroísmo ni de conquistas épicas. Habla de haber podido trabajar, amar, criar a un hijo —también sordo— y formar parte de una comunidad que le dio lengua y lugar, y de otra —la oyente— en la que, en parte, también pudo participar.
Su biografía —que, junto a la de Valentina Gutiérrez de la Concha, otra persona sorda entrevistada en 2022, forma parte de Legado Cantabria— es la historia de una vida sostenida en lengua de signos y, también, una invitación a pensar la sordera no como una discapacidad individual, sino como una cuestión de derechos, de acceso y de justicia social.
La lengua de signos española (LSE) no es un recurso auxiliar ni un sistema improvisado: es una lengua plena, con gramática, léxico y tradición propia, utilizada por decenas de miles de personas en España. Aunque no existen cifras exactas, se estima que más de 100.000 personas la emplean de forma habitual, para una parte de ellas como primera lengua y para otras como segunda.
Su reconocimiento legal llegó tarde: no fue hasta hace apenas dos décadas cuando el Estado reconoció oficialmente las lenguas de signos españolas y los derechos lingüísticos de quienes las usan. Hasta entonces —y durante buena parte de la vida de Juan González Quijano o de Valentina Gutiérrez de la Concha— la lengua de signos quedó confinada a la transmisión entre iguales, lejos del reconocimiento institucional.
Para personas como Juan o Valentina, la lengua de signos ha sido “la salvación”, “la base para todo”: una condición de posibilidad para vivir con plenitud, para pensar, amar, trabajar y participar. Entender su biografía sin entender la historia de esta lengua sería quedarse en la superficie. Porque la sordera no es solo una cuestión médica, sino —sobre todo— una cuestión de derechos, de acceso y de justicia lingüística.
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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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