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"A por ellos": Odiar, prohibir, aniquilar

Santiago Abascal durante un mitin de Vox. |

"Aquellos que, por una u otra razón, conocen el horror del pasado tienen el deber de alzar su voz contra otro horror, muy presente, que se desarrolla a unos cientos de kilómetros, incluso a unas pocas decenas de metros de sus hogares. Lejos de seguir siendo prisioneros del pasado, lo habremos puesto al servicio del presente, como la memoria -y el olvido- se han de poner al servicio de la justicia".

Tzvetan Todorov

 

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En el país de la incertidumbre

Sánchez celebra la victoria en las elecciones generales de este domingo.

Son las segundas elecciones de 2019 y el país se asoma a un espacio desconocido: la construcción de un Gobierno progresista sigue siendo tan compleja como lo era hace seis meses en un Congreso inédito donde la extrema derecha dobla escaños y supera los cincuenta diputados. El resultado de Vox es síntoma y también amenaza: la frustración del electorado ante una situación de bloqueo institucional que se demora ya demasiado tiempo, la sensación de que el marco nacional empieza a cobrar mayor peso en una agenda política marcada por el conflicto en Cataluña, el recuerdo de que hubo tiempos peores que siempre son susceptibles de regresar. 


De qué podrá hacer Vox con esos diputados empezaremos a saber en los próximos meses. La extrema derecha, de momento, se ha hecho con un valioso altavoz desde donde verter propaganda y envenenar la frustración con mensajes que difícilmente encajan en una democracia moderna. A la izquierda, por su parte, le conviene hacer autocrítica si quiere situarse como una opción útil en un escenario político cada vez más viciado por banderas y soberanías solapadas. El hundimiento de Ciudadanos es una aviso para todos: en tiempos volátiles los votos se esfuman rápido. 

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Pedro y el lobo

Como en El pastor mentiroso, la fábula atribuida a Esopo, cuya versión en cuento conocemos como Pedro y el lobo, Pedro Sánchez lleva meses pretendiendo sacar ventaja electoral de un particular ¡que viene el lobo de la ultraderecha! Dejó pasar, de una manera tan irresponsable como altiva, la oportunidad de formar un gobierno de coalición progresista y hoy, tras la repetición de las elecciones, nos encontramos con una situación peor que en abril. Con el lobo fortalecido por la estrategia de Moncloa y unas cifras más complicadas para alcanzar un gobierno progresista. El problema es que, a diferencia de lo narrado en la fábula, en la realidad las consecuencias no las paga quien manipula y se sirve de la mentira, sino que las pagamos todos en forma de una menor probabilidad de formación de un gobierno progresista y una mayor probabilidad de nuevo bloqueo o de gran coalición neoliberal. Resumen de la jugada de Sánchez: menos diputados progresistas y ascenso de la ultraderecha.

En Cantabria también tenemos nuestra particular versión política del cuento, tómese en varias acepciones. Incluso contamos también con un Pedro, Casares en este caso, como representante autonómico del Sánchez estatal, que ha visto desvanecerse la victoria del mes de abril, pasando de dos diputados y tres senadores a un diputado y un senador. Y pueden dar las gracias desde el PSOE cántabro por haber sufrido únicamente un retroceso de dos puntos, 15.000 votos menos, en un contexto en el que su partido y Sánchez han sido los mayores responsables de la ausencia de gobierno progresista, de la repetición electoral y de un año y medio de gobierno en el que han ido olvidando las promesas realizadas en la moción de censura para devenir en una versión edulcorada de Rajoy. Todo ello ha llevado a una desmovilización del voto progresista y a los resultados de este 10N. Es hora de que tomen nota y eviten repetir errores.

Lo más preocupante en Cantabria es el giro hacia la derecha y ultraderecha. La victoria del PP en Cantabria, subiendo cuatro puntos y obteniendo dos diputados y tres senadores, donde solo habían conseguido un representante en cada cámara en abril, supone un nuevo refuerzo para las políticas neoliberales que ya se han mostrado fallidas y han generado un enorme sufrimiento y atraso en nuestra tierra. Pero lo preocupante se torna en alarmante cuando a la victoria del PP se suma la entrada de un diputado de ultraderecha que no consiguió escaño en las elecciones de abril. Es obvio que el hundimiento de Ciudadanos, con una pérdida de más de diez puntos y del escaño obtenido en los pasados comicios, ha alimentado a PP y Vox. Pero no es menos obvio que la sustitución de un diputado del PSOE y otro de Ciudadanos por uno del PP y otro de Vox es una pésima noticia para nuestra tierra. Hoy Cantabria se ve más en blanco y negro y se ancla más en el pasado. El progreso social y la tolerancia sufren un duro golpe.

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¿España ingobernable?

Los integrantes de Vox saludan a sus simpatizantes en el exterior de la sede del partido en Madrid durante el seguimiento de la noche electoral. EFE/Javier Lizón

Este es un análisis a vuela pluma, atropellado, elaborado según van cayendo los resultados y los líderes van saliendo a hacer sus valoraciones en directo. No voy a decir nada extraordinario si señalo que el claro vencedor de estos comicios es la ultraderecha. El riesgo que se ha asumido con la repetición de elecciones por la incapacidad del PSOE de asumir que el bipartidismo y los gobiernos en solitario con mayorías absolutas han muerto en este país lo pagaremos todas. Mientras escribo, los votantes de VOX gritan “A por ellos” a la vez que Abascal anuncia que recurrirán “las leyes liberticidas y anticonstitucionales” que nos protegen de gente como él. Ese ‘ellos’ también eres tú.

Dejando a un lado un análisis minucioso de cada territorio, de cada porcentaje o de cada escaño, de quien baja o sube y porqué, una mirada amplia a los bloques y los posibles pactos de investidura solo deja de nuevo un mensaje claro: dialogo. La ciudadanía ha vuelto a decir lo mismo a nuestros representantes políticos. Que se tienen que sentar y poner de acuerdo. Que les elegimos y pagamos por ello. Que el trabajo de un parlamento es ese y no aplicar el rodillo de las mayorías monocolor. Nosotras hemos hecho nuestro trabajo, votando otra vez. ¿Lo harán ellos?

Conseguir un pacto de investidura y un gobierno mínimamente estable vuelve a pasar por lo mismo que se necesitaba en agosto: un acuerdo de la izquierda, con ese nuevo actor que es +País –de cuya operación fake para parar la abstención y tal y tal da para varios artículos-, y sumar con partidos nacionalistas. Para jugar con las mismas cartas no hacía falta barajar de nuevo. Nuestra democracia ha pagado un alto precio y no está para esos trotes.

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El voto de la rabia, los ultras, el futuro

Cantabria no se ha comportado de forma diferente en estas elecciones. Los partidos tradicionales harán lecturas victoriosas y Unidas Podemos y Ciudadanos buscarán una alfombra bajo la cuál esconderse. Pero la única lectura posible es la del fracaso colectivo de los supuestos partidos demócratas y la de la ceguera social provocada por el deslumbramiento por exceso de tele y redes.

La irrupción de Vox en Cantabria, con uno de los cinco diputados posibles, y el golpe en la mesa del parlamento con algo más de medio centenar de escaños es un drama para un país que sufrió cuarenta años una dictadura que es de la que bebe ideológicamente –y estéticamente- el partido ultra. La ciudadanía cántabra es hija de la guerra del 36, del exterminio posterior y del miedo cerval que durante cuatro décadas nos convirtió en una sociedad mayoritariamente temerosa y ‘necesitada’ de líderes fuertes que marquen la ruta.

La gente ha votado con rabia, pero no con una rabia natural, sino con una rabia inducida. El éxito de Vox en Cantabria y en el resto del país no es achacable a la abstención o a la mítica división de las izquierdas. A Vox le ha regalado los escaños un ‘holding constitucionalista’ en el que han participado los medios de comunicación, los políticos, los empresarios  y los opinadores que han agitado el fuego de Cataluña, el nacionalismo español para menores de edad, o los mitos xenófobos que relacionan la migración con una precariedad económica que, en realidad ha sido provocada por nuestros políticos, por nuestras empresas y por nuestra dependencia enfermiza del turismo.

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El idioma de los gatos

El escritor Spencer Holst. |

Ángelo Ponciano regentó durante años la librería que la editorial Icaria tenía en el 'Forat de la vergonya'. Él me habló por primera vez de El idioma de los gatos, de Spencer Holst. Conseguí un ejemplar, traducido por Ernesto Schóo y publicado en Argentina por Ediciones de la flor, que no se había reeditado recientemente.

Leí el libro y mi amigo Ángelo no había exagerado lo más mínimo: era maravilloso. Como dice Rodrigo Fresán en el prólogo, «La primera edición del libro tardó más de veinte años en agotarse y —sin embargo— fue un éxito fulminante. Se entiende por éxito el hecho de que cada persona que leía ese libro se convertía en una persona más feliz […]».

No entendía que no se hubiera vuelto a publicar en español, así que me puse a ello. Hice lo que se hace en estos casos, localizar al dueño de los derechos (el autor había muerto en 2001). Encontré primero a su editor estadounidense, que resultó ser el único heredero de los derechos de Holst y que estaba muy dispuesto a negociar conmigo la edición en castellano. Poco después apareció la viuda de Spencer Holst, que resultó ser la única heredera de los derechos, y que también estaba muy dispuesta a negociar conmigo para su edición española. Un poco más adelante apareció el hijo de Spencer Holst que, usted seguramente ya lo ha adivinado, resultó ser el único heredero de sus derechos. En ese punto comprendí por qué no se había vuelto a editar en español y, con mucha pena, dejé de pensar en hacerlo yo.

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La vida en el centro

Poner la vida en el centro es, en definitiva, preocuparse de lo que importa…

Por suerte para todos y todas, se está oyendo en estos días de campaña, sobre todo de boca de varias mujeres candidatas, una afortunada expresión de lo que debería ser la política, la economía y la cultura: «poner la vida en el centro». Se trata de un eslogan que expresa algo que debería ser obvio, pero que resulta que en este mundo loco y desnortado ni mucho menos lo es.

La mayoría de las opciones políticas que se presentan a estos comicios son opciones neoliberales, desde el socioliberalismo del PSOE al neoliberalismo a secas del PP, Ciudadanos, e incluso del partido fascista cuyo nombre prefiero ni pronunciar. El neoliberalismo es la ideología que antepone el beneficio empresarial a todo, incluida la propia vida, que se jacta de emplear un estilo de inteligencia calculadora e instrumental —anteponer la vida al beneficio es tachado de «buenismo»— y que parece estar dispuesta a despojarnos a las más de todo medio de subsistencia, con tal de aquilatar un sistema injusto en el que los ricos son cada vez más y más ricos y los pobres más pobres. Lo ha vuelto a poner de manifiesto un informe, en esta ocasión de Credit Suisse, que señala que el número de multimillonarios en España se ha quintuplicado desde 2010, rozando el millón, algo que debe leerse en paralelo a un incremento, desde la crisis de 2008, hasta los 12,2 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social en España, según la Red Europea de Lucha contra la pobreza.

Y aún habrá quien considere el slogan naíf, pese a su profunda radicalidad y potencia, o quienes tengan dificultad para entenderlo, enfermos/as como estamos de economicismo y ceguera neoliberal. Dada la importancia que tiene, tal vez no esté de más explicar qué significa, cómo se concreta, a qué apunta.

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Y no quedó nada

"Queremos la vida", claman miles de jóvenes movilizados por el planeta.

Recuerdo cuando empezó todo. O por lo menos cuando lo hicimos consciente. Hacía años que expertos en la materia habían comenzado a lanzar señales de alarma: el mundo estaba cambiando y las responsables éramos nosotras. Los negacionistas, casualmente siempre asociados a los poderes económicos que gobernaban ese mundo pasado, invirtieron tiempo y capital en revertir el discurso en lugar de hacerlo con un modelo productivo que estaba abocando al planeta hacia el agotamiento de sus recursos naturales. Y les funcionó, durante un tiempo.

Los síntomas acabaron siendo tan evidentes que ni todos los relatos paralelos fueron capaces de acallar lo que la naturaleza nos estaba gritando. Los gobiernos del mundo, en  vez de implementar medidas drásticas que por lo menos frenasen en cierta forma lo que ya se revelaba como inevitable, anunciaban año tras años compromisos que nunca quisieron asumir. Hablaban de crecimiento sostenible, de medidas contra el cambio climático y de nuevos modelos energéticos. Nos hicieron pensar que todo dependía de que nosotras separásemos correctamente la basura o de que nuestros coches fueran eléctricos. Y de nuevo les funcionó, durante un tiempo.

Algunas entendieron que las reformas cosméticas no serían suficiente y que, de no platear cambios abruptos en un sistema económico que devoraba vidas y amenazaba la supervivencia de generaciones presentes y futuras, cualquier otra iniciativa estaba abocada al fracaso. Y se alzaron. Al principio tímidamente, como se gestionaban en aquel entonces todas las revoluciones, pidiendo por favor que se les escuchara. Hicieron suyas las palabras del jefe indio Noah Sealth: “Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero.” Pero no escucharon. La violencia contra el sistema, todo lo que no entrase dentro de los cauces establecidos por los mismos que apartaban de un plumazo cualquier cosa que supusiera un decrecimiento de la cuenta de beneficio de las grandes corporaciones, era estigmatizada y reprimida por medio de los poderes de los estados. Y de nuevo les funcionó, durante un tiempo.

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¿Dónde está mi pediatra?

El Hospital Tres Mares de Reinosa.

Parece que, además de otras muchas cosas, también andamos escasas de pediatras. Estos días conocíamos la cifra de pacientes que atiende el pediatra (o la, que el sesgo de género es importante en cualquier caso) en el área de Reinosa es de 2.000 menores. Con una media en la comunidad de más de 900 pacientes por profesional, el caso de Campoo es excepcional pero no único. Este verano el área de Laredo se quedó sin pediatra al no ser sustituida la persona que atiende el servicio en su periodo vacacional, una población que duplica sus habitantes en este periodo.

Cuando eso sucede ocasionalmente se sustituye a las especialistas por médicos y médicas de familia sin formación específica. Hace unos años, con mi hijo menor recién salido de la UCI de neonatología, una de esas profesionales de medicina de familia le diagnosticó una leucemia viendo unos análisis que no supo interpretar. Afortunadamente el susto solo duró las horas que pasaron hasta que el pediatra de servicio accedió a los datos y certificó que el niño estaba sano. No es la tónica general; las profesionales de la salud en esta comunidad hacen un trabajo impecable, mal pagado y poco agradecido, pero esta anécdota pone de relevancia que hay cosas que no funcionan como debieran desde hace mucho tiempo.

Que no se puedan cubrir las necesidades más que evidentes en el área de Pediatría de Atención Primaria porque no se encuentran profesionales que quieran dar ese servicio, prefiriendo otras áreas de desarrollo de su especialidad, es para que la Consejería se vaya al rincón de pensar un ratito. Precarizar a quienes nos deben cuidar no es buena política si queremos que no se nos muera la gente. Porque una cosa es que la medicina sea una profesión con un componente vocacional importante y otra que esa vocación tenga que pasar por que les tomen por monjes guerreros o santas penitentes. Si su único incentivo es atender a casi mil pacientes de media dependiendo de la zona asignada quizás quien se encarga de reflexionar, elaborar y desarrollar ese tipo de políticas debería sentarse en la sala de espera abarrotada esperando que una profesional sobrecargada atienda a su descendencia en los 5 minutos escasos que tienen para dar un servicio de calidad. Y aun así lo hacen.

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Los antisistema… de la ultraderecha

Pasacalles franquista que tuvo lugar en julio en Santander. | EL ROBLEDAL DE TODOS

Es peligroso acostumbrarse a lo peligroso. Esta redundancia debería ser una máxima cuando nuestros espacios públicos y los medios de comunicación aparecen preñados de la anormalidad antidemocrática, de antisistemas con ropa interior rojigualda, el puño fácil y la lengua con el filo de bilis e ignorancia asentado en alguna chaira oxidada.

Es cierto que esto ocurre en tiempos extraños en que la política está en manos, en general, de gente mediocre. Es lo que pasa cuando la gente excepcional, la ejemplar, da por hecho que la democracia es un patrimonio perenne o que los derechos están garantizados en la cadena genética. En esos momentos, personas sin grandeza, sin una idea democrática de lo común y sin ninguna noción respecto al servicio público toman al asalto las instituciones encaramadas en la libertad (limitada) de partidos y en ese seductor pero alarmante mantra de que cualquiera puede hacer política (institucional) o tiene derecho a desempolvar el odio cainita que parece caracterizarnos.

Los parlamentos, los plenos de los ayuntamientos, las instituciones deberían ser caja de resonancia de lo mejor de nuestras sociedades. Allí deberían intervenir las mejores personas, las más nobles, las más ilustradas, las que tienen mayor sensibilidad social, aquellas con una capacidad de escucha a prueba de gritos mediáticos… Esas son las que necesitamos. Cuando no es así, y vivimos un déficit aterrador de políticos y políticas de altura, entonces la sociedad debe presionar desde afuera para cambiar ese estéril adentro de la política que tanto daño (y tanto bien) puede hacer.

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