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El rostro de Nefernefernefer

Cuando era un adolescente leí una de las novelas más extraordinarias jamás escritas, la historia de Sinuhé el Egipcio, redactada por la pluma del finlandés Mika Waltari. Una de las partes que más me cautivó de la vida del médico trepanador que protagoniza la historia es aquella en la que conoce a Nefernefernefer, una mujer tan bella que nadie podía decir su nombre una sola vez.

"Sé muy bien lo que quieres, Sinuhé –le dice la hermosa pero fría Nefernefernefer, cuando se conocen- a pesar de que sea demasiado tímida para mirarte. Pero debes empezar por darme un regalo, porque ya sabes que no soy una mujer despreciable".

Este romance destrozará el corazón de Sinuhé y le dejará en la ruina más absoluta; pero impresionado por su pasión yo intenté ver de alguna forma el rostro tan increíblemente bello que le había subyugado. La única respuesta fue el famoso busto de Nefertiti hallado por Ludwig Borchart en las ruinas de Amarna.

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Jerarquía

Dos niñas han muerto en el Egeo en el primer día del acuerdo UE-Turquía. |

Fue en Sevilla, en primavera. Éramos unos críos en viaje de estudios y queríamos entrar a conocer la catedral, pero alguien que apelaba a las normas del decoro nos lo impedía. Una de nuestras compañeras vestía pantalón corto y ese era el motivo que esgrimía la autoridad –en forma de portero– para no franquearnos el paso a un lugar que, nos recordaba, está destinado al culto. Supongo que mucha gente ha vivido situaciones parecidas, ante las que no cabe más que resignarse y buscar otra alternativa para ocupar el ocio cultural. Pero el caso es que el profesor a cargo de nuestro grupo era precisamente el de religión, sacerdote para más señas, y allí se montó la mundial.

Quienes conocieron a Alberto Pico saben que no era fácil hacerlo enfadar, y yo de hecho no recuerdo haberlo visto en tal disposición de ánimo en ninguna otra ocasión. El cura del Barrio Pesquero intentó hacer ver a aquel hombre que el pantalón corto de una niña en nada ofende el sentimiento religioso de nadie, y que la iglesia que queríamos visitar era un bien cultural y artístico de interés para cualquiera con un mínimo de sensibilidad humana, profesase el credo que profesase o incluso si no profesase ninguno en absoluto. El tono fue subiendo cuando el portero, sordo a cualquier argumentación, se remitía a las normas del obispado para mantenerse en sus trece. A partir de ahí no recuerdo exactamente los términos de la conversación –llamémosla así– pero, con unas u otras palabras, Alberto vino a reclamar la presencia de quien escribió esa norma para poder pedirle cuentas de por qué le preocupaba tanto la vestimenta de una chica y, al mismo tiempo, permitía que en esa misma iglesia se vendieran entradas para subir a la Giralda, postales y toda la parafernalia turístico-religiosa de rigor. Si recuerdan aquello de Jesús y los mercaderes en el templo pueden hacerse una idea de la escena.

Por alguna razón que debe tener que ver con esa religiosidad que yo no tengo, los cristianos de base no dejan de serlo por alejados que se sientan de las altas jerarquías, pero nadie nos puede pedir a los europeos que hagamos lo mismo con nuestros líderes, o con la propia UE.

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Los derechos de los no humanos

Europa ha activado el acuerdo de expulsión masiva de refugiados. |

Nos toca pensar más, o dudar más, o leer más, o exigir más, o exigirnos más. Algo debemos hacer para no ser los cómplices silenciosos, la lamentable mayoría silente que bendice el fascismo democrático de este principio de siglo tan poco alentador.

Nos emocionamos con unas imágenes de televisión –no con otras- y llenamos contenedores de viejas camisas, de zapatos usados, de tiendas de campaña sustituibles en Decathlon o de mantas desplazadas de nuestras preferencias por los edredones de Ikea. Nos conmueve el dolor ajeno –uno más que otro- siempre que esté suficientemente lejos como para no embarrar nuestra casa o para no romper nuestra burbuja de lamentos estériles. Nunca nos movilizamos cuando los negros se dejaban la piel a jirones en las vallas pagadas con nuestros impuestos. Nunca nos preguntamos dónde vivían o cómo se cuidaban los inmigrantes que pescaban en nuestra flota, que regaban nuestras lechugas o que ponían ladrillo sobre ladrillo en las urbanizaciones en las que enterramos nuestro nuevorriquismo.

Nos toca exigirnos más antes de exigir más al resto. Seguimos llenando las urnas con votos destinados a los políticos que venden Europa en Bruselas y que negocian con Turquía con carne ajena; aprovechamos las camisetas baratas de Primark sin hacernos –sin hacerles- preguntas; presumimos de Inditex y de Banco de Santander mientras Inditex y el Banco de Santander aprovechan nuestro dinero para especular en el mercado de la explotación internacional. Participamos en carreras solidarias y en mercadillos que dicen ser solidarios para poder mirar a la cara a nuestros hijos y darles lecciones sobre la moralidad que no ejercemos. Nos toca exigirnos más.

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Más que amigos

David González y Cora Vielva, concejales de Ciudadanos en Santander. |

La noche del 24 de mayo de 2015 hubo lágrimas en el Hotel Santemar. El cuartel general del PP parecía un cementerio. Y es que, una vez abiertas las urnas, la formación política hegemónica en Cantabria enterró un buen puñado de mayorías absolutas. No solamente perdió el Gobierno autonómico en favor del PRC de Miguel Ángel Revilla, algo que entraba en todas las quinielas, sino que dijo adiós de forma apabullante al bastón de mando de algunas de las ciudades más pobladas de la comunidad -Camargo, Astillero, Bezana, Piélagos, Castro Urdiales, Laredo, Santoña, San Vicente de la Barquera o Los Corrales de Buelna, por ejemplo-, feudos populares incontestables durante años.

A pesar de todo, las malas caras de aquella noche no eran las de Ignacio Diego y su equipo, que también. Las lágrimas y los ojos fuera de sus órbitas en esa madrugada aciaga para los conservadores cántabros eran los del núcleo duro de Íñigo de la Serna en el Ayuntamiento de Santander. Concejales con y sin acta, personal de confianza que veía peligrar su puesto de trabajo por primera vez en su vida, militantes incrédulos por el varapalo sufrido por su jefe de filas, un alcalde que comparecía ante la prensa con el gesto desencajado, acostumbrado como estaba a los paseos militares en una ciudad que respira PP por los cuatro costados.

La pérdida de la mayoría absoluta en Santander por primera vez en dos décadas no entraba en los planes de ninguno de los allí presentes y dejaba un cierto tufillo a fin de ciclo. Era prácticamente imposible que la oposición maniobrase para tejer una alianza a cinco -con intereses absolutamente opuestos en algunos casos- y desalojara a De la Serna de la Alcaldía. Sin embargo, el nuevo escenario iba a obligar al alcalde a gobernar sin contar con los votos necesarios para pasar el rodillo a la oposición pleno tras pleno. Este pronóstico, a punto de alcanzar el primer año de legislatura, fue el único que no se cumplió aquella noche.

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Hablemos de la Pantoja

Un cantero cántabro trabajando la piedra. | ALESANDER GARCÍA

Cuando los niños quieren hablar entre ellos sin que se enteren los mayores una de las cosas que hacen es inventarse un idioma propio. Bueno, de las que hacían, que igual ahora con mandarse mensajes de móvil un poco intrincados ya saltan por encima de cualquier comprensión adulta. Pero no escribimos de eso. Al menos hoy no. Decíamos que para conseguir que los "otros" no nos comprendan, una de las formas más efectivas es hablar con un lenguaje que les sea ajeno. Y resulta que en Cantabria tenemos uno de esos, uno de carácter casi gremial, de cuya existencia no todos saben, y que se llamaba nada menos que la Pantoja. Lo pongo así, con mayúscula, para que algún despistado se pierda entre las letritas buscando a quien no está, ustedes me entienden.

¿Sabían que aquí, tradicionalmente, hemos sido pobres? Pero pobres de solemnidad. Hablo en términos históricos (el que quiera sacar conclusiones actuales se ha equivocado de texto), de hace doscientos o trescientos años, cuando la magra ocupación pecuaria (mínimamente agraria) en las zonas rurales apenas alcanzaba para alimentar a tantas bocas, y muchos tenían que emigrar para realizar faenas estacionales lejos de sus casas. Es así como grupos relativamente grandes de trabajadores y artesanos de estos valles se iban juntando en Galicia, en Asturias, en Castilla o donde les dieran un buen sueldo.

Parece que aquí había un cierto tino a la hora de trabajar piedras y metales, de tal forma que, igual que fueron bastante apreciados los campaneros trasmeranos, los canteros de esa zona y de otras como Buelna resultaban objeto de deseo de la obra civil más emperifollada. Y para allá que se iban, para Burgos, o para Mondoñedo, o para donde fuere que hubiera un buen palacio por levantar o una bonita iglesia para reformar. Y allí, con su origen común, con su ocupación laboral compartida, los canteros de, por ejemplo, Trasmiera, empiezan a hablar diferente. En primer lugar para designar las herramientas y situaciones típicas de su trabajo. Pero después esa particularidad se amplia a casi cualquier situación de la vida diaria.

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Extranjeros

La UE busca una vía legal para cerrar el acuerdo con Turquía sobre los refugiados. |

Si algo se considera socialmente inaceptable siempre hay personas que se adaptan en su faceta pública a lo aceptable sin que, en realidad, nada se haya transformado en su manera de pensar, sentir o actuar. Estas cosas pasan entonces a estar encubiertas y, precisamente por eso, son más difíciles de detectar.  Se quedan aletargadas, latentes, y se muestran de maneras sutiles y ambiguas. Parece que no están pero están. Pasa con el machismo. También con la xenofobia, que es una aversión exagerada al extranjero. España tenía 360.000 residentes extranjeros en 1991 (el 0,9% de la población). Hoy en España hay unos cinco millones (el 10,6 % por ciento de la población).

Desde 2007 está la crisis (ya estamos a punto de alcanzar en su compañía una década). Y ahora están los refugiados. Y con la excusa de que no hay para todos es muy fácil empezar a deslizarse por esa resbaladiza pendiente que lleva a justificar que los otros no tengan acceso a cosas como cobijo, agua, comida, sanidad o educación porque primero estamos nosotros. Estamos nosotros y entre nosotros y los otros está, además, la burocracia, que parece que es el mejor lugar para que nos justifiquemos y excusemos. Está, también, lo del "buenismo" con el que se tilda de infantiles e ingenuos a los defienden que no se puede no ayudar (aunque al ayudar perdamos en lo económico nosotros) y que parte de los impuestos debieran ir dirigidos a ese fin. Que en lo personal haga cada uno lo que sea acorde con sus posibilidades, ideas y conciencia pero en lo colectivo yo prefiero estar en una sociedad que no deje a los otros en la estacada.

Con la excusa de que no hay para todos es muy fácil empezar a deslizarse por esa resbaladiza pendiente que lleva a justificar que los otros no tengan acceso a cosas como cobijo, agua, comida, sanidad o educación porque primero estamos nosotros.

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Libertad para los ríos

Desembocadura de la Ría de Mogro, en el municipio cántabro de Miengo. |

Las pasadas navidades me tocó pasar la noche de reyes lejos de mi familia. Así que mis amigos vinieron a cenar a casa y pusimos en un mueble de la entrada todos los regalos del amigo invisible. A mí me regalaron un puñado de preciosas y enormes conchas arrastradas por el agua del mar hasta la playa de El Sardinero y que mi amigo recogió para mí. También iba dentro del paquete un ejemplar de 'Brañaflor', libro de relatos y leyendas de Cantabria escrito por Manuel Llano: un eco de la cultura que resiste a morir, como las olas que aúllan desde las caracolas.

En el libro una de las historias que aparecen es la de las Mozas del Agua, que "tenían en la frente una estrella del color de las nubes cuando el sol se va", iban descalzas y vestían con capas de hilos de plata y de oro. Todas las mañanas, las Mozas salían de los ríos y de las fuentes, y al pisar la tierra, nacían flores. Cuando salía el sol, volvían a su refugio bajo el agua.

Cuenta la leyenda que si alguien llegaba en el momento en el que las Mozas del Agua se recogían y agarraba una de las flores, sería dichoso de por vida. Dicen, también, que la noche más corta del año la Moza salía del agua acompañada del Mozo, y que juntos sembraban joyas en el monte para las pastoras, y que cuando estas las encontraban, adquirían el poder de curar con el agua todas las enfermedades de sus rebaños.

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El miedo avanza

La canciller alemana Angela Merkel pensativa en su escaño. | EFE

Ha vuelto a ocurrir. ¿Cómo? Eso lo explicarán con detalle dentro de unas cuantas décadas los libros de historia. En estos momentos, en vivo y en directo desde el centro de la tormenta, es difícil hacer conjeturas, sacar conclusiones. Aún así merece la pena arriesgarse. El pasado fin de semana la ultraderecha volvió a avanzar un paso más en el camino que lleva de vuelta a tiempos que en Europa parecían ya olvidados. Esta vez fue en Alemania, donde el partido de corte xenófobo y aires postnazis Alternativa por Alemania consiguió un magnífico resultado en las elecciones regionales.

Sonó como una tremenda bofetada en el rostro viejo y cansado del proyecto europeo. Hablamos de una formación cuyos dirigentes han afirmado en público que están dispuestos a disparar a cualquier refugiado que cruce la frontera alemana. Incluidos niños y mujeres, como puntualizó su número dos, Beatrix von Storx. Esta mujer, que en plena campaña electoral se llevó un tartazo de un activista en un acto público, sonreía encantada el domingo, porque sabe que hace falta algo más que una tarta para detener su mensaje, que va calando progresivamente en la población.

Fuera de Alemania el patrón se repite en Austria, Suiza, Dinamarca, Holanda, Hungría, Suecia, países donde la ultraderecha ha ido ganando posiciones en las últimas décadas. En algunos de ellos, como Suiza, ya han conseguido mayorías parlamentarias. En Francia, solo la alianza coyuntural de los socialistas y los conservadores ha logrado impedir que el Frente Nacional obtenga cuotas de poder a nivel regional y local. Sobre todo preocupa la tendencia: la cosa va a más.

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La manzana flamenca

—Quítate la ropa, monina, coge una pieza del frutero y ponte junto a la ventana, donde hay más luz.

La muchacha mira al frutero mientras se desnuda y desecha mentalmente la sandía: tendría que sostenerla en la mano varias horas. También rechaza el racimo de uvas: va a posar para Adán y Eva, de Lucas Cranach el viejo, no para Los borrachos de Velázquez. Y lo que queda es una manzana colorada. La toma y se acerca a la ventana, donde obedece más instrucciones hasta acabar con la pose deseada por el maestro, y se pone a pensar en sus cosas, lo más quietecita posible.

Y de esta manera tan sencilla el Génesis se ha reescrito en la mente de todos. Haga usted la prueba, pregunte a su alrededor con qué tentó la serpiente a Eva en el Paraíso y prácticamente todo el mundo dirá que con una manzana. Sin embargo en la Biblia no aparece la dichosa manzana: Dios prohíbe comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, simplemente.

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Pasar la resaca

Miembros del colectivo Cantabria No Se Vende en una manifestación contra el fracking.

El viernes, por cortesía de Producciones Tudancas, asistí a un conciertazo en el New de Santander que me dejó muy buen sabor de boca. A mí y a otra treintena, porque no seríamos muchos más. No lo pude saborear plenamente, porque estaba al mismo tiempo disfrutando del punk-rap y reflexionando sobre el esfuerzo organizativo, de los músicos locales y los gastos que tenía detrás. Pero a la mañana siguiente -sería la resaca-, ya no lo entendí como otro caso aislado de escaso seguimiento de una iniciativa interesante, en este caso de ocio. Me pareció que era reflejo fiel de una realidad social más amplia, donde todo está interconectado.

El 15M supuso un "despertar colectivo" para amplios sectores de una sociedad que permanecía mayoritariamente pasiva, apolítica y derrotada. Abrió también un ciclo de movilizaciones que no se veía en años, como aquella manifestación de junio de 2011 con miles de personas recorriendo la capital cántabra durante horas. Las marchas contra las políticas del Gobierno (recortes, reforma educativa, tratados económicos internacionales…) no cosecharon logros tangibles en el corto plazo, generando un cierto desaliento que permitió canalizar de forma eminentemente electoral toda aquella indignación, como única vía visible de echar a esa casta política que hacía oídos sordos al pueblo. Pero la apuesta electoral, respetable, diría incluso que necesaria, si no es herramienta de un movimiento amplio que está detrás, con todas las dificultades del sistema liberal y todas las debilidades que tiene intrínsecamente, "no puede", como reconocen sus propios protagonistas.

Actualmente nos encontramos en un periodo de fuerte reflujo en la movilización: muchos colectivos sociales están hibernando o "en chasis", el sindicalismo atraviesa una profunda crisis, las movilizaciones han descendido en número y en seguimiento… Nos movemos poco, pocos, por inercia, sin análisis propios, respondiendo a los ritmos que se nos marcan desde fuera o en el calendario de "días de", dando a "me gusta" o RT.

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