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Yo paleto, tú paleto, él paleto, nosotros paletos...

Bolera para la modalidad de bolo palma.

Hace más o menos un mes se presentó el recorrido de la Vuelta Ciclista a España en su edición de 2016. Como viene ocurriendo en los últimos años, la carrera visita Cantabria, concretamente ese alto de Peña Cabarga que a fuerza de subirse una y mil veces van a acabar desgastando hasta hacerle plano. Que oye, algunos igual hasta lo agradecíamos, porque menudo kilómetro tiene ahí, al final. Y eso. Que vienen por la costa desde Asturias y terminan en ese mirador fabuloso. Y poca cosa más, tampoco quiero escribir mucho de ciclismo que luego hay gente que se me solivianta, y me dicen que es aburrido a rabiar y cosas aun más feas…

Esta presentación me hizo recordar, a su vez, la anterior etapa que tuvo final en nuestra tierra, concretamente en la Fuente del Chivo (prometo que el artículo se reconduce…no se me impacienten). Aquel día se subía El Escudo, antes de bajar a Reinosa por el Pantano del Ebro y enfilar hacia Espinilla, El Henar y demás. Esa tarde durante la retransmisión televisiva hubo una serie de errores de esos que a algunos se nos clavan en los oídos mientras otros no les dan demasiada importancia. Así que recuerde, por ejemplo, decir que tras El Escudo los corredores (que giraban a La Población) entraban en la meseta castellana.

Bien, como los que me rodean ya saben de qué pie cojeo y me lo tienen más que escuchado, aquel día me puse a decir lindezas por las redes sociales. Que si era lastimoso el trato, que si los errores siempre llegaban por el mismo lado (llevaba días escuchando que la etapa de la Fuente del Chivo era la primera del "tríptico asturiano" sic), que si hay falta de ganas y dejación y tal y cual. Un desahogo, vamos. Pero, como esto de las redes sociales es bidireccional (por cierto, hay gente que aun debe de ignorarlo) hubo quien me contestó.

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Encuentros y desencuentros

Un desencuentro es eso que se produce cuando dos personas tienen puntos de vista diferentes de una misma cosa, cuando las dos piensan que lo que ellos proponen es razonable y lo que propone el otro no. La mente humana es así. Pensamos desde nosotros, percibimos desde nosotros, sentimos desde nosotros. Lo que piensan, perciben y sienten los otros es algo que solo podemos imaginar o recrear desde nosotros. La imposibilidad real de salir del yo nos puede llevar a actuar como si todo girase a nuestro alrededor. Hay que hacer grandes esfuerzos para salir de una visión egocéntrica y pensar que lo que los otros piensan y sienten puede ser tan razonable como lo que pensamos y sentimos nosotros, aunque no estemos de acuerdo. Verdades absolutas hay pocas. Es como la belleza, que no está en las cosas sino en los ojos del que mira. Con la verdad pasa algo parecido. Y con lo que es importante y con lo que no. Charles Simic escribió: "He dedicado mi vida a hacer una pequeña verdad hecha de una infinidad de errores".

Dialogar es intentar entender y hacerse entender. Es intentar comprender lo que nos parece ilógico, es negociar alternativas, es ceder (cuando se puede) y mantenerse firme (cuando no). Es buscar acuerdos en los desacuerdos. Es no ningunear al que propone una cosa distinta y pensar que además de nuestras necesidades están las necesidades de los demás. Las necesidades de unos y otros son, por desgracia, muchas veces incompatibles. Es entonces cuando surge el conflicto. ¿Qué hacer en casos así? Puede ceder uno, puede ceder otro, pueden ceder un poco cada uno de los dos. No queda otra que hablar y tratar de salvaguardar aquello que es esencial para cada una de las partes (para ello habrá que saber primero qué es realmente esencial para cada uno y qué es prescindible en una negociación).

¿Y qué pasa cuando no hay acuerdo posible? Bueno, pues cuando ese acuerdo no es posible no queda otra cosa que el desacuerdo pero sin perder nunca la perspectiva de que la postura del otro puede ser, desde su subjetividad, tan valiosa y verdadera como nuestra postura nos lo parece a nosotros desde la nuestra. Las grandes amistades y los grandes amores se construyen sobre esa capacidad para que dos personas estén en desacuerdo sin que los afectos se resientan porque sobre el desacuerdo se impone el aprecio al otro, que es algo que nada tiene que ver con dar la razón al otro solo por complacerle y evitar su enfado o su disgusto. Se puede estar en desacuerdo con alguien y apreciar a ese alguien. El problema es cuando se desprecian las ideas o las emociones o los sentimientos con los que se está en desacuerdo. Entre no compartir las ideas de alguien y despreciarlas hay un gran abismo. Porque el desprecio lo que refleja no es un desacuerdo sino la ausencia de un mínimo afecto o consideración hacia el otro y hacia lo que el otro piensa, siente o necesita. Una vez que alguien se instala en el territorio del desprecio algo en apariencia tan sencillo como dialogar se convierte en una tarea muy difícil.

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Vida Rural 2.0

Ecovaldeolea hace venta directa de su producto gracias a internet. |

La semana pasada me comentaba un amigo ganadero que su vida era mucho más cómoda desde que se lanzó a hacer compras por internet. De repente, no solo se evita el tener que coger el coche para desplazarse a la ciudad y padecer el estrés de los ires y venires de la gente moviéndose en todos los sentidos dentro de un centro comercial, sino que, además, recibe el pedido al día siguiente, y, por si fuera poco, puede devolverlo si no le satisface.

Parece que la magia de internet ha llegado, también, al medio rural. El problema es que en los pueblos la velocidad de conexión es más lenta, tanto en los hogares como en la red móvil, y el recién llegado 4G no existe en núcleos de población de menos de 70.000 habitantes. En realidad, en muchos municipios solo hay conexión 2G y en algunos solo G. De hecho, en el V Foro de Desarrollo Rural, celebrado esta semana en Zaragoza en el marco de la Feria Internacional de Maquinaria Agrícola (FIMA), y cuya temática giraba en torno a cómo afrotar los retos de los jóvenes agricultores, se ha constatado que uno de los principales problemas de la agricultura junto al dificil acceso a la tierra, el envejecimiento o la invisibilidad de la mujer, es la falta de una buena conexión de internet.

Sin embargo, a pesar de la mala conexión y de la falta de políticas orientadas a revertir esta situación, internet podría convertirse en una pieza fundamental para frenar la despoblación e incluso fomentar el asentamiento de nuevos habitantes en nuestros pueblos. Y es que internet permite poner en contacto a personas de todo el mundo, sin importar el lugar en el que se encuentran, facilitando que personas radicadas en ciudades, den el salto al medio rural al poder realizar desde ahí su trabajo. Además, las nuevas tecnologías permiten a las personas ya asentadas en los pueblos hacer llegar su trabajo a mucha más gente.

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La revolución comenzó en el medievo

Jorge Manrique.

La literatura ha hecho muchas cosas buenas por nosotros. A cambio solo nos exige que la queramos. Nos dice, con ojos grandes de gato asustado: prestadme atención. Un pedazo de vida, entregadme. Y así, tírate semanas detrás de la última página de Don Quijote, o pélate las pestañas con Anna Karenina, mi pobre Anna K. en la estación de tren, sin maletas y sin equipaje. Digo: Rojo y Negro, Moby Dick, Las ilusiones perdidas, el Ulises y dándole al espejo la vuelta: Homero en hexámetros clásicos. Venga y venga tardes perdidas a la sombra, dos puntos de nuevo, Absalom, Absalom, El proceso, el Viaje, las tragedias de Shak, que son como el océano entero en un vaso de agua, los poemas humanos de César Vallejo, los Cantos de Ezra, el Mannhatan Transfer de John Dos Passos, Adiós a las armas, Malaparte, la risa torcida de Vian, la guerra, la paz, la ruina, el amor. Y también los Hermanos K., Raskólnikov, la estepa, la taiga, para llegar, transiberiano arriba, hasta eso que había que haber dicho al principio: hay tanta literatura que a veces uno se queda sin tiempo ¿Y entonces? La posibilidad de engañar al tiempo por las esquinas. ¿Cómo? Hay una obra maestra, una de verdad, que se puede leer en diez minutos.

Hablamos de Manrique, Jorge. Se le murió el padre en el siglo XV y le escribió quince páginas de poesía limpia, sin este poco de pretensiones, una cosa estupenda que comienza: recuerde el alma dormida, avive el seso e despierte, contemplando, como se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando. Solo eso. Son cuarenta estrofitas, 480 versos, que tienen un algo extraño, naïf y grave, que brillan y se apagan en menos de lo que se tarda en leer el periódico.

La muerte medieval, consuelo de pobres y puteados, es la revolucionaria que no puede sobornarse y que sienta las bases de un nuevo sistema de pensamiento que fraguará en la Edad Moderna y los siglos posteriores.

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Salvar neuronas en la ciudad pequeña y menguante

El físico Kip Thorne apuesta por la vida inteligente en otros planetas. Hombre, yo también. Pero tengo que vivir en este. Y en una ciudad pequeña, además.

¿El tamaño importa? Qué curioso que se haga esta pregunta con tanta frecuencia: la mayor parte de las veces sí. El bocadillo, el trastero, el rechazo… enseguida se agolpan las ocurrencias donde el tamaño importa mucho, pero no pasa lo mismo con las contrarias.

La importancia del tamaño de la ciudad en relación con la cantidad y la calidad de las ideas de sus habitantes se ha estudiado también. Lo sé por Steven Johnson, profesor de videojuegos y divulgador científico estadounidense que domina el arte de la escritura con la misma maestría que ha convertido a tantos de sus colegas en influyentes opinadores. Y que son una bendición para los mortales comunes que, ignorantes de las matemáticas, no podemos entender qué descubren los científicos sin estos intermediarios.

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Demasiada basura

Siempre hay problemas con la basura. Y no me digan aquello de "si la mierda valiese dinero…", ¡porque lo vale! Repasen, si no, ese magnífico libro de Roberto Saviano -Gomorra- en el que describe cómo la camorra napolitana encontró en el tratamiento de residuos un negocio aún más productivo que el tráfico de drogas. Los camorristas se presentaban a todos los concursos públicos para conseguir las contratas del tratamiento de basuras. Desde Caserta hasta Salerno, pasando por Avellino, siempre obtenían los contratos y ni siquiera necesitaban recurrir a métodos violentos porque sus presupuestos eran imbatibles.

Y lo eran porque su tratamiento de residuos consistía en enterrarlos en cualquier finca de la Campania, de modo que, de vez en cuando, un honrado campesino se encontraba con la desagradable sorpresa de ver brotar de sus tierras botes de plástico, papeles chamuscados, botellas rotas y otros cachivaches malolientes.

Otro que se hizo rico con la basura -o eso decía- era Tony Soprano. Cuando sus hijos le preguntaban si pertenecía a la mafia, el jefe de la familia DiMeo ponía cara de padre paciente y respondía que su profesión era "gestor de residuos". Bueno, de alguna forma quizá sí que podría decirse que gestionaba buena parte de los "residuos" más tóxicos de Nueva Jersey.

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Buenas intenciones

El Mercado Nacional de Ganados de Torrelavega ha reducido mucho sus ventas. |

Miguel Ángel Revilla presidirá el próximo 26 de febrero una nueva reunión de la Mesa Láctea que, a escala autonómica, tratará de llegar a un acuerdo para amortiguar la caída de un sector que han dejado en manos de la libre competencia, en manos de un sistema que ha dicho 'no' a la regulación de mercado eliminando las cuotas lácteas. Un sistema que sanciona los pactos, que prohíbe, por tanto, fijar precios mínimos para evitar vender la leche por debajo de los costes de producción y que el consejero del área, Jesús Oria, ha tenido que recordar a su superior para rebajar las expectativas que el presidente de Cantabria ha generado, y los medios de comunicación hemos transcrito convirtiéndolo en un titular sin recorrido.

El presidente de Cantabria quiere propiciar un acuerdo de todos los integrantes de la cadena del sector lácteo (ganaderos, industria y distribución) para que la leche al consumidor final no se venda por debajo de los 60 céntimos. Pero ahí está el consejero de Medio Rural para frenar las aspiraciones de un Revilla al que ha tenido que aclarar en qué liga jugamos. En la del dinero. En una liga en la que la Comisión Nacional de la Competencia sanciona propósitos como el suyo porque en un mercado cada vez más libre solo hay hueco para los gigantes. Nadie puede obligar a la industria a solidarizarse con el productor, nadie puede impedir la deslocalización, la búsqueda de nuevos nichos de negocio en provincias próximas a grandes capitales, como Madrid, para abaratar costes.

El próximo 26 de febrero, a falta de mecanismos que permitan regular el negocio, marcando un precio que ayude a sobrevivir a las explotaciones ganaderas de Cantabria, el acuerdo estará supeditado a la buena fe de la industria, que recoge la leche a pérdidas. Y, todos sabemos, que la buena fe y los negocios no siempre van de la mano. ¡Poderoso caballero es don dinero!

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De los titiriteros a Los Galipoteros

Un momento de la actuación de la murga de Los Galipoteros en el Carnaval de Santoña.

Qué suerte tiene la gente en Santoña. Allí no hay policía nacional, ni fiscales, ni radares de la ilegalidad. Qué suerte tienen de que el juez Ismael Moreno esté en la Audiencia Nacional y no en los juzgados de Santoña. Qué suerte tienen los muy varoniles miembros de la murga Los Galipoteros de que en este país no haya leyes que sancionen con contundencia la apología del fascismo y que las que existen contra los delitos de odio no puntúen cuando se anima al linchamiento de artistas 'progres' o se alimenta el anticatalanismo de los muy españolistas carnavaleros.

Qué suerte tienen Los Galipoteros de no ser titiriteros.

Los pongo en situación, una banda de 20 descabezados (o con la cabeza muy concentrada en el fascismo) se ponen delante de una retrato gigante del dictador y de un caballo de cartón piedra con el "generalísimo" representado por uno de ellos, animan al público que asiste al concurso de murgas de Santoña a hacer el saludo fascista ("la mano derecha arriba, los mayores y los niños"), añoran a Franco en sus canciones y reparten leña a todo lo que les huela a separatismo.

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Desmemorias

El barrio levantado entre las calles Castilla y Marqués de la Hermida es probablemente el menos afortunado de Santander, pero está construido sobre un tesoro. Si tenemos en cuenta que se levantó sobre el laberinto de islas y regatos que dibujaban las mareas entre los arenales, hay quien podría pensar en piratas y cofres enterrados. La realidad es, desgraciadamente, algo menos novelesca, por más que algo tenga que ver con expolios y repartos del botín. Es verdad que hay también fuego y destrucción, como cuando los bucaneros tomaban Maracaibo, pero no es justo llevar más allá la comparación: hablamos, claro, del incendio del que ahora se cumplen 75 años, y no hubo allí más asalto que el del viento sur.

Hay quien sostiene que Santander es una ciudad con tendencias autodestructivas. En un relato que era un puro lamento, el historiador José Luis Casado Soto recordaba varios momentos que podían servir de ejemplo de ello: el derribo del castillo del Rey, de los edificios que albergaron las primeras estaciones ferroviarias con que contó la ciudad, de la iglesia del convento de San Francisco, del Teatro Pereda, de la vieja lonja… Todos destruidos ante la indiferencia, cuando no el aplauso, de quienes compartieron con ellos el espacio urbano. Con esa querencia a devorarse a sí misma, es fácil entender que el incendio de 1941 elevase lo que ya era un completo desastre –la desaparición del centro histórico de una ciudad con raíces milenarias– hasta niveles de auténtica hecatombe. Algo así como partir de la nada para alcanzar las más altas cotas de la desgracia.

Además de tener tendencias autodestructivas, esta es también una ciudad desmemoriada, que suspira por tener algo parecido a una sede del más moderno de los museos madrileños, pero para la que su propio museo de prehistoria supone un engorro.

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Cuando nievan pavesas

Antonio San Miguel es el ciclista profesional más veterano de los que quedan en Cantabria. Alguien que corrió con los Trueba, con Vicente, con Fermín, también con Chele o Manuel. Alguien que ganó la primera competición de la Subida a la santanderina Cuesta de la Atalaya. Un recuerdo de otros tiempos.

Hace unos meses a Antonio lo entrevistaron en la radio. Cuerpo pequeño, aun curtido, memoria prodigiosa que recuerda sin tacha. Le preguntaron por la bici, claro, por cuando se retiró y fue hombre de confianza de Bahamontes, de Ocaña, por aquel Tour del conquense que él, contaba, le ayudó a ganar. Y por el incendio, claro. El incendio. No hace falta decir cuál, de dónde, de cuándo. El Incendio.

A Antonio el incendio le pilló haciendo el servicio militar en Cáceres, creo, hablo de memoria y la mía no es como la de él. Tan trágico fue que le dieron cuatro o cinco días de permiso para que viniera a su hogar, para ver a su familia, su vivienda, sus amigos. Recorrer toda España en uno de aquellos trenes que avanzaban a paso de mula, con asientos de madera y un traqueteo que batía por completo los huesos. Y el temor en la mente, claro. Qué habrá, qué me espera.

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