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Apostando todo al rojo

La ruleta vuelve a girar y en esta ocasión creo que deberíamos apostar por la movilización ciudadana para seguir haciendo presión a un Gobierno que, aunque se vista de rojo, va a estar obligado a revisar continuamente ciertos principios.

Sala de juego

El vecindario se organiza. Muchos serían los motivos en Santander para que esto sucediera pero, al igual que en otras ciudades del país, es la proliferación de los salones de juego lo que ha hecho que la gente salga a la calle. Su implantación cerca de centros educativos y en barrios populares, en una estrategia compartida con lo que viene sucediendo en muchos puntos de España, ha sido la gota que ha colmado el vaso de una ciudadanía poco dada a protestar.

Está más que claro que se trata de un negocio en expansión, tal y como atestiguan las cifras de crecimiento en nuestra comunidad de este tipo de locales. Pero ¿todo vale en el mundo empresarial? ¿Todo el dinero obtenido es lícito a pesar de ser legal? Por supuesto que no. Desarrollar aquí por qué estos emprendedores, dotados de tanta sagacidad comercial, instalan sus negocios cerca del ámbito relacional de los menores conllevaría dar rienda suelta a todo el amplio repertorio de palabrotas y calificativos despectivos que tiene nuestro idioma y una prefiere empezar la semana con un poco más de calma, por aquello del mindfulness, que luego me ataca la migraña.

La Ley del Juego de Cantabria preveía que un establecimiento de estas características no se podía abrir a menos de 500 metros de un centro educativo. Todas estas casas de apuestas y locales de juego que se preparan para abrir sus puertas próximamente han esquivado la restricción por haber tramitado sus licencias con anterioridad a la entrada en vigor de la misma. Pero, para algunas, 500 metros de distancia nos parece absolutamente insuficiente: colocarlas en el agujero más cercano al averno sería la ubicación ideal.

Otras comunidades autónomas y ayuntamientos han paralizado la concesión de nuevas licencias, o han implementado medias totalmente restrictivas como es el caso de Baleares, que solo concederá una nueva licencia si otra se da de baja. Es decir, si se quiere, se puede. Otra cosa es que se quiera, que los grupos de presión asociados al juego –y a los medios de comunicación, no se nos olvide quien publicita lo permitan o que directamente importe. Parece que, mientras sean los humildes quienes caigan en las garras del juego buscando una vida mejor en un golpe de suerte, no será motivo suficiente para reventar la partida.

Y entonces llegó el ministro de Consumo, un terrorífico comunista que venía a enmendar la plana a quienes asolan los barrios obreros de las ciudades, a solidarizarse con los que protestan en las calles, con las asociaciones de afectadas que claman por detener esta avalancha que no cesa, al lado de nuestros colegios y en las redes. Prometió mano dura, una cruzada marxista contra la lacra del juego y el negocio multimillonario de algunos. Lo iban a equiparar a las restricciones al alcohol y el tabaco, por pernicioso y dañino. Alborozadas aplaudíamos tan gallarda postura: sí nos representan, estos son los nuestros, por algo tenían que estar ahí. Y lo apostamos todo al rojo.

Perdimos, o más bien nos quedamos con cara de pánfilas. Después de marearnos varias semanas con todo lo que iban a prohibir, que resultaba ser lo más grande, nos presentan una propuesta light, con el argumento de que en 30 días es todo lo que se ha podido hacer. Teniendo en cuenta las décadas que se lleva esperando un gobierno revolucionario, creo que por esperar otros 30 y hacer las cosas un poquito más a fondo tampoco nos habría pasado nada, digo yo. Siempre y cuando aceptemos el argumento y no pensemos que a lo mejor lo que realmente ha sucedido es que el flamante ministro se ha dado de bruces con lo que viene siendo un lobby de tres pares de narices de los de toda la vida. Y que además, en lugar de denunciar presiones y quedar como un campeón, ha escurrido el bulto haciendo pasar por boy scouts a los tiburones del juego. Por lo menos parece que Carlos Sobera va a tener que pasarse a los anuncios de productos lácteos para el colesterol.

Así que la ruleta vuelve a girar y en esta ocasión creo que deberíamos apostar al negro, el de siempre. El de la movilización ciudadana para seguir haciendo presión a un Gobierno que, aunque se vista de rojo, va a estar obligado a revisar continuamente ciertos principios que chocan de frente con el gobernismo y la realidad. Tendremos que recordárselo.

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