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Pedro y el lobo

Se vuelve imperiosa la necesidad de reiniciar y reconstruir el proyecto progresista en Cantabria, para reconducir el descontento con la situación socioeconómica y política y evitar la deriva de nuestra tierra hacia posiciones de derecha y ultraderecha

El coordinador general de IU, Alberto Garzón, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, junto a Juanma del Olmo, Irene Montero, Noelia Vera, Sira Rego, y Pablo Echenique.

Unidas Podemos

Como en El pastor mentiroso, la fábula atribuida a Esopo, cuya versión en cuento conocemos como Pedro y el lobo, Pedro Sánchez lleva meses pretendiendo sacar ventaja electoral de un particular ¡que viene el lobo de la ultraderecha! Dejó pasar, de una manera tan irresponsable como altiva, la oportunidad de formar un gobierno de coalición progresista y hoy, tras la repetición de las elecciones, nos encontramos con una situación peor que en abril. Con el lobo fortalecido por la estrategia de Moncloa y unas cifras más complicadas para alcanzar un gobierno progresista. El problema es que, a diferencia de lo narrado en la fábula, en la realidad las consecuencias no las paga quien manipula y se sirve de la mentira, sino que las pagamos todos en forma de una menor probabilidad de formación de un gobierno progresista y una mayor probabilidad de nuevo bloqueo o de gran coalición neoliberal. Resumen de la jugada de Sánchez: menos diputados progresistas y ascenso de la ultraderecha.

En Cantabria también tenemos nuestra particular versión política del cuento, tómese en varias acepciones. Incluso contamos también con un Pedro, Casares en este caso, como representante autonómico del Sánchez estatal, que ha visto desvanecerse la victoria del mes de abril, pasando de dos diputados y tres senadores a un diputado y un senador. Y pueden dar las gracias desde el PSOE cántabro por haber sufrido únicamente un retroceso de dos puntos, 15.000 votos menos, en un contexto en el que su partido y Sánchez han sido los mayores responsables de la ausencia de gobierno progresista, de la repetición electoral y de un año y medio de gobierno en el que han ido olvidando las promesas realizadas en la moción de censura para devenir en una versión edulcorada de Rajoy. Todo ello ha llevado a una desmovilización del voto progresista y a los resultados de este 10N. Es hora de que tomen nota y eviten repetir errores.

Lo más preocupante en Cantabria es el giro hacia la derecha y ultraderecha. La victoria del PP en Cantabria, subiendo cuatro puntos y obteniendo dos diputados y tres senadores, donde solo habían conseguido un representante en cada cámara en abril, supone un nuevo refuerzo para las políticas neoliberales que ya se han mostrado fallidas y han generado un enorme sufrimiento y atraso en nuestra tierra. Pero lo preocupante se torna en alarmante cuando a la victoria del PP se suma la entrada de un diputado de ultraderecha que no consiguió escaño en las elecciones de abril. Es obvio que el hundimiento de Ciudadanos, con una pérdida de más de diez puntos y del escaño obtenido en los pasados comicios, ha alimentado a PP y Vox. Pero no es menos obvio que la sustitución de un diputado del PSOE y otro de Ciudadanos por uno del PP y otro de Vox es una pésima noticia para nuestra tierra. Hoy Cantabria se ve más en blanco y negro y se ancla más en el pasado. El progreso social y la tolerancia sufren un duro golpe.

Por su parte, el PRC, el partido al que más rentable le salen las eternas promesas incumplidas, también se ha aprovechado del hundimiento de Ciudadanos, así como de la caída de apoyo a PSOE y Unidas Podemos. Renuevan el escaño de Mazón en Madrid con seis puntos y medio más que en abril, la mayor subida de todos los partidos de Cantabria. Han sido capaces de rentabilizar electoralmente las demandas firmadas por el ejecutivo de Sánchez. Que no por haber sido antes firmadas, e incumplidas, por gobiernos del PP y PSOE, les han rentado menos en las urnas. No obstante, su diputado sería mucho más útil para Cantabria si en lugar de un AVE, que no beneficia a nadie más que al propio PRC y a las constructoras, consiguieran realmente, y no solo sobre un papel, el tren de altas prestaciones a Madrid y Bilbao, la mejora de la red de cercanías, el tercer carril de la autovía Santander-Torrelavega, el pago efectivo de la deuda por Valdecilla, la cofinanciación en temas de dependencia o la mejora del sistema de financiación autonómica, que es donde realmente nos jugamos la calidad futura de los servicios e inversiones públicas de Cantabria. Y no digamos si desde el PRC se acordasen de exigir los 250 millones que aprobó el Congreso de los Diputados para inversión en la reindustrialización sostenible de las comarcas del Besaya y Campoo. No deja de ser llamativo que desde el PRC hayan ignorado, ya sea por desconocimiento o porque no lo consideran relevante, estos 250 millones para inversión productiva. ¿Cuánta creación de empleo están dejando pasar por su negligente actuación en esta cuestión?

Finalmente, Unidas Podemos ha repetido el piñazo de las pasadas elecciones. Incluso intensificado, al reducir en un punto y medio los apoyos recibidos, dejándose casi 9.000 votos en medio año y mostrando una preocupante incapacidad para recabar los apoyos que permitan recuperar el escaño obtenido en 2015 y 2016. Este resultado, que no se explica solo por la tendencia estatal ni por la presencia del PRC, debe llevar a una profunda reflexión sobre la deriva de un proyecto político que ha olvidado de dónde venía y ha tenido demasiado protagonismo de grupos de interés con excesiva fijación en la espalda de los compañeros. Se ha confirmado que un candidato, como del Piñal, que ha estado en el centro de este tipo de dinámica, no puede llevar a una mejora de los resultados ni genera confianza en el votante progresista.

Se vuelve imperiosa la necesidad de reiniciar y reconstruir el proyecto progresista en Cantabria, para reconducir el descontento con la situación socioeconómica y política y evitar la deriva de nuestra tierra hacia posiciones de derecha y ultraderecha. Para ello, como condición ineludible, se debe generar confianza en la sociedad y dejar de lado, de una vez por todas, tanto las dinámicas de camarillas como la patrimonialización del proyecto. Ni puede ser propiedad de una persona ni debe basarse en exclusiva en la preeminencia de un partido. Pocas cosas hay menos progresistas que hacer política por interés exclusivamente personal o de una red clientelar. Construir un proyecto o plataforma progresista con ambición de un profundo cambio social, vocación de mayoría y de ganar, abierto a la sociedad civil, sin control férreo de uno o varios partidos es posible. Con más razón en una tierra en la que, según el CIS, el 41% de la población se define progresista, socialista, socialdemócrata, feminista o ecologista. Hay espacio.

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