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Ver a Dios en el tercer milenio

Seguramente Dios tenga el mismo aspecto desde hace millones de años. La manera de verlo, por el contrario, ha evolucionado con el tiempo

El conductor del autobús cobraba los billetes y devolvía el cambio correcto a cada pasajero, como siempre, pero ese día además les explicaba lo contento que se sentía de estar en el Cielo. Hizo lo mismo al siguiente: dos días estuvo oyendo voces divinas y angelicales. Cuando regresó a la Tierra, al mundo de todos, siguió convencido de haber estado realmente en el Cielo.

Su experiencia la cuenta con detalle un artículo del British Journal of Psychiatry, publicación que no figura entre mis lecturas habituales, pero que es citada por Oliver Sacks en un artículo con el mismo título del presente, recogido en su último libro (Todo en su sitio. Primeros amores y últimos cuentos).

La experiencia de ver a Dios ha ido cambiando con el tiempo, desde luego. En el primer milenio a. C. era relativamente fácil encontrarse con Él en mitad del trajín cotidiano: por entonces le gustaba alternar con los humanos. Varios personajes hablaron con Dios, y uno, Jacob, tuvo incluso la temeridad de pelear en Su contra y la asombrosa suerte de vencerlo (Gn 32, 25-31).

Todos estos encuentros no se discuten, porque los describe la Biblia. Los de milenios posteriores, por el contrario, han sido más cuestionados. Aunque no infrecuentes: hasta entrado el siglo XX los bebedores de vino veían a Dios regularmente. Precisamente lo anunciaban cuando tomaban un vaso: «Hasta verte, Jesús mío», decían. La explicación, nos cuenta José María Iribarren, es que en el fondo del recipiente figuraba el cristograma IHS, oculto mientras hubiera bebida en él.

Acabado este recurso, los avistamientos de Dios en el presente tercer milenio se deben, nos explica Sacks, a actividad epiléptica en los lóbulos temporales, particularmente el derecho; un fenómeno que la literatura científica llama ecstatic seizure.

La ecstatic seizure es muy rara, pero abundan otros dos estados que despiertan con facilidad la convicción religiosa: la sensación de estar fuera del propio cuerpo (out of body experience, OBE) y la de la proximidad de la muerte (near death experience, NDE). La frecuencia de estas experiencias ha aumentado en paralelo a la de resucitar a personas que han sufrido una parada cardiaca.

En una OBE, el sujeto siente que abandona su cuerpo y puede contemplarlo mientras flota en el aire. En una NDE, el individuo atraviesa una serie de etapas: siente que se mueve felizmente y sin esfuerzo por un túnel oscuro hacia una luz maravillosa, a menudo identificada con el Cielo; luego puede haber la visión de amigos dándole la bienvenida al otro lado, y una rápida pero muy detallada visión de la propia vida.

Ambas experiencias ocurren en estado de vigilia, pero también de conciencia muy alterada, y la alucinación que producen es tan nítida que quienes la experimentan se niegan a reconocer su cualidad de alucinación e insisten en que fueron experiencias reales. Aun después de que haya pasado tiempo. La razón es que la alucinación incide en los mismos sistemas cerebrales, perfectamente sanos, mediante los que percibimos la realidad.

Es fácil interpretar la experiencia de abandonar el cuerpo y verlo desde arriba como prueba de la existencia de un alma independiente de la materia. Pero se trata de una ilusión que puede recrearse con facilidad en el laboratorio. Es frecuente que una OBE se convierta en una NDE, como le pasó a un cirujano ortopédico en un caso que Sacks ha contado en Musicofilia. La experiencia le cambió la vida para siempre: sin haberse interesado nunca por la música, el dr. Cicoria pasó a querer escucharla todo el tiempo; compró un piano y se dedicó a componer, sin abandonar su profesión.

Cicoria, también doctor en neurología, creyó que su experiencia formaba parte de un plan divino. Si Dios interviene en los hombres, ¿por qué no iba a hacerlo en sus circuitos neuronales? Sacks considera esta actitud razonable, incluso científica, por oposición a la de otro médico, el dr. Alexander, neurocirujano, que pasó siete días en coma y tuvo su NDE, durante la cual llegó a estar con Dios. Lo contó detalladamente en su libro Proof of Heaven. A Neurosurgeon's Journey into the Afterlife [Prueba del Cielo. El viaje de un neurocirujano al más allá]. Alexander se convirtió en una especie de evangelista, dedicándose en lo sucesivo a explicarle al mundo que el Cielo existe, ¡si lo sabría él, que había estado allí!

Las alucinaciones, dice Sacks, forman parte del rango normal de la consciencia y experiencia humana. Para los no creyentes pueden suponer la misma concentración intensa en un asunto no religioso; pueden tener la misma trascendencia en un plano intelectual o emocional, como enamorarse o escuchar a Bach. Sería la predisposición del individuo la que le hace preferir una u otra ruta.

O incluso ambas, como le ocurrió al conductor de autobús del principio. Tras su experiencia celestial de dos días, que lo convirtió en creyente apasionado, pasó tres años sin incidentes. Y de pronto tuvo tres ecstatic seizures en tres días sucesivos; volvió a experimentar un estado de felicidad intensa y de lo que llamó claridad mental. Solo que esta vez perdió la fe.

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