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Lo que enseñan los cuentos

Los roles en las familias están cambiando sustancialmente. Necesitamos cuentos distintos para entenderlos

La gran Madame Petrova, estrella del Ballet Imperial Ruso, ofrece a Sherlock Holmes un Stradivarius auténtico en pago por sus servicios futuros y aún no pactados. El director del ballet actúa de intérprete entre ambos; explica que Madame lleva demasiado tiempo bailando, tiene 38 años…

—Debo decir que no los aparenta —interrumpe galante Holmes.

—Eso es porque tiene 49 —contesta el intérprete—. Así que a partir de ahora va a dedicarse a criar a su hijo.

Holmes la felicita por la decisión, y es informado de que el problema es que falta el padre. Un caso de padre desaparecido es adecuado para él, piensa, pero el director le saca de su error: missing en este caso no es desaparecido, sino faltante. Madame quiere un hijo muy guapo e inteligente; la belleza es cosa de ella, pero la inteligencia excepcional…

Holmes acaba comprendiendo que no se le pide que encuentre a un padre perdido, sino que se convierta en uno: debe pasar una semana con Madame en Venecia y…

Nada más debería aportar su valioso material genético, no tiene obligaciones posteriores a la semana veneciana. Aun así, el plan no le gusta nada, e intenta salir del paso con la educación que le es propia.

—Me siento muy halagado, pero seguramente hay otros hombres mejores…

—La verdad es que no fue usted en quien pensamos en primer lugar. Empezamos con Tolstoi, el escritor ruso.

—Es mucho más adecuado. Es un genio.

—Demasiado viejo. Entonces pensamos en ese filósofo, Nietzsche.

—Una cabeza inmejorable.

—Demasiado alemán. Nos acordamos de Tschaikowski…

—¡Ah, con Tschaikowski no podían fallar!

—Podíamos. Lo hicimos. Fue un desastre. ¿Cómo decirlo…? Las mujeres no son lo que más le gusta.

Madame interviene en ese momento para señalar que está muy feliz con la elección definitiva, le explica a Holmes el intérprete. Pero Holmes sigue defendiéndose como puede:

—No debe apresurarse. Tiene que pensar que soy inglés.

—¿Y…?

—Pues que hay una cosa que los ingleses hacemos incluso peor que cocinar: el lovemaking.

—¡Magnífico! No queremos sentimentalismos.

—Y ademas tenemos una tara en mi familia: somos hemofílicos.

Intercambio de explicaciones entre el director y la bailarina.

—Madame promete no arañarle.

—Es tranquilizador, pero…

Y, en fin, abreviando la divertida escena, Holmes, acorralado, acaba asegurando que comparte los gustos de Tschaikowski y lleva vida marital con Watson, quien hasta ese momento está disfrutando de lo lindo con las coristas del ballet. Que desaparecen de pronto sin que sepa por qué, sustituidas inmediatamente por una hilera de sonrientes mocetones rusos…

Es dudoso que Conan Doyle le hubiera permitido a su personaje dejar tan mal a sus compatriotas, diciendo que son peores en el lovemaking que cocinando, ni siquiera para librarse de una veterana estrella rusa del ballet. Pero en algún momento Holmes dejó de ser propiedad suya, y desde entonces al pobre no le han dejado descansar: aparece en infinidad de libros, películas y series de televisión, con su propio nombre o con uno falso, en este segundo caso repartiendo guiños a diestro y siniestro para que se lo reconozca. Quienes le hicieron pasar tan mal rato con Madame Petrova fueron Billy Wilder y I. A. L. Diamond, en La vida privada de Sherlock Holmes. Siendo estadounidenses, no les preocupaba lo más mínimo el descrédito que estaban arrojando sobre las habilidades sexuales de los ingleses, descrédito que todavía padecen: cuando vemos esas imágenes de los hinchas británicos armando mucho ruido y rompiendo cosas en los alrededores de los estadios de fútbol, hay que recordar en su descargo que no tienen un acceso demasiado fácil a otros entretenimientos populares por culpa del chiste de una película.

Madame Petrova estaba haciendo algo que yo creía que siempre hacían las mujeres: elegir la semilla. Recuerdo de niño a las mujeres de casa seleccionando las lentejas en el mármol de la cocina, una escena que también se veía con frecuencia en las casas de mis compañeros, como comprobé varias veces sin darle ninguna importancia.

Incluso en la ficción aparecía la misma actividad: en La cenicienta, nada menos, donde la malvada madrastra ordena a la protagonista que recoja y seleccione toda las semillas desparramadas por el suelo.

Pues bien, no. Esta es una escena moderna, que le debemos al patriarcado.

Antes las mujeres no elegían la semilla. Claro, mucho antes, en tiempos del matriarcado, una época tan remota que la información es escasa y su interpretación discutida. Pero si ellas engendran y la familia se trasmite por línea materna, el hombre no importa nada: todos valen igual y, por tanto, las mujeres no eligen entre ellos. En tiempos de Afrodita impera la lujuria, son los dioses los que deciden por los humanos, que se reproducen sin pensar demasiado, como cualquier otra especie.

Pero el reinado de Afrodita es desafiado por Psique, la joven que se convierte en su nuera al unirse a Eros. La furia de la vieja diosa es terrible y castiga a Psique sin piedad: tras golpearla, «mezcló profusamente en un mismo montón trigo, cebada, mijo, garbanzos, lentejas y habas y le aclaró:

«—Me resultas tan detestable que solo te podrás reconciliar con tus amantes si acabas con bien un solícito servicio: yo misma voy a probar tu valía: separa este montón desordenado de semillas y distribuye los de cada clase por separado, como es debido […]». El mito de Eros y Psique cuenta el momento del enfrentamiento del viejo orden y el nuevo, en el que el amor se convierte en consciente. Psique aporta la capacidad de discernir y de elegir.

También habla de los conflictos entre hermanos (entre hermanas, claro, porque las mujeres eran las que contaban: el papel del príncipe en La cenicienta es muy secundario, parecido al de Criseida en La odisea: simplemente el botín que el protagonista adquiere), asimismo conservado en La cenicienta: Eros y Psique da tanto de sí que hoy se lo considera el mito por excelencia, la referencia que podría arrojar luz sobre las relaciones familiares del XXI, en sustitución del viejo Edipo que dominó el siglo pasado.

Es también una imagen de la creación artística. La primera fase de la creación se parece mucho a la procreación: se trata de producir elementos, sin poder controlar exactamente su apariencia y constitución, sin que su orden o importancia preocupen. Es el mecanismo que se estimula en las «tormentas de ideas»: deje usted salir cualquier cosa que se le ocurra, sin pensar si es buena o mala, si procede o no. Luego viene Paco Conlasrrebajas.

Lo que hace Paco Conlasrrebajas es editar (distinto de publicar): ordena, separa, elige. Como las mujeres en el mármol de la cocina antes de los perfeccionamientos industriales en el sector de la alimentación, recoge las lentejas dignas de entrar al puchero y coloca las demás con mucho cuidado en el cubo de la basura. Sabe muy bien que el valor del cocido resultante depende tanto de lo que pone en él como de lo que deja fuera.

En lo que se diferencia de la procreación la creación artística es que pueden practicarla con éxito parejas del mismo sexo. Como Wilder y Diamond, por ejemplo. A propósito, si quiere usted ver una versión moderna e inteligente de La cenicienta, olvídese de esa ñoñez de Pretty Woman y busque La vida privada de Sherlock Holmes, 20 años anterior. Aquí la rivalidad es entre hermanos hombres…

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