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Con un par

—Siempre se ha dicho que madre no hay más que una —empezaba Tip—. Investigaciones recientes han demostrado, sin embargo, que hay muchísimas más. —Por lo menos, el doble —confirmaba Coll.

Los humoristas Tip y Coll. | ARCHIVO

Los humoristas Tip y Coll. | ARCHIVO

—Eso se arregla con un par de hostias— explicó afablemente el mayor de ambos. Era una conversación en el bar oída por encima del hombro. Su interlocutor estaba contando los problemas que tenía con su hijo adolescente.

Probablemente algunos problemas puedan solucionarse por el método descrito por este señor en el bar, pero no muchos. Y, casi con toda seguridad, ninguno que tenga que ver con adolescentes. Los adolescentes suelen tener que soportar la crisis de la mediana edad de sus padres, sin que nadie les haya advertido de ello. Tienen que soportarla y, encima, se espera que aparezcan como culpables. Demasiado, a todas luces, para unos chicos que tienen sus propios problemas en esos momentos.

Dejando de lado la clase de problema de que se trate, sorprende la tranquilidad, el aplomo con que la gente da consejos como si fueran verdades absolutas. Porque los consejos son como las medicinas: no solo deben ser pertinentes para el problema que se quiere abordar, también hay que comprobar que resultan indicadas para el paciente concreto que se consulta.

Pero muchas personas creen que las cosas solo pueden ser como ellas las ven; que lo que les ha funcionado a ellas tiene que servir para otros; y aconsejan con una seguridad que los demás envidiamos: ¡qué bien me hubiera ido a mí en la vida si tuviera la seguridad de ese señor!, pensamos.

Pues no. En realidad nosotros, los dubitativos, sabemos más de la vida que ese señor, aunque no lo parezca. Sabemos de su variación, de su irreductibilidad a fórmulas, a esquemas prefijados. En consecuencia buscamos respuestas locales, modestas, seguramente mejorables, a los problemas que encontramos, y no La Única Respuesta que conoce ese señor. Porque las situaciones son distintas aunque su apariencia no lo sea.

Supongamos que usted tiene un par de hijos, gemelos univitelinos. Idénticos, oiga. Pero uno de los dos, Emeterio, es un chico más bien timorato, que nunca habla con un desconocido, no quiere empezar actividades nuevas y se queda en casa siempre que puede. Celedonio, por el contrario, se mete por el primer agujero que encuentra, está apuntado a media docena de actividades, no todas exentas de riesgo, y si no se le amarra corto no entra en casa más que cuando tiene hambre. ¿Qué hace usted y su pareja con ellos? Pues a Emeterio le explican que el mundo es un lugar benigno que merece ser explorado. Está lleno de gente agradable, con ganas de conocerte y dispuesta a echarte una mano cuando lo necesites.

A Celedonio, en cambio, le previenen: ojo, que no es oro todo lo que reluce. Hay gente por ahí que piensa en aprovecharse de los demás, y situaciones donde la calamidad le cae a uno aunque nadie tenga mala intención.

¿A cuál de los dos están ustedes mintiendo? Obviamente, a ninguno. El mundo es un lugar maravilloso, lleno de oportunidades, que hay que recorrer gozosamente. Pero también está lleno de peligros sin cuento y hay que tomar precauciones para moverse en él. Lo que hacen ustedes es enfatizar una parte de la verdad, de acuerdo con las necesidades distintas de cada uno de sus hijos.

¿Quién diría que podían tener necesidades tan distintas siendo igualitos? Pero es frecuente esta diversidad de caracteres bajo la misma apariencia. Fíjese, por ejemplo, en su par de calcetines, gemelos univitelinos donde los haya. Clavadito el uno al otro. Pero, si son como los míos, no puede imaginarse caracteres más dispares. Todas las noches los dejo en sus zapatos; todas las mañanas encuentro a Emeterio relajado en el suyo. Pero Celedonio no aparece por ninguna parte. Reprimo lo primero que se me viene a la cabeza, la pregunta «¿dónde está tu hermano?», porque sé que Emeterio me va a dar una respuesta bíblica y no me apetece empezar el día discutiendo de religión. Así que me pongo a buscar a Celedonio sin ayuda. Normalmente no tardo mucho en encontrarlo debajo de la cómoda, de la cama o de la mesita de noche: su afán explorador dura poco, hasta que lo vence el sueño.

Si este comportamiento tan dispar se da entre sujetos tan parecidos entre sí ¡que no pasará entre personas que no solo no son gemelos, sino que no tienen nada que ver!

Pues aconsejadores hay que tienen siempre una respuesta preparada para cualquier problema y la encajan en cualquier oportunidad que se presente, sin dejar espacio a la duda. A primera vista, se trata de gente sabia con mucha experiencia. Pero desconfíe: la respuesta que tienen es la misma para todos los casos. Puede que durante mucho tiempo se la haya considerado única, pero investigaciones posibles demuestran que hay muchísimas más. Por lo menos, el doble: un par.

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