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Hay políticos generosos

Con la información de que disponemos, es fácil creer que todos los políticos son egoístas sin escrúpulos. Hay, sin embargo, excepciones, y es bueno que se las reconozca.

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Michelle y Barack Obama. | EFE

Hace pocos años, cuando era la primera dama, me escribió Michelle Obama una carta muy amable, aclarando que lo hacía por orden de su marido. El presidente Obama tenía la necesidad urgente de transferir cuatro millones de dólares a mi cuenta corriente y necesitaba mis datos bancarios para hacerlo.

No voy a negar que me sentí halagado. Nada menos que el presidente de Estados Unidos había reparado en mi humilde existencia y para ponerse en contacto conmigo no recurría a un funcionario cualquiera de su administración, sino que le encargaba la gestión a su propia esposa.

Hasta llegué a fantasear sobre cómo se habría producido el encargo: el presidente entrando en el dormitorio oval (digo yo que en la Casa Blanca habrá un dormitorio oval para la pareja presidencial), quitándose la chaqueta, la corbata, y comentando con su mujer los temas del día en orden ascendente de importancia. Primero los banales: Corea del Norte, que ha lanzado un misil; Arabia Saudí, que está bombardeando a un país vecino cuyo nombre en este momento no recuerda el presidente, etc. Se quita los pantalones, camisa y calcetines comentando temas más trascendentes para la pareja: los resultados escolares de las niñas, Malia Ann y Natasha; el menú del día siguiente…

Michelle en negligé amarillo, que contrasta muy bien con el negro, como explica el Cosmopolitan que está hojeando, va dando las respuestas pertinentes. Barack está a punto de meterse en la cama, que abre con una mano mientras se quita los calzoncillos con la otra. Y dice:

—Ah, y no te olvides de escribirle a Jesús Ortiz, por favor, que tengo que enviarle cuatro millones de dólares y no sé con qué banco trabaja. Que te dé todas las claves de acceso y operativas para hacerlo más rápidamente.

Pero, después de la alegría inicial, empecé a pensar en el asunto central: los cuatro millones que me estaban esperando en algún banco de Manhattan o, quién sabe, en la mismísima Reserva Federal. No he tenido nunca un millón de dólares, de hecho no he tenido nunca un millón de nada excepto microbios y cosas parecidas, y no digamos cuatro. Calculé que, aunque me cobraran un pico por la traducción de dólares a una moneda que acepten en los bares de aquí, iba a tener suficiente para muchos vinos. Pero muchos, vamos: probablemente más de los que pueda tomar en lo que me queda de vida, de modo que tendría que legar a mi descendencia la obligación de beber todavía unos cientos de miles a la salud de Barack y Michelle.

También estaba la cuestión de qué debería hacer a cambio de la generosa suma. La carta dejaba claro que no se esperaba ninguna contrapartida por mi parte, pero uno es un hombre de mundo y sabe que de algunas cosas no se habla por delicadeza, pero no por eso son menos reales. Así que no quedaba más remedio que hacer conjeturas sobre lo que el presidente Obama podría querer de mí.

Primera hipótesis: ¿querría compensarme por agradecimiento, por no haber revelado cosas que podrían interferir con los intereses de su país? Bueno, hay unas cuantas cosas de Estados Unidos que sé y no he contado. Cosas de Silicon Valley, por ejemplo, como cuando Myron Stolaroff, un pionero de la naciente industria informática, estimuló con LSD la creatividad de sus compañeros con la bendición del arzobispo católico local, coordinando la ingesta del psicotrópico con la misa en que el prelado rogaba en favor de la experiencia. Pero si no lo he contado no ha sido tanto porque me pareciera material secreto como porque dudo mucho que le interese al lector de por aquí, que está muy ocupado en intentar convencerse, contra toda evidencia, de que la culpa de sus males la tienen los catalanes.

Además hay poca gente agradecida, pocos que recompensen favores, silencios en este caso, ya realizados. No, probablemente los cuatro millones eran el pago para que hiciera algo, o dejara de hacerlo, en el futuro. Probablemente Obama quería que escribiera aquí de cosas que favorecieran a su país. Pero no por eso la oferta era menos generosa.

Dormí mal. Cuatro millones es mucho dinero: no voy a tener otra oportunidad de ganar nada que se le aproxime. Al día siguiente no contesté la amable misiva de Michelle. Y volví a dormir mal. El tercer día tomé una decisión en defensa de mi integridad moral y de mis horas de sueño: no aceptaría el dinero.

Esa noche dormí como un niño, muy orgulloso de mí mismo. No lo he contado nunca porque ya se sabe que las buenas acciones lo son más si no se pregonan. Pero han ido cambiando cosas, la vida se ve de otro color. La presidencia de Estados Unidos, sin ir más lejos, ha cambiado del negro al naranja chillón. No puede decirse que me parezca un progreso, porque hasta ahora la nueva no me ha escrito. Ni para ofrecerme dinero ni para nada. Puede, incluso, que el presidente actual no sepa quién soy. Es una idea deprimente que los presidentes de Estados Unidos dejen de preo­cuparse por uno, con lo bien que lo estaban haciendo, pero en fin, habrá que acostumbrarse.

Y queda el recuerdo. Es reconfortante saber que hay gente generosa en la política. Obama no es el único: mire usted por aquí cerca y encontrará enseguida a Pedro Sánchez. Quería derogar la reforma laboral y la ley mordaza. Cuando ganó las elecciones descubrió que la extrema izquierda no le dejaba hacerlo. Así que, con gran generosidad personal, renunció a ser presidente y convocó nuevas elecciones: de este modo podrá derogar la reforma laboral y abolir la ley mordaza siendo vicepresidente de un gobierno encabezado por Pablo Casado. Admirable.

Y todavía habrá quien diga que la política es un timo.

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