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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

La razón contra el mal

Concentración en Barcelona contra la islamofobia

Susana Ruiz

En estos días, tras los terribles atentados de Barcelona y Cambrills, estamos asistiendo a una respuesta ciudadana ejemplar. Muchos son los que en Cataluña han gritado “No tinc por” (no tenemos miedo) en la manifestación posterior a los atentados. También muchos son los que se niegan a culpabilizar a la comunidad musulmana española por los actos de unos pocos. Muchos fueron los que se enfrentaron a la manifestación de simpatizantes fascistas en las Ramblas al grito de “Barcelona Antifascista”. Y muchos han sido los musulmanes que se han pronunciado públicamente en multitud de concentraciones repudiando la masacre.

Pero, desgraciadamente, también algunos han aprovechado la desgracia ajena para sembrar el odio en nuestra sociedad, como buitres que huelen los restos de la matanza.

El caldo de cultivo para que esos mensajes racistas y xenófobos calen hondo es seguramente el más propicio desde objetivos oportunistas, puesto que la ira es un sentimiento habitual ante situaciones como la vivida el pasado jueves en Cataluña. En un país que históricamente ha rechazado al mundo musulmán, que alimenta rumores sobre las ayudas que cobran los inmigrantes, sobre la delincuencia asociada a lo extranjero, sobre los trabajos que nos quitan los que vienen de fuera, es fácil prender la llama de la islamofobia. Artículos de opinadores profesionales en grandes medios de comunicación estatales han hecho hervir las redes sociales y los comentarios en los bares de la esquina. Los bulos, las imágenes macabras de los atentados compartidas por doquier o las fotografías dantescas en periódicos más dedicados al amarillismo que al respeto por las victimas siguen bombardeando a diario nuestras conciencias señalando al “otro” como el gran culpable.

Nuestra comunidad autónoma no se ha librado de estos ‘mensajes de odio’. Esta mismo martes el Diario Montañés en su sección de opinión, publicaba un artículo de Enrique Álvarez titulado “El Islam y el Mal”. Sí, el Mal. Con mayúsculas. El autor, escritor caracterizado por su pensamiento católico y sus ideas conservadoras –no lo digo yo, lo dice la Wikipedia –, es desde 1987 el jefe del servicio de Cultura del Ayuntamiento de Santander. Dato relevante puesto que es un funcionario que ostenta un cargo institucional en la casa de todos quien dedica estas líneas a analizar la religión islámica.

Después de leer el texto reflexioné sobre cómo abordar una respuesta racional ante tanto despropósito. Quizás haciendo un repaso histórico sobre el origen de la radicalización de ciertos sectores del islamismo. Desde el surgimiento de la Liga Musulmana a principios del siglo XX en la India, utilizada como piedra de choque contra el movimiento independentista de Ghandi, hasta las últimas “creaciones” occidentales de grupos terroristas como Al-Qaeda o Estados medievales como ISIS (Daesh), es la injerencia de las potencias extranjeras en países musulmanes lo que ha conducido a la radicalización de un sector de su población. En un intento por frenar propuestas consideradas como dañinas para los intereses de las potencias ‘cristianas’ (independencia de sus colonias, regímenes socialistas y laicos cercanos a la Unión Soviética, autonomía energética, etc.) financiaron, adiestraron y apoyaron a los que hoy en día colocan las bombas no solo en sus lugares de origen –casi el 90% de los atentados asociados con el terrorismo islámico se producen en países de mayoría musulmana- sino también en nuestras casas ‘cristianas’.

Desde el 11-S, las iniciativas militares de los Estados ‘cristianos’, comandados por EEUU, han producido millones de muertos y desplazados en Afganistán, Irak, Libia o Siria. Y, al mismo tiempo, en los Estados de mayoría musulmana aliados de los Estados occidentales se aplasta toda disidencia o rebeldía cultural, social o política.

Ese es el contexto que capta adeptos para el terrorismo entre los desheredados del mundo árabe y entre los inadaptados del mismo origen en Europa. El neo-fundamentalismo del siglo XXI no necesita elucubraciones filosófico-religiosas ni tampoco grandes estructuras organizativas para cumplir sus fines. Sólo hay un estado artificial, creado bajo el auspicio de intereses occidentales inconfesables, y cientos de células de jóvenes dispuestos a inmolarse gracias al odio generado durante décadas.

Ese cóctel de política y religión, de relación entre poder y pensamiento religioso, de horror y de represión, es el que capta adeptos entre aliados tradicionales de nuestro país. Por un lado, la monarquía saudí contribuye con financiación y armas. Por otro, la represión de la monarquía marroquí aporta terroristas –la mayoría de los atentados en Europa han sido perpetrado por jóvenes de origen marroquí o de esta nacionalidad –. Ambas monarquías mantienen vínculos de amistad con los reyes de España y abrazan a nuestros representantes institucionales, mientras sus regímenes totalitarios cometen las mayores atrocidades contra sus empobrecidos súbditos, con el mundo occidental vuelto de espaldas. Nadie parece sonrojarse por ello.

Quizás otra forma de abordar, desde la razón, la respuesta meditada al artículo de Álvarez, pudiera ser un recordatorio de las ‘maldades’ cometidas en nombre de la religión de Cristo a lo largo y ancho de todo el planeta durante muchos períodos de nuestra historia. El cristianismo no ha sido una religión de paz la mayor parte del tiempo. La intolerancia, las guerras santas contra el infiel, la conversión forzosa o las matanzas han teñido de sangre una fe que se proclama de paz y amor por el prójimo. Por ello, resulta paradójico que el autor del texto en cuestión la proclame como remedio a los males de la religión de Al-láh –el cual resulta ser el mismo dios que adoran los cristianos, otra paradoja –. Partiendo de esa base, que las diferentes religiones abrahámicas han sembrado muerte por doquier, la diferencia que las separa es muy escasa. Es la interpretación de las mismas, fanatizada hasta el extremo, la que lleva a un creyente a matar por su Dios. El problema no es el Islam como tampoco lo es la Iglesia Católica o cualquier otra religión o ideología metafísica, sino la utilización que hacen de ellas los individuos, las organizaciones y los Estados.

Pero quizás realmente no merezca la pena tanto análisis. Porque el artículo no habla desde la razón. Es un texto que confronta una visión del mundo con las anteojeras de otro tipo de fundamentalismo: el cristiano. En base al cual “el otro”, el creyente del Islam, es la representación del Mal, no haciendo distinción entre ellos. Englobando bajo el paraguas de una religión tildada de maléfica, tanto al vecino del quinto con el que se cruza a diario en el portal, como al terrorista suicida que se inmola arrasando un mercado en Yemen. Su visión del mundo se resume en el enfrentamiento con el que piensa diferente, introduciendo como ejemplo del Mal también al marxismo, en una vuelta de tuerca digna un auténtico trilero de la palabra: “El marxismo, por ejemplo, en cualquiera de sus avatares, era extraordinariamente sensible a la injusticia social y apasionadamente entregado a la causa de la igualdad de los hombres. Pero esa enorme virtud no se correspondía con la verdadera caridad o filantropía universal sino que llevaba dentro de sí una carga inmensa de odio y de crueldad, que era, además, declaradamente, su mejor arma de combate. El Islam es un caso análogo.”

Álvarez termina su texto haciendo una llamada a la represión contra la religión islámica en Europa, aunque deja claro que dentro de los límites de la democracia. Su solución para el terrorismo pasa por restaurar la religión de Cristo, ya que, el avance del Islam se nutre de esos actos terroristas por los cuales la sociedad europea permite en un arranque de bondad que se instalen más mezquitas y se les trate con respeto. Ciertamente, en el marco de una sociedad laica y democrática, no sé cómo pretende que se limite “al máximo” la religión de Mahoma. Es digno de alabar que dentro de un discurso plagado de lugares comunes, de odio a otra religión hasta el punto de considerarla el Mal, no llame a la guerra santa o a quemar musulmanes en hogueras.

La reflexión que debemos hacernos no es si personas como el jefe del servicio de Cultura del Ayuntamiento de Santander tengan o no derecho a expresar opiniones así. Vivimos en un Estado en el cual la libertad de expresión es muy peculiar: cualquiera puede decir casi lo que le venga en gana, siempre y cuando no ofenda a ciertos sectores vinculados a ideologías en extremo sensibles o con un sentido del humor poco desarrollado, excesivamente dados a poner querellas en los juzgados por cualquier cosita.

El problema viene cuando los medios de comunicación publican artículos de opinión como este. La responsabilidad de expandir el racismo, la persecución religiosa, o la xenofobia no se encuentra solo en quien escribe. Está en quien publica. ¿O acaso permitirían que un fundamentalista islámico escribiera desde las páginas de ese mismo periódico algo similar? El ejercicio del periodismo, tan denostado en los últimos tiempos por comportamientos similares, tiene la obligación de hacer una profunda revisión sobre las líneas rojas que no se deberían cruzar. Y muchos lo están haciendo, porque ellos también gritan “no tinc por”.

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