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El peor escenario posible

La brutalidad policial del 1-O, el discurso del rey, la cárcel preventiva para los líderes activistas y ahora una aplicación extrema del 155 son demostraciones de dureza de un régimen debilitado que necesita la exaltación patriótica y los cantos a la unidad para recuperar la fuerza y el favor popular

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Estamos en el peor escenario posible para todos menos para quienes nos han llevado hasta este choque entre Cataluña y España. No les frena la fractura social y económica que están provocando porque piensan en sus intereses particulares y en los de su parroquia, no en los de todo el pueblo al que representan, que es quien pagará la factura. No les importa, al contrario, porque cuanto peor para todos, mejor para ellos, beneficio político, el suyo.

Puigdemont podría convocar unas elecciones para obtener ese apoyo masivo que dice que tiene en la calle pero aún no ha conseguido en las elecciones. Rajoy podría negociar -el PP ha negociado hasta con ETA- pero prefiere utilizar el 155 para tomar posesión de Cataluña como si fuera un cacique en una masía. Así tiene por la fuerza de la ley lo que no han legitimado las urnas. A él le da igual que los catalanes se alejen aún más porque los da por perdidos y lo que pierde allí, lo recupera multiplicado en el resto de España. Además que el sistema tiene a Rivera ganando terreno para la derecha. Todo queda en casa.

De eso va todo, por supuesto. La brutalidad policial del 1-O, el discurso del rey, la cárcel preventiva para los líderes activistas y ahora una aplicación extrema del 155 son demostraciones de dureza de un régimen debilitado que necesita la exaltación patriótica y los cantos a la unidad para recuperar la fuerza y el favor popular. Por el mismo motivo, el pujolismo se sumó al desencanto social independentista provocado, entre otros, por el propio pujolismo. Lo escribió Chaves Nogales tras el intento de secesión de 1934: el independentismo catalán despierta el patriotismo de Madrid y aglutina a los ricos en Cataluña.

El éxito de ambas oligarquías agitando las banderas ha sido total. Ya no protestamos por Pujol, por el final del juicio de la Gürtel o el presupuesto de Educación y Sanidad más bajo de la democracia, que acaba de proponer el PP sin que nadie se entere. La paradoja de las élites nacionalistas es que se presentan como solución a un problema que ellas mismas han creado y que realmente no quieren resolver porque es la solución a sus propios problemas.

Por eso están todos los partidos del régimen nacional entregados a la causa. Ciudadanos ha visto como se dispara en las encuestas y casi alcanza a Podemos, atrapado entre dos fuegos y ametrallado por la polarización del debate y por asumir tesis, incluso términos, del independentismo, lo que no le perdonan muchos españoles. El PSOE ha encontrado la resurrección que andaba buscando un Pedro Sánchez que salió del redil sólo para recuperar el poder y ya ha vuelto a filas prometiéndole apoyo a Rajoy en la represión de los insurrectos a cambio de una reforma constitucional en la que los socialistas recuperen protagonismo.

Y en la que el rey asegure el trono. Se equivocan quienes creen que el monarca erró su discurso por no hablarles a todos los españoles y catalanes. Pensaban en un rey ideal, no en un rey realista. Él hizo lo que tenía que hacer para su propio interés: despertar y reforzar al sistema que lo sostiene para evitar cualquier tentación de abrir el melón de la monarquía.

Enfrente tienen una creciente masa social de independentistas con quienes comparto sus deseos de emancipación de un país tan asfixiante e inamovible, pero no su hoja de ruta porque creo que la ruptura territorial no es el camino sino un despeñadero por el que caerán la cohesión social y, sobre todo, las clases más desfavorecidas, española y catalana. Aquellas que, por cierto, menos implicadas pueden estar con el procès porque su proceso no es la independencia sino la supervivencia.

Una separación de los dos países, incluso en el improbable caso de que fuera amistosa, será una nueva crisis cuando aún no hemos superado la anterior y tendrá otra vez sus jóvenes parados, desempleos de larga duración, desahucios, comedores sociales, pobreza infantil, desigualdad y exilio. Varias generaciones perdidas más. Quienes dicen que no será para tanto, ni lo han padecido ni lo padecerán. No creo que este país pueda permitírselo, pero sí que los catalanes deberían poder votarlo.

El escenario más probable es la consolidación de la derecha, la monarquía y el bipartidismo en medio de una crisis que afectará a las capas más pobres y convertirá a la nueva izquierda en una fuerza otra vez minoritaria, borrada del mapa por los huracanes nacionalistas que traerán una leve reforma constitucional para mejorar el encaje de Cataluña en España y poco más. Es lo que me temo que va a pasar.

La única manera de evitarlo es transformar la revuelta catalana en una marea estatal que recupere el espíritu del 15M para pedir más democracia, igualdad y justicia, en un proceso constituyente en el que decidamos el modelo territorial y de estado. Para eso la izquierda tiene que despertar y los ciudadanos dejar de ser espectadores para volver al escenario de la calle.

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