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El proceso

¿Qué hará Rajoy para detener el tren soberanista, mandar un tanque en dirección contraria? Eso le gustaría a la caverna, pero se supone que ya hemos salido de ella.

El único tren que podemos coger, después de haber perdido todos los demás, es el de una consulta pactada por todas las partes.

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Imagino que los soberanistas catalanes no estaban pensando en Kafka cuando decidieron bautizar la ruta a la independencia como la famosa novela del escritor checo, El proceso. Habría sido un mal augurio ponerle a su plan el título de una alegoría sobre un hombre corriente aplastado por la ciega y corrupta maquinaria burocrática del sistema.

Aunque también es verdad que el nacionalismo catalán construye su relato mítico en torno a una derrota y se presenta como la heroica resistencia frente al cruel aparato, así que podría gustarle la comparación. Sea como fuere, el caso es que “el procès” de Cataluña ha terminado pareciendo un proceso kafkiano, pero no porque Artur Mas sea el pobre Josef K, por más que intente que lo creamos, sino porque ambas partes se han empeñado en reducir la solución al absurdo y enredarse en una interminable maraña legal y judicial.

Cuando dos trenes aceleran para chocar no se puede echar la culpa a uno solo de los conductores. El independentismo catalán tiene la mayoría parlamentaria pero no la mayoría social, ni siquiera los dos tercios del Parlamento que se requieren para convocar un referéndum, pero se ha embarcado en una consulta que contraviene la legalidad y deja fuera a los catalanes que no la apoyan. No es una votación neutral la que está organizada por el mismo gobierno que promueve la independencia y está bajo sospecha de hacer de Gran Hermano, robando datos de Hacienda de los catalanes y elaborando censos de partidarios de la causa.

Pero no es menos cierto que el gobierno español del PP y el principal partido de la oposición, han desoído durante años un clamor masivo que exige una respuesta política y han dejado en manos de los tribunales un problema que debe resolverse en los parlamentos y las urnas. Si dos pilares democráticos, legislativo y ejecutivo, cargan todo el peso sobre el tercero, el edificio se hunde. Es lo que estamos viendo, un desmoronamiento en el que unos dan con el martillo y otros con el mazo.

La democracia tiene leyes que la sociedad se da para convivir pero cuando la sociedad cambia y el marco legal ya no garantiza su convivencia, es porque ha llegado la hora de rehacerlo. Cuando una colectividad tiene que recurrir a los tribunales es porque todo lo demás ha fracasado. Aquí hemos fracasado sin intentar todo lo demás.

La estrategia Rajoy de hacerse el plasma es catastrófica. Ha recargado las pilas del proceso y ha resucitado de nuevo a un acabado Artur Mas, que entraba este lunes en los juzgados como mártir y héroe nacional aclamado por decenas de miles de independentistas que crecen y se crecen cada vez que sus líderes se sientan en el banquillo. La vía judicial no sólo da vida a la independencia, es una vía muerta, porque no puedes encarcelar a una sociedad que se declara en rebeldía.

En el libro de Kafka, se dice que el propio proceso se convierte en la sentencia. Eso es lo que cree Rajoy que el procés sentenciará a muerte al procés. Pero ocurre lo contrario, que el proceso está sentenciando la unidad territorial por el poco juicio de nuestro presidente. ¿Qué hará entonces para detener el tren soberanista, mandar un tanque en dirección contraria? Eso le gustaría a la caverna, pero se supone que ya hemos salido de ella.

El único tren que podemos coger, después de haber perdido todos los demás, es el de una consulta pactada por todas las partes.

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