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Políticas con mirada a la infancia

Elisabet Ruano Crespo - Politóloga e investigadora pre-doctoral

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Julio es época de cosecha en nuestra tierra y muchos de los cultivos se recogen en dicho mes. Cuando volvemos a La Alcarria, sobre todo en verano aprovechando las vacaciones, nos acercamos a nuestras raíces. Vemos cómo se trabajan los campos. Campos de trigo, girasoles y cebada. Esos campos que en una época los araban y recolectaban. Para que la cosecha fuera buena al año siguiente, durante un año entero la cuidaban. El clima y el tiempo de ese año era fundamental. Y, a veces, por mucho cuidado que se le dedicara, una tormenta podía estropear la cosecha del año siguiente.

La política se asemejaría a la agricultura. Es una herramienta de transformación social. Es un arte para los antiguos griegos. Es el arte del discurso, de poder llegar a consensos, de mejorar la vida de la sociedad. Si hacemos un símil como el que he mostrado al principio, las políticas públicas estarían enfocadas para que el futuro fuese mejor. Serían la siembra de cada cosecha. Y cada una de ellas estaría dedicada para que la cosecha fuese la mejor para cada etapa electoral. A veces, dicha herramienta se emplea mal por sus gobernantes, bien en beneficio propio, bien en beneficio de unos pocos.

En los últimos tiempos nuestra clase política ha decidido polarizar los discursos en el terreno de juego. Unos se envuelven en banderas de colores y otros en una lucha social pasada de rosca. Los unos abogan por una patria cancerígena que en el mundo globalizado no tiene sentido. Los otros proclaman a la lucha de clases, tal como se conocía en la época de la primera Revolución Industrial. La sociedad, por su lado, nos hemos quedado reclamando derechos individuales alardeados por el capitalismo, y de la mano de su ideología. Libertad individual por encima de todo y de todas.

Si algo nos debiera haber enseñado este cambio trascendental que vivimos hoy, es que somos sociedades interdependientes, que compartimos más de lo que nos dista y que los puentes debemos tenderlos siempre, aunque nuestras creencias e ideología sean diferentes. Considerando que unos u otros nos van a salvar en el camino, ya sea por el lado de las banderas o por el lado de la lucha de clases, da igual por quiénes inclinemos la balanza. Todas las personas queremos vivir con dignidad.

Y es que, tras una década de maternidad, sé que lo que siembre con mi hija a través de valores sociales compartidos, lo cosecharé en el futuro. Si esto lo trasladamos a nuestro país, si queremos cosechar una democracia avanzada, diversa, equitativa y justa, primero tendremos que sembrarlo. Y nuestros hijos son nuestro futuro.

“Enfermedades” sociales, las cifras de la vergüenza

En España todos los años se presentan diversos estudios respecto a la pobreza. Estos nos muestran las cifras de la vergüenza. En nuestro país el riesgo de pobreza y exclusión social infantil es de un 31% y en nuestra tierra, Castilla-La Mancha, es del 36%. España se encuentra en tercera posición respecto a nuestros vecinos europeos, con una de las mayores tasas de pobreza infantil. Cifras encaminadas a países como Rumanía, con un 32% (Eurostat). Presentar los datos hace replantearse, ¿qué futuro queremos como sociedad? ¿Y cómo país?

Tener hijos es un deporte de riesgo. La falta de políticas públicas enfocadas a las familias, así como las nulas políticas de conciliación hace que traer una nueva vida se convierta en un cóctel molotov. Si añadimos la incertidumbre de una economía cada vez más proclive a las crisis, ha desembocado que las familias con hijos sufran en mayor medida los vaivenes de los mercados. Si tenemos en cuenta que la mayoría social dependemos del salario, estar en desempleo es un problema.

Si nos fijamos en otro tipo de modelos familiares más allá del tradicional, en las familias monoparentales el riesgo se dispara por completo (49 %). Teniendo en cuenta que más del 87 por ciento somos mujeres quienes lo encabezamos, pueden imaginarse quiénes son las que lideramos las listas de la pobreza. La falta de políticas con mirada feminista (de género) y la invisibilidad de nuestro modelo de familia en la política pública, hace que nuestros hijos se lleven el “premio”. Porque en nuestro caso se añade criar en solitario y tener que compaginar dos mundos irreconciliables: los cuidados y el empleo.

Mirar al futuro con políticas de hoy

Ahora se debería estar moldeando un nuevo panorama en el que cupiéramos todas y no se excluyera a nadie. Sabemos, y es una constante en los estudios sobre pobreza y exclusión social, que ésta se hereda, porque se trasmite de generación en generación.  Las democracias, por muy avanzadas que sean, se ha comprobado que el ascensor social está averiado y la igualdad de oportunidades sigue siendo mera utopía. Es verdad que no tenemos que perder la esperanza porque tiene solución.

Nuestro sistema del bienestar está incompleto. Las medidas encaminadas a proteger a la población más desfavorecida, no alcanza para todas aquellas que se encuentran en situaciones críticas. Y se ha podido comprobar a raíz de la política de Renta Mínima Vital. Asimismo, la política familiar que tenemos en comparativa con nuestro entorno europeo, como Suecia o Alemania, es casi inexistente, y está centrada principalmente en medidas indirectas, como la educación infantil.

Aunque tener hijos no es una obligación ni un derecho, hay que tener en cuenta la importancia que tiene formar una familia, porque no es solo una cuestión individual, como algo privado de una persona o de dos, sino que estamos ante una cuestión política y, por tanto, pública porque revierte en el propio sistema económico, político y social del país. Y es que la sociedad del mañana se construye con los niños de hoy. Si queremos cosechar tendremos que sembrar y si queremos un país avanzado, diverso, equitativo y justo, hoy es el momento de invertir en él.

Julio es época de cosecha en nuestra tierra y muchos de los cultivos se recogen en dicho mes. Cuando volvemos a La Alcarria, sobre todo en verano aprovechando las vacaciones, nos acercamos a nuestras raíces. Vemos cómo se trabajan los campos. Campos de trigo, girasoles y cebada. Esos campos que en una época los araban y recolectaban. Para que la cosecha fuera buena al año siguiente, durante un año entero la cuidaban. El clima y el tiempo de ese año era fundamental. Y, a veces, por mucho cuidado que se le dedicara, una tormenta podía estropear la cosecha del año siguiente.

La política se asemejaría a la agricultura. Es una herramienta de transformación social. Es un arte para los antiguos griegos. Es el arte del discurso, de poder llegar a consensos, de mejorar la vida de la sociedad. Si hacemos un símil como el que he mostrado al principio, las políticas públicas estarían enfocadas para que el futuro fuese mejor. Serían la siembra de cada cosecha. Y cada una de ellas estaría dedicada para que la cosecha fuese la mejor para cada etapa electoral. A veces, dicha herramienta se emplea mal por sus gobernantes, bien en beneficio propio, bien en beneficio de unos pocos.