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CATALUNYA

Flassaders 30-32, toda una vida en tu casa no es suficiente en el Born

Tras 65 años pagando el alquiler de su piso en el céntrico Born de Barcelona, la propiedad pretende romper el contrato de Montserrat Comas para remodelar el inmueble y encarecer los precios

El ejemplo de Flassaders -la nº 30 es una fachada de interés cultural; la 32 una histórica fábrica de chocolate ya trasladada- explica la transformación de un barrio que se ha abierto al turismo a costa de sus vecinos

En este caso además los inquilinos denuncian que es ilegal que les quieran extinguir su contrato de este modo: han presentado un recurso contencioso administrativo y no se irán el 15 de septiembre pese a que la propiedad se lo ha exigido

Montserrat, con el retrato de sus padres, en su casa de la calle Flassaders, 32. /ENRIC CATALÀ

Montserrat, con el retrato de sus padres, en su casa de la calle Flassaders, 32. /ENRIC CATALÀ

Que Montserrat Comas lleve toda su vida en el número 32 de la calle Flassaders, una oscura callejuela de uno de los barrios de moda de Barcelona -el Born-, no es un impedimento para que pueda acabar desalojada y fuera del barrio pese a haber pagado religiosamente su alquiler durante décadas. La propiedad del inmueble quiere romper los contratos de sus actuales inquilinos para remodelar los pisos y alquilarlos de nuevo a mucho mejor precio.

“Me han ofrecido un piso a 900 euros dentro de dos años, en cuanto acaben las obras”, dice Montserrat, ella que ahora paga una renta antigua de unos 100 euros. No lo va a aceptar, porque no cuenta con el dinero suficiente, como tampoco aceptará la alternativa, que supone marcharse a otro piso que le facilita la propiedad pero fuera del barrio. Esta mujer fue pescadera en el mercado de Santa Caterina, oficio y puesto que heredó de sus padres -sus abuelos que llegaron a Flassaders en 1907-; sus amigos y recuerdos están en estos callejones. "Así que no me iré", sentencia.

La propiedad, Mauri Casals Grup, tiene intención de derribar el interior de las fincas 30 y 32 de esta calle, un total de 28 viviendas y 4 locales que considera deteriorados, y rehabilitarlos posteriormente. Pero para ello debe dar por extinguido el contrato de alquiler –ahora vigente- de Montserrat y de otros tres inquilinos, que se niegan a darle la razón y han interpuesto un recurso contencioso administrativo. Recibieron un burofax anunciándoles que debían desalojar su vivienda el 15 de septiembre –excepto Montserrat, a quien le dan hasta junio de 2015-, pero no se van a marchar a menos que vean una orden judicial, dicen.

"No les salimos a cuenta", comenta Montserrat desde el comedor del piso en el que nació. El lavado de cara que ha experimentado en los útimos años el Born “ha conllevado una subida desmedida de los precios de alquiler, es un problema de barrio”, cuenta Maria Mas, presidenta de la Asociación de Vecinos Casc Antic.

Montserrat Comas, en su habitación. En este punto de la casa nació ella hace 65 años. /ENRIC CATALÀ

Montserrat Comas, en su habitación. En este punto de la casa nació ella hace 65 años. /ENRIC CATALÀ

El encanto del Born y su mutación y revalorización como barrio quedan bien reflejados en este polémico caso de la calle Flassaders. Si uno levanta la vista –no sin dificultad, puesto que la calle es angosta- a su paso por el número 30 verá el letrero de Dulces P. Mauri, el nombre de la fábrica de chocolate, grajeas, caramelos y peladillas que durante décadas inundó de un agradable olor la zona, hasta su traspaso hará más de 20 años. Ahora el local está alquilado al restaurante vegetariano La bàscula, que debe su nombre a una inmensa báscula de la antigua fábrica, que permanece aún intacta en la entrada del restaurante.

“Todavía me acuerdo cuando corría por la calle y de vez en cuando desde la fábrica algún trabajador nos daba un turrón recién salido del horno”, recuerda Jordi, el hijo de Montserrat. Turrón que se vendía en la pastelería Mauri que ocupaba los bajos del número 32, y que cerró hará pocos años.

La finca del número 32 tampoco es un edificio cualquiera, sino la Casa Casanovas, levantada en 1850 por el arquitecto Francesc Vila. Está considerada Bien Cultural de Interés Local (BCIL), según aparece en el catálogo del Ayuntamiento de Barcelona, entre otros motivos porque cuenta con un relieve, una danzarina alada de terracota, entre el primer y el segundo piso. De hecho, esta catalogación impide que la fachada sea demolida, y por eso para reconstruir las viviendas del inmueble la propiedad debe optar por un derribo solamente interior.

“En la Ribera está casi todo perdido”, comenta Mas, en referencia a la progresiva pérdida de un entorno vecinal y familiar en favor de negocios dedicados al turismo y nuevos pisos para gente de mayor poder adquisitivo. La gentrificación es un hecho en el Born, dice. No es que ya no queden fabricantes de mantas –los flassaders que con su oficio dieron el nombre a la calle-, sino que han desaparecido panaderías, colmados o carbonerías para ver brotar en esos locales bares y tiendas de ropa de moda.

Imagen de la fachada de Flassaders, 32. En las plantas superiores se ve la danzarina alada. / Ajuntament de Barcelona.

Imagen de la fachada de Flassaders, 32. En las plantas superiores se ve la danzarina alada. / Ajuntament de Barcelona.

En este entorno, justo detrás del concurrido Museo Picasso, un inmueble de 28 viviendas es una caja de golosinas para una propiedad que, a buen seguro, no está dispuesta a que concluya el contrato vitalicio de Montserrat (tiene 65 años) para pegarle un buen bocado. Si ahora una de las vecinas asegura pagar 400 euros, tras la remodelación el precio del alquiler podría ser más del doble, sobre todo al conocer la oferta que recibió Montserrat.

“A nosotros nos gustaría que rehabilitaran los pisos y pudieramos volver con las mismas condiciones para cumplir el contrato que firmamos”, afirma Jordi. Y tercia Mas: “Y sobre todo, bajo ningún concepto, que no les expulsen del barrio”. Permanecer en el Born es vencer, según la presidenta de la AAVV, de acuerdo con su causa.

Los vecinos denuncian irregularidades

Los cuatro inquilinos, incluida Montserrat, que quedan en este histórico edificio –durante años no se han ido firmando contratos nuevos- están dispuestos a plantar batalla antes de marchar. Recibieron hace unos meses un burofax que les comunicaba que su contrato queda extinguido porque el edificio se encuentra en situación de “pérdida”. Esto es que la finca padece un deterioro que la hace casi inhabitable y que se debe siempre a causas ajenas al propietario, como pueden ser los desastres naturales.

Pero los inquilinos defienden que el inmueble no está en situación de ruina, y que en caso de que lo estuviera “la causa sí sería imputable al propietario”, apunta una de las vecinas –que no quiere dar su nombre-, porque considera que el deterioro se debe a que no se ha realizado un manitenimiento adecuado de la finca durante años. “Desde que nací hasta hoy no se ha pintado nunca la escalera”, cuenta Jordi, el hijo de Montserrat.

Durante años el número 30 estuvo afectado por un plan especial de reformas del Museo Picasso, lo que impedía hacer en él obras de consolidación o aumento. Pero según consta en una notificación del Ayuntamiento de Barcelona transmitida a la propiedad –y a la que han tenido acceso los vecinos-, esto no les exhimía de realizar trabajos de conservación del edificio, como reparar la escalera en mal estado o la instalación eléctrica comuna que no cumplía la normativa.

A tres días de su supuesto desalojo, los inquilinos viven con mucha preocupación su situación. Comparten escenario con David Martín, joven y ficticio protagonista de la novela El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, que vivió en el mismo número de la misma calle Flassaders. Pero el sufrimiento de estas cuatro personas no es ni mucho menos ficción, y denuncian que las están engañando, una de ellas después de toda una vida.

Imagen de la calle Flassaders vista desde el balcón de Montserrat Comas. /ENRIC CATALÀ

Imagen de la calle Flassaders vista desde el balcón de Montserrat Comas. /ENRIC CATALÀ

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