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CATALUNYA

Falsos dilemas de la seguridad

La posibilidad de fundar un nuevo Estado ha permitido discutir abiertamente una cuestión fundamental pero a menudo obviada en el debate público: la pertinencia de los ejércitos hoy en día.

Wy Want Army

Desde que la hipótesis de una Cataluña convertida en Estado ha ido ganando fuerza en los últimos años, se ha abierto el debate sobre la forma que debería tomar este Estado. Y esto incluye qué modelo de seguridad y defensa debería tener, o para decirlo de forma simplificada, si Cataluña debería un ejército o no. Más allá de cual sea el desenlace del proceso soberanista, lo que es evidente es que la posibilidad de fundar un nuevo Estado ha permitido discutir abiertamente una cuestión fundamental pero a menudo obviada en el debate público: la pertinencia de los ejércitos hoy en día.

Tanto desde el Centre Delàs, como desde otras instituciones como el CIDOB o el Centre d’Estudis Estratègics de Catalunya, se han organizado jornadas y conferencias alrededor de esta cuestión, y desde este mismo blog se han publicado artículos tratándola – el más reciente de Pere Ortega. Hasta en TV3 se ha hablado del tema. No obstante, el debate sigue abierto y no es para menos, ya que lo que se pone en cuestión es uno de los pilares de lo que ha sido la organización política por excelencia de los últimos cuatro siglos, el Estado, y la forma que toma su característico monopolio de la violencia.

Sin embargo, como todo debate político, éste no es totalmente abierto sino que hay una cierta narrativa que marca las reglas del juego, delimita las fronteras de los argumentos y, lo que es más importante, nos ayuda a sacar unas conclusiones determinadas. Esta perspectiva, que no diríamos que es hegemónica porque existen voces muy críticas, pero si dominante, defiende que Catalunya (o cualquier Estado) debería dotarse de un ejército tradicional. ¿Cómo lo hace para influirnos en la decisión? En primer lugar, establece los conceptos sobre los cuales girará el debate, y seguidamente los estructura de forma binaria. De esta forma se simplifica la realidad clasificando los argumentos en dos bloques a los cuales se han atribuido toda una serie de categorías y por tanto nos sitúa delante de la necesidad de elegir entre un número de opciones limitado. En el caso del modelo de seguridad para Catalunya, la narrativa dominante identifica dos posibles opciones: o bien adoptar un ejército tradicional (opción A), o bien nada (opción B). Cada una de estas opciones tiene atribuidas unas características entre las cuales deberemos escoger:

Cuadro articulo Orta

Según esta narrativa entonces, optar por un ejército catalán significa más seguridad, invulnerabilidad, ser realista, un mundo más pacífico, mantener el orden internacional, un Estado fuerte y en definitiva la opción óptima, mientras que no crear un ejército supone todo lo contrario. Si aceptamos este marco mental entonces, es evidente que la alternativa más lógica es la A.

No obstante, la realidad es más compleja y las oposiciones que construye esta narrativa son menos sólidas de lo que puede parecer. En primer lugar, ¿es necesario escoger entre un modelo de ejército que es el resultado de muchos factores excepto de un análisis riguroso de las amenazas actuales, y la nada? Aunque sería más deseable un mundo totalmente desarmado, es posible pensar, por ejemplo, cuerpos de protección civil más adecuados para hacer frente a retos actuales como el crimen organizado o el terrorismo, a los cuales no es muy lógico oponer tanques y bombarderos? Así, la pregunta más pertinente no es tanto ejército si/no, como qué modelo de seguridad queremos. En segundo lugar, equiparar ejército con más seguridad no es tan evidente como parece, sobre todo si nos preguntamos seguridad para quién. Aquellos que tienen más armas y las controlan puede que se sientan más seguros, pero miles de personas inocentes son hoy en día amenazadas por ejércitos. Si queremos alcanzar una seguridad global sin distinciones de ningún tipo, un modelo basado en que cada comunidad esté armada hasta los dientes y dispuesta a atacar a los demás no parece el mejor camino. En tercer lugar, la oposición entre realismo e idealismo es una de las más utilizadas. Sin embargo, ¿hasta qué punto fue realista el gobierno norte-americano invadiendo Afganistán e Iraq para luchar contra el terrorismo? La mayoría de los ejércitos actuales están pensados para hacer frente a un tipo de conflictos que hoy en día, afortunadamente, son minoritarios. Sería mucho más realista pensar formas más eficaces de combatir las principales amenazas actuales a la seguridad. En cuarto lugar, que se pueda conseguir la paz a través de la guerra es por lo menos paradójico. De nuevo, hay que preguntarse paz donde y para quien. En quinto lugar, tampoco es evidente que se pueda asociar la presencia de un ejército con el orden, ya sea internacional o social. Sin ir más lejos, la situación actual en Oriente Medio es en buena parte la consecuencia del fracaso de querer establecer un orden regional a través de la fuerza. Un orden estable se basa en el respeto y el consentimiento, no en la violencia. Finalmente, ¿porque un Estado fuerte tiene que ser un Estado armado? Más allá de si es necesario que un Estado sea “fuerte” o no, ¿Por qué no podemos considerar que un Estado fuerte es aquel que dispone de una diplomacia potente, capaz de cooperar y llegar a acuerdos? ¿O aquel que es capaz de garantizar unas condiciones de bienestar óptimas para sus ciudadanos?

Naturalmente se podrían escribir (y se escriben) una gran cantidad de páginas discutiendo estas cuestiones. No obstante, lo importante en este caso es ver como una determinada narrativa puede llegar a dominar un debate marcando las posiciones de partida y las opciones posibles. De esta forma, nos pone frente una serie de dilemas que nos ayudan a tomar unas conclusiones determinadas. Es sólo demostrando que los dilemas que nos plantea son falsos, rompiendo las dicotomías que nos construye, que podemos escapar su lógica y proponer alternativas.

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