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CATALUNYA

Los tres ciclos destructivos

Somos parte del mundo, de algo que no nos pertenece y que deberíamos cuidar, pero preferimos no pensar en ello porque la vía fácil es dejarnos llevar por la codicia y la ilusión de poder. Hemos creado ciclos destructivos que crecen en espiral, que están haciendo saltar muchas alarmas y que pueden destruir muchísimas vidas durante las próximas décadas.

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Varias mujeres caminan entre los restos de un colegio comunitario bombardeado por la coalición árabe liderada por Arabia Saudí en Saná (Yemen). EFE

Estos días, el filósofo Yves Charles Zarka ha estado en Barcelona. Zarka explica que nuestra relación originaria con la Tierra no es ni mucho menos de apropiación, sino de pertenencia. Indica que el principio de inapropiabilidad de la Tierra es un principio de responsabilidad para con la humanidad y el mundo vivo en conjunto y defiende el cosmopolitismo como contrario a la globalización, porque la globalización que conocemos, la que vemos, no es más que la expansión de la apropiación, la ley del beneficio, la ley de la sobreexplotación y la ley de la injusticia. El cosmopolitismo, en cambio, entiende que trata de considerar la pertenencia de la humanidad en la Tierra, en un mundo común.

Esta asimilación que hace Zarka entre globalización, apropiación, sobreexplotación e injusticia no es lejana a las teorías de Christian Laval i Pierre Dardot sobre la tragedia de la propiedad y la terrible lógica de la depredación. Somos parte del mundo, de algo que no nos pertenece y que deberíamos cuidar, pero preferimos no pensar en ello porque la vía fácil es dejarnos llevar por la codicia y la ilusión de poder. Hemos creado ciclos destructivos que crecen en espiral, que están haciendo saltar muchas alarmas y que pueden destruir muchísimas vidas durante las próximas décadas. Cito brevemente tres de ellos:

El ciclo económico-militar genera dinámicas políticas y económicas que son ideales para quien obtiene beneficios. Es un ciclo en el que la llamada economía de defensa se traduce en el gran negocio de la guerra, con muy buena rentabilidad para unos pocos. Los presupuestos públicos se emplean en la fabricación de armas que luego se venden a países de zonas en conflicto, con importantes beneficios para todos los actores del complejo militar-industrial de la mayoría de países desarrollados. Sólo un ejemplo: Bélgica, que ahora nos es presentada como refugio de terroristas, es uno de los mayores fabricantes y exportadores europeos de armas. Los beneficios del ciclo económico-militar se construyen cada día sobre la muerte y destrucción de poblaciones civiles indefensas, promoviendo además un estado continuo de militarización que socava día a día la democracia y el Estado de derecho.

El ciclo de la depredación es el ciclo del poder neoliberal de los países occidentales, para beneficio de unas élites económico-financieras que concentran el poder cada vez más, hasta el punto que, según un reciente informe de Oxfam, las 62 personas más ricas del mundo ya acumulan tanta riqueza como los 3.600 millones de personas más pobres. Además, durante los últimos cinco años, la “riqueza” de esta mitad más pobre del mundo se ha reducido en un 41%. El ciclo de la depredación es el ciclo de la codicia y del poder, el ciclo imperialista que expolia a toda costa los recursos naturales y energéticos de medio mundo (incluido obviamente el petróleo), el ciclo de las políticas desregulatorias y del incremento de la desigualdad hasta niveles escandalosos. Obviamente, el ciclo de la depredación se apoya en el ciclo económico-militar porque el poder desmesurado solo puede sobrevivir gracias a la fuerza.

El ciclo suicida es, finalmente, el que puede terminar con nuestra especie y con gran parte de la vida en nuestro planeta en unos pocos siglos. Es lento pero gravísimo, y lo estamos acelerando en vez de detenerlo. Desde mediados del siglo XX, las personas (que, con mucha razón, Eudald Carbonell indica que todavía no somos humanos) hemos estado destruyendo nuestro planeta y no parece que estemos dispuestos a moderarnos. El ciclo suicida es el ciclo de la no sostenibilidad, el ciclo que ignora que somos parte del equilibrio ecológico de Gaia, el ciclo del beneficio a corto plazo aunque sea a costa de dejar un planeta enfermo a nuestros nietos. El ciclo que hipoteca las condiciones de vida de las generaciones venideras para mantener el nivel de vida de las clases que dominan el mundo. Diversos investigadores como Colin P. Kelley y Shahrzad Mohtadib han demostrado que este ciclo está ya causando la desertización de grandes zonas del planeta, entre ellas las regiones cercanas al Tigris y Éufrates en el próximo oriente. No es difícil pronosticar que el cambio climático y la correspondiente desertización acabarán produciendo grandes movimientos de desplazados, guerras y conflictos. Y por desgracia no es nada lejano. Lo verán nuestros hijos y nietos dentro de algunas décadas.

El ciclo depredador necesita la protección del complejo militar-industrial y utiliza el ciclo suicida para satisfacer sus ansias ilimitadas de poder y beneficio. Los mismos que comercian con las armas, que expolian los recursos de los países del sur y que mantienen el calentamiento global del planeta, nos venden seguridad ante la supuesta amenaza del terrorismo. Seguridad para evitar la rebelión de aquellos que se sienten robados.

No pidamos más seguridad, y no caigamos en la trampa del miedo. Dediquemos en cambio todos nuestros esfuerzos a romper los tres ciclos destructivos. No a la guerra, no al militarismo, no a los recortes en democracia. Neguémonos a las políticas neo-liberales de expolio y depredación, al incremento de desigualdades y a las políticas energéticas no sostenibles que hipotecan el futuro de nuestros nietos y sólo prometen violencia y conflictos.

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