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CATALUNYA

Mobbing inmobiliario y gentrificación, más allá de la moratoria hotelera de Colau

Vecinos de Barcelona denuncian presiones de hoteles o inmobiliarias para que abandonen sus viviendas en barrios céntricos, como en el Poble-sec o el Born

"Un hotel nos ha ofrecido 20 mil euros, mudanza, y búsqueda de un nuevo piso si aceptamos marcharnos de nuestra casa de toda la vida", desvelan a este medio los afectados

Problemas de convivencia y casos de gentrificación preocupan a entidades vecinales, que piden que no se pierda de vista el impacto del turismo masivo en la ciudad

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La avenida Paral·lel se enfrenta a una ambiciosa transformación que hace temer a los vecinos. /ENRIC CATALÀ

El impacto del turismo masivo hace temer a los vecinos una pérdida del espacio público / ENRIC CATALÀ

En Barcelona hace semanas que el debate sobre el impacto del turismo en la vida de los vecinos ha sido relegado por la moratoria hotelera que ha promovido la alcaldesa de la ciudad, Ada Colau. Medios de comunicación y oposición han sacado las uñas por la medida, que ha puesto en pie de guerra al sector hotelero. Incluso el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) ha admitido a trámite hasta 26 recursos contenciosos administrativos en los que se pide la anulación de la moratoria.

Sin embargo, a pie de calle el debate tiene otros matices. Mientras promotores del sector turístico o constructores que tenían inversiones encarriladas tratan de buscar los  brechas legales a la moratoria, algunas familias asumen resignadas que les quedan cuatro días en sus casas. Y, en algunos casos, como en el barrio del Poble-sec o el Born, son los mismos hoteles o las inmobiliarias que se benefician del auge del turismo las que invitan a abandonar a los vecinos sus viviendas. Una práctica nada nueva, estipulada en el Código Penal bajo la etiqueta de mobbing inmobiliario.

“Nos aseguran que, si aceptamos abandonar nuestra casa, nos pagaran 20 mil euros y nos buscaran un piso nuevo”, nos cuenta confundida una vecina de edad avanzada, que prefiere no desvelar su nombre. El protagonista de este caso es el Hotel Blummer, ubicado en la calle Nou de la Rambla de este barrio de moda de la ciudad –hasta hace unos años humilde y popular—, que quiere ampliar la capacidad de sus instalaciones con la compra del edificio de al lado, con el que comparte pared.

En el piso viven tres familias. Una con un alquiler vinculado a un contrato que expira a corto plazo, y las otras dos con el alquiler indefinido. En las dos situaciones, el hotel les ha ofrecido 20 mil euros y un nuevo piso si abandonan sus viviendas de forma inmediata. "Nos comprometemos a hacerles el traslado, la mudanza, y asumir las reformas necesarias", informan a este medio trabajadoras de la recepción, que se prestan a hablar con transparencia de sus intenciones.

Por el momento, las familias afectadas siguen viviendo en su casa, con la esperanza de que puedan seguir haciéndolo mucho tiempo. Sin embargo, en los últimos días han aparecido chinches, una circunstancia que el hotel ha aprovechado para convencer a los inquilinos de que se marchen. Ante este nueva situación y según ha podido saber este medio, el hotel estaría dispuesto, incluso, a hacerse cargo de algunos recargos –como la fianza y otros importes de inmobiliaria—, así como del aval bancario.

Desde la Asamblea de Barrio del Poble-sec ven el caso con preocupación. “Vemos cada vez más prácticas, entre legales y alegales, que tienen un efecto destructivo hacia el tejido social, comercial y vecinal del barrio”, denuncia Marc Serra, sociólogo y uno de los portavoces de la plataforma vecinal. “Nosotros creemos que debe prevalecer el interés de los vecinos por delante del interés, legítimo, de hacer negocio”. Algo que según el portavoz sucede en Barcelona “gracias a los gobiernos anteriores” y que espera que, ahora, “se regule definitivamente”.

La senyora Comas no quiere que la saquen de su casa

Cruzando el Poble-sec, en el Born, otra de las principales zonas afectadas por el turismo, nos encontramos con el caso de Montserrat Comas, que pone nombre y apellidos a las máximas consecuencias del proceso de turistificación y gentrificación. “Soy una molestia, preferirían que no estuviera, pero estoy y no me iré así como así”, dice esta vecina de toda la vida de la calle Flassaders. Des de hace unos años, la inmobiliaria Mauri Casals Grup quiere derribar el interior de las fincas 30 y 32 de esta pequeña calle, donde vive Comas. Un total de 28 viviendas y 4 locales, para rehabilitarlos posteriormente y venderlos a un precio más elevado.

Montserrat Comas, en su habitación. En este punto de la casa nació ella hace 65 años. /ENRIC CATALÀ

Montserrat Comas, en su habitación. En este punto de la casa nació ella hace 65 años. /ENRIC CATALÀ

Sin embargo, para ello debe dar por extinguido el contrato de alquiler de esta vecina que, con 67 años y habiendo pagado siempre el alquiler de su piso, no piensa marcharse de donde nació, a diferencia de sus vecinos, que poco a poco han ido aceptando la situación y se han acabado yendo. "No les culpo, pero mi caso es distinto, esta era la casa de mis abuelos, soy la última generación que queda". A Mont, como la conocen en el barrio, la apoya la Asociación de Vecinos del Casc Antic. Su presidenta, Maria Mas, es contundente: "El lavado de cara que ha experimentado en los últimos años el Born ha conllevado una subida desmedida de los precios de alquiler".

Le dan la razón los dos edificios de este estrecho pasaje, el nº 30 –con una fachada de interés cultural–, y la 32 –una histórica fábrica de chocolate ya trasladada- que explican la transformación de un barrio que se ha abierto al turismo a costa de sus vecinos. Ahora, la propiedad se ha comprometido a enseñar pisos a Comas, hasta que acepte uno de ellos. Será pagando mucho más y dejando el contrato de renta antigua de la que todavía hoy se beneficia. “No puedo pasar de pagar 100 euros a 900, que son lo que valen los pisos que me ofrecen y, que, con todo respeto, tienen la cocina pequeña y hecha un asco”.

El suplicio de vivir en un barrio de moda

Lionel Claudon es francés pero se siente barcelonés y catalán. Desde que llegó a Barcelona se vinculó con la Asociación de Vecinas de la calle Sant Pere, ubicada también en el Born, afectada por la construcción de un hotel en un gran solar. Desde 1977  los vecinos reivindican este espacio para vivienda social. "El Ayuntamiento de Barcelona hizo en 2007 una reordenación urbanística a medida de los intereses de la constructora Núñez y Navarro", denuncia este vecino, que tras una incansable lucha y ante la transformación que sufría su barrio tomó una decisión. "No podía más, ruido, nuevos hoteles, construcciones... Al final he hecho las maletas y ahora vivo en Girona".

Construcció de l'hotel Rec Comtal al Casc Antic de Barcelona

Construcción de l'hotel Rec Comtal

El caso de este hotel es paradigmático. Y es que a pesar de que el gobierno de Colau ha paralizado la tramitación de licencias de 30 nuevos establecimientos hoteleros y turísticos, no podrá hacer nada con otros 40 hoteles más, que se encuentran en fase de construcción. Entre ellos, el de la calle Rec Comtal, con siete plantas y dos sótanos, contra el que los vecinos del barrio llevan ocho años luchando.

"Para nosotros el caso Rec Comtal es muy evidente, responde a una maniobra especulativa clásica: comprar a bajo y modificar los planes de uso al dictado de los intereses de Núñez y Navarro", relata Lionel, que pone otra idea encima de la mesa: "La especulación urbanística se hace siempre a largo plazo, dejan que el espacio se degrade para después vender el proyecto como rehabilitación o mejora". Una práctica que, según denucnia el hasta hace poco líder vecinal, es habitual en el Distrito de Ciutat Vella.

Terrazas, bares 'low cost' y ausencia de espacio público

Cambiando de nuevo de barrio, el Poble-sec, comprendido entre la montaña de Montjuïc y el mar, y cerca del centro de Barcelona, ha sufrido una  transformación profunda en los últimos años. "No queremos ser el nuevo Born", advierte el activista Marc Serra. Un claro ejemplo es su calle principal, Blai, proyectada para ser peatonal y convertida hoy en una pasarela de bares con sus respectivas terrazas, con locales low cost, bullicio constante y turistas en todo momento.

Emilio Casas, en la calle Blai, sentado sobre un pilón automático en señal de protesta / JORDI MOLINA

Emilio Casas, en la calle Blai, sentado sobre un pilón automático en señal de protesta / JORDI MOLINA

“Uno no se puede sentar sin consumir, han privatizado la calle, dejándonos sin un triste banco”, denuncia Emilio Casas, un veterano vecino, de 87 años, que cada mañana se sienta en un pilón automático. “Es mi forma de protestar pacíficamente”, mientras no me pongan un banco, me sentaré aquí”. Por su parte, Miquel Montoliu, otro vecino de zona, nos cuenta que vivir en Blai le sale muy caro. "Me he hecho un doble cristal para aislar el ruido de los bares y que mi hija pueda dormir. Pero claro, pasar todo el día encerrados no nos gusta y hay momentos del año que hace calor. Total, que nos hemos tenido que instalar, además, aire acondicionado".

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