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CATALUNYA

Un paseo por el Cádiz, Cádiz, Cádiz

Puesta de sol en la ciudad.

Empecemos reconociendo la evidencia: el paso por Cádiz de un servidor no fue el más idóneo para reseñar la ciudad. Porque hasta allí no me llevó el turismo sino un evento, por lo que apenas me quedaron unas horas para patear el centro, eso sí, en buena compañía y muy bien guiado. Cuentan los gaditanos que si alguien te dice que es de Cádiz quiere decir que es de la provincia, que si te dice que es de Cádiz, Cádiz significa que es de la ciudad. Pero que uno del centro histórico te dejará claro que él es de Cádiz, Cádiz, Cádiz. Pues bien, ahí llega una primera constatación: el Cádiz, Cádiz, Cádiz es un lugar estupendo para ser pateado. Un enorme laberinto donde se alternan calles y plazas bulliciosas con otras pasmosamente silenciosas y solitarias. Raramente se asoma algún coche.

Segunda constatación: pocas ciudades del mundo atesoran en su seno tal compendio de hazañas históricas. Al llegar te explican la leyenda de Hércules como fundador de la ciudad. Al tener poco tiempo, nos dejamos de mitos y leyendas. Lo que sí está fuera de dudas es que ninguna ciudad de la Europa occidental puede presumir como Cádiz de unas raíces de más de 3.000 años, que se remontan al momento en que un grupo de mercaderes fenicios eligieron lo que entonces era un pequeño archipiélago para levantar una colonia. Luego ya fueron llegando los cartagineses, los romanos, los visigodos, los musulmanes, los cristianos, los del comercio con América y los de la Pepa. Los gaditanos están tan orgullosos de esa historia que a la mínima se autoreferencian con los nombres fenicio, romano y cristiano. Pasear por el Gádir, Gades, Cádiz con los ojos abiertos es ir cruzándose con las huellas que dejaron todos ellos.

Empecemos por el final. Si de algo pueden sacar pecho los gaditanos es de ser la cuna de la democracia en España, puesto que fue ahí donde se firmó la primera Constitución, en 1812, en plena ocupación napoleónica y que tenía la pretensión de poner fin al absolutismo de antiguo régimen. Eso aún tardó unos años en suceder, pero la semilla de la democracia se plantó en Cádiz, y con motivo hace unos años celebraron ese bicentenario por todo lo alto.

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Cuando Viena sale de un poema de Lorca

Museum Quarter, la zona cultural más de moda en la ciudad.

Esperaba encontrar en Viena mendigos por los tejados y un bosque de palomas disecadas. Porque me imaginaba Viena a través de la melancolía del Pequeño vals vienés, de Federico García Lorca, y el quejido de la voz de Enrique Morente que lo canta. Algo de eso hay en la capital de Austria, pero también hay muchas otras cosas.

En plena milla cultural está el café Bellaria, un lugar que, según la breve historia que se puede leer en el principio del menú, cuenta entre sus clientes habituales con “numerosos actores, periodistas y políticos”. Está decorado con cuadros de personajes históricos, sillones y cortinas rojas, todo en general al estilo de siglos pasados. Viena solo debería de estar habitada por seres del s.XIX hacia atrás, la modernidad desentona, sobre todo en la fisonomía de su casco antiguo.

Pianista tocando en el Café Bellaria.

Pianista tocando en el Café Bellaria. ALICIA FÀBREGAS

 

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Belgrado: cruce de ríos y culturas en el corazón de los Balcanes

Confluencia entre el río Danubio y el Sava desde la fortaleza Kalemegdan.

Enclavada en la confluencia del Sava con el Danubio y próxima al cruce entre oriente y occidente, en un extremo de Europa, su posición estratégica ha hecho a Belgrado muy codiciada a lo largo de la historia. Romanos, otomanos o austrohúngaros, entre otros muchos, dejaron su impronta en una urbe que data del siglo 4 antes de cristo. Es una ciudad viva que abre un apetito voraz e irremediable por la historia, por intentar comprender y apreciar lo que esconden sus rincones, donde el paso de conquistas y guerras ha dejado una huella imborrable y duradera.

Otrora capital de la antigua República Federal Socialista de Yugoslavia, Belgrado es una metrópoli joven y cosmopolita donde pasado y presente conviven en armonía. Los viejos trolebuses y tranvías -algunos ya desaparecidos de las calles- se mezclan con Zaras, Mangos y demás sellos del capitalismo, componiendo una curiosa postal. Merece la pena recorrerla a pie, callejear y descubrir rincones, edificios, museos…Dejar de lado los prejuicios y disfrutar con el gris de sus calles, alegradas por los cientos de flores que las decoran cuando llega la primavera y los vistosos murales de arte urbano que destierran definitivamente la fama de ciudad sombría que la precede.

Detalle del mural que decora un céntrico edificio de Belgrado.

Detalle del mural que decora un céntrico edificio de Belgrado. MARÍA MARTÍNEZ

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Jerez en su patio

Vestimenta típica en la Feria del Caballo.

La última vez que estuve en Jerez, mi amigo Alejandro me preguntó cuál era mi sitio favorito allí. Podría elegir, sabría cómo hacerlo: ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que he visitado la ciudad. Siempre lo tuve claro: mi lugar preferido de Jerez es el patio de la casa de Emilio y Maricarmen que, casualmente, son sus padres. Los mismos que, el mismo día, también trajeron al mundo a su hermano mellizo Javier, motivo principal por el cual conocí mi ciudad recurrente en el sur español y que, a estas alturas, ya forma parte de toda esa colección de cosas que uno llamaría su casa.

Ese patio solía ser lugar de encuentro común de las familias que vivían en las antiguas viviendas vecinales que se fueron perdiendo y reacondicionando con sucesivas reformas. Lo que hay ahora es una casa familiar ecléctica, con múltiples habitaciones y esta ágora privada para los manjares, los vinos y las historias que me esperan cada vez que visito Jerez.

Desde esta casa situada en el centro histórico, la ciudad comienza a bifurcarse en pequeños callejones de adoquines y muchos cientos de patios más situados puertas adentro de cada fachada. Y comienzan las bodegas, con sus edificios intactos y en medio de una crisis que las ha obligado a diversificar su negocio y a alquilar sus salones para fiestas o reuniones, mientras tratan de sostener la producción de vinos de la mejor manera que pueden.

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Dictadura y democracia conviven en un edificio de Bucarest

Una de las múltiples salas del Palacio del Parlamento, en Bucarest.

El sábado 5 de marzo de 1977, el dictador rumano Nicolae Ceauşescu debía volar a Palma de Mallorca para entrevistarse con el rey don Juan Carlos. Pero la noche antes tuvo lugar un terrible suceso que le obligó a cambiar de planes. “Un fortísimo temblor de tierra sacudió anoche Rumanía, causando «grandes daños materiales y numerosas víctimas», según informaciones de Radio Bucarest captadas en Belgrado. El seísmo, de intensidad 7,2 grados en la escala Richter, según el observatorio de Viena, comenzó a las diez y veinte de la noche, hora española, y su epicentro se sitúa cien kilómetros al norte de Bucarest. Los sucesivos temblores se extendieron por toda Europa oriental, desde Moscú, en el Norte, hasta Grecia, por el Sur”, publicaba El País.

Se proclamó el estado de emergencia y las consecuencias fueron devastadoras. Hubo cerca de 1.400 víctimas y enormes daños en Bucarest. La parte vieja de la ciudad fue la que más sufrió. “Fuentes yugoslavas afirman que se han caído veinte grandes edificios en la capital”, informaban en El País, y añadían que “extranjeros residentes en Bucarest estiman que por lo menos un 10% de los edificios de la ciudad se han derrumbado, están en peligro de caerse o han sufrido daños considerables”. 

Pero entre todo aquel horror, Ceauşescu, el Conducator, vio una oportunidad que daba alas a sus delirios de grandeza. Había que iniciar una reconstrucción y le pareció el mejor momento para llevar a cabo, también, una renovación urbanística –no en la parte más damnificada, sino en la más alta de la ciudad- que daría lugar al nacimiento de un monumental edificio: el Palacio del Parlamento de Bucarest. A prueba de terremotos y ataques nucleares, que demostrara además su enorme poder transformado en algo tangible, en arquitectura.

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Nantes, la ciudad que interpretó a Julio Verne

El Gran Elefante pasea frente a los antiguos astilleros.

Dijo Julio Verne que todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad. En su ciudad natal, Nantes, han aplicado esta máxima desde hace algo más de una década y, bajo este precepto, han conseguido transformar su fisionomía a través de uno de los mayores proyectos urbanos acometidos en Francia. Su puerto fluvial y sus antiguos astilleros abandonados hace más de veinte años son en la actualidad el epicentro de la modernización de la ciudad que vio dar sus primeros pasos al considerado como uno de los padres de la ciencia ficción.

El día primero de julio de hace diez años, un gigantesco elefante mecánico de 45 toneladas de peso y 12 metros de alto dio su primer paseo por la gran explanada de la isla de Nantes. Se ponía en marcha el ambicioso proyecto de François Delarozière y Pierre Orefice –Las Máquinas de la Isla de Nantes- un bestiario de máquinas con vida propia al más puro estilo steampunk inspirado en el mundo imaginario de Verne y aderezado con los proyectos de ingeniería de Leonardo da Vinci. A lo largo de esta década han dado forma a varios prototipos zoomorfos a un ritmo medio de uno por año. Entre ellos encontramos una tarántula gigantesca, un dragón de mar y un pájaro primitivo capaz de revolotear por la sala. Además han complementado este mundo de fantasía decimonónica con dos carruseles únicos donde destaca el dedicado a los mundos marinos de Verne. Uno de los atractivos añadidos es la posibilidad de contemplar a través de unas pasarelas elevadas como estos conceptos toman forma en el taller.

Este revolucionario parque temático ha supuesto la restauración de los famosos astilleros nanteses y ha revalorizado la ciudad al otro lado del rio Loira. En este lugar ahora se encuentran los edificios más modernos de Nantes como el nuevo Palacio de Justicia de la ciudad creado por Jean Nouvel así como diversos centros de arte contemporáneo, arquitectura y diseño.

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La elegante decadencia del mercado de Bolhao, en Porto

Una de las puertas de acceso al mercado de Bolhao.

Bajo la atenta mirada de las gaviotas de Porto, entre bodegas añejas y húmedos callejones adoquinados, encontramos uno de los mercados con más historia de Portugal: el mercado de Bolhao.

Pasear por el mercado de abastos de la ciudad tiene mucho encanto. Es fácil imaginar que, unos cien años atrás, este núcleo comercial del centro de Porto gozó de su máximo esplendor. Fue construido por primera vez en 1838 y reformado en 1914, cuando se levantó el edificio, más o menos, como lo conocemos ahora. Y digo más o menos, porqué Bolhao no siempre fue así. Dos plantas construidas alrededor de un gran patio central, con un puente que lo atraviesa y cuatro salidas abiertas a las calles principales de la ciudad, completan la arquitectura de este singular edificio de estilo neoclásico. 

Puesto de pescado que muestra la cotidianidad de Bolhao.

Puesto de pescado que muestra la cotidianidad de Bolhao. MARIA CHAMÓN

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Una carretera hacia el cielo en Rumanía

Uno de los tramos de la Transfagarasan.

En noviembre de 1971 salía a la luz el cuarto álbum de Led Zeppelin, el que les catapultaría definitivamente al estrellato y les incluiría en los anales de la historia de la música para siempre. Hasta el momento es uno de los discos más vendidos en todo el mundo, más de 30 millones de copias. En él se pueden escuchar muchos temas brillantes, pero hay uno en especial: Stairway to heaven (Escalera hacia el cielo). La guitarra de Jimmy Page y la voz de Robert Plant como estrellas principales, secundadas por los otros dos miembros del grupo, John Paul Jones y John Bonham, en esta obra magistral de ocho minutos.

A miles de quilómetros de distancia pero a principios de los 70 también, ya se había empezado a construir una escalera hacia el cielo, tangible y real, obra del dictador comunista Nicolae Ceaucescu: la Transfagarasan, en lo que muchos llaman coloquialmente los ‘Alpes de Transilvania’. Es muy posible que Led Zeppelin no tuviera ni idea en ese momento de la construcción que estaba tomando forma en Rumanía, pero hay coincidencias mágicas, dos electrones que giran en una misma órbita aunque ninguno sepa de la existencia del otro.

Es incluso posible que mientras la guitarra de Page tocaba los primeros acordes de la canción en el estudio de grabación, los trabajadores de Ceaucescu estuvieran llenando de dinamita –miles de toneladas- las montañas Fagaras, esas que dividen el centro de Rumanía del sur, Transilvania de Valaquia.

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Lyon o la seda que distorsiona el mapa

Pâté en croûte, típico de Lyon.

La tercera ciudad más poblada de Francia se presenta como una incógnita. Hay que buscar en sus grietas para descubrir sus particulares distorsiones. Y en la Vieux-Lyon, el casco medieval, la primera sensación es que podría parecerse a tantos otros de tantas ciudades del sur europeo: las calles empedradas, las tiendas de ropa y regalos, el trazado irregular, el concepto diseñado de lo vintage.

Hasta que nos topamos con uno de los traboules, esos pasajes invisibles que pueden aparecer abriendo una puerta de una calle cualquiera. Son oscuros, frescos y laberínticos, conectan con entradas de edificios y conforman una ciudad paralela y oculta. En el Longue Traboule hay obras de arte espontáneas, naturalezas muertas de huesos y plantas y un gato con collar muy manso y mimoso que posa para las fotos sin ningún problema.

Muy cerca, hay otro traboule más corto y no tan laberíntico, que comunica con una galería en donde se mantiene intacta una torre del siglo XVII. La particularidad paradójica de esta construcción es que no se ve desde la calle y solo es posible verla si nos metemos en un traboule. Como si tuviésemos que dar vuelta a la ciudad y verla en su reverso para descubrirla.

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Faro como un 'desfaro'

Un barrio de Faro alejado del centro histórico.

Suele decirse de Portugal que es un país donde el tiempo pareciera haberse detenido. Un intento de autopsia que lleva a la tentación inevitable de hablar de la saudade, esa nostalgia sin traducción posible y que evoca inmediatamente a la tristeza cada vez que escuchamos los acordes del fado de una guitarra portuguesa.

Pero si nos metemos en las grietas y recovecos de una ciudad como Faro, enseguida nos daremos cuenta de que la capital del Algarve se resiste a semejante simplificación. Sobre todo si la recorremos con la música de Ana Moura, la mejor fadista del mundo.

Con un aura magnética en el escenario y la voz como cuchillo que abre las cavidades que protegen tus entrañas, Ana Moura hace un fado que es un desfado, una herejía que redefine la saudade y que rompe los moldes. "Si el fado se canta y llora, también se puede bailar”, dice en 'Fado Dançado', para horror gástrico de los puristas del género, que incluso aumentan su acidez al escuchar su hit 'Desfado', un intento de deconstrucción del género que acaba definiendo su renovación: ahora la saudade es un componente más de la dialéctica tristeza-alegría en la que se debate todo ser humano. No es casualidad que la cantante abandone los vestidos negros monásticos por diseños coloridos, escotados y brillantes, con una sonrisa dibujada en una sensualidad que emite hasta moviendo un dedo.

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