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CATALUNYA

Faro como un 'desfaro'

Pequeña y encantadora, la capital del Algarve es tan compleja como familiar, resistiéndose a la saudade y a la propia noción de una cartografía concreta

La cuna del Califato portugués, de la reconquista católica y de la presencia de judíos en el sur ibérico, como un triángulo que configura un mosaico cultural particular

Las afueras de Faro.

Un barrio de Faro alejado del centro histórico. LAUREANO DEBAT

Suele decirse de Portugal que es un país donde el tiempo pareciera haberse detenido. Un intento de autopsia que lleva a la tentación inevitable de hablar de la saudade, esa nostalgia sin traducción posible y que evoca inmediatamente a la tristeza cada vez que escuchamos los acordes del fado de una guitarra portuguesa.

Pero si nos metemos en las grietas y recovecos de una ciudad como Faro, enseguida nos daremos cuenta de que la capital del Algarve se resiste a semejante simplificación. Sobre todo si la recorremos con la música de Ana Moura, la mejor fadista del mundo.

Con un aura magnética en el escenario y la voz como cuchillo que abre las cavidades que protegen tus entrañas, Ana Moura hace un fado que es un desfado, una herejía que redefine la saudade y que rompe los moldes. "Si el fado se canta y llora, también se puede bailar”, dice en 'Fado Dançado', para horror gástrico de los puristas del género, que incluso aumentan su acidez al escuchar su hit 'Desfado', un intento de deconstrucción del género que acaba definiendo su renovación: ahora la saudade es un componente más de la dialéctica tristeza-alegría en la que se debate todo ser humano. No es casualidad que la cantante abandone los vestidos negros monásticos por diseños coloridos, escotados y brillantes, con una sonrisa dibujada en una sensualidad que emite hasta moviendo un dedo.

Ana Moura no es de Faro, nació en las afueras de Lisboa. Pero Faro tampoco es totalmente de Portugal ni de nadie. Es como un juego de espejos infinitos donde Faro se define por su deslocalización, su mezcla, su incertidumbre. Faro como un 'desfaro'.

Contrastes sobre la calçada

Rua de Santo António es el paseo peatonal clásico de Faro, la calle atestada de gente y de tiendas, con un pasado lleno de historia, con una historia llena de contrastes. Y con su inconfundible estética de calçada portuguesa.

Sobre estas pequeñas piedras dispuestas al estilo del trencadís gaudiniano y que conforman enormes mosaicos en blanco y negro, apoyan a diario sus tacones mujeres como Ana Moura, la cantante que no nació en Faro pero que en su mismo apellido y hasta en su fisonomía transporta la esencia de una mujer del Algarve: el pasado onomástico de la cultura árabe, los rasgos morenos y angulosos, los ojos profundos y oscuros como huella de milenios de civilizaciones.

Entre las tiendas de moda y las casas de souvenires, se cuela el olor intenso del café portugués, no tan corto como el ristretto italiano, pero sí corpulento y sabroso, siempre bajo el ojo vigilante de unos habitantes que no aceptan cualquier brebaje. Y los pasteles de nata, colocados en las vitrinas de las panaderías como joyas de una cristalería.

Esta arteria principal del centro de Faro es la antesala para descubrir su casco antiguo, la llamada Vila Adentro, a la que se accede por el Arco da Vila y desde donde se llega a una puerta árabe del siglo XI, usada como entrada a la ciudad amurallada por los marineros que llegaban a Portugal y que hoy es el arco de cerradura más antiguo del país.

Y donde hubo morería, también hubo judíos y cristianos. La Rua de Santo António y Largo da Sé son los epicentro de esta mezcla de las tres religiones monoteístas más populares de la humanidad. La Rua, por la presencia de una nutrida comunidad judía alrededor del siglo XIX que dejó como legado el Cementerio Histórico Judaico con su sinagoga y museo. Y el Largo, por una Catedral construida en 1251 sobre los vestigios de una mezquita, después de la reconquista cristiana sobre el Califato.

Entrada al casco histórico.

Una de las puertas de entrada al casco histórico de Faro.

Gatos, corchos y cigüeñas

Hay tres constantes en la mayoría de los pueblos del Algarve que también se mantienen en su capital. La primera es al amor popular por los gatos: en muchas esquinas y portales de casas ocupadas o abandonadas, hay platos de agua y de alimento balanceado para que los gatos callejeros se alimenten cuando quieran.

La segunda es que el corcho le gana el cuero por amplia mayoría en las artesanías y los accesorios que se venden en las tiendas: cinturones, carteras, llaveros, relojes. Esto genera que se evite la matanza de animales y que se aprovechen los recursos naturales de la región, teniendo en cuenta que el alcornoque es el árbol típico de Algarve.

Y una tercera constante tiene el símbolo de lo maternal pero es una consecuencia lógica de la fauna típica de la región. Los locales se quejan de que los jubilados alemanes e ingleses se están apoderando del Algarve, comprando casas a precios irrisorios y estableciendo sus guetos, sin siquiera aprender portugués. Pero, sin duda, son las cigüeñas las verdaderas dueñas del sur portugués, con su base de operaciones establecida en Faro.

La cigüeña es uno de los símbolos de la capital del Algarve y suele establece sus nidos en los campanarios de las iglesias y de los palacios. En algunos pueblos bajos de la costa del Algarve se las puede ver volando a muy pocos metros de nosotros, largas e imponentes, totalmente integradas con los humanos y como especie protegida. De hecho, existe una ley en la región que prohíbe destruir cualquier nido que una cigüeña haya construido en los exteriores de una viviendo, ya sea el techo, un paredón o la chimenea de una casa. Es obligatorio dejarlas acampar a sus anchas.

Faro por la nariz

Por fuera de su casco histórico, Faro se expande en casas bajas pintadas de blanco y con los marcos de sus puertas y ventanas de varios colores: azul, rojo, naranja, verde. La estética habitual de las fachadas domésticas en el Algarve. La calçada portuguesa ahora es adoquín irregular y se mantiene la sinuosa irregularidad en el trazado de sus calles.

Las afueras de la ciudad.

Las afueras de la ciudad. LAUREANO DEBAT

 

Caminar una tardecita por Rua Boavista o por la zona cercana a la estación de trenes, minutos antes de la caída del sol, es una experiencia familiar para cualquiera que esté atento al sentido del olfato. Basta cerrar durante un momento los ojos y dejarse penetrar por los aromas de los potajes que se escapan por las ventanas abiertas, cocidos de madres y abuelas con carnes variadas y verduras, caracoles o pescados, que nos devuelven a todas esas ollas universales de nuestra infancia.

Los estímulos de Faro son domésticos. Y operan con detalles muy simples que apenas se notan y que reclaman a un viajero activo, ese que viaja con actitud de cazador, con la motivación y el cuidado que implica cualquier acto de caza, por más que sea de estímulos. No es casualidad que para todos los Sao Antónios, día de los enamorados, se compre una planta de manjerico y que esté prohibido tocarla con la nariz. Los locales recomiendan rozar sus hojas suavemente con los dedos y después llevártelos a la nariz para sentir su aroma. “Porque, si no, la matas”, dicen por ahí.

Plato de marisco en un restaurante de Faro.

Plato de mariscos típicos de Faro en el puerto

 

Casi al final de la Rua do Alportel, la panadería Lisbonense hace turnos especiales a partir de la medianoche los viernes y los sábados. Ya sobre las 23h empieza a sentirse el olor de la horneada y a verse luz detrás entre las hendijas de las persianas cerradas. Los noctámbulos que salen de los bares se van acercando y rodeando la entrada, hasta que finalmente se abren las puertas y se forma la cola. La gente sale de a una con sus pequeños paquetes calientes de pao do choriço, pasteles o trozos de pizza: policías, borrachos, parejas, bomberos, turistas. No hay barrera idiomática: los portugueses entienden siempre tan bien el castellano y el inglés. Adentro, las luces tenues, el gris de local viejo, el tiempo detenido en la arquitectura portuguesa. Afuera, las terrazas repletas de risas y amarginhas con altramuces, de platos de marisco, de discusiones entre hinchas de Benfica y de Sporting, de un viento atlántico que empuja refrescando el desfaro.

Vueling vuela de Barcelona a Faro.

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