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Sobre este blog

Este blog pretende servir de punto de encuentro entre el periodismo y los viajes. Diario de Viajes intenta enriquecer la visión del mundo a través de los periodistas que lo recorren y que trazan un relato vivo de gentes y territorios, alejado de los convencionalismos. El viaje como oportunidad, sensación y experiencia enlaza con la curiosidad y la voluntad de comprender y narrar la realidad innatas al periodismo.

Los mosaicos flotantes de San Petersburgo

Navegando por el río Neva, los bellos edificios de la ciudad aparecen como en un escaparate  / L. D.

Laureano Debat

Los locales suelen usar, todavía, un ejemplo histórico para definir la esencia de la segunda ciudad más poblada de Rusia: cómo será de bella que ni siquiera Hitler se atrevió a tocarla. Así, San Petersburgo ratifica lo que escribe el rusófilo español radicado en Moscú, Daniel Utrilla, cuando intenta aproximarse a una primera noción de lo ruso: “algo bello, exótico y difícil”.

Dicen que el führer se había obsesionado demasiado con esta ciudad y la quería para sí mismo. Y que, por eso, en plena guerra redujo a la mínima expresión los bombardeos y optó por sitiarla con mucha tropa durante 800 días, bloqueando el tráfico de personas y de alimentos, con la idea de matar de hambre a la población para torcer sus voluntades y obtener su rendición. Pero la ciudad resistió y se negó a ser invadida.

Quizás por eso mi tarjeta de embarque marque LED, por Leningrado, el nombre que tenía San Petersburgo durante el sitio nazi. Tal vez la memoria de semejante gesta heroica del pueblo ruso haya obligado a mantener el nombre en el código aeroportuario, un nombre que poco más de la mitad de la población decidió quitar en 1991 durante un referéndum que convirtió a “la ciudad de Lenin” en lo que había sido en su origen: “la ciudad de Pedro”.

Casi 300 años antes de este cambio onomástico en plena Ola Perestroika, un zar moscovita de más de dos metros de altura fundaba una ciudad paradisíaca y la declaraba nueva capital del Imperio Ruso en 1703, quitándole a Moscú el papel protagonista que recuperaría con el triunfo de la revolución bolchevique.

Todavía faltaba mucho para que los folletos turísticos vendieran a San Petersburgo como la “ventana a Europa” o la “Venecia del Este”, aunque ambas ideas ya estaban en la cabeza del zar Pedro I. El gigante no escatimó gastos e invitó a construir la ciudad a los mejores arquitectos holandeses, franceses e italianos de la época, para que levantaran edificios barrocos al estilo centroeuropeo de moda –más tarde, la famosa Catalina haría lo mismo pero imponiendo el neoclásico– y acabaran de darle forma a esta ciudad cuyos cimientos se levantan sobre un enorme bosque pantanoso.

De inicios del siglo XVIII, quedan las fachadas restauradas que la revolución bolchevique respetó después de expropiar todos los palacios y de construir dentro las viviendas comunales.

Y de la época bolchevique, lo que ha quedado se reparte entre algunas estatuas ancladas en parques, souvenires turísticos y edificios socialistas en las afueras.

Contrastes en el parque temático

En San Petersburgo todo es numeroso, excesivo, máximo: más de cinco millones de habitantes, 490 palacios, 42 islas, 69 canales, 500 puentes. Muchas edificios están pintados con colores claros, tonalidades pastel, para dotar de un poco más de luz a una ciudad en la que llueve, nieva y niebla. Como si no bastara con la arquitectura centroeuropea para escaparse del Este geográfico en que le ha tocado estar y la ciudad continuara huyendo de su natural color grisáceo con casas amarillas, naranjas, verdes y rosas que suelen volver a pintarse cada tres años.

La ciudad es ancha, larga, interminable; una ciudad de hectáreas más que de manzanas. Una ciudad en la que casi no existen los rincones y en donde todo está dispuesto a cielo abierto, como en un panóptico extenso y de poca altura.

El hotel donde me alojo se encuentra en la isla de Petrogrado. Para llegar al río hay que caminar por la Avenida Bolshoi y bordear el imponente estadio de fútbol del Zenith, cuyos reflectores enormes y marciales han sido colocados sobre pilotes flotantes de cemento, externos a la estructura del estadio, rodeando a las tribunas como si las estuvieran vigilando.

A una distancia de 100 metros entre sí, unos tranvías que alguna vez fueron muy rojos durante la era soviética hacen crujir sus engranajes oxidados contra los durmientes, logrando ruidos de maquinaria infernal en cada freno. Parece que van a desplomarse ahora mismo y morirán ahí en medio de la calle, pero siguen avanzando lentos y decididos, repletos de pasajeros.

Siguiendo por la Bolshoi, hacia ambos costados se exhibe el sueño occidental de la sociedad rusa, los italianos y los franceses que siguen motivando los gustos estéticos en San Petersburgo, ya no en la arquitectura, sino en la moda textil. Gucci y Louis Vuitton encabezan la lista de los escaparates globales escritos en cirílico y se mezclan en la avenida con los locales subterráneos con puertas herméticas y pasajes con cosas que se venden y no se ven en el escaparate, y que invitan a entrar para saber de qué se trata.

Cada avenida de San Petersburgo es la metáfora actual del águila bicéfala que corona el escudo de armas del país: la vidriera iluminada del capitalismo mirando hacia Occidente, la fachada subterránea y sobria del pasado soviético de cara al Oriente.

Afuera, las cúpulas de las iglesias cubiertas por el manto de la decadencia soviética: el gris de las moles realistas, el ocre de los edificios repintados de todos colores. En el suelo mucho polvo, un caño de gas interminable sobre la superficie de las veredas, cientos de colillas de cigarrillos amontonadas en las esquinas.

Y el desfile de mujeres con tacones, pelos lacios recién peinados, andar de pantera y desdén proto-imperial yendo y viniendo muy maquilladas por las aceras de cemento sin baldosas de la avenida Bolshoi, cruzando por los escaparates de Calvin Klein y Calzedonia, perdiéndose en las largas y empinadas escaleras que conducen al Metro.

Cuentos rusos

El extremo de la aguja dorada que corona la Catedral de San Pedro y San Pablo es el punto más alto de la ciudad: 123 metros. Cuando hubo que colocarla nadie se animaba a subir, hasta que un valiente se ofreció como voluntario a cambio de que se le asegurara buenas provisiones gratis de vodka, de por vida y en cualquier taberna de la ciudad.

Dicho y hecho, la aguja fue instalada y el obrero recibió su ticket dorado, un papel que siempre perdía en sucesivas borracheras. Para evitar conflictos, decidieron cambiar de tecnología: le tatuaron el ticket en el cuello y cada vez que entraba a un bar se señalaba la zona con los dedos medio e índice bien apretados. Aún hoy, esta señal se sigue usando para animar a los amigos a ir a beber a algún bar.

Las historias preferidas de los rusos siempre tienen algo de grandes hazañas y de mucho riesgo: triunfos bélicos, gigantes fundadores, gestas heroicas populares, el hombre contra la naturaleza. Hasta las reliquias exhibidas dan cuenta de relatos de este tipo. Caminando por los oscuros pasillos de esta catedral construida dentro de una fortaleza en la que Dostoyevski pagó sus deudas de juego con un año de cárcel, pueden verse colgadas viejas banderas suecas. Es parte del botín de la guerra que Pedro I le ganó a los escandinavos y que significó que Rusia tuviera salida al Báltico por primera vez en su historia. 

En la isla de Basilio, el barrio universitario de la ciudad, donde estudió y se recibió Iván Pávlov –el del famoso experimento del Perro de Pávlov–, hay un monumento dedicado a Mikaíl Lomonósov, el hijo de un campesino ruso que viajó a pie desde Siberia hasta Moscú sólo para estudiar. Dicen que tardó dos años en llegar, pero el esfuerzo valió la pena: fue físico, químico, pintor y escultor. Y aquí lo llaman, claro, el “Leonardo Da Vinci ruso”.

Existen otras iglesias que también protegen botines de guerra. En la entrada de la llamativa Iglesia de la Santísima Trinidad, con sus grandes cúpulas turquesas con estrellas doradas, se exhiben como trofeos los cañones incautados a las tropas turcas, a la intemperie y cubiertos por muchas capas de mierda de paloma, bastante oxidados por la erosión urbana.

Por la Avenida Moscú se encuentra el grueso de la herencia arquitectónica de la época estalinista: edificios con pisos de 100 metros cuadrados cada uno, muy bien cotizados hoy en día, con patios internos construidos cada 10 casas para que los niños jugaran dentro con total seguridad y en plena paranoia de la Guerra Fría. Avanzando por la avenida, la esbelta figura de Charlize Theron en un cartel publicitario se va repitiendo cada dos calles, con la misma constancia reiterativa de la arquitectura socialista.

Esta enorme arteria es la puerta de entrada al barrio obrero de San Petersburgo y está repleta de parques alusivos a la Gran Guerra Patria, culminando en el Monumento a la Victoria de Leningrado, una imponente plaza con estatuas de soldados y tropas de estudiantes militares que están haciendo una jura de bandera. Llevan sus semblantes recios y orgullosos, rostros imberbes de acné, espalda agobiada por el peso del acero como los atlantes que sostienen el cielo y las columnas de los edificios neoclásicos del centro de la ciudad.

Capricho y filantropía de Catalina

Además de permitir a las mujeres nobles estudiar en la Universidad, Catalina la Grande organizó la colección de arte del Museo del Hermitage, denominado así a partir de una derivación del término francés para designar “ermitaño”. Nada es casual: por orden expresa de la emperatriz, sólo ella y los ratones del palacio estaban autorizados a ver los cuadros.

El 90 por ciento de las obras que hay actualmente en el museo fueron adquisiciones de Catalina, que ordenaba las compras a través de un séquito de marchantes en toda Europa que la iban asesorando sobre las nuevas tendencias. El edificio verde y blanco que alberga la colección se encuentra en la Plaza de San Isaac, pegado al Palacio de Invierno, famoso por el cañonazo del buque Aurora, uno de los grandes símbolos performáticos de la revolución bolchevique.

El museo fue creado especialmente para albergar la pinacoteca de Catalina, tan grande e inabarcable que no cabía en el palacio. Hoy ambos edificios pueden visitarse juntos y reciben más 4 millones de turistas al año.

Los pasillos del Hermitage son una cita con la historia del arte desde el Renacimiento en todas sus etapas (sobre todo el Manierismo y el Barroco), hasta llegar al Impresionismo. Están Miguel Ángel, Goya, Leonardo, Rafael, Rembrandt, Cézanne, Renoir y Monet como los principales juguetes de la emperatriz que se paseaba sola en estos salones inmensos, como una niña complacida y exégeta del arte en su casa gigante de muñecas.

Ingresar a cualquier palacio ruso ayuda a entender ciertos movimientos políticos posteriores: lámparas revestidas con oro de los Montes Urales, columnas de mármol de Carrara, pisos de madera de ébano, mesas y jarrones de malaquita verde y lapislázuli.

El barrio de Dostoyevski

Los rusos no se destacan por una cocina de alto standing, pero sí tienen sus sabores típicos e inconfundibles: salmones y arenques ahumados, sopa borsch de remolacha, eneldo para condimentar casi todo, rábanos y coles, salsa agria, quesos cuajados y carnes varias.

Es el stock estándar del Mercado de Kuznechny, una enorme nave con paredes de azulejos blancos y mesas de mármol, en donde las protagonistas son unas fornidas señoras con pañuelos en la cabeza que vociferan ofertas en ruso. Afuera del edificio, también hay mujeres con el pelo cubierto, pero de telas más rudimentarias y bastante más ancianas, delgadas y calladas, que venden unas pocas verduras y tejidos.

Presidiendo este rincón de San Petersburgo, hay una estatua de Fiódor Dostoyevski con una ofrenda de flores frescas entre sus manos, frente a un set enorme de pantallas leds transmitiendo publicidades.

Frente al mercado está la iglesia ortodoxa de Vladimirskaya, sin asientos para los fieles (está prohibido permanecer sentado, de acuerdo con la fé ortodoxa) y con la obligación femenina de cubrirse la cabeza antes de entrar. Los creyentes que van entrando se persignan dos veces, comenzando por su derecha, en el sentido contrario al de la fé católica. Hay un soldado del ejército ruso vigilando la entrada. Es la primera vez que veo a un militar trabajando dentro de una iglesia.

Bordeando el barrio de Fiódor Dostoyevski, se encuentra la avenida Nevsky, la principal de San Petersburgo, con el ritmo preciso y cansino de los embotellamientos de coches de toda ciudad global. En una de sus tantas esquinas, esta tumultuosa arteria alberga  la librería más bonita de Rusia, situada dentro de un edificio modernista en donde funcionó durante décadas la fábrica de máquinas de coser Singer. Con música clásica tan bella como triste de fondo, se puede disfrutar de las vistas panorámicas dentro del Café Singer en el primer piso y comprar literatura en ruso o guías turísticas en todos los idiomas o afiches con imágenes del Soviet.

Doblando la esquina por un coqueto boulevard que bordea el río, se llega a la Iglesia de San Salvador de la Sangre Derramada, donde el zar Alejandro II fue fulminado por una bomba de las primeras movidas revolucionarias. Es la única iglesia construida con estilo netamente ruso que hay en toda la ciudad, con cúpulas que imitan a la icónica Catedral de San Basilio de Moscú, esas bóvedas magnéticas de todos colores.

A tan sólo dos calles de aquí, los rusos se vengan de la simplificación con que Occidente decodifica su cultura: un restaurante con un menú de tapas ibéricas se llama Barcelona y su logo es un toro cubierto con la bandera española.

La ciudad y el agua

Cuando el Pedro I fundó San Petersburgo la pensó para ser navegada, una ciudad panorámica en donde la nobleza pudiera regocijarse con sus paseos en barco. Hoy encallan aquí a diario todos los cruceros habidos y por haber, además de ofrecerse un servicio de lanchas para que los turistas nos sintamos nobles por unos cuantos minutos.

Vista desde el agua, la sensación es de una cierta impotencia: una ciudad inasible e inmaterial que se mira y no se toca. Prefiero la ruta a pie que hacen a diario los peterburgueses para ir a trabajar. Me gusta sentir que estoy dentro en la ciudad y no que soy un satélite de ella. Todos los edificios nos miran. El barco navega tranquilo sobre el río Neva, pasando por el muelle donde está anclado el buque Aurora, detrás del mega-edificio de la compañía Samsung.

Seguimos por la Isla de las Liebres con la Fortaleza de Pedro y Pablo, una playa donde la gente lee y almuerza al rayo del Sol, los Jardines de Verano de Pedro I, un palacio que perteneció a Tolstoi y otro en donde vivió Pushkin, el edificio de la antigua Universidad para mujeres fundada por Catalina. San Petersburgo desde el agua parece una ciudad de cartón bien pintado.

La experiencia es de navegación por una maqueta virtual que, al final, se hace carne cuando uno baja en la avenida Petrogrado y sigue el curso de los caños oxidados del desagüe que bordean los edificios, que nacen en la fachada desde el techo con su boca bien abierta hasta llegar a la acera, decorando tanto un edificio socialista como una tienda de Lagerfeld. Sirven para sacar el agua y secar, para que circule por los canales.

La ciudad nace, justamente, de un proceso de secado: al inmenso pantano original se le plantaron miles de abedules que fueron absorbiendo el agua y secando la tierra hasta hacerla apta para edificar. Así surgieron los canales navegables y se instalaron estos caños que evitan las inundaciones. La ciudad fue, es y será una eterna batalla contra el agua: domarla, esquivarla. Engañar su cauce.

Vueling ofrece vuelos semanales desde Barcelona a San Petersburgo.

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