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CATALUNYA

Espacios masculinos … y mini espacios femeninos

La atribución desigual del espacio público entre mujeres y hombres en contextos cotidianos, como el metro, y su significación simbólica

Seguro que han observado en alguna ocasión el curioso cambio de itinerario que realizamos cuando caminamos por una calle o pasillo estrechos y encontramos en mitad dos personas conversando. No seguimos nuestro camino recto y atravesamos la conversación, por así decirlo, sino que vadeamos a quienes hablan como si esas dos personas hubieran creado un espacio privado que debe ser respetado.  

Este cambio de dirección para no cruzar por mitad de una conversación se produce porque, cuando dos o más personas dialogan, construyen un espacio simbólico que los demás advertimos y respetamos. De ahí que, si debido a la estrechez del pasillo, por ejemplo, nos vemos obligados a pasar entre ellas, pedimos disculpas, como “Perdón, paso por medio”, o bien nos inclinamos ligeramente para minimizar la molestia de nuestra intromisión en esa zona personal que los interlocutores han construido, y que ha dejado provisionalmente de ser espacio público para hacerse, en cierto modo, privado; pertenece de manera transitoria a quienes  conversan.

Las personas construimos espacios simbólicos cuando conversamos porque, de hecho, transportamos con nosotros espacios individuales, espacios personales  que negociamos cuando nos comunicamos con los demás en los diferentes escenarios sociales. Así, por ejemplo, nos situamos más cerca de las personas que mejor conocemos y que nos gustan más; es decir, más o menos inconscientemente, reducimos el tamaño de nuestra burbuja personal a medida que nos sentimos en confianza y a gusto. Y, en correspondencia, mantenemos mayor distancia en centímetros con quienes acabamos de conocer o a quienes conocemos todavía poco o con aquellos que nos relacionamos de manera formal o jerárquica (esto es, demostramos nuestro respeto a un superior haciéndole notar que su burbuja personal es grande, manteniéndonos a cierta distancia).  

Nótese, pues, que existe una correlación entre el tipo de relación y el tamaño del espacio interpersonal: cuando la relación es entre iguales (simétrica), se observa mayor cercanía espacial. Cuando la relación es de poder, aumenta la distancia en centímetros. A mayor poder, más espacio personal.

La distancia adecuada que las personas mantenemos para dialogar no es universal: diferentes culturas tienen espacios relacionales diferentes. Es más que probable que ustedes hayan advertido  que los ciudadanos nórdicos, anglosajones y centroeuropeos, por lo general, tienden a mantener espacios interpersonales más amplios; esto es, conversan a mayor distancia que los hablantes mediterráneos. Desde nuestra perspectiva, no sorprende que tendamos a calificarlos de distantes. Claro que, en justa correspondencia, desde su perspectiva, nosotros, mediterráneos, podemos llegar a ser agobiantes.

El diferente espacio personal que le asignamos al otro y que nos autoasignamos depende no sólo de cuestiones relacionales y culturales, sino también del género de los hablantes. Diversos estudios demuestran un fenómeno que, en realidad, es bien visible en casi cualquier interacción cotidiana: mujeres y hombres no tenemos burbujas personales de la misma dimensión.

Traducido: la cultura imperante nos asigna a las mujeres un espacio más reducido que a los hombres.

Veamos algunos ejemplos cotidianos de esto.

Observen a su alrededor en el metro, por ejemplo: ¿a cuántos hombres ven cómodamente sentados, con las piernas firmemente ancladas en el suelo  y confortablemente separadas entre sí, ocupando holgadamente su espacio? ¿Y a cuántas mujeres ven en esa misma postura de apropiación segura del espacio? A buen seguro, a muy pocas, porque todas hemos tenido que escuchar en repetidas ocasiones mientras fuimos niñas “Está muy feo que una chica se siente así”. No, no. Las chicas (las mujeres) han de sentarse recogiditas, las piernas bien juntitas; llegado el caso, una pierna sobre otra (ocupando menos espacio aún), posición que resulta tal vez muy seductora,  aunque también un poco inestable. De hecho, seamos o no conscientes de ello, con tales prácticas de autoencogimiento, las mujeres llevamos a cabo un ritual de minimización del espacio que ocupamos. También de minimización del espacio simbólico, claro; y eso es más grave.

Si es una mujer quien me lee, le formulo una pregunta muy fácil de responder: ¿en cuántas ocasiones ha tenido la desagradable impresión de que el varón sentado a su lado estaba ocupando su asiento y, además, también una buena parte del de usted? Es bastante probable que muchas veces. De hecho, esta es una de las quejas más frecuentes que expresan las mujeres profesionales en los seminarios de formación, en cuanto surge el tema de la comunicación no verbal: las mujeres están hartas de tener que lidiar en aviones y otros espacios cerrados con varones que dan por sentado que ellas son liliputienses mientras que ellos son… algo así como Shrek!

No vamos a discutir que, por lo general, las mujeres somos algo menos voluminosas que los varones. Lo que estamos poniendo sobre el tapete es que sea cual sea la altura y volumen de la mujer y del hombre que interactúan, en general, a ella  se le atribuye un menor espacio personal. Otros muchos ejemplos de la vida diaria demuestran este diferente reparto del espacio, pero su descripción tendrá que ser en otra ocasión.

¿Y cuál es la conclusión?

Volvamos a  la correlación que vimos más arriba: a mayor poder, mayor espacio atribuido.

Por tanto… ¿qué creen que significa cuando otros nos atribuyen, no su mismo espacio, sino un pequeño mini espacio?

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