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Ganar Barcelona: un reto a la altura de las posibilidades

Acto de presentación de Guanyem Barcelona / EDU BAYER

Nuria Alabao

Fundación de los Comunes —

Guanyem Igualada, Guanyem Mollet, Guanyem Hospitalet, Guanyem Terrassa y hasta Guanyem Madrid. Apenas unas horas después de que se hiciese pública la iniciativa de Barcelona, nuevos perfiles de Twitter y Facebook como estos eran reservados y hasta compartían espontáneamente un mismo logo.

Las expectativas que ha generado esta propuesta no sólo tienen que ver con el perfil público y la credibilidad de Ada Colau. Están relacionadas con que Guanyem Barcelona se identifica como la primera apuesta de movimiento post 15M para las elecciones municipales. Un intento virtuoso de encajar lo mejor que dio cuerpo a la toma de las plazas: activistas que dejan atrás identidades resistencialistas, gente sin militancia previa movilizada recientemente por los impactos de la crisis y personas de las bases de partidos que piensan que las cosas pueden hacerse de otra manera. Todos trabajando juntos con un objetivo común: ganar una ciudad para la revolución democrática, detener la creciente brecha que divide Barcelona entre barrios ricos y pobres y el sufrimiento cotidiano que esto implica para una gran parte de las personas que la habitan.

Si se ha de ganar, la apuesta necesariamente tiene que ser de mayorías. Sólo se puede construir hegemonía componiéndose en la diversidad, lo que tiene que verse no como una debilidad, sino como una fortaleza, pero que ciertamente te pone en el punto de mira de la ortodoxia militante. Esta diversidad -verdadero experimento irrenunciable- pone en aprietos a las personas acostumbradas a una política de minorías, de objetivos maximalistas. Es más fácil entenderte entre iguales, te pone en menos en juego, duermes más tranquilo. Pero parece que esa fase terminó para nosotros. La oportunidad obliga a ir en otra dirección, donde por momentos hay más preguntas que respuestas pero también, una especie de fe absoluta en que no se pueden alcanzar grandes cosas sin arriesgarse al mismo nivel.

A los partidos más tradicionales afines a la propuesta también les costará entrar en otra lógica. No porque difieran en objetivos sino porque tienen ritmos propios y sus propias servidumbres. Poseen un pasado, una posición estratégica: es decir, quieren permanecer. ¿Se pueden componer sin diluirse, manteniéndose reconocibles para sus bases? ¿Pueden combinar sus estructuras con formas más asamblearias de democracia directa? En cualquier caso, la exigencia de los tiempos que vivimos también es para con ellos. Su mayor riesgo, perder relevancia social en un momento de oportunidad política de transformación único para todos.

Pero componerse con otros no es un fin en sí mismo ni un cheque en blanco, es una herramienta para llevar a las instituciones las demandas contenidas en las movilizaciones ciudadanas de los últimos años. En este periodo se ha producido una acumulación de propuestas articuladas que podrían hacerse efectivas, convertirse en leyes, verdaderas alternativas al “no se puede” de nuestros gobernantes. También experiencias de autogestión ciudadana y saberes de participación y democracia de base que pueden condensarse para asumir con fuerza el reto que tenemos por delante. Experiencias que además serán imprescindibles para sostener en el tiempo y con cierto nivel de exigencia desde abajo las apuestas municipalistas en curso.

Con estos mimbres podremos encarar la revolución democrática que necesitamos que ha de pasar por hacer políticas de contención del sufrimiento social que han provocado la crisis, los recortes y las privatizaciones. Pero que también, de manera imprescindible, ha de impulsar la transformación de las propias instituciones, lo único que sostendrá a medio y largo plazo cualquier medida de reparto de riqueza que se quiera acometer. Tarde o temprano -más temprano para los municipios pequeños o muy endeudados- estas propuestas municipalistas tendrán que enfrentarse a las imposiciones de la Troika convertidas en leyes. Como la priorización del pago de la deuda que limita -y en muchos municipios impide- cualquier intento de política progresista.

Para ello se necesitarán alianzas entre estas intervenciones en los ayuntamientos y propuestas supramunicipales que nos permitan trabajar a escalas estatal y europea. Componiendo un movimiento también de mayorías a esos niveles podremos optar por un horizonte constituyente que potencie y sobre todo asegure cualquier victoria local que podamos conseguir.

La apuesta está a la altura de las posibilidades. El reto, de lo por ganar.

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