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El Procés es una caja

Jordi Corominas i Julián

Más o menos desde la última Diada he notado en mi interior una cierta desgana en escribir sobre el Procés sobiranista y estaba preocupado. Creí que se me pasaría, pero con los meses he comprendido que no es un cansancio personal, sino más bien colectivo. Mi abuela decía que lo poco gusta y lo mucho cansa. Ella, que de pequeño me ensalzaba las virtudes de Largo Caballero, reiría con este lustro porque sus vivencias fueron más intensas y dramáticas desde lo palpable, un factor fundamental para aprender las claves de mi diagnóstico.

La repetición sirve para inculcar ideas, eso es innegable. Hace dos semanas viajé a Madrid por motivos laborales. Me reuní con una editora y tras cerrar unos asuntos pendientes fuimos a comer. El bar era casero y estaba repleto de obreros y guardias civiles. Nos sentamos en una mesa y quiso la casualidad que mis ojos dieron con el televisor, donde un grupo de sospechosos habituales acompañaba a Carme Forcadell al Palau de Justicia. Bajé la mirada y pedí una tortilla con pimientos que degusté mientras comentábamos detalles literarios y reíamos a carcajada limpia.

De vuelta a casa de una amiga pensé en las imágenes y me resultaron familiares, idénticas a las de Artur Mas un no tan lejano quince de octubre, el de las esteladas en el passeig Lluís Companys y la aclamación del líder camino de convertirse en mártir.

Pasaron dos días y nadie me preguntaba sobre Catalunya. Me sorprendió porque lo habitual era que mis amigos y conocidos, a sabiendas de mi interés por el tema, aprovecharan para interrogarme a fondo sobre tan acuciante cuestión, minimizada durante este último mes por la acumulación de asuntos internacionales de más gravedad, pero ese no era el motivo, deduzco que simplemente los dimes y diretes de nuestra tierra les resultaban una especie de día de la marmota en forma de callejón sin salida que ha perdido capacidad de innovar. Como mucho alguien comentó que la izquierda podía vestir mejor, a lo que respondí con indignación mientras miraba mi ropa y no la veía tan mal.

Al volver a la ciudad la mente se trasladó a otro viaje de 2014, cuando regresando de Florencia supe con certeza que estaba en Barcelona por la acumulación de banderas en los balcones. Ahora, si bien les doy un repaso, no me fijo tanto, son parte integrante de un paisaje inmóvil.

En la ciudad malviví como todos la semana anterior a la navidad, esa llena de cenas, horarios desajustados, excesos de despedida y caprichos de histeria entre regalos y copas de más. En los bares nadie mencionaba el Procés, sólo lo hizo mi amigo José Luis para cargar contra sus habituales demonios independentistas. Se debatía, como en Madrid, con más pasión sobre el duelo al sol entre Iñigo Errejón y Pablo Iglesias, polémica interesantísima que más allá del exceso de redes sociales es gracioso contemplar desde la palabra crisis, siempre atribuida a la formación morada cuando todos los partidos la sufren y algunos, como el PSOE, la han superado para alcanzar la incertidumbre.

Deseo que la dualidad entre la transversalidad moderada, socialdemocracia del siglo XXI, y el hiperliderazgo trasnochado termine en la autocrítica y el acuerdo entre las partes enfrentadas. Si hacemos caso a la ciudadanía Errejón tiene más opciones de ganar la partida a largo plazo, eso siempre que no se lo carguen en el futuro congreso de febrero.

Pero seguía torturándome mi desidia sobre el Procés y no encontraba respuestas. Dejé la ciudad como quería el poeta Papasseït y me desperté en una casa de montaña. Salí a la calle, compré el periódico y encendí el televisor. De repente se hizo la luz. Una chica de la CUP rompía una foto del Rey en un pleno municipal de Barcelona, el mismo que tumbó los presupuestos y amenazaba a la alcaldesa con una improbable moción de confianza.

Entendí que el Procés ahora mismo está en la caja tonta, más concretamente en una que obvia noticias y dedica parte de su programación a hablar del tema como si no existiera nada más. Mientras tanto el planeta se preocupa por Siria, los atentados yihadistas y en España el poder legislativo planta cara a un ejecutivo que aún no ha aceptado carecer de mayoría absoluta.

Ayer por la noche puse las noticias. Hablaban de un Puigdemont coherente que insistía, se nota el contrapeso de Colau, el discurso capaz de contrarrestar lo unilateral, en un referéndum pactado.

Y la idea, por mucha operación diálogo con Soraya en su despacho del Eixample, me parece más que improbable, aunque las palabras del President seguramente apunten a la voluntad de un acuerdo que congele estos cinco años e inicie una senda nueva. Mis amados comentaristas pueden criticarme y lo aceptaré. Otro 9N, lo saben todos, es un despropósito mayúsculo. La política es negociar y el clima es propicio. Ahora falta que encajen las piezas y de las performances pasemos a los hechos, sí, palpables.

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