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Desiertos prístinos y bosques desiertos: revisando algunos tópicos sobre la desertificación

Los valores del desierto

El celebérrimo E.O. Wilson, de la siempre prestigiosa Universidad de Harvard, popularizó el término de biofilia acuñado por el filósofo Erich Fromm para hacer referencia a la supuesta inclinación positiva que tenemos hacia la diversidad biológica. Según estos autores cuanta más biodiversidad en nuestro entorno, mejor nos encontramos. Se utilizó, sobre todo, para agitar conciencias y señalar uno de los mayores problemas de carácter global a los que nos enfrentamos: la dramática pérdida de diversidad biológica que vivimos como consecuencia del cambio global. Tuvo éxito y hoy vemos el término por doquier en todo tipo de contextos, sea en el proyecto educativo y musical pilotado por la cantante Björk o dando amparo a los premios Frontera del Conocimiento de la Fundación BBVA.

¿Existe o no la biofilia, más allá de como un recurso comunicativo? ¿O es más bien un ejemplo más de términos que, propuestos en marcos muy concretos, saltan a otros contextos para ser ampliamente utilizados incorporando sesgos semánticos y conceptuales profundamente irracionales?

Uno de los casos más llamativos de utilización casi irracional pero muy extendida de un término biológico es el de desertificación. Se trata de un término acuñado en la década de los setenta durante la crisis humanitaria asociada a las devastadoras sequías y hambrunas recurrentes que ocurrieron en aquel momento en el Sahel. El impacto de aquellos acontecimientos fue tan brutal y él éxito del término tan llamativo que incluso Naciones Unidas puso en marcha una Convención de carácter global para luchar contra la desertificación. La presencia recurrente de adultos y niños famélicos en los medios exigía respuestas de carácter global. No hablábamos entonces de Cambio Global, ni de sus motores: simplemente se nos anunciaba, con ese impactante término, que el desierto estaba a las puertas de casa y que muy pronto nos asaltaría.

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La Universidad Rey Juan Carlos en positivo: una carta para nuestros alumnos, sus familiares y sus amigos

Campus de la URJC

Casi anestesiados por la lluvia que no cesa de escándalos de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) aventados por la prensa, de chistes poco imaginativos en los bares, de caras de sorpresa o dolor de los que nos quieren, gritando sin abrir la boca, de indignación y frustración de los que están con nosotros, que conocen nuestro esfuerzo de cada día, parece absurdo volver a repetir que todo ha resultado del quehacer torticero y deshonesto de unos pocos, combinado, quizás, con una exacerbación de los problemas de gobernanza de nuestro sistema público de universidades a los que nunca se ha querido o se ha sabido meter mano. Los colegas de profesión, no sólo españoles, nos dan su apoyo mientras los chicos y chicas que trabajan y se forman en nuestras aulas y laboratorios se dan de bruces con dificultades extra para desarrollar una carrera científica en nuestro país mientras ahí fuera su esfuerzo es vilipendiado o cuando menos ridiculizado.

No sé, solo queda contar lo que hacemos y poner números de nuestro desempeño sobre la mesa. Puede que sólo alguno de vosotros sea consciente de que llevamos instalados en el buque de Ciencia Crítica desde el principio de la aventura del eldiario.es, realizando su trabajo en la universidad, en la URJC más concretamente. Desnudémonos delante de todos para que quede claro lo injusto y desatinado que es abandonar a los que trabajamos allí. En la URJC intentamos llevar a cabo nuestro servicio público como investigadores, docentes y trabajadores honestos. Como Umbral en su día, hoy hemos venido a hablar de nuestro libro; de lo que hemos hecho unos cuantos investigadores en este entorno; en realidad, la mayoría, porque los ejemplos de buen hacer en la URJC son numerosos. Da pudor, mucho, pero no sé cómo se puede ayudar de otra manera a los estudiantes que osan completar sus grados y sus másteres con nosotros, a todos aquellos que están haciendo sus tesis doctorales o se forman como investigadores postdoctorales aquí, gente que viene de rincones diversos del planeta y que tienen que vivir con ese estigma y, por supuesto, a los profesores, profesoras y personal de administración que desarrollan su trabajo a nuestro lado. Nuestro grupo es un ejemplo entre muchos, un exponente de lo que es una universidad pública, con sus méritos y sus limitaciones, y un caso que ilustra bien lo injusto de generalizar a partir de personas y actividades extremas que están de hecho siendo analizadas en sede judicial.

Nuestro grupo comenzó su andadura con la entrada del milenio vistiendo una etiqueta de Unidad de Biodiversidad y Conservación para cubrir las necesidades docentes y de investigación en cuestiones de urgente demanda de conocimiento relacionados con la mitigación y adaptación al Cambio Global, la Restauración Ecológica y la Conservación de la Biodiversidad (BdCo-URJC Unit). Nuestro objetivo era constituir un centro de referencia a nivel mundial con la incorporación de investigadores de reconocido prestigio procedentes de cualquier rincón del globo. La utilización de las herramientas disponibles para la captación de lo mejor de nuestra diáspora en régimen ultra competitivo como son las ayudas Ramón y Cajal o Juan de la Cierva financiadas por nuestro gobierno, las ayudas Marie Curie de la Unión Europea y la posterior consolidación de estos contratos nos permitió conformar una de las mejores plantillas de investigadores en estos temas de nuestro entorno europeo. Es una historia de éxito. Puede que esté mal que lo digamos nosotros. Pero alguien debe decirlo con la que está cayendo, la que ha caído y la que aún puede que caiga sobre la URJC. Los indicadores al uso, las estadísticas y todos los índices están disponibles y son públicos. Nuestro grupo está entre los mejor situados no sólo en Móstoles o en Madrid, ni siquiera en España, sino a nivel internacional.

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¿Qué significa un calentamiento de dos grados?

Según como se mire, dos grados puede parecer un aumento de temperatura muy pequeño. En un sólo día, en sitios de montaña o del interior de la Península la temperatura del aire oscila veinte o treinta grados. Sin embargo, el aviso de los científicos y los acuerdos internacionales como los que surgieron de Paris y que en estos momentos se discuten en Katowice (Polonia) hablan de no superar los dos grados de calentamiento promedio sobre los valores preindustriales y, a ser posible, quedarnos en un aumento de un grado y medio. El asunto es un poco apremiante porque ya llevamos gastado más de dos tercios de este saldo térmico. Parece que una mayoría social e incluso política ha asumido esta cifra como una línea roja que conviene no traspasar. Pero, ¿Qué significa realmente superar esos dos grados?

Podríamos entrar en cuestiones complejas sobre la dinámica de los modelos del clima. Veríamos que con este aumento de dos grados los eventos climáticos extremos se harían aún más intensos y frecuentes. Ya estamos viendo muchos ejemplos preocupantes de huracanes, sequias, inundaciones e incendios asociados al cambio climático que baten periódicamente todos los records. Pero existen otras imágenes que brindan una idea complementaria y quizá más gráfica de las implicaciones de que la temperatura media suba apenas dos grados. Puede costar un poco de entender, pero nadie dijo que esto del cambio climático fuera algo sencillo.

Una subida de dos grados de temperatura global media tendría un efecto sobre la disponibilidad de agua futura muy similar en magnitud y en escala espacial al que tiene el impacto humano directo sobre infraestructuras que afectan a la disponibilidad de agua. Como se puede observar en la figura, los dos mapas de la derecha revelan un cambio muy similar en la escorrentía superficial. Zonas como la cuenca mediterránea sufrirán un doble impacto (cambio climático más el impacto directo por infraestructuras) en la escorrentía disminuyendo extraordinariamente la disponibilidad de agua en estas zonas ya de por si secas si se alcanza ese umbral de los dos grados. Adaptado de Haddeland y colaboradores (2014).

Una subida de dos grados de temperatura global media tendría un efecto sobre la disponibilidad de agua futura muy similar en magnitud y en escala espacial al que tiene el impacto humano directo sobre infraestructuras que afectan a la disponibilidad de agua. Como se puede observar en la figura, los dos mapas de la derecha revelan un cambio muy similar en la escorrentía superficial. Zonas como la cuenca mediterránea sufrirán un doble impacto (cambio climático más el impacto directo por infraestructuras) en la escorrentía disminuyendo extraordinariamente la disponibilidad de agua en estas zonas ya de por si secas si se alcanza ese umbral de los dos grados. Adaptado de Haddeland y colaboradores (2014).

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¿Cambiará el CSIC? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Si uno atiende a los titulares y a las declaraciones, soplan vientos de cambio en la ciencia española. Tenemos de nuevo, tras una verdadera travesía en el desierto en un Ministerio de Economía que ni entendía ni apoyaba la ciencia y la innovación, un Ministerio propio: el de “Ciencia, Innovación y Universidades”. Se ha constituido una comisión parlamentaria con el mismo nombre. Y la Presidencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), aunque nombrada por el gobierno anterior, hace gala de escuchar a sus investigadores, a los que ha citado la pasada semana en unas jornadas multitudinarias dedicadas a “ afrontar los retos de la institución”. 

A pesar de la dificultad de organizar un verdadero intercambio de ideas entre más de mil participantes en una sola jornada, fue ilusionante ver cómo esta nueva Presidencia se conjuraba para potenciar algunas de las mejores virtudes de la ciencia moderna: la libre circulación de la información y la discusión abierta.  Por desgracia, tal vez por lo apresurado de las fechas (reconocido por los propios convocantes), las jornadas estuvieron dominadas por sucesivas presentaciones del equipo de gobierno del CSIC, salpimentadas por breves períodos en que una presentadores seleccionaba dos o tres preguntas de una encuesta apresurada a la que habían contestado varios cientos de científicos, con poco margen para el resumen y las conclusiones de la misma. Por la tarde, los participantes se distribuyeron en cuatro sesiones paralelas donde la intención de fomentar la discusión quedó una vez más diluida por las presentaciones institucionales. No obstante, hubo presentaciones valientes en sesiones como la de “¿Evolución o revolución?) que no quedaron del todo ahogadas por el discurso corporativo. 

A pesar de todo esto, la jornada de debate tuvo la virtud de constatar que los diferentes colectivos dentro del CSIC compartimos en buena medida el análisis de las necesidades de reforma estructural de la institución. Se apreciaron, no obstante, desacuerdos importantes sobre la mejor manera de implementar dichas reformas. Por ejemplo, la encuesta a los científicos del CSIC previa a las jornadas llamaba la atención sobre la necesidad de descentralizarlo, dotando de mayor autonomía a los institutos de investigación y de más capacidad de decisión a sus directores, siempre acompañadas de una mayor rendición de cuentas; y sobre el impacto letal que la asfixiante burocracia, impuesta tanto por las agencias financiadoras como por la propia administración del CSIC, tiene sobre la actividad investigadora.  Y sin embargo, aunque la mayoría de los ponentes hacían frecuentes referencias a la participación y la transparencia, todos los planes que se fueron exponiendo redundaban en una gestión igual o más centralizada, con instrumentos y aplicaciones que mejoren el control de “la eficiencia del gasto” y del desempeño investigador. De hecho, la única mención a aumentar la autonomía de los centros se hizo, en respuesta a una pregunta desde el auditorio, para decir que no se percibía como algo prioritario. Y la encendida defensa de la necesidad de más personal administrativo, basada en unas estadísticas claramente sesgadas, culminó con una significativa metáfora que el proponente quiso luego matizar y tuvo que retractarse: los investigadores son “cazadores solitarios”, individualistas y competitivos, mientras que los administradores son “cazadores en manada”, colaboradores y centrados en el interés colectivo. 

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Restauración ecológica y cambio climático II: las soluciones

Hacen falta buenas ideas para restaurar un planeta maltratado

El cambio climático está aquí para quedarse. Por un buen tiempo. Eso ya nadie lo duda, salvo unos pocos desinformados y unos no tan pocos desalmados. Lo que nos queda por aprender ahora es cómo podemos mitigarlo y hasta qué punto podemos adaptarnos a la dimensión del cambio que no va a poder frenarse en el corto plazo. Una de las principales preocupaciones que se suman a las relacionadas con sus efectos directos sobre la salud y el bienestar humanos es la alteración de numerosos procesos ecológicos que lleva asociada el cambio climático. Estas alteraciones afectan a su vez a numerosos bienes y servicios ecosistémicos que necesitamos en nuestro día a día, bienes y servicios que se ven también alterados por la degradación directa de los ecosistemas a través de la fragmentación, los cambios de uso del territorio, la sobreexplotación de recursos como el agua o la introducción de especies exóticas, por ejemplo. Esta combinación de ecosistemas degradados que se ven crecientemente amenazados por cambios en el clima constituye uno de los principales desafíos de la restauración ecológica del siglo XXI. 

Entre los servicios ambientales con mayor probabilidad de ser recuperados a través de acciones de restauración ecológica destacan los siguientes: 

 

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Restauración ecológica y cambio climático I: el desafío

Estamos consumiendo el planeta y hay que cambiar las tendencias

Restaurar en sentido estricto significa arreglar algo que se ha roto y ponerlo en el estado que antes tenía. Sin embargo, si consideramos los escenarios de cambio climático más probables, la restauración de los ecosistemas degradados se enfrenta a una paradoja difícil de resolver: mirar al pasado como referencia para recuperar lo que se ha perdido o mirar al futuro para regenerar ecosistemas capaces de adaptarse a lo que viene. La restauración ecológica, según la SER, la  sociedad internacional que la investiga, coordina y apoya desde el conocimiento científico y técnico, consiste en ayudar a los ecosistemas que han sido degradados, dañados o destruidos a que recuperen su capacidad de producir bienes y servicios ambientales como las materias primas, la depuración del agua o del aire o la regulación del clima. La clave para una restauración de ecosistemas eficiente y actual radica precisamente en encontrar un equilibrio entre el pasado y el futuro. El compromiso con la historia de un territorio a la hora de restaurarlo permite comprender la gama de ecosistemas que un lugar concreto puede albergar, así como la disposición de los organismos y especies que forman o han formado parte de ellos. Mirar hacia el futuro, sin embargo, es vital cuando lo que nos preocupa es reconciliar la recuperación de un ecosistema con nuestro propio desarrollo socio-económico y con el cambio ambiental global que ello acarrea. Estamos hablando de pasar de una restauración convencional en la que se trata de recuperar una foto fija donde los actores (las especies) son “las de siempre” a una restauración moderna en la que lo que prima es la recuperación de procesos y funciones ecológicas, con cierta independencia del elenco (de especies) que hace posible dichas funciones.

La sobreexplotación de los recursos hídricos unida a los efectos del cambio climático han hecho desaparecer varios lagos y mares interiores en todos los continentes. El Mar de Aral es, posiblemente, el mejor documentado. Tan grave fue su sobrexplotación unida a la aridificación del clima que llegó prácticamente a desaparecer. En la actualidad se está recuperando mediante costosos programas internacionales, aunque lo hace muy lentamente y existen muy serias dudas sobre su sostenibilidad a largo plazo.

La sobreexplotación de los recursos hídricos unida a los efectos del cambio climático han hecho desaparecer varios lagos y mares interiores en todos los continentes. El Mar de Aral es, posiblemente, el mejor documentado. Tan grave fue su sobrexplotación unida a la aridificación del clima que llegó prácticamente a desaparecer. En la actualidad se está recuperando mediante costosos programas internacionales, aunque lo hace muy lentamente y existen muy serias dudas sobre su sostenibilidad a largo plazo. Foto NASA/Goddard Space Flight Center

 

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La importancia de ser autor

Cartel de la película de Arthur Hiller '¡Autor, autor!', protagonizada por Al Pacino

La mitología asociada a la ciencia y a los profesionales de la ciencia es gigantesca. Para hacernos una idea basta recordar ese estereotipo de científico que aparece en las películas: un señor, hombre por supuesto, canoso y de pelo revuelto, con un matraz humeante en la mano, una pizarra detrás llena de ecuaciones, extraordinariamente distraído y vestido con una bata blanca. En realidad, los científicos somos tan diversos como ocurre en el resto de actividades humanas y nuestro único denominador común es que generamos conocimiento que, normalmente, sintetizamos en publicaciones científicas. 

Así resumido es muy desmotivador y probablemente muy poco romántico, pero es la verdad. Lo que hacemos es publicar lo que somos capaces de ir resolviendo para que el resto de nuestros colegas puedan ir subiendo el listón de lo conocido con nuestra contribución. Poco glamuroso, pero es una visión realista y profesional. No somos superhéroes, sólo artesanos de la ciencia que en vez de levantar botijos en un torno y luego venderlos como haría un alfarero, planificamos y llevamos a cabo experimentos y observaciones del mundo que nos rodea, analizamos los datos que generamos y producimos publicaciones científicas. 

La ultra competitividad que caracteriza nuestro sistema académico descansa en la evaluación de nuestro desempeño como base del mantenimiento de una carrera científica. En realidad hablamos de la evaluación de nuestra productividad individual; es decir, de un cómputo detallado del número de publicaciones que hemos podido realizar, así como todas las derivadas correspondientes: el número de citas de cada artículo, el índice de impacto de la revista en la que publicamos nuestro trabajo, el índice H, etc. Así contado, nuestra actividad pierde buena parte del valor y casi todo el encanto con que la sociedad nos imagina, pero nos enfrenta a uno de los problemas más extendidos, y de hecho a una de las malas prácticas profesionales más habituales en la profesión: ser autor sin merecerlo. Si la clave en nuestra carrera son las publicaciones científicas, ser autor de una o muchas de ellas es realmente crítico como profesionales de la ciencia por su impacto directo en nuestra evaluación. 

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El valor ambiental y económico de no hacer

El valor ambiental de no hacer nada

Nadie hubiera pensado que dejar sin edificar las hectáreas de bosque y jardín que ahora conforman Central Park en el corazón de Manhattan traería tanta riqueza. La ocasión perdida de construir más rascacielos se convirtió en algo que no sólo mejoró la calidad de vida de miles de neoyorquinos, sino que aumentó desproporcionadamente el valor de las viviendas construidas en sus alrededores y acabó confiriendo un estilo irrepetible a la Gran Manzana.

Si a los miles de urbanistas e ingenieros que hoy están haciendo planes para edificar y artificializar millones de hectáreas del planeta pudiéramos mostrarles el valor que esas hectáreas podrían tener si al menos una parte se dejan como están estaríamos contribuyendo decididamente a aumentar la sostenibilidad global de nuestro desarrollo. Pero para lograr detener algunas de estas actuaciones necesitamos bastante más que la difusión del conocimiento ecológico y socioeconómico moderno. Necesitamos que alguien nos haga un préstamo. Un préstamo para hacer frente a la tentación del dinero fácil. Y hablamos de mucho dinero y a un plazo muy largo.

En los albores del siglo XX, grandes empresarios y eminentes políticos expresaron por activa y por pasiva que era un disparate dejar la gran pradera de lo que hoy es la inmensa plaza de Höhematte, en Interlaken (Suiza), sin construir. Esta plaza descomunal tiene una densa cubierta de hierba seminatural que aprovechan algunas vacas para comer, muchos habitantes y visitantes para pasear o tumbarse a descansar y cientos de parapentes para aterrizar en pleno centro de la ciudad alpina. Hoy, lo que en su día fue una obstinación de unos pocos por conservar un espacio verde, es algo original, refrescante y apreciado. Seguro que las edificaciones que se podrían haber construido en esa pradera habrían dejado pingües beneficios a los inversores de la época, pero Interlaken no sería Interlaken sin este inmenso espacio desde el que se aprecian glaciares y bosques, y desde el que se ve sin más que elevar la mirada el magnífico macizo con los picos Jungfrau, Eiger y Mönch a más de 4000 metros de altitud.

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La primera vuelta ciclista por la ciencia arranca en Vigo el 17 de septiembre y enlazará seis universidades hasta Madrid

CienciaVuelta2018

La investigación científica sorprende, apasiona y contribuye al progreso y al bienestar humano. El deporte también y en el caso del ciclismo, muy enraizado en nuestro país, atrae a miles de practicantes y seguidores. Por ello hemos pensado en unir ciencia y bicicleta y organizar la Primera Vuelta Ciclista por la Ciencia, la VCC 2018, que comenzará justo al terminar la clásica Vuelta Ciclista a España.

Con el objetivo  de transmitir el conocimiento científico y la pasión por hacerlo avanzar, así como para recordar las dificultades que atraviesa la investigación en nuestro país, cinco científicos españoles pedalearemos cientos de kilómetros entre el 17 y el 21 de septiembre, para cubrir en cinco etapas un itinerario que nos llevará de Vigo a Madrid, pasando por Santiago, Oviedo, León y Salamanca.

Cada mañana nos subiremos a la bicicleta junto a simpatizantes y seguidores para realizar el recorrido y cada tarde nos reuniremos en una universidad diferente para presentar el proyecto y divulgar aspectos actuales e interesantes de la ciencia en la que trabajamos.

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Momento dulce para la ciencia española

Imagen de las jornadas 'Salvemos la ciencia: una reflexión desde los OPIS'

Improvisando la agenda y reventando protocolos y normativas de seguridad, el flamante ministro de Ciencia, Innovacion y Universidades aterrizó en medio de las jornadas “Salvemos la Ciencia” que se celebraban el pasado 13 de Julio en el Instituto de Salud Carlos III y sintonizó enseguida con una audiencia entregada de científicos y gestores. Desde que las jornadas arrancaran a las diez y media de la mañana se rumoreaba que el ministro había aceptado la invitación “y que nos llamaría cuando saliera de Moncloa”. Los viernes hay Consejo de Ministros en Moncloa, y las jornadas tenían lugar un viernes. Pero estos conflictos de agenda no fueron obstáculo para que el ministro apareciera con rapidez y eficacia y se brindara a un espontáneo y animado debate sobre los problemas que aquejan a la ciencia en nuestro país. Lejos de inaugurar o clausurar el evento con palabras huecas y asegurar una sonrisa para la posteridad en la foto de rigor, Pedro Duque le hizo una finta a su apretada agenda y fue al grano: “quiero expresar mi apoyo a vuestras reclamaciones”, “no esperéis milagros, no convenceremos en pocos días a todo un congreso de diputados sobre un incremento sustancial para la ciencia en los presupuestos del Estado, pero vamos a acometer muchas reformas y estamos empezando ya”. Se marchó a galope, tal como vino. Pero vino. Y nos dejó, reafirmados, profundizando en las reformas que harían falta mediante breves presentaciones de varios ponentes más y una nueva ronda de preguntas y respuestas entre la nutrida audiencia y los diversos expertos invitados a la mesa. 

Las Jornadas Salvemos la ciencia: una reflexión desde los OPIS comenzaron con un análisis de la realidad actual sobre la escasa inversión en I+D en nuestro país y las tramposas estadísticas para maquillar una situación insostenible, realizado por Emilio Muñoz, quien fuera presidente del CSIC y es ahora vicepresidente de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia. Continuaron con una revisión crítica de la Ley de la Ciencia, sus inconsistencias, lo que no se ha puesto en marcha y todo lo que conviene ir modificando con urgencia realizada por Fernando Ponz y Juan Fernández Golfin, investigadores del INIA. Marina Albentosa del IEO y Julio Cárabe del CIEMAT resumieron con desgarradores ejemplos las trabas administrativas a la ejecución del gasto de proyectos de investigación ya aprobados (y muchos con fondos europeos) y las dificultades para contratar a personal investigador aun contando con el dinero para ello, para completar el relato con la breve historia de la plataforma OPIS para salvar la ciencia. Las jornadas siguieron con una presentación de alternativas que pudieran iluminar un nuevo modelo en la gestión de la ciencia.  Eduardo López-Collazo habló desde su experiencia en la  Fundación Hospitalaria La Paz, Margarita Vila, desde su visión de cómo y por qué se han complicado las cosas en el CIEMAT, Carmen Toledo no abrió las puertas a la Oficina Española de Patentes y Marcas, y Eduardo Oliver a la novedosa iniciativa Ciencia en el Parlamento.

Amaya Moro-Martín acaba de publicar en la revista Science  un breve pero claro artículo ilustrando las “ buenas noticias” para la ciencia española que se abren con el nuevo gobierno y el nuevo ministerio de Ciencia, Innovacion y Universidades. Se hace eco de lo que  adelantábamos hace un mes sobre la “ inesperada esperanza” para la ciencia de nuestro país que supone el drástico cambio político en el Gobierno. El artículo de Moro-Martín contrasta con el que publicáramos cinco años antes en la misma revista Science, donde anunciábamos que se cernían negros nubarrones sobre la ciencia española. Nunca pensamos que la realidad superaría nuestros escenarios más pesimistas, amplificando los recortes de facto con un repertorio injustificable de trabas y obstáculos para ejecutar el gasto, no sólo del dinero público, sino también del privado y del proveniente de Europa y otros países. 

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