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¿Sobrevivirá la ciencia de Brasil a Bolsonaro? Recortes, contaminación ideológica y analogías con España

Protesta estudiantil contra las políticas de Bolsonaro.

"It was the best of times, it was the worst of times,

it was the age of wisdom, it was the age of foolishness,

it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity,

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Los albores de la nutrigenética: bastante ruido, muy pocas nueces y algunas sospechas

Es algo bien aceptado que los alimentos se asimilan de forma distinta por cada individuo, y que esa asimilación diferente depende, al menos en parte, de los genes de cada uno. Esto es precisamente lo que estudia la nutrigenética. Lo mismo ocurre con los distintos fármacos, cuya eficiencia depende de nuestras variantes genéticas individuales y propias, tal como estudia la farmacogenética. En esta idea está el origen de la llamada "dieta del ADN", que, a diferencia de la dieta proteica o la dieta de las manzanas, no consiste en comer mucho ADN. El nombre no es muy afortunado, porque todos los seres vivos estamos llenos de ADN y no podemos separar esta molécula del resto de nutrientes en los alimentos; esta dieta no implica por tanto ningún aporte extra de ADN. La mal llamada "dieta del ADN" presume de utilizar la nutrigenética para predecir cómo vamos a responder a los distintos nutrientes y elementos de nuestra comida partiendo del estudio de nuestra genética particular. Con esa información, nos aconsejan la dieta más adecuada para perder peso o para mantenernos en forma, nos descubre intolerancias alimentarias y nos aproxima, en resumen, a una presunta dieta ideal. La "dieta del ADN" no es un proceso, es un producto: una compañía ofrece un test genético con el que diseña una "dieta personalizada".

Cuando buscamos un servicio de test genético para nuestra dieta, encontramos algunas cosas que despiertan sospecha. Una muy llamativa es que las compañías no especifican los detalles del método de análisis (genotipado) que utilizan; en su mayoría, no especifican cuántas ni qué variantes del ADN consideran para conformar el consejo genético y engloban los factores analizados en paquetes como "metabolismo de las grasas" o "necesidades particulares de nutrientes". El resto entra, se supone, dentro del secreto comercial. Cada compañía diseña su test o su particular interpretación de un mismo test. Es importante destacar que las decisiones sobre los genes analizados y las variantes del ADN consideradas no proceden, en su amplia mayoría, del conocimiento generado por investigaciones propias, sino del conocimiento científico producido en instituciones públicas y financiadas con fondos públicos.

La nutrigenética funciona, esto nadie puede dudarlo. Un buen ejemplo es la enfermedad celíaca. Ciertas variantes de los genes del conocido como complejo mayor de histocompatibilidad HLA-DQ provocan esta enfermedad. La celiaquía consiste en la intolerancia inmunológica al gluten, lo cual altera la absorción de vitaminas, minerales y muchos nutrientes contenidos en los alimentos, con nefastas consecuencias para la salud. La celiaquía trastorna significativamente la dieta y la vida de sus portadores, puede presentar distintos grados e incluso pasar temporalmente desapercibida, pero es relativamente sencilla de determinar genéticamente, como hace la sanidad pública.

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Desigualdad, esnobismo y extinción de especies: cómo destruye la naturaleza el capitalismo desregulado

Corzo Ibérico de Castilla-La Mancha

A menudo se dice que la lucha contra la destrucción de la biodiversidad y contra la emergencia climática tiene que ser socialmente justa o no tendrá éxito. Esta afirmación suele basarse no solo en argumentos éticos, sino en razonamientos pragmáticos – si los sectores más desfavorecidos no pueden acceder a los cambios necesarios en sus bienes, recursos o estilo de vida sin renunciar a su bienestar, su salud o su mera supervivencia, lucharán contra estos cambios con todas sus fuerzas. Pero hay un motivo aún más importante: el elitismo y la desigualdad que el capitalismo desregulado genera, y sobre los que se sostiene, son uno de los principales destructores de la biodiversidad del planeta y de su capacidad para resistir los brutales cambios que está causando ya el cambio climático.

Uno de los ejemplos más claros del impacto del elitismo y la desigualdad en la biodiversidad fue evidenciado por el trabajo del economista Fran Courchamp. El proceso, que en el alambicado lenguaje académico se denomina "efecto Allee antropogénico", es relativamente sencillo. La teoría económica estándar predice que la explotación de especies silvestres nunca debería causar su extinción, ya que conforme una especie se va haciendo más rara, el coste de encontrar individuos aumenta hasta hacer su explotación improductiva. Por desgracia, los modelos matemáticos de Courchamp dejaban claro que la predisposición humana a darle un valor exagerado a la rareza causa la explotación desproporcionada de las especies raras, hasta conducirlas a la extinción. Esta predicción es extraordinariamente alarmante, ya que la retroalimentación positiva entre explotación y rareza haría que cualquier especie rara esté condenada a la extinción, por el mero hecho de serlo. Y lo es, sobre todo, cuando la predilección por la rareza va más allá de hacer que los costes crecientes no desanimen a los compradores: cuando la rareza en sí misma es la que hace a la especie más deseable, la demanda aumenta conforme la especie se desliza hacia la extinción, haciendo esta prácticamente inevitable.

Algunos ejemplos de este comportamiento son realmente ilustrativos. Tal es el caso del alca gigante (Pinguinus impennis), que llegó al borde de la extinción por la caza excesiva y el cambio climático, pero recibió la puntilla por el desmedido interés de los coleccionistas europeos, que pagaron cantidades cada vez más desorbitadas por hacerse con una piel o un ejemplar disecado. En 1844, una expedición que buscaba esta presa para venderla después en Dinamarca, localizó en un islote de Islandia a la última pareja en su nido y la mató, extinguiendo la especie.

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Se va Margarita Salas, queda su legado y su ejemplo

Salas, en el laboratorio con dos alumnas en 2019

La Biología Molecular se nos ha quedado huérfana. Hemos despedido a Margarita Salas, una de nuestras científicas más ilustres, una investigadora incansable, un icono inspirador para toda una generación de científicas y científicos españoles. Nos deja un legado sobre el que podemos, todas y todos, auparnos 'en hombros de gigantas', y supone un ejemplo que ayuda a dar seguridad y confianza a todas las jóvenes que planean, inician o desarrollan ahora su carrera científica. 

Gracias al estudio de un virus que infecta bacterias, phi29, Margarita contribuyó de forma crucial a entender el mecanismo de copia del ADN. Consiguió un enorme éxito, reconocimiento mundial y una considerable contribución a la caja común; de hecho, es creadora de una de las patentes más rentables de la historia de España. Se granjeó el prestigio y el reconocimiento de la comunidad científica internacional a base de tesón y de trabajo duro.

Ningún techo de cristal (y, en su país y en su época, había muchos) consiguió detener su arrollador talento y sus ganas de descubrir, porque, además, Margarita fue una persona afortunada: pudo estudiar una carrera universitaria en unos años oscuros para España, y tuvo una familia que comprendió perfectamente su pasión por la investigación y la apoyó en todo momento. Este hecho, que hoy parece nimio, era bastante inusual en aquella época. Y en el momento más adecuado de su carrera se cruzó en su camino el genial Severo Ochoa, lo que cambió irremediablemente su destino; he aquí otro golpe de suerte. 

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El espejismo de la libertad en la era de las burbujas ideológicas, la segmentación y la violación de la intimidad

Campaña publicitaria de una entidad bancaria con una inquietante pregunta retórica

El acceso pleno que tenemos a la información en nuestros días nos da una falsa impresión de libertad. Es falsa porque este acceso no es tan pleno. Lo hemos visto con las denuncias de Edward Snowden, y las persecuciones que sufren Julian Assange y Chelsea Manning. Pero más falsa aún porque existen barreras más sutiles, aunque sumamente eficaces, que nos alejan de la realidad. Entre estas barreras se encuentra el fenómeno de las burbujas ideológicas y culturales. Del mismo modo que nos rodeamos de personas afines y tenemos poco contacto con personas de niveles culturales, económicos o ideológicos muy diferentes, las empresas tecnológicas nos envuelven en una burbuja tecnológica que nos acompaña, nos guía y nos aísla mientras navegamos y mientras usamos las redes sociales, creando lo que se conoce como cámaras de resonancia o cámaras de eco online. Poca gente es consciente de esa pertinaz burbuja y eso es lo que le confiere su efectividad. El creador del concepto, el ciberactivista Eli Pariser, define esta burbuja como "el ecosistema personal de información que ha sido provisto por algoritmos". Este filtrado automatizado de la información que nos llega conocido comofiltro burbuja se nutre de todas las decisiones adoptadas y miguitas de información dejadas por el usuario en la navegación de la web y en interacciones con aplicaciones diversas. En la confección de esos algoritmos se tienen muy en cuenta informaciones como el perfil que el usuario sube al registrarse en páginas, aplicaciones y redes, el historial de búsquedas y la ubicación geográfica. La misma tecnología que te hace llegar "información relevante para ti", sirve igualmente para que equis productos y servicios que sin duda te interesan, te salgan más caros en momentos de especial necesidad (batería baja, dificultades financieras) o vulnerabilidad (inseguridad, depresión, menstruación). El coste (y la renovación o no) de algunos seguros de salud dependen ya directamente de los hábitos "reportados" por tu “wearable” o tu "e-health service" favorito. Parece ciencia ficción, pero no lo es.

Las burbujas han sido denunciadas y defendidas, pero no son tan conocidas como debiera. Es evidente que estas burbujas traen ventajas tanto a la empresa, corporación o entidad que las genera o las contrata, como al usuario encapsulado en ellas al beneficiarse de una información que puede serle muy útil para sus intereses. Pero no es menos cierto que estas burbujas constituyen potentes armas de doble uso en la arena política y generan espacios cerrados de información (y desinformación) que hacen a los ciudadanos más vulnerables a la manipulación. La polémica está, por tanto, servida. Pero más allá de la polémica está la evidencia de una sociedad polarizada alrededor de temas sin duda controvertidos. Pero que ignora que tanto el filtro de información, como la exacerbación de las fracturas sociales, han sido interesadamente inducidas desde fuera de España.

La base de la burbuja es la información y la propaganda segmentada. Estasegmentaciónes aceptada y aceptable para cuestiones como la talla del calzado o las preferencias del fondo de pantalla, pero empieza a ser inaceptable cuando se realiza a partir de nuestra identidad sexual, religiosa o política. La sociedad no acaba de reaccionar ante esta propaganda segmentada porque no es consciente del origen y del uso de la información que se genera sobre nosotros desde el mismo momento que buscamos un piso de alquiler, leemos un periódico, o subimos una foto a una red social. Nadie reacciona ante algo que ignora y en este principio se ha movido Facebook durante lustros, por ejemplo. Hasta que ha tenido que aclarar el uso que hacía de la información de sus usuarios, cambiarlo y pedir disculpas. Para dimensionar las implicaciones de esta segmentación tengamos en cuenta que cada vez más gente lee las noticias a través de las redes sociales. Este año, en EE.UU. el 55% de los adultos leen las noticias en las redes sociales, y la información que reciben por esta vía está claramente segmentada. Para apreciar la magnitud de la cuestión, algunas cifras:

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Ciencia de todo a cien

Un investigador en laboratorio.

Uno de los mitos recientes más repetidos sobre la ciencia española es que el crecimiento de su productividad no ha ido acompañado de un crecimiento paralelo en calidad. Cuando había más inversión –se argumentaba– publicábamos muchos papers pero pocos "Sciences y Natures". Y cuando la inversión cayó, se concluyó con todo cinismo, lo que lastra la calidad de nuestra investigación no es la falta de fondos, sino "el exceso de investigación de mala calidad".

Como hemos explicado reiteradamente, este mito se apoya en un análisis interesado que ignora el papel de dos variables esenciales: la inversión en I+D, y la infraestructura y capital humano que esta asegura. Los datos demuestran, por ejemplo, que hasta el desmantelamiento de la inversión en I+D impuesto tras la crisis, la I+D de los países del sur de Europa (a los que ciertos medios se referían entonces con el ofensivo acrónimo PIIGS) mostraban una elevada productividad de Europa por euro invertido. Y lo eran trabajando con unos recursos y en unas condiciones que, en manos de un cineasta, se parecerían mucho a los avatares de los personajes de Tocando el viento, Full Monty o Los lunes al sol.

Como la mayoría de nuestros lectores no están familiarizados con nuestras condiciones reales de trabajo, hemos seleccionado algunos ejemplos. Muchos de ellos giran alrededor del mejor aliado de los ecólogos españoles: los bazares que antes llamábamos "de todo a cien". Empezamos a depender de ellos durante nuestros trabajos de fin de carrera, tesinas y tesis. Nos independizamos brevemente de ellos mientras disfrutábamos de nuestra "movilidad exterior", realizando estancias en ese "primer mundo" donde podíamos adquirir productos diseñados específicamente para nuestra investigación o incluso encargárselos a un taller de nuestro centro de investigación. Y, tras volver a España, volvimos a depender de ellos hasta hoy, veinte o treinta años después.

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Con un poco de azúcar (esa píldora que os dan)

A algunas mujeres les duele muchísimo la regla, otras ni se enteran; puede durarles 5 días, 10 o apenas 3; puede venirles cada 30 días, cada 28 o incluso 2 veces al mes, o cada 3 meses. Hay a quien el síndrome premenstrual le pone un humor de perros mientras a otra se le pasa como si nada. Encontramos que cada mujer es un mundo y que el período menstrual, lejos de ser un ciclo cerrado y perfecto de maduración de óvulos es un caos ordenado de hormonas, fluidos y emociones con el que lidian desde niñas. Las mujeres aprenden por experiencia que, también en esto son diferentes; sin embargo, la ginecología insiste en tratarlas uniformemente; entramos en la era de la medicina personalizada pero los tratamientos se aplican de forma sistemática y protocolaria, casi robótica. Un ejemplo sangrante es la píldora anticonceptiva: no a todas las mujeres les sienta bien; de hecho a algunas les sienta muy mal; para algunas puede incluso resultar fatal.

El anticonceptivo oral se comercializa por primera vez en 1969, en Canadá; una píldora maravillosa que permitía prevenir eficientemente el embarazo. Estas primeras píldoras, ensayadas en circunstancias de dudosa ética, ya presentaban importantes efectos secundarios, que fueron entonces totalmente despreciados por los investigadores [1]. En los primeros ensayos se identificó un considerable incremento en el riesgo de sufrir problemas vasculares; eran frecuentes la aparición de náuseas, mareos y jaquecas. Estos efectos adversos, y otros tantos, se han ido confirmando a lo largo de 50 años de uso, aunque esto no ha impedido que se receten a millones de mujeres por todo el mundo. La balanza entre el control de natalidad y unos leves efectos indeseados se decantó hacia su uso.

Actualmente cada envase de píldora anticonceptiva se vende junto a un prospecto extenso y farragoso que ha ido ampliándose con los años; ¿lo leerá alguien? Porque si lo leyeran quizá lo pensarían dos veces antes de tomarla: los riesgos son considerables. Las mujeres reciben su receta de forma sencilla y, sin demasiada información, inician un tratamiento indefinido que puede ser una bomba de relojería para ellas. Si los efectos secundarios están claramente documentados y recogidos en un prospecto, ¿por qué nos comportamos como si fueran irrelevantes? [2] ¿Quizá para satisfacer a un negocio farmacéutico millonario?

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Y la ciencia, ¿pa' cuando?

Después de varios meses de inactividad, demoscopia y tacticismo partidista, estamos a apenas unos días de la fecha definitiva. Los partidos autodenominados progresistas tenían que decidir antes del martes 17 si serían capaces de negociar una coalición para formar gobierno, o si abandonaban toda pretensión de hacerlo en el futuro cercano y nos abocan a nuevas elecciones. El problema, mil veces repetido, es que mientras el tridente Sánchez-Calvo-Ábalos juega al escondite con sus propios votos, el país en general, y la administración pública en particular, acumula ya años de parálisis y desmantelamiento. Seguimos viviendo de las rentas, pero estas rentas se acaban.

La situación es tan crítica que hasta se hace difícil hablar de ciencia e innovación. Con la brecha social creciendo sin detenerse, familias enteras condenadas a no salir nunca de la pobreza extrema, el acceso a la vivienda convertido en una emergencia social, una sanidad y una educación en las que se utiliza un deterioro programado mediante recortes para justificar y financiar su creciente privatización, una justicia totalmente desprestigiada por la infiltración partidista y sectaria, y una corrupción inacabable que nos cuesta 90.000 millones de euros al año (casi 6 veces más que la inversión anual en I+D), cuesta creer que nuestra investigación puede tener una mínima relevancia dentro de la serie de reformas urgentes que tendría que abordar el nuevo gobierno.

Y, sin embargo, la tiene. No solo por ser la pata en la que todo lo demás se sostiene, reactivando la economía a través de la creatividad y la innovación, aportando bienestar a través de la mejora de los tratamientos médicos y las intervenciones sociales, ayudando a alcanzar una alimentación y un ambiente sano (y a identificar cuándo nos están ocultando su deterioro), refinando las técnicas de enseñanza, identificando procedimientos legales y políticos para mejorar la justicia y la equidad, y haciéndonos en suma más cultos y felices. También, y sobre todo, por su valor estratégico y simbólico – ya que, cuando un gobierno la cuida y la fomenta, manda el mensaje claro de que han vuelto a cambiar las normas del juego y vuelven a imperar unos valores de los que podemos sentirnos orgullosos.

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Verdades, mentiras y la opinión sesgada sobre datos y hechos

Manifestantes contra el cambio climático.

Hace tiempo nos proponían participar en un debate supuestamente crítico sobre la evolución biológica en una mesa redonda que incluía a algunos altos responsables de la Iglesia Católica. La equidistancia y el relativismo lo admite todo. Podemos hablar de casi cualquier cosa, aunque los biólogos evolutivos y los obispos nos movamos en mundos muy alejados y de improbable intercambio y comprensión recíproca. Sin embargo, decidimos que, lógicamente, sólo cabía rechazar la invitación. ¿De qué vamos a hablar con esos señores? (Eran todos hombres, claro). La gente de ciencia nos movemos en el marco de la razón, del método científico, de la argumentación basada en evidencia contrastable y de la discusión ordenada. Fuera de ese marco, íbamos a ser solo unos tertulianos más, hablando de cualquier cosa y sin que necesariamente seamos más autorizados y confiables que cualquier otro ciudadano. Con nuestra presencia estaríamos legitimando la postura de quienes rechazan el debate honesto al aceptar un intercambio de opiniones vacío de su elemento principal: el contraste con los hechos. Puede que nos equivocáramos al rechazar la invitación.

Por supuesto que no fuimos los primeros que nos enfrentábamos a esta decisión. Es muy conocido el debate que se produjo sobre evolución y creacionismo, hace unos años, entre Bill Nye, comunicador científico, y Ken Ham, presidente del Museo de Kentucky sobre la Creación. Como muchos críticos ya anticiparon, el gran ganador fue Ken Ham. A pesar de la vacuidad de sus argumentos, la mera celebración del debate consiguió presentarlo en pie de igualdad con los científicos de su época.

Algo hemos aprendido los científicos de aquel debate, pero mucho más ha aprendido el negacionismo populista. Esta tendencia mediática y política que niega el cambio climático y la injerencia humana en procesos globales, con líderes tan señalados como los presidentes Donald Trump y Jair Bolsonaro, no sólo ataca frontalmente la evidencia científica en cualquier tema que comprometa su intereses. Esta opción política está aplicando una agenda de desmantelamiento sistemático de la actividad científica y la enseñanza superior. El ataque sistemático a la CAPES brasileña es un buen ejemplo de ello. No por casualidad, las tesis del programa CAPES que han sido premiadas versan sobre el Amazonas. Y en España esa tendencia está ganando fuerza de forma acelerada – ahogando en el ruido mediático a los expertos e intelectuales incómodos, mientras se deifica la opinión técnica del mandarinato económico.

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Catedráticos sin experiencia docente ni de gestión

Como casi cada año, este verano hemos vuelto a ser testigos de un nuevo coro de críticas a la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), el organismo encargado de mejorar la gestión de la calidad en las Universidades españolas. Durante varias semanas, la ANECA ha acaparado titulares y noticias. Todos tirando piedras contra ella porque una serie de buenos investigadores no han recibido la acreditación para catedráticos. Tono de escándalo y desesperanza en afectados y periodistas. Propuestas de revisión de los procedimientos, o incluso de cierre, de la Agencia y estupor en los que están fuera de nuestras universidades públicas. Sí, es cierto, no parece razonable lo que ha ocurrido, y podemos concluir que hay que revisar y mejorar los procedimientos de evaluación. Pero tampoco se puede dejar de reconocer lo que las acreditaciones han supuesto para un tejido universitario que, tras cuarenta años de franquismo, estaba profundamente afectado por los tan ibéricos vicios del nepotismo, la endogamia y el provincianismo académico. ¡Memoria, por favor! 

Debe ser como el mito del escorpión, va en nuestra naturaleza picar y, en este caso, olvidar de dónde venimos y lo que el sistema de acreditación ha supuesto. El sistema actual de evaluación está plagado de problemas, sin duda. Pero debemos recordar por qué se lanzó y cuál era el desierto que exigió a gritos algo similar a lo que tenemos con la ANECA. Y debemos también reconocer que la mayoría de esos problemas no proviene sino de la inercia del sistema anterior, el mismo que trataba de corregir, y que se puso rápidamente en movimiento para descafeinar cada incremento de exigencia que iba tratando de incorporar la Agencia. Y que reformar la ANECA o suprimirla no va a solucionar los tres principales problemas del sistema español de contratación del profesorado universitario: la burocratización, la incoherencia legislativa y la endogamia

El sistema de acreditación simplemente proponía dar una etiqueta de reconocimiento a aquellos trabajadores del ámbito universitario que presentasen hechos objetivos para que se les reconociera su desempeño, superando unos mínimos bien definidos. De esta manera se trataba de evitar lo que había sido la norma hasta entonces, y el camino para desarrollar una carrera en la universidad española de mediados del siglo XX: la pleitesía, la lealtad, el respeto irracional al maestro (lo sentimos, pero casi siempre eran hombres) y su resultado más fácil de detectar y que sigue poniendo en pie de guerra a toda la sociedad: la endogamia casi absoluta. Un sistema que tejía una red de dependencias que garantizaba el futuro profesional de los que aceptaban las reglas del juego y que convertía (y aun convierte) a nuestra universidad en una de las peores del llamado mundo desarrollado. 

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