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La estructura de las instituciones científicas y el avance del conocimiento

Ilustración: Marcos Méndez

La investigación científica se desarrolla fundamentalmente en el seno de instituciones, como universidades y centros de investigación, uno de cuyos objetivos principales es el avance del conocimiento  científico. Sus estructuras y pautas de funcionamiento están diseñadas para incentivar la investigación. Generalmente, fomentan la formación de nuevos investigadores, la diseminación y discusión de resultados, las interacciones entre grupos y otros muchos aspectos que, a la postre, repercuten positivamente sobre la adquisición de nuevos conocimientos. Sin embargo, creemos que algunos aspectos estructurales lastran el avance del conocimiento en lugar de promoverlo.

Una de las pocas cosas que en general distingue a un científico de otros profesionales afines como inventores, descubridores o tecnólogos es que aplica el “método científico” en su trabajo cotidiano. Pero no resulta siempre claro a qué nos referimos con método científico. Los muchos cambios que “el” método científico ha experimentado desde que René Descartes publicara el Discurso del método (1637) deberían bastar para convencer a cualquiera de que no existe un único método científico, una única forma rígida y predeterminada de hacer avanzar el conocimiento científico. Esta pluralidad de métodos dificulta el diseño de las instituciones encargadas de promover y hacer avanzar la ciencia. Sin embargo, la comunidad científica parece estar de acuerdo en que el procedimiento empleado debe caracterizarse por la reproducibilidad, y las teorías científicas por la refutabilidad. Esto no significa que los científicos debamos pasarnos la vida replicando experimentos anteriores e intentando  refutar las teorías existentes. Pero, dado que se ha sugerido que la mayoría de los resultados científicos publicados son falsos , cabría esperar un amplio número de estudios y artículos comprobando resultados científicos previos.

Dejamos para otra ocasión la explicación y matización de esta última afirmación, que son sin duda necesarias, y la discusión de los “falsos positivos” – el motivo  por el que, en ausencia de fraudes y malas prácticas, probablemente sean falsos tantos resultados publicados – y nos centramos en las siguientes preguntas: ¿somos suficientemente críticos con las teorías propuestas? ¿Nos esforzamos lo suficiente por verificar los resultados publicados? La respuesta a estas preguntas variará entre disciplinas, pero, al menos en algunas, la respuesta es claramente no. Las razones para este no son muy diversas. Por un lado, la curiosidad, el motor principal de la investigación, nos impulsa constantemente a hacer cosas distintas. Por otro, en muchas disciplinas implementar experimentos que permitan evaluar o refutar teorías es extremadamente difícil o caro, como en la física de partículas actual. Y es directamente imposible realizar experimentos replicados de fenómenos que actúan a escala planetaria, como el cambio climático o las extinciones en masa. Por eso usamos modelos del mundo real simulados in silico, que si se utilizan con cuidado nos permiten refutar hipótesis al contrastarlos con la realidad. Pero la falta de crítica sobre las teorías propuestas también se debe a que el sistema científico contemporáneo penaliza las réplicas y las verificaciones. Si la reproducibilidad y la refutabilidad son los pilares principales de la ciencia, ¿cómo puede el sistema penalizar réplicas y verificaciones?

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“Que inventen ellos”: España desaparece de los comités científicos internacionales

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Ilustracion de Vilar Vega "Recortes"

Miguel de Unamuno repitió esa famosa frase en varias ocasiones y llegó a defender a España diciendo que "no por no estar hecha para la ciencia debe una nación estimarse en menos." Parece que el actual gobierno español simpatiza con Don Miguel y su visión, quizá profética,  de la “marca España” al dejar fuera de su programa político real (no el electoral) buena parte de la ciencia y la investigación que se ha desarrollado y aun se desarrolla en nuestro país. Y no lo decimos por los sostenidos e injustificables recortes o el retraso constante en convocatorias de becas, contratos, proyectos y ayudas a la investigación que hemos denunciado en repetidas ocasiones. O porque el CSIC se ahogue a falta de 75 millones de euros mientras el dos de Agosto se aprueban de un plumazo 840 millones de ayudas a empresas privadas. No. Lo decimos porque aprovechando este verano caluroso que nos ha tenido muy entretenidos con la corrupción y con Gibraltar, nos comunican oficialmente lo que veníamos sospechando: el Ministerio de Economía y Competitividad no va a cubrir ningún tipo de gasto (cuotas, viajes y otros) relativo a los comités científicos internacionales, ni siquiera las cuotas del ICSU. Esto es muy interesante por dos motivos. Primero porque el ICSU (Consejo Internacional para la Ciencia o International Council for Science en inglés)  es considerado el actor e instrumento internacional de referencia en el ámbito de la ciencia, y segundo, porque el Ministerio es responsable del pago de las cuotas (como indica en su propia página web, revisada en septiembre de 2013). Para tener un poco de perspectiva sobre el asunto, veamos una cuestión histórica: España es socio fundador del comité ICSU y viene aportando la cuota desde 1931. Esto no quiere decir que se tenga que mantener eternamente, pero un compromiso internacional de más de 80 años no se cancela unilateralmente, sin consenso con, ni consulta a, la comunidad científica implicada. Y lo de aprovechar el verano recuerda a aquello de hacer algo con “nocturnidad, premeditación y alevosía” (siendo alevosía “Cautela para asegurar la comisión de un delito contra las personas, sin riesgo para el delincuente” según la RAE).


Con el aire de normalidad marca de la casa, en esa web del Ministerio donde se informa que además de los miembros nacionales, ICSU está formado por 30 uniones científicas, 19 comités y programas interdisciplinares y 20 asociaciones científicas, la sección “Comités Científicos actualmente en vigor” está en blanco. En blanco nos hemos quedado los que trabajamos para integrar la ciencia española en los programas internacionales, para ganar en eficiencia y competitividad, dos palabras muy propias de este Ministerio, una de las cuales la ha adoptado para su nombre sin que, de momento, sea poco más que eso, una palabra.

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El saber científico y estructurado de la fe

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Ilustración de Yoana Novoa - Ciencia y Fe

Las jerarquías de todas las religiones no dudan en apropiarse de conceptos ajenos con tal de ganar atractivo en un tiempo en que las iglesias y templos se están quedando vacíos. En ocasiones se llega a extremos que levantarían una sonrisa si no fuera por las injusticias que imponen al resto de la sociedad (creyentes o no). Es por ejemplo tragicómico que hace unos meses, en apoyo de la Ley de Educación impulsada por el ministro Wert y aprobada en solitario por el Partido Popular, la Conferencia Episcopal afirmara literalmente que “los profesores deben ser conscientes de que la enseñanza religiosa escolar ha de hacer presente en la escuela el saber científico, orgánico y estructurado de la fe, en igualdad académica con el resto de los demás saberes.”


Pocas cosas son más diferentes que la ciencia y la fe, y por tanto esta argumentación en pro de la igualdad académica no se sostiene bajo ninguna inspección directa basada en la lógica. Claro que la coherencia lógica no parece algo prioritario para una institución que durante dos mil años ha vivido entre el fasto y la intriga política mientras predicaba la humildad y la pobreza.

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Cuando los elefantes luchan, sufre la ciencia

¿Caerá el pacsicdermo?

Los elefantes blancos son muy raros en la naturaleza y, dado el importante papel que este animal juega en las religiones del sureste asiático (particularmente el hinduismo y el budismo), son tratados con veneración. En esta región, la posesión de un elefante blanco representaba (y todavía hoy representa) un símbolo de estatus, poder y prosperidad – y su cuidado estaba, por ello, rodeado de ostentación y opulencia. Como no estaba permitido hacerlos trabajar, cuando un noble recibía de un monarca un elefante blanco como regalo, éste representaba a menudo una maldición: el animal, sagrado representante del “favor” del monarca, debía ser retenido y mantenido, drenando todos los recursos de su dueño sin aportar ningún beneficio.

La costumbre, real o ficticia, que los reyes de Siam tenían de regalar uno de estos animales a los cortesanos caídos en desgracia para de arruinarles con el coste de su mantenimiento ha generado la expresión elefante blanco, utilizada para referirse a las posesiones o instituciones cuyo coste y mantenimiento es desproporcionado en relación al servicio o valor que aportan. Hay numerosos ejemplos de elefantes blancos, y España cuenta con el “honor” de aportar tres de los 39 ejemplos mundiales que aparecen en la entrada de este término en la Wikipedia inglesa: los aeropuertos de Castellón y Ciudad Real, y la Sagrada Familia. También hay discusiones políticas más recientes que giran en torno a este concepto. ¿Sirven la familia real y el Senado alguna función proporcional a su elevado coste, o se han convertido en meros elefantes blancos? ¿Cumple el Tribunal Constitucional su función de velar por los derechos fundamentales de los ciudadanos, o se ha ido convirtiendo en un elefante blanco por su politización?

El organismo más grande e importante de la I+D española reúne muchas características de un elefante blanco. Creado en la posguerra por quienes habían hecho suyo el lema “muera la intelectualidad traidora” y utilizando el asesinato, la cárcel o el exilio forzoso para “limpiar” España de investigadores, intelectuales y profesores, su objetivo fundacional fue velar por la orientación nacional-católica de la ciencia. Como expresaba su primer presidente, José Ibáñez Martín: “Queremos una ciencia católica. Liquidamos, por tanto, en esta hora, todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia.” Para ello, el CSIC original, creado sobre la base organizativa y estructural de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), desmantelada en 1938, se dotó de una estructura piramidal, extremadamente jerárquica y con una compleja burocracia, que ha persistido hasta nuestros días.

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Líneas rojas y límites planetarios, analogías ecológicas para la política

Ilustracion de Vilar Vega - Lineas rojas

Los ecosistemas son complejos, están no sólo llenos de especies sino muy enmarañados por una compleja red de interacciones entre ellas, una red que sin embargo es la esencia misma de su funcionamiento. No es fácil comprender en detalle cómo funciona un ecosistema, aunque se está avanzando mucho en modelar y matematizar su estructura y su función. Los científicos de la ecología han trabajado mucho en destilar y resumir esta estructura y función porque son conscientes de que manejar esta gran complejidad es inviable en muchos de sus proyectos de investigación. Pero además se proponen responder a la imperiosa necesidad de transmitir mensajes claros a la sociedad y a sus dirigentes que puedan ser empleados para la toma de decisiones clave de cara a la sostenibilidad de nuestro planeta. De hecho, la complejidad escala rápidamente a medida que pasamos de un ecosistema pequeño y simple que pueda encontrarse en una determinada región a un ecosistema más global en el que lo local interacciona fuertemente con lo que ocurre a mucha distancia. Ello ha llevado a la delimitación de una serie de límites planetariosque son equivalentes a los conceptos de capacidad de carga de una especie biológica por ejemplo.  Estos límites planetarios son auténticas líneas rojas que según la mejor ciencia disponible no deben traspasarse para evitar la entrada en una situación de degradación rápida e irreversible.  Son por tanto unas referencias sencillas de comprender y sobre las que resulta factible tomar decisiones sin ser expertos en ecología.


Del mismo modo que no podemos pretender entender el funcionamiento completo de un ecosistema, no podemos pretender que todos entendamos todas las complejas implicaciones de las decisiones políticas ni la miríada de interacciones que se establecen entre todos los políticos que elegimos democráticamente con nuestros votos. Es impensable, además, que la sociedad pueda seguir en detalle los debates, los discursos y las numerosas negociaciones entre políticos y aún menos que la sociedad pueda dimensionar correctamente las consecuencias, los impactos y los efectos colaterales de las decisiones políticas a los que den lugar. Por ello se delega en los políticos. Pero el sistema necesita de mecanismos de seguimiento y control ya que los políticos podrían alejarse del mandato popular. Los políticos podrían sobrepasar ciertos límites que a menos que estén perfilados de manera explícita resultan opacos a la ciudadanía.

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Ciencia independiente, la mejor garantía del derecho a la información

Ilustracion Josep Berenguel Peces y Ratas

Nos quedamos atónitos al leer la noticia.  Parece un chiste malo porque una ley así sólo se concibe en una república bananera. Pero no, no es ningún chiste. Una enmienda del grupo popular a la nueva Ley de Calidad permitirá a las empresas paralizar la publicación de informes cuando no estén de acuerdo con los resultados de los mismos. Los resultados de los informes contrarios a los intereses de las empresas no podrán ver la luz hasta que éstas puedan presentar un informe alternativo, y si el resultado de los dos informes resulta contradictorio habrá que esperar a que un tercer informe los desempate. No se trata de comprobar si el informe en cuestión es erróneo o incompleto, para la cual lo mejor es someterlo al escrutinio público lo antes posible, sino de ganar tiempo para poder ‘contrainformar’. Espeluznante.

La investigación independiente, cualquiera que sea su naturaleza, juega un papel esencial como garante de la transparencia y el bienestar social, al revelar factores que amenazan cualquiera de sus componentes, sea la salud pública (impacto de la contaminación ambiental  y modos de vida sobre la salud humana, efectos de ciertas políticas sobre el bienestar o la educación), el patrimonio común (degradación del medio ambiente, pérdida de biodiversidad, externalización de costes en producción y transporte de bienes, malversación de fondos en casos de corrupción) o los derechos humanos (torturas, esclavitud encubierta). La propuesta de enmienda del Gobierno atenta contra la libertad de investigar y publicar los resultados. Esta censura es completamente incompatible con la esencia no sólo de la investigación científica, sino de los controles de calidad y fraude en general, e incluso del propio periodismo. La cuestión es por tanto muy grave, y nos retrotrae a tiempos y prácticas que creíamos superados definitivamente.

Tomemos un ejemplo bien documentado. Es de sobra conocido que ciertos metales pesados son nocivos para la salud. A nadie sorprende, por tanto, que la Secretaría General de Pesca Marítima (SGPM) firmase un convenio específico de colaboración con el Instituto  Español de Oceanografía (IEO) para “ el estudio del arsénico y los metales pesados en pescados y mariscos de interés comercial”. Si los pescados y mariscos contuviesen altas concentraciones de metales pesados nocivos el ciudadano debería ser informado de ello. El consumidor podría querer utilizar esta información a la hora de determinar qué pescados comprar. Incluso, en países donde la salud del consumidor es una prioridad política, el gobierno podría prohibir la pesca y comercialización de especies con altas concentraciones de metales pesados, o al menos recomendar a ciertos grupos de riesgo (como mujeres embarazadas y niños) que limiten su consumo.

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No hay i sin I: Los recortes en Investigación comprometen la innovación, no la potencian

Innovación sin investigación

La avaricia y la prisa son atributos del necio. Y, si ya son negativas en la vida privada, en la vida pública son devastadoras. Por ello, la iconografía y la literatura populares están llenas de advertencias sobre el peligro de guiarse por ellas. Desde el famoso cuento de la lechera, en que las efímeras cuentas alegres de la protagonista acaban con su principal patrimonio, un cántaro de leche, esparcido por el suelo; hasta la fábula de la gallina de los huevos de oro, epítome de esa avaricia que lleva a sacrificar el fruto de la paciencia y el trabajo sostenido por un engañoso beneficio presente. O incluso tabúes, como la prohibición hindú de sacrificar al ganado vacuno para consumir su carne, que el antropólogo Marvin Harris relacionaba con el peligro de acabar, para sofocar la necesidad y el hambre causadas por períodos de sequía, con la fuerza de trabajo necesaria para poner el campo en cultivo cuando retornen las lluvias.

Muy mal van las cosas cuando hay que recordarles a nuestros gobernantes hasta las verdades más sencillas de la sabiduría popular. Pero la realidad es la que es, y nuestro Ministro de Economía y Competitividad parece decidido a sacrificar la gallina de los huevos de oro que representa, al menos potencialmente, la I+D+i española con el único objetivo de paliar temporalmente el déficit fiscal y darle un balón de oxígeno a las grandes empresas. En efecto, el Gobierno articula su política en torno a dos ideas fundamentales: (1) hay que “podar” el sistema público de I+D+i para mejorar su eficiencia, potenciando las líneas que puedan producir un retorno económico inmediato y eliminando el resto, y (2) hay que fomentar la I+D+i privada, derivando fondos públicos hacia las empresas mientras se rinde un tributo más bien retórico al incremento de la financiación proveniente de éstas. Fomentar la inversión privada en ciencia es un objetivo loable, compartido por la mayor parte de nuestros investigadores y por los países de nuestro entorno. Pero el mecanismo propuesto por el gobierno no es el más adecuado. Al desviar parte de los recursos disponibles para subvencionar inversión privada, se exacerban los problemas a los que se enfrenta la investigación pública. Y ¿qué beneficios se obtienen a cambio? Ninguno. Ese es el drama. Los presupuestos públicos de I+D+i llevan años destinando una importante partida de gasto a créditos a empresas (la mitad, más o menos, del presupuesto total para I+D+i), a sabiendas de que la mitad de ese gasto no llega a ejecutarse por falta de demanda, con lo que se han dejado sin ejecutar partidas de gasto que habrían supuesto un balón de oxígeno tanto para la I+D+i pública como para los emprendedores que, contra viento y marea, aún se atreven a colaborar con ella.

Pero aún hay más. El sector privado español, en su conjunto, se ha demostrado crónicamente incapaz de utilizar fondos públicos para generar verdadera innovación industrial o empresarial. Esta incapacidad, que cuenta con muy honrosas y meritorias excepciones, parece deberse a una combinación de factores históricos y estructurales (pequeño tamaño y falta de cultura innovadora de la gran mayoría de las empresas, debilidad del sector de altas tecnologías, falta de interés del sistema financiero por inversiones de riesgo, escasa tradición de cooperación empresarial y/o público-privada) y a la estructuración inadecuada de las políticas de financiación ( mecanismos de desgravación que perjudican a las pequeñas y medianas empresas, abrumadoras dificultades burocráticas para gestionar fondos públicos e insuficiente relación entre resultados y financiación, por señalar algunos de los problemas más importantes).

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I+D+i en España: falla la inversión, no el rendimiento

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Ciencia malabar, por Thierry

La semana pasada, tres de los autores que firman este post publicaron un artículo en la revista Science en el que hacían una revisión crítica de la política de I+D+i seguida por este Gobierno. El artículo, que coincidió con las movilizaciones convocadas por el colectivo Carta por la Ciencia en defensa de la ciencia española, ha tenido una considerable repercusión en los medios de comunicación.

Uno de los aspectos que más nos sorprendieron durante el seguimiento inicial de este artículo fue la insistencia de los medios de comunicación en considerarlo como un artículo de opinión o una carta. Obviamente, no era tal, sino un artículo científico sometido a revisión por pares y al escrutinio de varios editores, centrado en el análisis de políticas como es habitual en la sección Policy Forum de Science. La sorpresa de nuestros medios cuando les informamos de la naturaleza del artículo, o cuando ellos la constataron al revisar la extensa documentación que la revista puso a su disposición, no es anecdótica. Es, más bien, un reflejo de la realidad de nuestro país. En España, los informes de asesoramiento y el análisis de políticas están tan politizados que nadie concibe como práctica normal la existencia de un debate no partidista, basado en el análisis de datos y en la comparación con la experiencia de otros países. Esta realidad queda registrada, incluso, en nuestra lengua: mientras en Inglaterra diferencian la descripción más común de política, en el sentido de dedicarse a la política o de hablar de política ( politics), de la definición de principios o normas para guiar las decisiones y alcanzar resultados racionales ( policy), todo esto queda englobado en castellano bajo el paraguas de un término ( política) en el que doctrina, racionalidad y acción se confunden sin matices.

Y ¿cuál era el mensaje que se deduce de nuestro trabajo? Se podría resumir en un titular: En España, aumentar la inversión pública en I+D es un excelente negocio. Recortarla, un suicidio. Este mensaje encapsula el análisis de los antecedentes, objetivos e instrumentos de la política española de I+D+i, conforme se establecen en la  Estrategia Española de de Ciencia y Tecnología y de Innovación 2013-2020 y en el Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación 2013-2016, que la desarrolla. Vayamos por partes.

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Ciencia española: crónica de una miseria anunciada

Reparto del gasto de I+D+i

Investigar en España vuelve a ser una labor heroica. La crisis ha acabado con el espejismo de la última década, en la que llegó a parecernos que ese hilo conductor de precariedad que enlaza los desoladores relatos de Don Santiago Ramón y Cajal, la emigración de Severo Ochoa a América y el exilio masivo de nuestro talento joven en las décadas de los 80 y 90 podía romperse definitivamente. Atrás han ido quedando los programas de incorporación de investigadores jóvenes, que dieron por fin una oportunidad a los candidatos de fuera de la casa. Atrás queda el gran esfuerzo de inversión en I+D y en contratación de personal investigador, que redujo un poco las diferencias con los niveles de los países de nuestro entorno. Atrás puede quedar la introducción de sistemas más objetivos de evaluación para la concesión de proyectos y becas. Y atrás ha quedado el fomento de la vocación investigadora mediante becas de movilidad y de introducción a la investigación.

A partir de 2009, la necesidad de reemplazar un modelo productivo basado en la especulación inmobiliaria y financiera por otro basado en la innovación y el valor añadido se ha hecho más evidente que nunca. Sin embargo , la estrategia elegida para abordar la crisis económica se ha llevado por delante la inversión en los dos aspectos en que debería basarse éste cambio: la educación y la investigación. Entre 2009 y 2013, el presupuesto dedicado por el Gobierno a I+D+i se ha reducido un 38%, descendiendo a niveles no vistos desde 2005. Y, en realidad, esas son las buenas noticias. Porque el descenso del 38%  tan solo refleja las cifras hechas públicas por el Gobierno, después de realizar varios trucos contables para camuflar el alcance real de los recortes. El truco más socorrido ha sido ir aumentando del gasto no financiero, asignado a préstamos a empresas, hasta representar el 59% de la inversión pública en I+D+i en 2012. Todo ello, a pesar de que esta partida de gasto nunca ha llegado a utilizarse en su totalidad por falta de demanda desde las empresas. La consecuencia es que una parte cada vez mayor del menguante presupuesto de I+D+i no llega a ejecutarse: según denuncia las COSCE, la cantidad de presupuesto que no se ha llegado a ejecutar desde el inicio de la crisis, en 2008, asciende a 8.600 millones de euros, una cantidad superior al presupuesto global para I+D+i de este año. En cierto sentido, el Gobierno está pagando todo el programa de I+D+i de 2013 con el dinero que ha escamoteado de dicho programa entre 2008 y 2012.

El descenso es aún más dramático si calculamos el presupuesto por investigador. El número de investigadores creció un 50% durante la última década (llegando a 4.7 investigadores por cada 1000 habitantes, aún muy por debajo de los 6.4 de Alemania o los 6.0 de Francia), por lo que el regreso a los niveles presupuestarios de 2005 implica que cada investigador tiene mucho menos dinero para trabajar que entonces. El presupuesto por investigador, que  aumentó un 28% entre 2002 y 2009, ha disminuido un 45% entre 2009 y 2013. Este cambio está causado principalmente por la caída en la financiación pública por investigador, que había aumentado un 26% entre 2001 y 2008, para caer un 51% entre 2008 y 2013. Así que, mientras que cada investigador disponía (en promedio) de 26.210 € anuales en 2001 para hacer su trabajo, y pasó a disponer de 33.020 en 2008, ahora se espera que sea capaz de mantener o incluso aumentar sus niveles de producción y excelencia científica con tan solo la mitad: 16.220 €.

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SOL Y SOMBRA

Orquídea del hombre desnudo (Orchis italica) - Fotografía de Eva De Mas

Las plantas crecen y se reproducen gracias a la luz. Seguramente por ello una planta tiene la capacidad de crecer ajustando su forma y crecimiento a la cantidad y calidad de la luz incidente. Pero utilizar la luz para fabricar su fuente de energía, los azucares, no es gratuito. Hojas más grandes favorecen una mayor síntesis de azúcares mediante fotosíntesis, pero también implican un mayor esfuerzo en transporte e incrementan el consumo de agua. Esta pérdida de agua es necesaria para permitir la absorción y movilidad de nutrientes, que ascienden desde el suelo a través de las raíces y el tallo, gracias también a la energía solar que activa un mecanismo a modo de bomba de succión. El necesario balance entre esta fabricación de azúcares y el transporte y pérdida de agua, ha sido seguramente la causa de que muchas plantas crezcan de manera plástica, incrementando el tamaño de las hojas cuando la luz es escasa y el agua no es limitante (en la sombra); y al contrario, disminuyendo el tamaño de las hojas cuando la luz es excesiva y el agua escasea (en el sol). Esto último permite a las plantas mantenerse vivas aunque al precio de hacerlo con una menor tasa de crecimiento. Este proceso por el cual un individuo ajusta su forma y función a las condiciones ambientales de un determinado momento y lugar se conoce como plasticidad fenotípica y es ubicuo en los seres vivos.

Vemos pues claramente cómo las plantas pueden ajustar su crecimiento a las circunstancias del ambiente, minimizando de este modo el mal uso de los recursos. Resulta intrigante comprender cómo las plantas consiguen integrar la información del entorno y tomar la “decisión correcta” sin poseer algo parecido a un cerebro, pero de hecho hay investigadores que, debido a la existencia de un evidente comportamiento adaptativo en plantas, están impulsando el nuevo campo de la neurobiología vegetal. Esto nos lleva a inevitables preguntas: ¿Qué es un cerebro? y ¿Qué tiene de particular el cerebro humano?

Si comparamos las capacidades del cerebro humano con las capacidades de una planta, podemos encontrar enseguida importantes analogías así como interesantes diferencias. El cerebro humano procesa información del entorno canalizada por los 5 sentidos para tomar decisiones en función de varios factores, tales como la experiencia previa del individuo (aprendizaje en función del ambiente en el que se desarrolla), la calidad de la información obtenida (función a su vez de la capacidad sensorial, así como de la existencia de dicha información en el ambiente), y de la base genética del cerebro (lo que podríamos llamar base genética de la personalidad). Dado que existen diferencias genéticas demostradas en cómo diferentes individuos en plantas responden a las inclemencias ambientales y también se ha demostrado que las plantas mantienen memoria a largo plazo y son capaces de comunicarse entre ellas, no es tan fácil definir por esta vía características que  hagan a los animales “funcionalmente” diferentes de las plantas. ¿Qué es pues diferente en un cerebro? En animales, la alta capacidad de movimiento y la alta tasa de interacciones tanto sociales como con el resto de organismos, origina una necesidad de reaccionar rápidamente (por ejemplo para evitar depredadores, capturar presas, evitar engaños de los miembros del clan, cooperar en diferentes rutinas, etc.) algo que no se da en las plantas probablemente por restricciones de diseño (p. ej. al no tener un sistema muscular), siendo esta necesidad de reaccionar con rapidez probablemente una de las causas de la evolución de las capacidades cognitivas que llevó al desarrollo del lenguaje en humanos y, en general, a la evolución de un cerebro capaz de procesar información y tomar decisiones que involucran grandes niveles de complejidad; es decir, la evolución de la inteligencia.

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