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Sin aditivos ni colorantes

Alexander Payne alcanza la madurez creativa con "Nebraska", una película en apariencia pequeña que cuenta grandes cosas

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Un fotograma de la película Nebraska de Alexander Payne

Un fotograma de la película Nebraska de Alexander Payne

La libertad en Hollywood no es derecho natural, sino un privilegio que debe ganarse película tras película. Después de dos éxitos como "Entre copas" y "Los descendientes", el director Alexander Payne era libre para acometer cualquier proyecto. Eso es "Nebraska": un ejercicio de plena libertad.

Rodada en blanco y negro y sin estrellas en el reparto, "Nebraska" se erige ya como el manual de la perfecta película independiente. De acuerdo, poca independencia puede haber cuando se tiene detrás a un gran estudio como Paramount. Pero si observamos el cine independiente bajo una lente más ética que monetaria, desde luego "Nebraska" participa de ese espíritu y lo hace con todos su riesgos y consecuencias. Tiene la complejidad que sólo las películas sencillas saben tener. Es directa y contundente como un puñetazo, suave y cálida como una caricia. Sobre todo, es un tratado de humanidad comprimido en apenas dos horas en las que se cuenta la relación entre un padre y su hijo. El espectador no llega a saber mucho sobre ellos ni sobre el resto de la familia, en realidad poco importan los detalles. Se percibe que han estado mucho tiempo distantes y que ahora buscan cualquier excusa para estar juntos, por ejemplo, emprender un viaje para ir a recoger un absurdo premio. Como tantas otras veces, el premio será el propio viaje.

Pero "Nebraska" no es una road movie convencional, en parte por el guión escrito por Bob Nelson y en parte por el trabajo de los actores. No se sabe bien dónde termina uno y dónde comienza el otro, en qué momento la palabra escrita incide sobre los intérpretes y viceversa. Hay tanta credibilidad y tanta química, que la autoría de "Nebraska" está bien repartida: Bruce Dern y Will Forte consiguen introducir sus personajes debajo de la piel, hasta el punto que cuesta creer que están representando una ficción. Lo mismo sucede con sus compañeros de reparto, figuras enmarcadas en un paisaje poco habitual en el cine.

El retrato que hace Payne de la América profunda que resiste como puede los embates del desempleo y la precarización de una economía mermada, aparece en "Nebraska" con toda su crudeza. El director evita la tentación de incidir en las desgracias o de esterilizarlas bajo el filtro de la cámara de cine. Como en anteriores películas, aquí también el humor se convierte en el catalizador de las tristes vidas de los personajes y hace tolerable sus soledades. Es un humor agridulce, que lo mismo convoca la risa que la congela un instante después.

Lo divertido de las situaciones contrasta con lo amargo de las imágenes, y esta dicotomía es una de las señas de identidad del film. Frío y calor, blanco y negro, comedia y drama. Elementos que se conjugan bien en la película, como la fotografía de Phedon Papamichael y la música de Mark Orton. Ambos respiran el mismo aire, contribuyen a construir el estilo de la película que Payne basa en la ocultación. La cámara permanece la mayoría de las veces a la altura de los personajes, sin efectos ópticos ni movimientos innecesarios, atenta únicamente a lo que tiene delante: el espectáculo del ser humano, con sus grandezas y sus miserias. Eso es honestidad, lo que también puede ser un estilo.

Se diría que Payne recorre el camino inverso al de tantos cineastas, y en lugar de prolongar sus aciertos o de enriquecer un estilo, lo depura hasta el límite haciendo suya la máxima de que menos es más. Lo que para muchos directores es un problema: la escasez presupuestaria y la necesidad de aprovechar los mínimos recursos, para Payne resulta ser un estímulo, casi un reto. Aquí no hay retórica ni coartadas que valgan, se impone el cine en crudo, sin aditivos ni colorantes. Cine de madurez, que nos invita a vaticinar los buenos momentos que nos deparará con los años el cine de Alexander Payne.    

La libertad enHollywood no es derecho natural, sino un privilegio que debe ganarse películatras película. Después de dos éxitos como "Entre copas" y "Losdescendientes", el director Alexander Payne era libre para acometercualquier proyecto. Eso es "Nebraska": un ejercicio de plenalibertad.

Rodada enblanco y negro y sin estrellas en el reparto, "Nebraska" se erige yacomo el manual de la perfecta película independiente. De acuerdo, pocaindependencia puede haber cuando se tiene detrás a un gran estudio comoParamount. Pero si observamos el cine independiente bajo una lente más éticaque monetaria, desde luego "Nebraska" participa de ese espíritu y lohace con todos su riesgos y consecuencias. Tiene la complejidad que sólo laspelículas sencillas saben tener. Es directa y contundente como un puñetazo,suave y cálida como una caricia. Sobre todo, es un tratado de humanidadcomprimido en apenas dos horas en las que se cuenta la relación entre un padrey su hijo. El espectador no llega a saber mucho sobre ellos ni sobre el restode la familia, en realidad poco importan los detalles. Se percibe que hanestado mucho tiempo distantes y que ahora buscan cualquier excusa para estarjuntos, por ejemplo, emprender un viaje para ir a recoger un absurdo premio.Como tantas otras veces, el premio será el propio viaje.

Pero"Nebraska" no es una road movieconvencional, en parte por el guión escrito por Bob Nelson y en parte por eltrabajo de los actores. No se sabe bien dónde termina uno y dónde comienza elotro, en qué momento la palabra escrita incide sobre los intérpretes yviceversa. Hay tanta credibilidad y tanta química, que la autoría de"Nebraska" está bien repartida: Bruce Dern y Will Forte consiguenintroducir sus personajes debajo de la piel, hasta el punto que cuesta creerque están representando una ficción. Lo mismo sucede con sus compañeros dereparto, figuras enmarcadas en un paisaje poco habitual en el cine.

El retrato quehace Payne de la América profunda que resiste como puede los embates deldesempleo y la precarización de una economía mermada, aparece en"Nebraska" con toda su crudeza. El director evita la tentación deincidir en las desgracias o de esterilizarlas bajo el filtro de la cámara decine. Como en anteriores películas, aquí también el humor se convierte en elcatalizador de las tristes vidas de los personajes y hace tolerable sussoledades. Es un humor agridulce, que lo mismo convoca la risa que la congelaun instante después.

Lo divertidode las situaciones contrasta con lo amargo de las imágenes, y esta dicotomía esuna de las señas de identidad del film. Frío y calor, blanco y negro, comedia ydrama. Elementos que se conjugan bien en la película, como la fotografía dePhedon Papamichael y la música de Mark Orton. Ambos respiran el mismo aire,contribuyen a construir el estilo de la película que Payne basa en laocultación. La cámara permanece la mayoría de las veces a la altura de lospersonajes, sin efectos ópticos ni movimientos innecesarios, atenta únicamentea lo que tiene delante: el espectáculo del ser humano, con sus grandezas y susmiserias. Eso es honestidad, lo que también puede ser un estilo.

Se diría quePayne recorre el camino inverso al de tantos cineastas, y en lugar de prolongarsus aciertos o de enriquecer un estilo, lo depura hasta el límite haciendo suyala máxima de que menos es más. Lo quepara muchos directores es un problema: la escasez presupuestaria y la necesidadde aprovechar los mínimos recursos, para Payne resulta ser un estímulo, casi unreto. Aquí no hay retórica ni coartadas que valgan, se impone el cine en crudo,sin aditivos ni colorantes. Cine de madurez, que nos invita a vaticinar losbuenos momentos que nos deparará con los años el cine de Alexander Payne.     

 

La libertad en Hollywood no es derecho natural, sino un privilegio que debe ganarse película tras película. Después de dos éxitos como "Entre copas" y "Los descendientes", el director Alexander Payne era libre para acometer cualquier proyecto. Eso es "Nebraska": un ejercicio de plena libertad.

Rodada en blanco y negro y sin estrellas en el reparto, "Nebraska" se erige ya como el manual de la perfecta película independiente. De acuerdo, poca independencia puede haber cuando se tiene detrás a un gran estudio como Paramount. Pero si observamos el cine independiente bajo una lente más ética que monetaria, desde luego "Nebraska" participa de ese espíritu y lo hace con todos su riesgos y consecuencias. Tiene la complejidad que sólo las películas sencillas saben tener. Es directa y contundente como un puñetazo, suave y cálida como una caricia. Sobre todo, es un tratado de humanidad comprimido en apenas dos horas en las que se cuenta la relación entre un padre y su hijo. El espectador no llega a saber mucho sobre ellos ni sobre el resto de la familia, en realidad poco importan los detalles. Se percibe que han estado mucho tiempo distantes y que ahora buscan cualquier excusa para estar juntos, por ejemplo, emprender un viaje para ir a recoger un absurdo premio. Como tantas otras veces, el premio será el propio viaje.

Pero "Nebraska" no es una road movie convencional, en parte por el guión escrito por Bob Nelson y en parte por el trabajo de los actores. No se sabe bien dónde termina uno y dónde comienza el otro, en qué momento la palabra escrita incide sobre los intérpretes y viceversa. Hay tanta credibilidad y tanta química, que la autoría de "Nebraska" está bien repartida: Bruce Dern y Will Forte consiguen introducir sus personajes debajo de la piel, hasta el punto que cuesta creer que están representando una ficción. Lo mismo sucede con sus compañeros de reparto, figuras enmarcadas en un paisaje poco habitual en el cine.

El retrato que hace Payne de la América profunda que resiste como puede los embates del desempleo y la precarización de una economía mermada, aparece en "Nebraska" con toda su crudeza. El director evita la tentación de incidir en las desgracias o de esterilizarlas bajo el filtro de la cámara de cine. Como en anteriores películas, aquí también el humor se convierte en el catalizador de las tristes vidas de los personajes y hace tolerable sus soledades. Es un humor agridulce, que lo mismo convoca la risa que la congela un instante después.

Lo divertido de las situaciones contrasta con lo amargo de las imágenes, y esta dicotomía es una de las señas de identidad del film. Frío y calor, blanco y negro, comedia y drama. Elementos que se conjugan bien en la película, como la fotografía de Phedon Papamichael y la música de Mark Orton. Ambos respiran el mismo aire, contribuyen a construir el estilo de la película que Payne basa en la ocultación. La cámara permanece la mayoría de las veces a la altura de los personajes, sin efectos ópticos ni movimientos innecesarios, atenta únicamente a lo que tiene delante: el espectáculo del ser humano, con sus grandezas y sus miserias. Eso es honestidad, lo que también puede ser un estilo.

Se diría que Payne recorre el camino inverso al de tantos cineastas, y en lugar de prolongar sus aciertos o de enriquecer un estilo, lo depura hasta el límite haciendo suya la máxima de que menos es más. Lo que para muchos directores es un problema: la escasez presupuestaria y la necesidad de aprovechar los mínimos recursos, para Payne resulta ser un estímulo, casi un reto. Aquí no hay retórica ni coartadas que valgan, se impone el cine en crudo, sin aditivos ni colorantes. Cine de madurez, que nos invita a vaticinar los buenos momentos que nos deparará con los años el cine de Alexander Payne.    

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