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‘Quién te cantará’, de Carlos Vermut: melodía de mujeres y máscaras

El costumbrismo sofisticado de Carlos Vermut es como una canción sin estribillo. Crees que te la sabes, que has desentrañado el núcleo principal sobre el que gira la letra de la película, cuando de repente todo se vuelve surrealista, se rompe la continuidad narrativa y te debates entre la admiración y el desprecio. Pero ocurre que el cineasta sabe cómo vestir sus crípticos relatos para que al final caigas en la trampa. Sucedió con ‘Diamond Flash’, sucedió con ‘Magical Girl’, y con más razón en ‘Quién te cantará’, su película más redonda en cuanto a la facilidad para identificar todo su simbolismo.

Sigue sin ser fácil, sin embargo, aceptar sus cartas. El cineasta no termina de encontrar el hueco existencial de sus personajes en el espacio que les rodea. Mantiene una lucha constante, diríamos que casi imposible, entre lo exterior y lo interior. Eso provoca que sus protagonistas sean tan extrañas como mágicas, magnéticas y cotidianas, y al mismo tiempo, lejanas y algo extraterrestres. La solución sí es sencilla: Vermut está fraguando cada vez con más fuerza su propia realidad cinematográfica con una sofisticada visión que poco o nada tiene que ver con nuestro mundo. Se disfraza de un elegante Pedro Almodóvar, se adentra en las pesadillas hipnóticas de David Lynch. Se lanza al precipicio y se salva.

'Quién te cantará'

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‘El silencio de otros’ o cómo desenquistar el olvido

Cartel de 'El silencio de otros'. Memorial del Valle del Jerte.

No es la primera vez que nos encontramos en el cine una función obviada por las administraciones. Ni será la última vez que a través de la pantalla descubrimos que hay toda una tarea social olvidada en algún cajón. Es cuando el arte sustituye, que no complementa, la función de cualquier gobierno: hacer cumplir la ley. ‘El silencio de otros’ ya es probablemente uno de los documentales más importantes de nuestra cinematografía en ese sentido, y lo es por el mérito de recordar la memoria. Así de redundante. Y hacerlo a través de la gente  que aún puede rememorar lo que nunca debió olvidarse, lo que quedó enquistado en 1977 mediante una tramposa Ley de Amnistía que trucó la transición dejando a ambos lados de una carretera, o en la última fosa de un monte perdido, los recuerdos desdibujados de varias generaciones.

Almudena Carracedo y Rober Bahart son los autores, entre un magnífico equipo de investigadores y técnicos, que han hecho posible que la sociedad española no olvide la asignatura pendiente de los que firmaron que todo nuestro pasado franquista se podía enterrar bajo el disfraz de la benevolencia. No hay mejor fórmula documental para ello que ponerle cara a los que no olvidan. El rostro trágico de María Martín, que siempre luchó por buscar el cuerpo de su madre, hasta un segundo antes de morir. Y el rostro triunfante de Ascensión Mendieta, convertida en el símbolo de la memoria histórica, cuando los restos de su padre, Timoteo Mendieta, pudieron ser recuperados de una fosa común en el cementerio de Guadalajara.

María Martín en 'El silencio de otros'

María Martín en 'El silencio de otros'

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‘El vicio del poder’, de Adam McKay: Maquiavelo entre bastidores

“Cambió el curso de la historia para millones de personas y lo hizo como un fantasma…”

Dick Cheney llegó a ser una especie de rey absolutista en la corte del presidente de George W. Bush. Un tipo todopoderoso que contó con el cinismo y la astucia suficientes como para colarse en la cumbre del poder sin que se notara del todo. El cineasta Adam McKay le vio hechuras de protagonista y decidió enfrentarse a su retrato recuperando el lenguaje vivo y mordaz que tan buenos resultados le dio en ‘La gran apuesta’. Un film donde, por cierto, se metió con fortuna en el barrizal de la burbuja económica y las hipotecas subprime. En esta ocasión, decide bajar a las cloacas del poder impulsado por el mismo tono sarcástico, a bordo de un ritmo trepidante y un montaje en permanente estado de rebeldía. Y logra una película divertida, aterradora e inteligente, pero de la que se podría esperar más, dada la trascendencia del personaje.

Sencillamente, el interés del espectador acaba oscilando como un péndulo. Así, nos encontramos con una primera parte de la película donde la narración parece dar tumbos. Se retrata a un personaje en meteórico ascenso profesional y político sin que se llegue a comprender del todo qué le está sucediendo. Sabemos, eso sí, que el vicepresidente más célebre de la historia de los EEUU fue un hombre hecho a sí mismo, falto de ambición en origen, sin ningún tipo de escrúpulos y cuya épica comienza con una humillación que parece no tener tampoco demasiada importancia en su biografía: su expulsión de la de la Universidad de Yale. En segundo lugar, se nos deja claro que cuenta con esa ‘gran mujer’ que, como reza el ‘refranero patriarcal’, permanece detrás de todo hombre de ‘dimensiones XXL’. Porque el guion lanza ciertas señales condescendientes al descubrirnos a la esposa del futuro gran político, Lynne (Amy Adams). Una mujer extraordinariamente inteligente, pero según la película, una ambiciosa manipuladora también entre bastidores.

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‘Ha nacido una estrella’, de Bradley Cooper: el dolor de cumplir un sueño

Grandes zapatos son los que tuvo que llenar Lady Gaga en la nueva versión de ‘Ha nacido una estrella’. Nombres icónicos de la historia del cine, como Barbra Streissand, Judy Garland y Janet Gaynor, ya habían protagonizado una película con la que ahora Bradley Cooper se estrena como director. La historia también parece que se ha contado en innumerables ocasiones en el cine, en la televisión, en los castillos en el aire: es el relato del sueño americano, de alcanzarlo todo partiendo desde cero, un lema que ha movido a generaciones y generaciones, dentro y fuera del cine. ‘A lucky twist’ y la camarera pasa a ser una gran estrella de la música pop.

Ally (Lady Gaga) es camarera. Pero su sueño es ser cantante. Sin embargo, es un sueño lejano que se limita a viernes por la noche en el bar de ‘drag queens’ donde la dejan ser “una de las chicas”. Ahí explora su innegable talento, con unas cejas pegadas y el pelo pintado de negro. Así es como la encuentra Jackson Maine (Bradley Cooper), un cantante de música country que arrasa entre las masas pero que tiene serios problemas de alcoholismo y tristeza. Se encuentran entre las luces de la noche, entre la música de bares en California y se enamoran. ‘I’m in love with your music, baby’. La carrera de Ally despega al lado de Jack, que la ayuda a hacerse valer en su talento, oculto hasta entonces.

Lady Gaga en 'A star is born'

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‘La favorita’, de Yorgos Lanthimos: duelo en la Corte

‘La favorita’ está repleta de pasillos. Pasillos donde se ambiciona, se sufre y se desea. Corredores donde se respira venganza, se manipula o se ama con misterios que solo pueden ser resueltos por mujeres que se dejan caer en la trampa a conciencia. En la última película del cineasta griego Yorgos Lanthimos las gentes se apresuran de un lado a otro del palacio de la reina Ana Estuardo para huir de la miseria, hacer equilibrios en lo alto del poder o para encaramarse al mismo y hacer el amago de conquistarlo.

Siempre hay un recorrido vertiginoso en esta película donde todo resulta raro, pero nada incomprensible, y donde un capítulo de la historia de Inglaterra se cuenta desde un lugar singular: una imaginación barroca, desbordante y sin sentido de la medida. Desde la libertad desconcertante de un cineasta que ha sabido perfeccionar su estilo hasta lograr establecer una comunicación eficaz con un amplio espectro de espectadores, más allá de los que, desde hace algún tiempo, le han profesado devoción (son muchas las voces que opinan que esta es la película de Lanthimos más legible).

La favorita

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‘Tiempo después’, de José Luis Cuerda: auto-tributo amanecista y social

Hace poco se cumplieron tres décadas del estreno de ‘Amanece, que no es poco’, esa rara avis del cine español que ha provocado, a lo largo de los años, uno de los fenómenos de fans más singulares de nuestra cinematografía: los autodenominados ‘amanecistas’. Pocos filmes patrios han conseguido aglutinar la pasión primaria de tantos hombres y mujeres de toda idiosincrasia. Y mucho menos, en torno a una historia coronada como la más surrealista y absurda del séptimo arte ‘made in Spain’. Su director, José Luis Cuerda, intentó pocos años después repetir esa genial enciclopedia tridimensional del humor absurdo en ‘Así en el cielo como en la tierra’, pero no terminó de cuajar. Era lógico. En ‘Amanece’ lo había dicho casi todo: aborda prácticamente todos los temas universales que podamos imaginar, por imposible que parezca.

El caso es que también algunos años después comenzó a fraguarse en la cabeza del cineasta la idea de una distopía. También esencialmente rural, pero no solamente rural. Sí tenía claro que en ese mundo del futuro habría una clase social dominante y otra dominada. Sin medias tintas ni explicaciones vanas. El hecho de que los gobernantes y ricos se alojaran en el mítico edificio de las Torres Blancas de Madrid, en medio del desierto del Monument Valley de John Ford; o que los marginados y parados quedaran relegados a un paupérrimo campamento en un bosque, fueron aspectos del guion que surgieron después. Mucho tiempo después. Tanto “tiempo después” que al final no le quedó más remedio al cineasta albaceteño que regalarse un tributo. Beber del amanecismo que él creó y brindárselo a los fans que durante 30 años habían estado repitiendo sin complejos sus diálogos y disparates por España y parte del extranjero.

¿Por qué no? La película de 1989 siempre fue precaria en cuanto a producción, montaje y en algunas interpretaciones. Su culto traspasa su calidad, sin duda. ¿Por qué no demostrar que era capaz de montarse otra fábula con su recurrente fantasía futurista, pero repleta de guiños a ‘Amanece, que no es poco’? El post-apocalipsis, nada más y nada menos, señoras y señores. Y así lo hizo. Consiguió el respaldo financiero y un nuevo reparto de lujo, y allá que se puso. Con el resultado de una historia divertida, trepidante, nostálgica, inteligente y maravillosamente adornada (la producción artística no tiene nada que envidiar a los juegos futuristas de Hollywood) y, sobre todo, fabulosamente interpretada.

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‘The Tale’, de Jennifer Fox: la introspección del abuso

La han llamado “la primera película del #metoo” y es muy posible que lo sea. Difícil es encontrar un relato planteado de una manera tan visceral y directa como lo ha hecho la directora y guionista Jennifer Fox al mostrarnos ‘The Tale’. Fox utiliza el cine para enfrentarse a sus propios fantasmas, su propio abuso, y lo hace a través de dos personajes: Jennifer, interpretado por Laura Dern fuerte, emocional y durísima, y Jenny, de la mano de Isabelle Nélisse que ofrece la visión de un abuso infantil tan cercana que se puede sentir en la piel. Ambas actrices nos ofrecen una visión en 360 grados de lo que es la violación, sus consecuencias, la aceptación de la misma y su lucha contra ella.

Todo empieza por una suerte de carta de amor. Es la madre de Jennifer (Ellen Burstyn) quien llama preocupada a su hija para pedirle explicaciones. Jennifer está inmersa en su trabajo como periodista y un documental donde recoge los testimonios de mujeres que han sufrido violaciones y abusos durante su infancia. Estas historias casi anónimas la acompañan en todo el viaje que realiza para descubrir la verdad acerca de su propia vida, un eco de voces femeninas que son precisamente lo que implicó el movimiento del #metoo. Mujeres hablando de sus vivencias, sobreviviendo a sus abusos y hablando de ellos para hacerlos reales.

El relato que encuentra la madre habla de una complicada relación para una joven mujer de 13 años. Una relación afectiva entre ella, la señora G. y Bill, sus monitores de equitación y atletismo, un trío romántico que se va descubriendo como algo mucho más perverso según avanza el relato. Las dos actrices que encarnan a la señora G, Elizabeth Debicki y Frances Monroy, se enfrenan al desafío de mostrar a un personaje perverso como uno normal y se desenvuelven en el mismo con solidez y potencia. Bill, llevado a la vida por Bill Ritter, muestra las dos caras. Las que ve la pequeña Jenni y Jennifer, la adulta, la documentalista y prestigiosa profesora de universidad. Por un lado, un amor adolescente que se convierte en un patético recuerdo, por otro lado, un violador, un monstruo.

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‘Ralph rompe Internet’, de Rich Moore y Phil Johnston: inteligencia digital

Era cuestión de tiempo. Alguien tenía que viajar por su imaginación para dar con el paradero de Internet e inventarle un aspecto animado. La factoría Disney ha realizado su particular descubrimiento del espacio virtual donde pasamos buena parte de nuestro tiempo. Y el resultado es espectacular. Al recrear la red, en la película ‘Ralph rompe Internet’, ha pintado una imagen de ciudad futurista frenética, caótica, pero también arrebatadora. Una megalópolis surcada por autopistas de correos electrónicos y poblada por rascacielos flotantes, sedes de las redes sociales más célebres, las webs más visitadas y los buscadores más frecuentados.

En cualquier caso, es el marco ideal para seguir las andanzas de una conocida pareja de amigos, Ralph (voz de John C. Reilly) y Vanellope (voz de Sarah Silverman). Para quienes no tuvieron el placer de conocerles hace algunos años, son los protagonistas de ‘¡Rompe Ralph’!, nominada a la Mejor Película de Animación en los Premios Oscar de la Academia de Hollywood del año 2012.

En esta ocasión, el ‘malote que no quiere serlo’ y la pequeña corredora de carreras electrónicas se embarcan en una nueva aventura de dimensiones digitales. Colándose primero por un router para escapar de los viejos videojuegos en los que viven, sumergiéndose en Internet y entrando en eBay, donde se endeudarán hasta las cejas al comprar un repuesto para una de sus máquinas. En ese nuevo territorio les pasará de todo: se toparán con un simpático spam que les llevará a los bajos fondos para hacerse con un virus; conocerán a una auténtica heroína del asfalto, curtida en un videojuego online y cada vez que se vean en apuros, acudirán a su particular oráculo, un motor de búsqueda con pinta de empollón.

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‘Roma’, de Alfonso Cuarón: en el imperio del prodigio visual

Un año en la vida de cualquier persona no tiene que empezar el 1 de enero. Puede empezar, por ejemplo, mientras limpia las baldosas del patio en la casa en la que está empleada. Agua que se desagua y refleja el mundo. Y ese año puede terminar otro día diferente al 31 de diciembre, frente al mar, mientras te abrazan los seres humanos a los que más quieres. En manos de Alfonso Cuarón, ese ciclo se convierte en un homenaje casi enteramente visual, en blanco y negro, a las mujeres que marcaron su infancia en la colonia Roma de México D.F. al inicio de la década de los 70 del siglo pasado.

Uno de los grandes maestros del plano-secuencia del cine contemporáneo ha decidido abandonar la épica de su viajes distópicos y espaciales para atar a su cámara sus recuerdos infantiles. Una nostalgia que es tan íntima como comprensible para el espectador, porque hipnotiza los sentidos en cada imagen para participar en el drama de las mujeres luchadoras que marcaron su niñez, especialmente en la historia de una de las trabajadoras domésticas de su casa. Yalitza Aparicio interpreta a esta última, a Cleo, de forma tan sencilla que no se adivina a la actriz (es profesora de preescolar). Solo a una joven perdida en la inocencia de su juventud.

Cleo es el eje rotatorio de un relato que no tiene nada de original, pero sí de conmovedor. ‘Roma’ es el ejemplo del cine puesto al servicio de la forma, un ejercicio de estilo tremendamente complejo al que deberían someterse todos los que algún día quieran ponerse detrás de una cámara. La anti-revolución estética. El clasicismo arropado por las nuevas tecnologías. La complejidad de la ambientación más cotidiana.

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'Los crímenes de Grindelwald' de David Yates: cuando lo oscuro es necesario

Warner Bros

La jugada maestra de márketing que hizo J.K Rowling al escribir los guiones para una nueva serie mágica es indudable. Los acérrimos fans de Harry Potter encontraron en la novedad un nuevo nicho donde descargar las emociones que ha ido creando una de las colecciones más importantes de literatura y cine juvenil de la historia. Sin embargo, más allá de captar a este público, lo que ha ocurrido con la saga de Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos ha supuesto un giro en cómo entendemos el mundo mágico. Newt Scamander, al que da vida un brillante Eddie Redmayne, cogió a todos los 'potterheads' y los sacó fuera de Hogwarts. De cabeza al mundo real, y con más magia que nunca.

En 'Los crímenes de Grindelwald' encontramos un trabajo que dista mucho de la primera entrega de 'Animales Fantásticos'. Al cruzar las fronteras en un carro tirado por thestrals, Grindelwald, el villano, abre la puerta a una parte del mundo mágico desconocido hasta ahora. Personajes oprimidos, con un toque de maldad, miedo y desesperanza que la aleja del espíritu más juvenil de Harry Potter. Pero lo mejor, es que la historia no nos deja olvidar las entrañables paredes de Hogwarts y, además, nos presenta a Albus Dumbledore (Jude Law) y a otros profesores icónicos de la saga como Minerva McGonagall (Fiona Glascott).

Y es que siempre resulta entrañable volver a ver los vastos campos de la escuela mágica más importante de Gran Bretaña, y especialmente desde el punto de vista de un Hufflepuff y una Slytherin. Newt Scamander y Leta Lestrange ofrecen un romance adolescente que es suficiente para rememorar a Harry, Hermione, Ron y Ginny y no perder la esencia de la historia. Podemos conocer las rarezas del joven magizoologista y su paso por el instituto, además de disfrutar con alusiones divertidísimas a momentos inolvidables de los libros de Harry Potter, como ocurre con la aparición de un 'boggart'. 

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