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‘Ha nacido una estrella’, de Bradley Cooper: el dolor de cumplir un sueño

Grandes zapatos son los que tuvo que llenar Lady Gaga en la nueva versión de ‘Ha nacido una estrella’. Nombres icónicos de la historia del cine, como Barbra Streissand, Judy Garland y Janet Gaynor, ya habían protagonizado una película con la que ahora Bradley Cooper se estrena como director. La historia también parece que se ha contado en innumerables ocasiones en el cine, en la televisión, en los castillos en el aire: es el relato del sueño americano, de alcanzarlo todo partiendo desde cero, un lema que ha movido a generaciones y generaciones, dentro y fuera del cine. ‘A lucky twist’ y la camarera pasa a ser una gran estrella de la música pop.

Ally (Lady Gaga) es camarera. Pero su sueño es ser cantante. Sin embargo, es un sueño lejano que se limita a viernes por la noche en el bar de ‘drag queens’ donde la dejan ser “una de las chicas”. Ahí explora su innegable talento, con unas cejas pegadas y el pelo pintado de negro. Así es como la encuentra Jackson Maine (Bradley Cooper), un cantante de música country que arrasa entre las masas pero que tiene serios problemas de alcoholismo y tristeza. Se encuentran entre las luces de la noche, entre la música de bares en California y se enamoran. ‘I’m in love with your music, baby’. La carrera de Ally despega al lado de Jack, que la ayuda a hacerse valer en su talento, oculto hasta entonces.

Lady Gaga en 'A star is born'

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‘La favorita’, de Yorgos Lanthimos: duelo en la Corte

‘La favorita’ está repleta de pasillos. Pasillos donde se ambiciona, se sufre y se desea. Corredores donde se respira venganza, se manipula o se ama con misterios que solo pueden ser resueltos por mujeres que se dejan caer en la trampa a conciencia. En la última película del cineasta griego Yorgos Lanthimos las gentes se apresuran de un lado a otro del palacio de la reina Ana Estuardo para huir de la miseria, hacer equilibrios en lo alto del poder o para encaramarse al mismo y hacer el amago de conquistarlo.

Siempre hay un recorrido vertiginoso en esta película donde todo resulta raro, pero nada incomprensible, y donde un capítulo de la historia de Inglaterra se cuenta desde un lugar singular: una imaginación barroca, desbordante y sin sentido de la medida. Desde la libertad desconcertante de un cineasta que ha sabido perfeccionar su estilo hasta lograr establecer una comunicación eficaz con un amplio espectro de espectadores, más allá de los que, desde hace algún tiempo, le han profesado devoción (son muchas las voces que opinan que esta es la película de Lanthimos más legible).

La favorita

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‘Tiempo después’, de José Luis Cuerda: auto-tributo amanecista y social

Hace poco se cumplieron tres décadas del estreno de ‘Amanece, que no es poco’, esa rara avis del cine español que ha provocado, a lo largo de los años, uno de los fenómenos de fans más singulares de nuestra cinematografía: los autodenominados ‘amanecistas’. Pocos filmes patrios han conseguido aglutinar la pasión primaria de tantos hombres y mujeres de toda idiosincrasia. Y mucho menos, en torno a una historia coronada como la más surrealista y absurda del séptimo arte ‘made in Spain’. Su director, José Luis Cuerda, intentó pocos años después repetir esa genial enciclopedia tridimensional del humor absurdo en ‘Así en el cielo como en la tierra’, pero no terminó de cuajar. Era lógico. En ‘Amanece’ lo había dicho casi todo: aborda prácticamente todos los temas universales que podamos imaginar, por imposible que parezca.

El caso es que también algunos años después comenzó a fraguarse en la cabeza del cineasta la idea de una distopía. También esencialmente rural, pero no solamente rural. Sí tenía claro que en ese mundo del futuro habría una clase social dominante y otra dominada. Sin medias tintas ni explicaciones vanas. El hecho de que los gobernantes y ricos se alojaran en el mítico edificio de las Torres Blancas de Madrid, en medio del desierto del Monument Valley de John Ford; o que los marginados y parados quedaran relegados a un paupérrimo campamento en un bosque, fueron aspectos del guion que surgieron después. Mucho tiempo después. Tanto “tiempo después” que al final no le quedó más remedio al cineasta albaceteño que regalarse un tributo. Beber del amanecismo que él creó y brindárselo a los fans que durante 30 años habían estado repitiendo sin complejos sus diálogos y disparates por España y parte del extranjero.

¿Por qué no? La película de 1989 siempre fue precaria en cuanto a producción, montaje y en algunas interpretaciones. Su culto traspasa su calidad, sin duda. ¿Por qué no demostrar que era capaz de montarse otra fábula con su recurrente fantasía futurista, pero repleta de guiños a ‘Amanece, que no es poco’? El post-apocalipsis, nada más y nada menos, señoras y señores. Y así lo hizo. Consiguió el respaldo financiero y un nuevo reparto de lujo, y allá que se puso. Con el resultado de una historia divertida, trepidante, nostálgica, inteligente y maravillosamente adornada (la producción artística no tiene nada que envidiar a los juegos futuristas de Hollywood) y, sobre todo, fabulosamente interpretada.

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‘The Tale’, de Jennifer Fox: la introspección del abuso

La han llamado “la primera película del #metoo” y es muy posible que lo sea. Difícil es encontrar un relato planteado de una manera tan visceral y directa como lo ha hecho la directora y guionista Jennifer Fox al mostrarnos ‘The Tale’. Fox utiliza el cine para enfrentarse a sus propios fantasmas, su propio abuso, y lo hace a través de dos personajes: Jennifer, interpretado por Laura Dern fuerte, emocional y durísima, y Jenny, de la mano de Isabelle Nélisse que ofrece la visión de un abuso infantil tan cercana que se puede sentir en la piel. Ambas actrices nos ofrecen una visión en 360 grados de lo que es la violación, sus consecuencias, la aceptación de la misma y su lucha contra ella.

Todo empieza por una suerte de carta de amor. Es la madre de Jennifer (Ellen Burstyn) quien llama preocupada a su hija para pedirle explicaciones. Jennifer está inmersa en su trabajo como periodista y un documental donde recoge los testimonios de mujeres que han sufrido violaciones y abusos durante su infancia. Estas historias casi anónimas la acompañan en todo el viaje que realiza para descubrir la verdad acerca de su propia vida, un eco de voces femeninas que son precisamente lo que implicó el movimiento del #metoo. Mujeres hablando de sus vivencias, sobreviviendo a sus abusos y hablando de ellos para hacerlos reales.

El relato que encuentra la madre habla de una complicada relación para una joven mujer de 13 años. Una relación afectiva entre ella, la señora G. y Bill, sus monitores de equitación y atletismo, un trío romántico que se va descubriendo como algo mucho más perverso según avanza el relato. Las dos actrices que encarnan a la señora G, Elizabeth Debicki y Frances Monroy, se enfrenan al desafío de mostrar a un personaje perverso como uno normal y se desenvuelven en el mismo con solidez y potencia. Bill, llevado a la vida por Bill Ritter, muestra las dos caras. Las que ve la pequeña Jenni y Jennifer, la adulta, la documentalista y prestigiosa profesora de universidad. Por un lado, un amor adolescente que se convierte en un patético recuerdo, por otro lado, un violador, un monstruo.

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‘Ralph rompe Internet’, de Rich Moore y Phil Johnston: inteligencia digital

Era cuestión de tiempo. Alguien tenía que viajar por su imaginación para dar con el paradero de Internet e inventarle un aspecto animado. La factoría Disney ha realizado su particular descubrimiento del espacio virtual donde pasamos buena parte de nuestro tiempo. Y el resultado es espectacular. Al recrear la red, en la película ‘Ralph rompe Internet’, ha pintado una imagen de ciudad futurista frenética, caótica, pero también arrebatadora. Una megalópolis surcada por autopistas de correos electrónicos y poblada por rascacielos flotantes, sedes de las redes sociales más célebres, las webs más visitadas y los buscadores más frecuentados.

En cualquier caso, es el marco ideal para seguir las andanzas de una conocida pareja de amigos, Ralph (voz de John C. Reilly) y Vanellope (voz de Sarah Silverman). Para quienes no tuvieron el placer de conocerles hace algunos años, son los protagonistas de ‘¡Rompe Ralph’!, nominada a la Mejor Película de Animación en los Premios Oscar de la Academia de Hollywood del año 2012.

En esta ocasión, el ‘malote que no quiere serlo’ y la pequeña corredora de carreras electrónicas se embarcan en una nueva aventura de dimensiones digitales. Colándose primero por un router para escapar de los viejos videojuegos en los que viven, sumergiéndose en Internet y entrando en eBay, donde se endeudarán hasta las cejas al comprar un repuesto para una de sus máquinas. En ese nuevo territorio les pasará de todo: se toparán con un simpático spam que les llevará a los bajos fondos para hacerse con un virus; conocerán a una auténtica heroína del asfalto, curtida en un videojuego online y cada vez que se vean en apuros, acudirán a su particular oráculo, un motor de búsqueda con pinta de empollón.

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‘Roma’, de Alfonso Cuarón: en el imperio del prodigio visual

Un año en la vida de cualquier persona no tiene que empezar el 1 de enero. Puede empezar, por ejemplo, mientras limpia las baldosas del patio en la casa en la que está empleada. Agua que se desagua y refleja el mundo. Y ese año puede terminar otro día diferente al 31 de diciembre, frente al mar, mientras te abrazan los seres humanos a los que más quieres. En manos de Alfonso Cuarón, ese ciclo se convierte en un homenaje casi enteramente visual, en blanco y negro, a las mujeres que marcaron su infancia en la colonia Roma de México D.F. al inicio de la década de los 70 del siglo pasado.

Uno de los grandes maestros del plano-secuencia del cine contemporáneo ha decidido abandonar la épica de su viajes distópicos y espaciales para atar a su cámara sus recuerdos infantiles. Una nostalgia que es tan íntima como comprensible para el espectador, porque hipnotiza los sentidos en cada imagen para participar en el drama de las mujeres luchadoras que marcaron su niñez, especialmente en la historia de una de las trabajadoras domésticas de su casa. Yalitza Aparicio interpreta a esta última, a Cleo, de forma tan sencilla que no se adivina a la actriz (es profesora de preescolar). Solo a una joven perdida en la inocencia de su juventud.

Cleo es el eje rotatorio de un relato que no tiene nada de original, pero sí de conmovedor. ‘Roma’ es el ejemplo del cine puesto al servicio de la forma, un ejercicio de estilo tremendamente complejo al que deberían someterse todos los que algún día quieran ponerse detrás de una cámara. La anti-revolución estética. El clasicismo arropado por las nuevas tecnologías. La complejidad de la ambientación más cotidiana.

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'Los crímenes de Grindelwald' de David Yates: cuando lo oscuro es necesario

Warner Bros

La jugada maestra de márketing que hizo J.K Rowling al escribir los guiones para una nueva serie mágica es indudable. Los acérrimos fans de Harry Potter encontraron en la novedad un nuevo nicho donde descargar las emociones que ha ido creando una de las colecciones más importantes de literatura y cine juvenil de la historia. Sin embargo, más allá de captar a este público, lo que ha ocurrido con la saga de Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos ha supuesto un giro en cómo entendemos el mundo mágico. Newt Scamander, al que da vida un brillante Eddie Redmayne, cogió a todos los 'potterheads' y los sacó fuera de Hogwarts. De cabeza al mundo real, y con más magia que nunca.

En 'Los crímenes de Grindelwald' encontramos un trabajo que dista mucho de la primera entrega de 'Animales Fantásticos'. Al cruzar las fronteras en un carro tirado por thestrals, Grindelwald, el villano, abre la puerta a una parte del mundo mágico desconocido hasta ahora. Personajes oprimidos, con un toque de maldad, miedo y desesperanza que la aleja del espíritu más juvenil de Harry Potter. Pero lo mejor, es que la historia no nos deja olvidar las entrañables paredes de Hogwarts y, además, nos presenta a Albus Dumbledore (Jude Law) y a otros profesores icónicos de la saga como Minerva McGonagall (Fiona Glascott).

Y es que siempre resulta entrañable volver a ver los vastos campos de la escuela mágica más importante de Gran Bretaña, y especialmente desde el punto de vista de un Hufflepuff y una Slytherin. Newt Scamander y Leta Lestrange ofrecen un romance adolescente que es suficiente para rememorar a Harry, Hermione, Ron y Ginny y no perder la esencia de la historia. Podemos conocer las rarezas del joven magizoologista y su paso por el instituto, además de disfrutar con alusiones divertidísimas a momentos inolvidables de los libros de Harry Potter, como ocurre con la aparición de un 'boggart'. 

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‘Bohemian Rhapsody’, de Bryan Singer: apoteosis musical, biopic naíf

Era 13 de julio de 1985. Unas 74.000 almas llenaban el estadio Wembley de Londres, aunque el concierto Live Aid fue seguido en 72 países y obtuvo una audiencia de 1.500 millones de espectadores. Fue “el escenario perfecto para Freddie: el mundo entero” (Bob Geldof, en el libro ‘Freddie Mercury: the definitive biography’).

Un Freddie Mercury, consciente de su enfermedad (al menos, en la película), emerge en el escenario con una vitalidad arrolladora. Ante un público que se pierde en el horizonte y es un océano de energía, catarsis, hambre de estrellas y rock and roll. El planeta queda a los pies del talento descomunal de su graciosa majestad. La interpretación de Queen en Wembley es la apoteosis, el momento cumbre que dará pie, en la película ‘Bohemian Rhapsody’, a que Mercury conecte con su pasado a través de un ‘flash back’ sostenido. Habitado por recuerdos que recorren la trayectoria del músico, su banda y su mito.

Vaya por delante que a ‘Bohemian Rhapsody’, de Bryan Singer, le debemos bastante: la voluntad de recorrer la génesis, vida, obra y milagros de una de las bandas más grandes de la historia. Las ganas de recordar a la leyenda que devoraba los escenarios y al hombre a la deriva que apuraba la vida, enfermo de soledad, hasta la extenuación. Desde un punto de vista epidérmico, sí: “¡Dios Salve a Bohemian Rhapsody!”.

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‘Isla de perros’, de Wes Anderson: la incontenible ternura de lo raruno

El imaginario de Wes Anderson no tiene límites. Y si los tiene, todo parece indicar que es probable que nos los alcance en esta vida. En su particular visión del universo cinematográfico en stop-motion, algo se le removió en su inescrutable cerebro creador cuando ‘Fantástico Sr. Fox’ rescató la mejor esencia de la literatura infantil de Roald Dahl. Ese zorrito doblado por George Clooney encandiló a medio planeta, mientras el otro medio se quedó pensando en si realmente eso era un cuento para niños. Es decir, igual que con sus películas de no animación. Porque la capacidad de la cara pasmada (animal o humana) mirando al frente o de perfecto perfil y sus juegos de simetrías son los mismos.

¿Qué ha ocurrido con ‘Isla de perros’? Para empezar es una historia original de Anderson -que obtuvo el Premio al Mejor Director en el pasado Festival de Berlín- junto con Roman Coppola, Junichi Nomura y Jason Schwartzman. Un guion a cuatro bandas que viaja hasta Japón para contarnos una distopía delirante en Megasaki City, cuyo alcalde, procedente de una saga milenaria que odia a los perros, decide exiliar a todos estos animales a una isla que es un vertedero, bajo argumentos falsos y manipulación informativa de las masas. Allí, los perretes sobreviven como pueden: mal. Pero el destino de todos ellos cambiará con la llegada inesperada de un niño que quiere recuperar a su mascota.

La pasión perruna se desata entonces en cada escena de la película. Wes Anderson no solo retrata a diferentes variedades de canes con una maestría asombrosa sino que construye en esa isla un universo portentoso de paisajes infernales y desolados. Con la visión de la metrópoli siempre en el horizonte, ese pedazo de tierra alberga no solo millones de toneladas de basura, sino ciudades industriales abandonadas, reflejo de un pasado siniestro que los protagonistas convierten, no obstante, en una aventura llena de humor y triste sarcasmo.

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‘Lo que queda del día’, de James Ivory: amor sin suceder

Cartel de 'Lo que queda del día'

Un millonario americano (Cristopher Reeve) es el nuevo propietario de la mansión Darlington Hall. Su mayordomo, el Sr. Stevens (Anthony Hopkins), solicita de manera excepcional unos días de permiso para visitar a una vieja amiga. En el trayecto, Stevens viaja por su memoria para remontarse 20 años atrás, en los tiempos en los que el antiguo propietario de la casa señorial, un noble inglés (James Fox) se convierte en el anfitrión de personajes clave para la historia de Inglaterra de los años 30. De camino por sus recuerdos, Stevens también realiza una visita a la relación que mantuvo con la antigua ama de llaves, Miss Kenton (Emma Thompson). La amiga que ha de ser su destino.

El pasado año tuvimos noticias de él. Cuando nos deslumbró con una historia que parecía ser la de un primer amor accidental, pero acabó llevándonos por muchos otros derroteros, entre torpezas apasionadas, angustias y una felicidad sin miramientos. La excusa fue una suerte de encuentro entre dos hombres que lanzaba un mensaje directo a la mala conciencia de los que pasan de largo por su propia vida. En ‘Call me by your name’, James Ivory no estaba detrás de las cámaras, pero sí con la pluma en la mano, escribiendo el guion, y demostrando que es uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos.

Es un hombre tranquilo para las gentes con las que ha trabajado, un estudioso incansable que investiga todo aquello que puede rodear a sus historias (cualquier mínimo detalle que puede dotar de verosimilitud a sus películas) antes de ponerse ante las cámaras. Estadounidense de nacimiento (1928), James Francis Ivory estudió Bellas Artes y Arquitectura así como Cinematografía. Comenzó su carrera en los años 50  realizando varios cortometrajes. El nacimiento de su filmografía comenzó prácticamente en 1959, cuando conoció al director indio Ismail Merchant. Al poco tiempo, ambos fundaron la célebre compañía Merchant Ivory. Junto a la guionista Ruth Prawer Jhabvala conformaron un trío creativo de formidable sensibilidad artística. Una novela de la escritora, de hecho, fue la que alumbró la primera película del triunvirato cinematográfico. Se titulaba ‘The householder’ (1963) y cuenta la historia de un hindú que alcanza la madurez sin abandonar la inocencia.

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