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‘Ralph rompe Internet’, de Rich Moore y Phil Johnston: inteligencia digital

Era cuestión de tiempo. Alguien tenía que viajar por su imaginación para dar con el paradero de Internet e inventarle un aspecto animado. La factoría Disney ha realizado su particular descubrimiento del espacio virtual donde pasamos buena parte de nuestro tiempo. Y el resultado es espectacular. Al recrear la red, en la película ‘Ralph rompe Internet’, ha pintado una imagen de ciudad futurista frenética, caótica, pero también arrebatadora. Una megalópolis surcada por autopistas de correos electrónicos y poblada por rascacielos flotantes, sedes de las redes sociales más célebres, las webs más visitadas y los buscadores más frecuentados.

En cualquier caso, es el marco ideal para seguir las andanzas de una conocida pareja de amigos, Ralph (voz de John C. Reilly) y Vanellope (voz de Sarah Silverman). Para quienes no tuvieron el placer de conocerles hace algunos años, son los protagonistas de ‘¡Rompe Ralph’!, nominada a la Mejor Película de Animación en los Premios Oscar de la Academia de Hollywood del año 2012.

En esta ocasión, el ‘malote que no quiere serlo’ y la pequeña corredora de carreras electrónicas se embarcan en una nueva aventura de dimensiones digitales. Colándose primero por un router para escapar de los viejos videojuegos en los que viven, sumergiéndose en Internet y entrando en eBay, donde se endeudarán hasta las cejas al comprar un repuesto para una de sus máquinas. En ese nuevo territorio les pasará de todo: se toparán con un simpático spam que les llevará a los bajos fondos para hacerse con un virus; conocerán a una auténtica heroína del asfalto, curtida en un videojuego online y cada vez que se vean en apuros, acudirán a su particular oráculo, un motor de búsqueda con pinta de empollón.

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‘Roma’, de Alfonso Cuarón: en el imperio del prodigio visual

Un año en la vida de cualquier persona no tiene que empezar el 1 de enero. Puede empezar, por ejemplo, mientras limpia las baldosas del patio en la casa en la que está empleada. Agua que se desagua y refleja el mundo. Y ese año puede terminar otro día diferente al 31 de diciembre, frente al mar, mientras te abrazan los seres humanos a los que más quieres. En manos de Alfonso Cuarón, ese ciclo se convierte en un homenaje casi enteramente visual, en blanco y negro, a las mujeres que marcaron su infancia en la colonia Roma de México D.F. al inicio de la década de los 70 del siglo pasado.

Uno de los grandes maestros del plano-secuencia del cine contemporáneo ha decidido abandonar la épica de su viajes distópicos y espaciales para atar a su cámara sus recuerdos infantiles. Una nostalgia que es tan íntima como comprensible para el espectador, porque hipnotiza los sentidos en cada imagen para participar en el drama de las mujeres luchadoras que marcaron su niñez, especialmente en la historia de una de las trabajadoras domésticas de su casa. Yalitza Aparicio interpreta a esta última, a Cleo, de forma tan sencilla que no se adivina a la actriz (es profesora de preescolar). Solo a una joven perdida en la inocencia de su juventud.

Cleo es el eje rotatorio de un relato que no tiene nada de original, pero sí de conmovedor. ‘Roma’ es el ejemplo del cine puesto al servicio de la forma, un ejercicio de estilo tremendamente complejo al que deberían someterse todos los que algún día quieran ponerse detrás de una cámara. La anti-revolución estética. El clasicismo arropado por las nuevas tecnologías. La complejidad de la ambientación más cotidiana.

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'Los crímenes de Grindelwald' de David Yates: cuando lo oscuro es necesario

Warner Bros

La jugada maestra de márketing que hizo J.K Rowling al escribir los guiones para una nueva serie mágica es indudable. Los acérrimos fans de Harry Potter encontraron en la novedad un nuevo nicho donde descargar las emociones que ha ido creando una de las colecciones más importantes de literatura y cine juvenil de la historia. Sin embargo, más allá de captar a este público, lo que ha ocurrido con la saga de Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos ha supuesto un giro en cómo entendemos el mundo mágico. Newt Scamander, al que da vida un brillante Eddie Redmayne, cogió a todos los 'potterheads' y los sacó fuera de Hogwarts. De cabeza al mundo real, y con más magia que nunca.

En 'Los crímenes de Grindelwald' encontramos un trabajo que dista mucho de la primera entrega de 'Animales Fantásticos'. Al cruzar las fronteras en un carro tirado por thestrals, Grindelwald, el villano, abre la puerta a una parte del mundo mágico desconocido hasta ahora. Personajes oprimidos, con un toque de maldad, miedo y desesperanza que la aleja del espíritu más juvenil de Harry Potter. Pero lo mejor, es que la historia no nos deja olvidar las entrañables paredes de Hogwarts y, además, nos presenta a Albus Dumbledore (Jude Law) y a otros profesores icónicos de la saga como Minerva McGonagall (Fiona Glascott).

Y es que siempre resulta entrañable volver a ver los vastos campos de la escuela mágica más importante de Gran Bretaña, y especialmente desde el punto de vista de un Hufflepuff y una Slytherin. Newt Scamander y Leta Lestrange ofrecen un romance adolescente que es suficiente para rememorar a Harry, Hermione, Ron y Ginny y no perder la esencia de la historia. Podemos conocer las rarezas del joven magizoologista y su paso por el instituto, además de disfrutar con alusiones divertidísimas a momentos inolvidables de los libros de Harry Potter, como ocurre con la aparición de un 'boggart'. 

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‘Bohemian Rhapsody’, de Bryan Singer: apoteosis musical, biopic naíf

Era 13 de julio de 1985. Unas 74.000 almas llenaban el estadio Wembley de Londres, aunque el concierto Live Aid fue seguido en 72 países y obtuvo una audiencia de 1.500 millones de espectadores. Fue “el escenario perfecto para Freddie: el mundo entero” (Bob Geldof, en el libro ‘Freddie Mercury: the definitive biography’).

Un Freddie Mercury, consciente de su enfermedad (al menos, en la película), emerge en el escenario con una vitalidad arrolladora. Ante un público que se pierde en el horizonte y es un océano de energía, catarsis, hambre de estrellas y rock and roll. El planeta queda a los pies del talento descomunal de su graciosa majestad. La interpretación de Queen en Wembley es la apoteosis, el momento cumbre que dará pie, en la película ‘Bohemian Rhapsody’, a que Mercury conecte con su pasado a través de un ‘flash back’ sostenido. Habitado por recuerdos que recorren la trayectoria del músico, su banda y su mito.

Vaya por delante que a ‘Bohemian Rhapsody’, de Bryan Singer, le debemos bastante: la voluntad de recorrer la génesis, vida, obra y milagros de una de las bandas más grandes de la historia. Las ganas de recordar a la leyenda que devoraba los escenarios y al hombre a la deriva que apuraba la vida, enfermo de soledad, hasta la extenuación. Desde un punto de vista epidérmico, sí: “¡Dios Salve a Bohemian Rhapsody!”.

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‘Isla de perros’, de Wes Anderson: la incontenible ternura de lo raruno

El imaginario de Wes Anderson no tiene límites. Y si los tiene, todo parece indicar que es probable que nos los alcance en esta vida. En su particular visión del universo cinematográfico en stop-motion, algo se le removió en su inescrutable cerebro creador cuando ‘Fantástico Sr. Fox’ rescató la mejor esencia de la literatura infantil de Roald Dahl. Ese zorrito doblado por George Clooney encandiló a medio planeta, mientras el otro medio se quedó pensando en si realmente eso era un cuento para niños. Es decir, igual que con sus películas de no animación. Porque la capacidad de la cara pasmada (animal o humana) mirando al frente o de perfecto perfil y sus juegos de simetrías son los mismos.

¿Qué ha ocurrido con ‘Isla de perros’? Para empezar es una historia original de Anderson -que obtuvo el Premio al Mejor Director en el pasado Festival de Berlín- junto con Roman Coppola, Junichi Nomura y Jason Schwartzman. Un guion a cuatro bandas que viaja hasta Japón para contarnos una distopía delirante en Megasaki City, cuyo alcalde, procedente de una saga milenaria que odia a los perros, decide exiliar a todos estos animales a una isla que es un vertedero, bajo argumentos falsos y manipulación informativa de las masas. Allí, los perretes sobreviven como pueden: mal. Pero el destino de todos ellos cambiará con la llegada inesperada de un niño que quiere recuperar a su mascota.

La pasión perruna se desata entonces en cada escena de la película. Wes Anderson no solo retrata a diferentes variedades de canes con una maestría asombrosa sino que construye en esa isla un universo portentoso de paisajes infernales y desolados. Con la visión de la metrópoli siempre en el horizonte, ese pedazo de tierra alberga no solo millones de toneladas de basura, sino ciudades industriales abandonadas, reflejo de un pasado siniestro que los protagonistas convierten, no obstante, en una aventura llena de humor y triste sarcasmo.

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‘Lo que queda del día’, de James Ivory: amor sin suceder

Cartel de 'Lo que queda del día'

Un millonario americano (Cristopher Reeve) es el nuevo propietario de la mansión Darlington Hall. Su mayordomo, el Sr. Stevens (Anthony Hopkins), solicita de manera excepcional unos días de permiso para visitar a una vieja amiga. En el trayecto, Stevens viaja por su memoria para remontarse 20 años atrás, en los tiempos en los que el antiguo propietario de la casa señorial, un noble inglés (James Fox) se convierte en el anfitrión de personajes clave para la historia de Inglaterra de los años 30. De camino por sus recuerdos, Stevens también realiza una visita a la relación que mantuvo con la antigua ama de llaves, Miss Kenton (Emma Thompson). La amiga que ha de ser su destino.

El pasado año tuvimos noticias de él. Cuando nos deslumbró con una historia que parecía ser la de un primer amor accidental, pero acabó llevándonos por muchos otros derroteros, entre torpezas apasionadas, angustias y una felicidad sin miramientos. La excusa fue una suerte de encuentro entre dos hombres que lanzaba un mensaje directo a la mala conciencia de los que pasan de largo por su propia vida. En ‘Call me by your name’, James Ivory no estaba detrás de las cámaras, pero sí con la pluma en la mano, escribiendo el guion, y demostrando que es uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos.

Es un hombre tranquilo para las gentes con las que ha trabajado, un estudioso incansable que investiga todo aquello que puede rodear a sus historias (cualquier mínimo detalle que puede dotar de verosimilitud a sus películas) antes de ponerse ante las cámaras. Estadounidense de nacimiento (1928), James Francis Ivory estudió Bellas Artes y Arquitectura así como Cinematografía. Comenzó su carrera en los años 50  realizando varios cortometrajes. El nacimiento de su filmografía comenzó prácticamente en 1959, cuando conoció al director indio Ismail Merchant. Al poco tiempo, ambos fundaron la célebre compañía Merchant Ivory. Junto a la guionista Ruth Prawer Jhabvala conformaron un trío creativo de formidable sensibilidad artística. Una novela de la escritora, de hecho, fue la que alumbró la primera película del triunvirato cinematográfico. Se titulaba ‘The householder’ (1963) y cuenta la historia de un hindú que alcanza la madurez sin abandonar la inocencia.

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‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, de Yorgos Lanthimos: cómo aceptar un castigo inexplicable

Hay películas que se ponen tremendistas pero no engañan. No podemos pedirle explicaciones a una historia que no las promete en ningún momento. Ahí reside la honestidad del cine pero también la del espectador. Lo hace en paralelo a la mitología de la cual han sabido beber, casi hasta atrangantarse, cineastas como Darren Aronofosky. Lo hace el cineasta griego Yorgos Lanthimos también en esta ocasión. La diferencia es la respuesta, o mejor dicho, que no la haya. Podemos rascar hasta el infinito las numerosas capas de ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ para resolver el estupor que nos envuelve desde el principio. Y solo encontraremos más preguntas.

'El sacrificio de un ciervo sagrado'

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'Una mujer fantástica’ de Sebastián Lelio: la voz de los marginados

Es prácticamente imposible no recordar 'Laurence Anyways', de Xavier Dolan, al visionar 'Una mujer fantástica'. Y no sólo porque ambos personajes protagonistas sean transexuales, sino porque el chileno Sebastián Lelio logró crear una atmósfera única en medio de un Santiago oscuro para contarnos la historia de Marina (Daniela Vega), una mujer transexual que está enamorada de Orlando (Francisco Reyes), un hombre mayor que colapsa y muere en sus brazos. De esto nos hablan los colores en esta obra que llega hasta lo más hondo de una sociedad que tiene problemas para esconder una transfobia latente. "No entiendo lo que eres", le espeta Bruno (Nicolás Saavedra), el hijo de Orlando, a Marina.

Marina se enfrenta a la muerte de su amante después de celebrar un cumpleaños, hacer el amor y mirar con optimismo hacia su futuro. La muerte de Orlando hace que la burbuja en la que nos presentan a los personajes se reviente y nos muestre la realidad de de la protagonista, una cantante de ópera que trabaja como camarera. Ella es consciente de su conflicto; es consciente de la dificultad que supone ser una mujer transexual. Por eso, huye cuando muere su amante, tras las miradas de sospecha de los médicos que reciben a Orlando. Por eso, esconde su dolor en una insípida cabina de baño público de una clínica sin nombre.

Una mujer fantástica

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‘Mystic River’, de Clint Eastwood: a veces un hombre es solo un niño

Tres niños juegan al hockey en una calle de una barriada de Boston. Cuando la pelota se cuela por una alcantarilla deciden entretenerse grabando sus nombres en el cemento todavía húmedo de una baldosa de la acera. Jimmy y Sean (futuros Sean Penn y Kevin Bacon) así lo hacen, pero mientras Dave (futuro Tim Robbins) todavía no ha escrito la segunda letra del suyo aparece un supuesto policía que les increpa su acción y obliga a este último a subir al coche. Ocurre algo espantoso, algo que conmociona al barrio y que marca la vida de Dave. Muchos años después, las vidas de los tres volverán a cruzarse por el asesinato de la hija adolescente de Jimmy, cuya investigación recae en el ahora policía Sean.

El paso del tiempo, las dudas inconexas, las fatales coincidencias, la interpretación propia de los actos ajenos, los traumas de la niñez y un destino malparado harán que la pérdida de la inocencia quede suspendida en un interrogante eterno, en una imposible vuelta atrás. El gran Clint Eastwood abrió las siete llaves del baúl donde había atesorado todas sus grandes inquietudes sobre la moral y la justicia cuando hace más de diez años rodó esta adaptación de la novela de Dennis Lehane. Sombría, conmovedora, tramposa y emocionalmente contenida y afilada, su asombroso reparto y una dirección entregada por completo al sufrimiento del espectador, la convirtieron en una de las obras maestras del nuevo siglo y de toda la filmografía del cineasta norteamericano.

El viejo Frankie Dunn nos sacudió el alma cuando le dijo aquello de “Mi hija, mi sangre” (“Mo Cuishle”) a la moribunda Maggie en ‘Million Dollar Baby’. Aquel fue un instante cinematográfico tan brutalmente intenso y bello que supimos reconocer en él al genio, a la obra maestra, ese momento fugaz, inolvidable que solo unos pocos artistas saben alcanzar. Aquella fue una película sobre boxeo, que parecía aburrida, pero que tuvo la astucia suficiente como para hablar de la humanidad que hay en la muerte. Y es que “El hombre sin nombre” de la Trilogía del Dólar (Sergio Leone) es hoy uno de los cineastas que mejor sabe retarnos con cada una de las películas que crea. Las plantea como un desafío para nuestra conciencia, un derechazo impío para nuestras emociones. Porque nadie como Clint Eastwood sabe meternos en auténticos berenjenales morales, en historias perdidamente amargas o románticas, en narraciones crudas y vigorosas que nunca pierden la calma. Si el héroe del spagueti-western era un tipo de silencios, el cineasta le sigue la huella porque el estilo de Eastwood es así, como ‘El Sucio’, de pocas palabras y apenas detalles, con personajes que cobran vida en la imaginación del espectador (pues se merecen un respeto) y de tomas que aspiran a ser únicas. “Otros ruedan muchas por la falta de confianza en lo que quieren”, fanfarronea el viejo Eastwood.

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A favor y en contra de 'Captain Fantastic', de Matt Ross

“Interesante es una no-palabra. Está prohibido”. Este es uno de los reproches que hace Ben Cash (Viggo Mortensen) a su hija Kielyr (Samantha Isler). Está montada en un autobús junto a sus cinco hermanos con un solo objetivo: salvar a la madre de ser enterrada en un funeral de una religión en la que no cree. La misión es el camino que sigue esta familia tan singular, única si nos atrevemos, que se nos ofrece en un halo diáfano, una espiral de colores, naturaleza y sonidos de guitarras alrededor del fuego, acompañados de lecturas y personajes tan variados como Pol Pot o Noam Chosmsky. “Stick it to the man” es el lema de los más pequeños, desobediencia en su educación, en sus sentimientos y en sus vínculos familiares.

Porque aunque viven completamente alejados del sistema capitalista estadounidense, los Cash también se enfrentan a algo que es inevitable: que su íntima utopía se tope de lleno contra la realidad que los rodea. Vemos a Bo, interpretado por un transparente George MacKay, recibiendo cartas de aceptación de las universidades más prestigiosas del país, enamorándose de la primera chica que le regala un beso, gritando a su padre porque  le “convertido en un friqui”. Pero todas estas contradicciones espirituales que ocurren inevitablemente  siempre se ven superadas por el amor de una familia que quiere salvar a una madre de verse sepultada por aquello contra lo que luchó.

Captain Fantastic

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