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‘Lo que queda del día’, de James Ivory: amor sin suceder

Cartel de 'Lo que queda del día'

Un millonario americano (Cristopher Reeve) es el nuevo propietario de la mansión Darlington Hall. Su mayordomo, el Sr. Stevens (Anthony Hopkins), solicita de manera excepcional unos días de permiso para visitar a una vieja amiga. En el trayecto, Stevens viaja por su memoria para remontarse 20 años atrás, en los tiempos en los que el antiguo propietario de la casa señorial, un noble inglés (James Fox) se convierte en el anfitrión de personajes clave para la historia de Inglaterra de los años 30. De camino por sus recuerdos, Stevens también realiza una visita a la relación que mantuvo con la antigua ama de llaves, Miss Kenton (Emma Thompson). La amiga que ha de ser su destino.

El pasado año tuvimos noticias de él. Cuando nos deslumbró con una historia que parecía ser la de un primer amor accidental, pero acabó llevándonos por muchos otros derroteros, entre torpezas apasionadas, angustias y una felicidad sin miramientos. La excusa fue una suerte de encuentro entre dos hombres que lanzaba un mensaje directo a la mala conciencia de los que pasan de largo por su propia vida. En ‘Call me by your name’, James Ivory no estaba detrás de las cámaras, pero sí con la pluma en la mano, escribiendo el guion, y demostrando que es uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos.

Es un hombre tranquilo para las gentes con las que ha trabajado, un estudioso incansable que investiga todo aquello que puede rodear a sus historias (cualquier mínimo detalle que puede dotar de verosimilitud a sus películas) antes de ponerse ante las cámaras. Estadounidense de nacimiento (1928), James Francis Ivory estudió Bellas Artes y Arquitectura así como Cinematografía. Comenzó su carrera en los años 50  realizando varios cortometrajes. El nacimiento de su filmografía comenzó prácticamente en 1959, cuando conoció al director indio Ismail Merchant. Al poco tiempo, ambos fundaron la célebre compañía Merchant Ivory. Junto a la guionista Ruth Prawer Jhabvala conformaron un trío creativo de formidable sensibilidad artística. Una novela de la escritora, de hecho, fue la que alumbró la primera película del triunvirato cinematográfico. Se titulaba ‘The householder’ (1963) y cuenta la historia de un hindú que alcanza la madurez sin abandonar la inocencia.

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‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, de Yorgos Lanthimos: cómo aceptar un castigo inexplicable

Hay películas que se ponen tremendistas pero no engañan. No podemos pedirle explicaciones a una historia que no las promete en ningún momento. Ahí reside la honestidad del cine pero también la del espectador. Lo hace en paralelo a la mitología de la cual han sabido beber, casi hasta atrangantarse, cineastas como Darren Aronofosky. Lo hace el cineasta griego Yorgos Lanthimos también en esta ocasión. La diferencia es la respuesta, o mejor dicho, que no la haya. Podemos rascar hasta el infinito las numerosas capas de ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’ para resolver el estupor que nos envuelve desde el principio. Y solo encontraremos más preguntas.

'El sacrificio de un ciervo sagrado'

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'Una mujer fantástica’ de Sebastián Lelio: la voz de los marginados

Es prácticamente imposible no recordar 'Laurence Anyways', de Xavier Dolan, al visionar 'Una mujer fantástica'. Y no sólo porque ambos personajes protagonistas sean transexuales, sino porque el chileno Sebastián Lelio logró crear una atmósfera única en medio de un Santiago oscuro para contarnos la historia de Marina (Daniela Vega), una mujer transexual que está enamorada de Orlando (Francisco Reyes), un hombre mayor que colapsa y muere en sus brazos. De esto nos hablan los colores en esta obra que llega hasta lo más hondo de una sociedad que tiene problemas para esconder una transfobia latente. "No entiendo lo que eres", le espeta Bruno (Nicolás Saavedra), el hijo de Orlando, a Marina.

Marina se enfrenta a la muerte de su amante después de celebrar un cumpleaños, hacer el amor y mirar con optimismo hacia su futuro. La muerte de Orlando hace que la burbuja en la que nos presentan a los personajes se reviente y nos muestre la realidad de de la protagonista, una cantante de ópera que trabaja como camarera. Ella es consciente de su conflicto; es consciente de la dificultad que supone ser una mujer transexual. Por eso, huye cuando muere su amante, tras las miradas de sospecha de los médicos que reciben a Orlando. Por eso, esconde su dolor en una insípida cabina de baño público de una clínica sin nombre.

Una mujer fantástica

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‘Mystic River’, de Clint Eastwood: a veces un hombre es solo un niño

Tres niños juegan al hockey en una calle de una barriada de Boston. Cuando la pelota se cuela por una alcantarilla deciden entretenerse grabando sus nombres en el cemento todavía húmedo de una baldosa de la acera. Jimmy y Sean (futuros Sean Penn y Kevin Bacon) así lo hacen, pero mientras Dave (futuro Tim Robbins) todavía no ha escrito la segunda letra del suyo aparece un supuesto policía que les increpa su acción y obliga a este último a subir al coche. Ocurre algo espantoso, algo que conmociona al barrio y que marca la vida de Dave. Muchos años después, las vidas de los tres volverán a cruzarse por el asesinato de la hija adolescente de Jimmy, cuya investigación recae en el ahora policía Sean.

El paso del tiempo, las dudas inconexas, las fatales coincidencias, la interpretación propia de los actos ajenos, los traumas de la niñez y un destino malparado harán que la pérdida de la inocencia quede suspendida en un interrogante eterno, en una imposible vuelta atrás. El gran Clint Eastwood abrió las siete llaves del baúl donde había atesorado todas sus grandes inquietudes sobre la moral y la justicia cuando hace más de diez años rodó esta adaptación de la novela de Dennis Lehane. Sombría, conmovedora, tramposa y emocionalmente contenida y afilada, su asombroso reparto y una dirección entregada por completo al sufrimiento del espectador, la convirtieron en una de las obras maestras del nuevo siglo y de toda la filmografía del cineasta norteamericano.

El viejo Frankie Dunn nos sacudió el alma cuando le dijo aquello de “Mi hija, mi sangre” (“Mo Cuishle”) a la moribunda Maggie en ‘Million Dollar Baby’. Aquel fue un instante cinematográfico tan brutalmente intenso y bello que supimos reconocer en él al genio, a la obra maestra, ese momento fugaz, inolvidable que solo unos pocos artistas saben alcanzar. Aquella fue una película sobre boxeo, que parecía aburrida, pero que tuvo la astucia suficiente como para hablar de la humanidad que hay en la muerte. Y es que “El hombre sin nombre” de la Trilogía del Dólar (Sergio Leone) es hoy uno de los cineastas que mejor sabe retarnos con cada una de las películas que crea. Las plantea como un desafío para nuestra conciencia, un derechazo impío para nuestras emociones. Porque nadie como Clint Eastwood sabe meternos en auténticos berenjenales morales, en historias perdidamente amargas o románticas, en narraciones crudas y vigorosas que nunca pierden la calma. Si el héroe del spagueti-western era un tipo de silencios, el cineasta le sigue la huella porque el estilo de Eastwood es así, como ‘El Sucio’, de pocas palabras y apenas detalles, con personajes que cobran vida en la imaginación del espectador (pues se merecen un respeto) y de tomas que aspiran a ser únicas. “Otros ruedan muchas por la falta de confianza en lo que quieren”, fanfarronea el viejo Eastwood.

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A favor y en contra de 'Captain Fantastic', de Matt Ross

“Interesante es una no-palabra. Está prohibido”. Este es uno de los reproches que hace Ben Cash (Viggo Mortensen) a su hija Kielyr (Samantha Isler). Está montada en un autobús junto a sus cinco hermanos con un solo objetivo: salvar a la madre de ser enterrada en un funeral de una religión en la que no cree. La misión es el camino que sigue esta familia tan singular, única si nos atrevemos, que se nos ofrece en un halo diáfano, una espiral de colores, naturaleza y sonidos de guitarras alrededor del fuego, acompañados de lecturas y personajes tan variados como Pol Pot o Noam Chosmsky. “Stick it to the man” es el lema de los más pequeños, desobediencia en su educación, en sus sentimientos y en sus vínculos familiares.

Porque aunque viven completamente alejados del sistema capitalista estadounidense, los Cash también se enfrentan a algo que es inevitable: que su íntima utopía se tope de lleno contra la realidad que los rodea. Vemos a Bo, interpretado por un transparente George MacKay, recibiendo cartas de aceptación de las universidades más prestigiosas del país, enamorándose de la primera chica que le regala un beso, gritando a su padre porque  le “convertido en un friqui”. Pero todas estas contradicciones espirituales que ocurren inevitablemente  siempre se ven superadas por el amor de una familia que quiere salvar a una madre de verse sepultada por aquello contra lo que luchó.

Captain Fantastic

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A favor y en contra de ‘El guateque’, de Blake Edwards

‘El guateque’ es mucho más que una película. Es optimismo en estado puro, alegría de vivir que nace del absurdo, de un universo alocado que se sale de su órbita psicodélica para anclarse en nuestra memoria, en nuestro Olimpo de películas imprescindibles. Allí, alterando nuestra percepción del espacio, del tiempo, y del sentido común, echó raíces esa casa automatizada de Hollywood, donde sitúa su acción. Donde tiene lugar una desenfrenada fiesta en la que se lo pasan en grande (o no tanto) camareros borrachos, productores que no soportan a la parienta, bellas italianas de gula insaciable, elefantes coloristas y pollos asados con un punto retozón. Y por supuesto, donde se encuentra el protagonista más divertido de la historia del cine, Hrundi V. Bakshi: el educado, optimista, ceremonioso, pesado, torpe e inocente hindú interpretado por Peter Sellers. Un pobre diablo que intenta hacerse un hueco como estrella de Hollywood con las maneras de un arma de destrucción masiva. 

Heredero del humor de los Hermanos Marx y de las películas que protagonizaron bajo las órdenes de Leo McCarey, ‘El guateque’, de Blake Edwards, es la esencia del cine. Puro lenguaje visual y gestual. Edwards logra un magistral ‘tempo cómico’ haciendo uso de tomas largas llenas de ocurrencias inesperadas, con gags y diálogos impresionistas de acento cínico. Cada plano, cada secuencia, cada diálogo están llenos de potencial cómico y de una mirada sarcástica que dirige hacia el mundo de Hollywood y sus habitantes.

El guateque

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‘Jurassic World. El reino caído’, de J. A. Bayona: superproducción de autor

Bayona es un cineasta con los arrestos suficientes como para tomar riesgos en plena superproducción. Sabe cómo detonar el factor sorpresa entre las gentes que sienten haberlo visto todo desde sus butacas y como realizador, tiene un talento formidable. Es capaz de ‘darle la vuelta’ a un volcán, con furia de apocalipsis, y convertirlo en un inmenso reloj de arena que inicia su particular cuenta atrás. Toda una película.

El volcán entra en erupción en la Isla Nublar, aquel parque de atracciones temático donde campaban a sus anchas formidables especies de dinosaurio en la pasada entrega de ‘Jurassic World’ (2015). Con ello, enciende la mecha de un interesante dilema moral que tiene mucho de provocación. Es el punto de partida de la película. El Dr. Ian Malcolm (Jeff Goldblum), el brillante pelmazo que recordaba hace 21 años la Teoría del Caos, lo pone encima de la mesa en su regreso a la saga: “¿Serán el hombre y la mujer capaz de dejar que la naturaleza siga su curso para corregir la alteración que le permitió  transformarla para siempre?” O lo que es lo mismo, ¿está preparada la humanidad para rescatar a los dinosaurios de los efectos devastadores del volcán que arrasará la Isla Nublar? Porque aquellas especies pretéritas que habían dado un salto abismal en el tiempo gracias a la tecnología genética tienen, en la película, los días contados. Y Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), la doctora que dirigía con mano de hierro el parque de atracciones, acaba pidiéndole ayuda a Owen Grady (Chris Pratt), el cuidador estrella de dinosaurios, para participar en una misión de rescate que cuenta con un curioso patrocinador. Un multimillonario con nostalgia de soñador (James Cromwell, magnífico en el papel).

J.A. Bayona se aventura en la saga, como él mismo ha manifestado, con el máximo respeto hacia Steven Spielberg, el artífice y creador de la misma, pero dejando una enorme huella de su propia  personalidad cinematográfica. El ‘blockbuster’ del verano es una impecable producción llena de ritmo, con los toques precisos de humor inteligente y en la que  se abre una falla para distanciar dos partes claramente diferentes en la película.

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La mujer fatal en el cine (II): un cliché roto entre la severidad y la ternura

Ava Gardner

Arrebujado entre mantas, con un pijama de franela, calcetines de lana, y el estómago porfiando por asentar un vaso de leche caliente con un fondo de miel y una copa de brandy, yacía yo en una de las alcobas de la casa de mi abuela, a la espera de que la suma de todos estos remedios de medicina consuetudinaria me hicieran superar lo que, sumariamente, se me había diagnosticado como un “enfriamiento”. La fiebre y el pastoso aroma del café proveniente del cuarto del fondo convirtieron mis pensamientos en alucinaciones.

Las mujeres de mi realidad se sumaron a las mujeres de mi ficcionalidad, pero la adición me ofreció una resultante femenina que vi bastante amenguada y fuera de foco. La Sigrid del Capitán Trueno o la Claudia del Jabato me parecían tan ensombrecidas como Lois Lane, Mary Jane Watson, Selina Kyle, Betty Ross, Carol Ferris y hasta Sue Storm, la mujer invisible (todo un pleonasmo). Pensé que estos arquetipos de heroínas (la mayoría, parejas de superhéroes) estaban aquejadas por el mal del desprecio y del estigma que la mujer ha padecido a lo largo de la historia tanto en el mito como en el logos.

Sumidas en la oscuridad del cuarto del fondo, degustando el café de puchero de mi abuela, sentadas en torno a la mesa de formica, se me apareció la despechada reina Inana, rechazada por Gilgamesh; junto a ella, Dido, abandonada por Eneas, hablaba con Helena de Troya y con Medea sobre la inconstancia del temperamento masculino. En otro extremo de la mesa, Eva y Pandora reivindicaban la curiosidad y el derecho al saber. A continuación, Circe, Calipso, las sirenas y las amazonas prohijaban a la prostituta de Babilonia, mientras escuchaban las razones de Llilith, Betsabé, Judith, Salomé y María Magdalena para constituir una liga justiciera en defensa de la mujer maltratada.

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 ‘La noche del cazador’, de Charles Laughton: en lo más profundo del miedo

Un predicador recorre en su coche varios pueblos sureños de Estados Unidos. Tiene una curiosa conversación con dios, mediante la cual descubrimos desde el minuto uno que los caminos del Señor que ha elegido esta sombría figura desembocan en el asesinato de viudas inocentes. Se trata del inmenso y aterrador Harry Powell (Robert Mitchum) uno de los personajes más siniestros de la historia del cine de terror, quien acaba coincidiendo en la cárcel con Ben Harper, un hombre a punto de ser ahorcado que, hablando en sueños, da a conocer a Powell que su último botín está escondido en alguna parte. La decisión del predicador al salir de la penitenciaría es acercarse entonces a la familia del ajusticiado, casarse con la viuda y hacerse cargo de sus dos hijos, los verdaderos portadores del secreto.

Así comienza ‘La noche del cazador’, uno de los cuentos de terror más escalofriantes de la historia del cine, todo un prodigio de simbología de terrores infantiles, dirección fotográfica y ritmo narrativo que ha necesitado de muchos años para ocupar el lugar que merece entre los clásicos del séptimo arte. Plagada de mensajes y con un guion inspirado en un texto original de David Grubb, el guionista James Agee convirtió la historia en una alegoría de la maldad absoluta y psicopática, enfrentando ambos elementos a la inocencia y al heroísmo infantil, con claras influencias del expresionismo alemán. Un cuento de niños que no es para niños, y que hoy pervive por todas las innovaciones mágicas que la original cámara de Laughton aportó en una década devorada por el cine negro.

Se trata de una de las carreras más desconcertantes de la historia del cine. ‘La noche del cazador’ fue la única película que dirigió el actor británico Charles Laughton. Ante todo fue intérprete apasionado del teatro, profesión por la que se decantó tras combatir en la Primera Guerra Mundial, de la que regresó con una lesión en la tráquea que siempre lo distinguiría por la nasalidad de su voz. Esta circunstancia, unida a su peculiar físico de hombre orondo e imponente consiguió romper los clichés del “bello” Hollywood y hacerse un hueco como actor. Pero solo en parte. La mayoría de sus roles y personajes tenían mucho que ver con la parte desagradable y torcida de los guiones, como sucedió en ‘Piccadilly’ (1928). Por eso siempre prefirió el teatro, donde compartió grandiosas giras con su mujer Elsa Lanchester. A ambos les reportó cierto reconocimiento y consiguieron papeles de renombre en el séptimo arte. En el caso de Laughton, por ejemplo, en ‘El caserón de las sombras’ (1932) y ese mismo año en ‘El signo de la cruz’, interpretando a Nerón en la histórica película de Cecil B. De Mille. Dio con un filón, y comenzaría a interpretar a reyes y emperadores, desagradables, sí, pero muy atrayentes para el espectador, como fue el caso de ‘La vida privada de Enrique VIII’ (1933), por la que obtuvo un Oscar.

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La mujer fatal en el cine (I): Theda Bara, Mae West y la mala conciencia del patriarcado

Theda Bara

Al otro extremo del corredor, había un cuarto, opaco, frío, con una única fuente de luz: un ventanuco que comunicaba con un patio de corrala. Bajo ese pobre lucernario, una mesa de formica desvencijada, rodeada de sillas de anea. Sobre la pared, un vasar con potes y tazas de metal esmaltado. Manaba el aroma del café de puchero desde el fondo de aquel cuchitril junto con los diálogos musitados, las risas ahogadas, los llantos estoicamente contenidos… Eran mis tías, las vecinas, mi abuela, mi madre, la fratría femenina, reunida en aquel rincón de la casa familiar que, como comprendí más tarde, era la habitación propia que Virginia Woolf reclamaba como condición para la emancipación y la plena afirmación de la mujer.

Se recluían allí porque nadie parecía contar con ellas en un mundo homogéneamente masculino. Por eso, aquellos largos cafés de buena mañana tenían el sello de un conciliábulo estéril. A ellos, era yo episódica y anómalamente invitado cuando algún achaque, real o fingido, me impedía asistir a clase. Eso me permitía intuir, más que percibir, desahogos, signos de solidaridad, ternuras insatisfechas, dulzuras represadas. Eran, sobre todo, mensajes quejumbrosos, expresados, únicamente, en la tácita esfera de la intimidad, y causados por una subsidiaridad históricamente arrastrada por el solo hecho de que, quienes los emitían eran mujeres. Y, sin embargo, su papel era decisivo. Sin ellas, solo había caos; sin ellas, todo era desdeñoso y violento. Su presencia garantizaba el hilo invisible que tejía una cosmovisión en la que cabían las emociones y la inteligencia, la razón y el corazón, que contrastaba (abiertamente) y confrontaba (sutilmente) con quienes solo sabían hacer las cosas por cojones.

Ellas eran las hadas que sostenían, con su magia, la esperanza; eran los ángeles que custodiaban la seguridad y la mentira del valor que la mayor parte de sus correlatos masculinos no tenían más allá de la vanidad; eran las náyades y las nereidas que satisfacían, con el acatamiento del amor, los dictados de los faunos; eran las walkirias que ganaban las guerras y, a continuación, elegían un recatado segundo plano para que fueran otros los depositarios de la rendición de honores. Su abnegado papel hacía, de la vida, una película digna de ser vista y, de la realidad, una vivencia que merecía la “revolución silenciosa” que todas las mujeres han dirimido -y dirimen- lenta, dolorosa y laboriosamente, por la conquista de su propia dignidad, por la conquista de un imperio que sustituya la opacidad de un cuarto oscuro por la luminosidad esperanzada de una auténtica habitación propia.

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