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 ‘Madre!’, de Darren Aronofsky: de pasaje bíblico a crítica socioambiental

‘Madre! (Mother!)’, como casi todo lo de Darren Aronofsky, lleva al espectador a removerse incómodo en la butaca. De entrada, hay que decir que es un filme que amas u odias. Aquí el espacio para el relativismo es poco. La película inquieta, estremece, repugna, conmueve, invita a la controversia, al escándalo, al sentimentalismo e incluso, puede llevar al tedio. La atmósfera en la que nos sumerge el neoyorquino es tan confusa que obliga a buscar entre alegorías el mensaje de una suerte de anarquía apocalíptica que se aproxima más al terror que al drama psicológico (o socioambiental si se adopta la postura del director). Las interpretaciones pueden ser tan variadas como los espectadores.

Aronofsky escribe en cinco días el primer borrador del guion y deja en él, según sus propias declaraciones, la ira que siente cuando piensa en lo que está pasando con el planeta y en la indiferencia de los seres humanos para con esta situación. De hecho, se inspira en la composición de ‘El Ángel Exterminador’ de Luis Buñuel para mostrar la complejidad de la trama social que plantea. Los seres humanos destruimos la Tierra, Dios es un ególatra que reinventa una y otra vez aquello que está abocado a la destrucción y vivimos en una especie de esquizofrenia colectiva.

En ‘Madre!’ vemos la historia de una pareja que vive en una mansión en el campo. Él (Javier Bardem) es un escritor que está intentando encontrar inspiración para su siguiente libro. Ella (Jennifer Lawrence) dedica sus días a atender a su retraído esposo al tiempo que se encarga de la reconstrucción de la casa que fue consumida por un incendio. De repente llega un inesperado visitante (Ed Harris) con el que Él teje una extraña amistad. Luego llega la esposa del visitante (Michelle Pfeiffer,), sus hijos y posteriormente, atraída por el éxito de Él, una marea de fanáticos. Tras una serie de sucesos inverosímiles (si nos aferramos a la historia y no a la metáfora desvelada por el director), Ella, que intenta hacer entrar en razón a su esposo y sacar de su casa a la turba de “entusiastas”, empieza a experimentar episodios de conexión con fuerzas misteriosas de la mansión.

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‘Star Wars: Los últimos Jedi’, de Rian Johnson. ¿Es tan mala como dicen?

“Desastre total”, “basura absoluta”, “una parodia” y otros calificativos mucho menos amables acompañan a esta nueva entrega de la saga galáctica que, para muchos, significa la muerte de ‘Star Wars’.  ‘Los últimos Jedi’ será también para muchos fans la última vez que irán a ver una película de la franquicia, tras lo que consideran una traición imperdonable. Con el corazón roto, iracundos y decepcionados, han encabezado en masa una lapidación descarnada contra Disney y Rian Johnson, encargado de pilotar este nuevo y esperado capítulo. Johnson, conocido director de  ‘Looper’ y ‘Brick’, ha recibido más palos que una estera y probablemente no encuentre una cueva lo suficientemente profunda en la galaxia para esconderse y escapar de las críticas. La cuestión es: ¿merece semejante escarnio?

La calidad de la película no es lo importante aquí, sino el nivel de satisfacción de los fans, más peligrosos que una horda de ‘sarlaccs’. Es decir: si no das al público lo que se espera, te comerán vivo. Básicamente, es lo que ha sucedido con ‘Los últimos Jedi’. Y Johnson no solo no ha dado el menú que los fans esperaban; ha tenido la osadía de rociar con gasolina la biblia cósmica creada por Dios Padre Lucas y luego le ha prendido fuego. Disney entregó los mandos a Johnson y le dio carta blanca para llevar la nave allá donde considerara oportuno. Y, a juzgar por el recibimiento, el cineasta ha conducido la saga a un agujero negro.

Todas las expectativas que J.J. Abrams sembró en la entrega previa quedan en este episodio en la más absoluta nada. Y es solo el principio: grandes e icónicos personajes que son una parodia de sí mismos y cuya presencia queda reducida a una anécdota, patrones que se repiten con descaro, un tiempo extraordinario de metraje (es la película más larga de todas, con 152 minutos) gastado en tramas secundarias superfluas y prescindibles, estrategias de combate increíbles en el peor sentido de la palabra, amén de fallos de raccord y continuidad. Algunas líneas de diálogo dan vergüenza ajena, al igual que otras tantas escenas y situaciones ridículas. Una de las más imperdonables es un pretendido homenaje a  Carrie Fisher en el que Johnson convierte a Leia en una especie de Virgen María espacial.

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‘Coco’, de Lee Unkrich y Adrián Molina: soñar en la Tierra de los Muertos

‘Coco’ es una de aquellas ancianas que parecen estar en alguna otra parte. Sentada en una silla de ruedas, con la cabeza derrotada, ajena a todo cuanto pasa a su alrededor. Ningún gesto, apenas algún movimiento, poca emoción se asoma por su rostro curtido salvo cuando un recuerdo remoto se le acerca y le da unos golpecitos en el alma. ‘Coco’ es también una criatura prodigiosamente retratada por la tecnología Pixar y es la bisabuela de Miguel (voz de Anthony González), el niño de 11 años protagonista de la última película de la factoría Disney.

Miguel es un crío astuto y lleno de vida que crece en una familia de zapateros, los Rivera. Son trabajadores, buena gente, pero también unos pobres diablos con algún que otro sentimiento mutilado. Miguel ama la música por encima de todas las cosas y adora a un grande de la canción de su país, el desaparecido Ernesto de la Cruz (voz de Benjamin Bratt). Sin embargo, la música está proscrita en la casa de los Rivera, la rehuyen como si fuera una maldición. El caso es que Miguel acaba adentrándose en la “Tierra de los Muertos” para perseguir su sueño y buscar respuestas sobre la triste historia que dejó marcada para siempre a su familia. Un calavera buscavidas, Héctor (en la voz de Gael García Bernal) le ayudará en su singular aventura.

El norteamericano Lee Unkrick, director de ‘Toy Story 3’, y el cineasta de origen mexicano Adrián Molina son los encargados de llevar a la gran pantalla este largometraje de animación. Un universo barroco de imágenes coloristas que parte del folclore mexicano y de su alegre culto a los muertos. Se nota que los realizadores abordan la película desde la fascinación que les produce la singular tradición (una muestra de respeto y reconocimiento hacia el país vecino que, desde luego, se hace más necesaria que nunca en plena era Trump). Pero ‘Coco’ no se queda en la anécdota política ni en las buenas intenciones. Tampoco es un simple juguete visual para entretener las fechas navideñas de los más pequeños. Eso sí, se trata de una historia conmovedora para todos los públicos.

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‘Asesinato en el Orient Express’, de Kenneth Branagh: un misterio que sobrevive a su destino

Hércules Poirot es un tipo raro de ‘moustache’ fanfarrón y brillantes “células grises” que no para de resolver casos, aunque siempre se encuentre camino del retiro. Es “probablemente el mejor detective del mundo”. Ahora, la extravagante criatura concebida por  Agatha Christie, regresa a la gran pantalla en auténtico estado de gracia de la mano del realizador y actor  Kenneth Branagh. Lo hace para troncharse leyendo a Dickens, mostrar su gula con un exquisito descaro o poner en evidencia la mediocridad de todo primo que se cruce por su camino. Tiene coartada. Ha de resolver el misterio que rodea al asesinato de un gánster muerto, Ratchett (Johnny Depp) en el legendario ferrocarril Orient Express.

Poirot es un personaje  singular, con garra, que Branagh interpreta con formidable talento y respeto sin llegar a la caricatura ni al paroxismo de algún que otro antecesor (es fácil acordarse un Albert Finney pasado de rosca en el film homónimo de Sidney Lumet) en la gran pantalla. Sin embargo, esta no es la única baza de la película basada en la novela que la escritora británica escribió en 1934.

Una melancolía discreta, pero opresiva, recorre los vagones de ' Asesinato en el Orient Express'. También una narración inteligente donde el misterio que sobrevuela la trama sobrevive a su destino, a un ‘whodunit’ demasiado célebre. Hasta el punto de que para muchos espectadores la resolución del caso que plantea la película acaba convirtiéndose en una información anecdótica, un ‘MacGuffin’ en toda regla. Porque lo más probable es que la mayor parte de los espectadores conozca el desenlace de una de las obras más leídas y aplaudidas de Agatha Christie. A lo mejor ya subieron al magnífico  Orient Express de Sidney Lumet, allá por los años 70, película en la que se dieron cita algunos de los actores más grandes e inolvidables de la historia del cine como la sublime Ingrid Bergman, Lauren Bacall, John Gielgud, Vanessa Redgrave o Sean Connery.

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A favor y en contra de ‘Cantando bajo la lluvia’, de Stanley Donen y Gene Kelly

Cualquiera podría afirmar que los inicios de los años 50, con un cinematógrafo con apenas medio siglo de vida, no era el momento todavía de realizar una revisión del cine dentro del cine. El séptimo arte aún estaba sufriendo importantes cambios de estructura, concepción estilística y tratamiento de imágenes, y no habían pasado años suficientes para realizar la autocrítica de un paso al cine sonoro que ni siquiera tenía una técnica profesional consolidada. Sin embargo, Stanley Donen y Gene Kelly, dos reconocidos bailarines, coreógrafos y actores de Hollywood, decidieron que ya era tiempo de echar la vista atrás y de narrar de la manera más alegre posible la transformación en sonidos de la etapa muda, que puso en un brete a la industria del cine durante muchos años.

Así surgió la historia de Don Lockwood, un Gene Kelly director y protagonista, un famoso galán entre los galanes del cine mudo, que se forja su carrera desde su humilde origen junto a su íntimo amigo Cosmo Brown (arrollador Donald O'Connor), y que debe afrontar con igual escepticismo que valentía el paso al cine sonoro junto a su compañera de star-system y diva cinematográfica Lina Lamont (iconográfica Jean Hagen), que tendrá serios problemas con su horrenda voz. En plena transición profesional, irrumpe en su vida la actriz de vodevil y teatro Kathy Shelden (Debbie Reynolds), dueña de un gran talento por descubrir, surgiendo entre ambos una atracción que crecerá a ritmo de canciones que todavía hoy permanecen inolvidables.

Porque 'Cantando bajo la lluvia' es su música pero se sale de sus propios márgenes. Consagrada como una de las mejores comedias de todos los tiempos, se abrió paso a taquillazo limpio por el público de la época, insaciable del cine-espectáculo, y sigue siendo hoy en día la favorita incluso de reputados detractores del cine musical. Está llena de una magia que es difícil de concretar en un instante de su magnífico relato, que va más allá del febril Kelly chapoteando por las calles, y que se desborda por cada colorido fotograma y nos empapa de un buen rollo que manda al rincón de pensar a cualquier crítica sesuda que quiera adentrarse en su calidad como obra de arte.

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‘Thor: Ragnarok’, de Taika Waititi: comedia épica a golpe ochentero

Cartel de ‘Thor: Ragnarok’

El crepúsculo de los dioses a ritmo de Led Zeppelin. ¿Puede haber algo más genial? “Venimos de la tierra del hielo y la nieve, del sol de medianoche, donde fluyen las aguas termales. El martillo de los dioses guiará nuestras naves a una nueva tierra, para luchar contra las hordas, cantar y clamar: Valhalla, allá voy”. Así reza la letra de 'Inmigrant Song', canción que acompaña al australiano Chris Hemsworth mientras lanza mamporros a diestro y siniestro Mjolnir en mano. Wagner, revuélvete en tu tumba. Tal es el comienzo de esta trepidante/delirante nueva entrega del dios del trueno. Led Zeppelin son conocidos por custodiar los derechos de sus canciones como perros Cerberos; que hayan hecho una excepción con un ‘blockbuster’ palomitero de Disney no solo es excepcional, sino indicativo de que esta película es extraordinaria en más de un sentido.

En mi panteón cinéfilo se ha alzado un nuevo dios. Y no es Thor -que ya preside mi ranking de seres dignos de adoración, pero en otro ámbito-. Mi nuevo ídolo se llama Taika Waititi. ¿Taika quién? Yo me preguntaba lo mismo. ¿De dónde ha salido este tipo para que una ‘Mayor’ dejara en sus ‘indies’ y cuasi nóveles manos una película de 180 millones de dólares de presupuesto?

En cuanto vi 'Thor: Ragnarok' lo entendí todo. Taika Waititi se ha dejado caer en Hollywood con el mismísimo Bifrost desplegado a sus pies, a modo de alfombra roja. De padre maorí y madre europea judía, es actor, director, guionista, productor y lo que se le ponga por delante. En su Nueva Zelanda natal se le conoce mejor como adalid del noble arte de la comedia. Y comedia es precisamente lo que exuda a raudales esta nueva aventura del dios del trueno marveliano. Eso, y fiebre ochentera a tope: lloro de emoción y nostalgia con la banda sonora y la estética retro del planeta Saakar, a medio camino entre 'Flash Gordon' y 'Tron'. Solo me faltaba Queen.

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‘Blade Runner 2049’, de Denis Villeneuve: un paso transgresor hacia la inmortalidad

Elige un recuerdo, pasea por él. Bucea dentro de sus  límites e intenta encontrar la verdad que se ha ido difuminando con el paso de los años, a lo mejor confundiéndose con otros momentos. Quizás enredándose con alguna anécdota ajena o un disparate imaginado para llenar lagunas mentales. Puede que nuestra memoria construya nuestra historia y pronuncie nuestra identidad. Así lo creía, al menos, la replicante Rachel (Sean Young), la mujer idealizada, la ‘femme fatale’ de 'Blade Runner' (Ridley Scott), quien descubrió que sus recuerdos no le pertenecían. Se los habían implantado para darle humanidad, y aquello la sumió en una tristeza de la que le resultaba difícil  escapar.

La memoria, una vez más, sus confusas fronteras y los recuerdos que configuran una especie de destino vital vuelven a ser la piedra filosofal sobre la que gira 'Blade Runner 2049'.  “Lo que me enamoró del proyecto, mi aportación, se refiere a la idea de memoria ¿Son nuestros recuerdos los que nos hacen humanos?”, se pregunta el cineasta canadiense Denis Villeneuve. Y desde esa esfera existencial parte su visión del filme para  tomar un rumbo extraordinariamente audaz, libre, sin perder el horizonte del mito que supo arraigar en el imaginario de los espectadores de la primera parte.

'Blade Runner 2049' vuelve a hablar del Hombre, de aquello que le define y de su desconcierto vital, una desazón  que se propaga como un virus de manera democrática en la piel sintética de un replicante (un espejo) o en cualquier tipo de carne y hueso.

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Las 20 mejores películas de ciencia ficción de la historia del cine

'2001: Una odisea del espacio'

El pasado que regresa, el futuro que nunca llega o lo hace de forma inesperada, el miedo al vacío, a otros planetas, a otras especies. Universos ficticios tan reales como si siempre hubieran existido. La interpretación de los sueños. Las capas de la realidad. La incertidumbre. El espacio exterior convertido en miles de batallas entre buenos y malos, junto con realidades paralelas, cuartas dimensiones y vida después de la muerte. Todo eso y mucho más es la ciencia ficción, un género cuyas definiciones, en todas las disciplinas, se quedan cortas a cada minuto. Y en el cine, un espacio imprescindible para comprender su magia y su historia.

Quizás este vaya a ser el mayor riesgo que hemos corrido quienes desde hace años componemos el planeta Cinetario. Elegir una veintena de películas de entre uno de los géneros más populares del cine es una tarea a la que hemos dedicado mucho tiempo y debates. No hemos olvidado que en la mayoría de los casos es una categoría híbrida, que abre sus puertas a otras como el terror, el suspense o el thriller; y que bebe de multitud de literatura fantástica y forma parte del imaginario de varias generaciones. Somos conscientes de que muchas de las películas que han quedado fuera serán reivindicadas por nuestros lectores y así lo respetaremos.

Esta selección no deja de ser la opinión de nuestro equipo y un deseo de poner sobre la mesa la selección de aquellas películas del género conforme a varios criterios: su peso en la historia del cine, su originalidad, su innovación, pero también lo que proyectaron y desataron en nuestra vida. Es decir, también hay una vertiente totalmente personal y emocional. Por eso, os invitamos a disfrutarlo, a realizar este recorrido con nosotras y a aportar todo aquello que consideréis para que nuestro ranking también sea el vuestro y al final el objetivo sea el mismo: un homenaje sincero al cine que más ha abierto la puerta de los sueños. Allá vamos:

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A favor y en contra de 'La gran ilusión', de Jean Renoir

Cartel original de 'La gran ilusión'

Hubo un tiempo en que las guerras crecieron junto con el cine. En pleno calentamiento de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania de Hitler ya entrenaba a sus SS, el estreno de 'La gran ilusión' (1937) contribuyó a generar un llamamiento al pacifismo desde el séptimo arte que de poco sirvió, como tampoco lo haría 'El gran dictador'. La ingenuidad, amabilidad y humanismo que destilaron estas películas no pudieron frenar una maquinaria belicista imparable durante todo el siglo XX y que hizo que al final futuros cineastas como Stanley Kubrick, Oliver Stone, Steven Spielberg o Clint Eastwood no tuvieran más remedio que llamar a la paz mostrando la otra cara, la del horror, la violenta, la inhumana.

Por eso resulta un placer exquisito rescatar esta obra maestra del gran maestro del cine francés Jean Renoir. Es probable que no sea su mejor película, pero supo retratar con honestidad y originalidad el resquebrajamiento geosocial europeo que inició la Primera Guerra Mundial. Mediante las andanzas de un grupo de oficiales franceses hechos prisioneros por los alemanes durante este conflicto, Renoir quiso enterrar las trincheras, y las escenas de batallas, que ya durante el cine mudo habían sido carne de espectáculo, y ofrecernos un conjunto de diálogos y personajes entrañables a ambos lados de la contienda.

De entre los rostros de Jean Gabin (oficial francés Marechal), Pierre Fresnay (capitán francés Boieldieu) y el asombroso Erich Von Stroheim (comandante alemán Von Rauffenstein), junto con un maravilloso casting de secundarios, este relato sobre la amistad y la búsqueda de la libertad deja ver una tesis histórica mucho más importante que la parodia, la sátira y el humor de muchas de sus situaciones: que la Gran Guerra fue también el comienzo del fin de la vieja Europa, de la aristocracia de los antiguos regímenes decimonónicos. “Si son oficiales, dígales que están invitados a comer”, propugna el comandante alemán poco después de haber derribado el avión francés en el que viajan los dos oficiales.

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Disección de ‘El Gran Lebowski’: por una alfombra meada

Cartel 'El Gran Lebowski'

Una voz en off nos presenta la historia de un hombre “cuya historia merece la pena contar” mientras un salicor del desierto recorre las calles de Los Ángeles. Jeff Lebowski (Jeff Bridges) es un vago, un fracasado, un pasota. Pacifista, porrero y amante de los bolos,le gusta que le llamen ‘Nota’ (‘Dude’ en inglés), y aunque algo desarrapado e indolente en un principio, pequeños defectos (o virtudes) que le permiten ir a comprar leche para su White Russian en albornoz y sandalias, su pequeño orgullo de hombre insignificante se ve trastocado cuando un grupo de matones irrumpe en su casa confundiéndole con un millonario del mismo nombre. En realidad solo le asustan, y ahí podría haber quedado la cosa, pero hay un problema: uno de ellos se mea en su alfombra, un objeto que “armonizaba con el salón”. En ese momento y estimulado por su amigo y compañero de bolera Walter Sobchak (John Goodman), judío impostado, violento, obsesionado con Vietnam y revienta-operaciones, decide acudir a casa del otro Lebowski para exigirle daños y perjuicios.

A partir de ahí, la película compone un trazado de comedia esperpento, a ratos thriller, a ratos policiaca, a ratos friqui, a ratos sofisticada, y a ratos simplemente con elementos inconfundibles de la factoría Coen: surrealismo, gamberrismo, drogas, extorsión, chantaje, contraofertas, pornografía, arte, chapuzas y discursos muy profundos pero sin sentido. La cinta se convirtió en 1998 en una de las películas más populares y aclamadas de los hermanos norteamericanos, justo dos años después de ‘Fargo’, que les congraciaría con la Academia de Hollywood, pese a que anteriormente ya habían rodado auténticas maravillas como ‘Muerte entre las flores’. De cualquier forma, el ‘Nota’, personaje que bebía de esa filmografía anterior, se convirtió en icono de masas y la película sirvió para demostrar que en Estados Unidos existía una nueva comedia, con nombres y apellidos.

Joel David Coen y Ethan Jesse Coen son el pilar indestructible del cine mal llamado “independiente”, y el perfecto ejemplo de una estructura única de talento de familia. Aunque en ocasiones uno firma como director y otro como guionista, la realización de sus películas es bicéfala total, así como su producción, y su montaje, para los que suelen utilizar seudónimos. Su apellido es ya una marca de éxito, y su prolífica producción bebe de las fuentes del primer Woody Allen y de las comedias de Peter Bogdanovich, aunque han sabido desligarse de todo y crear su propio tipo de comedia: llana, sin demasiado artificio, cercana pero con un surrealismo o ‘marcianismo’ sutil, que han ido perfeccionando tanto que en sus últimas películas apenas se deja ver.

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