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‘Jurassic World. El reino caído’, de J. A. Bayona: superproducción de autor

El cineasta español enciende la mecha de un interesante dilema moral que tiene mucho de provocación

Se aventura en la saga con el máximo respeto hacia Steven Spielberg, pero dejando una enorme huella de su propia  personalidad cinematográfica

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Jurassic World

Bayona es un cineasta con los arrestos suficientes como para tomar riesgos en plena superproducción. Sabe cómo detonar el factor sorpresa entre las gentes que sienten haberlo visto todo desde sus butacas y como realizador, tiene un talento formidable. Es capaz de ‘darle la vuelta’ a un volcán, con furia de apocalipsis, y convertirlo en un inmenso reloj de arena que inicia su particular cuenta atrás. Toda una película.

El volcán entra en erupción en la Isla Nublar, aquel parque de atracciones temático donde campaban a sus anchas formidables especies de dinosaurio en la pasada entrega de ‘Jurassic World’ (2015). Con ello, enciende la mecha de un interesante dilema moral que tiene mucho de provocación. Es el punto de partida de la película. El Dr. Ian Malcolm (Jeff Goldblum), el brillante pelmazo que recordaba hace 21 años la Teoría del Caos, lo pone encima de la mesa en su regreso a la saga: “¿Serán el hombre y la mujer capaz de dejar que la naturaleza siga su curso para corregir la alteración que le permitió  transformarla para siempre?” O lo que es lo mismo, ¿está preparada la humanidad para rescatar a los dinosaurios de los efectos devastadores del volcán que arrasará la Isla Nublar? Porque aquellas especies pretéritas que habían dado un salto abismal en el tiempo gracias a la tecnología genética tienen, en la película, los días contados. Y Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), la doctora que dirigía con mano de hierro el parque de atracciones, acaba pidiéndole ayuda a Owen Grady (Chris Pratt), el cuidador estrella de dinosaurios, para participar en una misión de rescate que cuenta con un curioso patrocinador. Un multimillonario con nostalgia de soñador (James Cromwell, magnífico en el papel).

J.A. Bayona se aventura en la saga, como él mismo ha manifestado, con el máximo respeto hacia Steven Spielberg, el artífice y creador de la misma, pero dejando una enorme huella de su propia  personalidad cinematográfica. El ‘blockbuster’ del verano es una impecable producción llena de ritmo, con los toques precisos de humor inteligente y en la que  se abre una falla para distanciar dos partes claramente diferentes en la película.

Así, el espectador toma asiento y se lanza hacia la primera mitad del metraje para disfrutar de unas  secuencias trepidantes, muy bien narradas, visualmente arrolladoras. El avance de la lava por toda la isla, que inicia una implacable persecución de las criaturas prehistóricas y de los humanos que quieren cazarlas, se convierte en un fascinante juego de imágenes amenazadoras. Son escenas de acción vibrante que solamente encuentran un límite ante una particular estampa. Y es que la película toma aire gracias a una estremecedora secuencia que funciona como una especie de ‘fundido sostenido’. En él se recorta la silueta de un braquiosaurio (aquel majestuoso dinosaurio de cuello largo) apenas visible por el humo y el caos que hay a su alrededor. Sucede entonces una imagen poética, triste y de enorme belleza que ya forma parte del imaginario colectivo de los fans de la saga.

Un cambio de registro

El escenario queda listo para dar paso a la segunda parte donde la película cambia radicalmente de registro y, en algunos momentos, también, parece ofrecer signos de agotamiento. Es el capítulo donde el espectador comprende, hasta las últimas consecuencias, el lado oscuro con mensaje comprometido que puede llegar a encerrar ‘Jurassic World’. Aparece el villano que mejor da en cámara en nuestros tiempos, la codicia desmedida, y además, encontramos buenas interpretaciones como la del inquietante Toby Jones. Reserva también cierto hechizo porque a estas alturas del metraje llegamos a disfrutar de imágenes melancólicas que cuentan con el poder de invocar a cierto terror mágico de otros tiempos, de otros relatos.

La película es un espectáculo muy completo, aunque si hay que ponerle un pero, diríamos que el romance se nos queda demasiado corto. Aunque cuando se deja ver lo hace con cierta clase. Aquella que recuerda, de algún remoto modo, los mejores tiempos de las comedias basadas en las guerras de sexo. Ahí está la despedida, con retranca viperina, que se marca Owen para dejar sin palabras a Claire: “Si no logro volver, recuerda, tú me hiciste venir”.

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