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‘Ralph rompe Internet’, de Rich Moore y Phil Johnston: inteligencia digital

Más allá de un universo superpoblado por marcas, esta nueva entrega de Disney es una película sobre la amistad que no se anda con rodeos

Sus personajes se expresan con naturalidad, sin complejos ni empalagos, en un fiel reflejo de la camaradería

Ralph rompe Internet

Era cuestión de tiempo. Alguien tenía que viajar por su imaginación para dar con el paradero de Internet e inventarle un aspecto animado. La factoría Disney ha realizado su particular descubrimiento del espacio virtual donde pasamos buena parte de nuestro tiempo. Y el resultado es espectacular. Al recrear la red, en la película ‘Ralph rompe Internet’, ha pintado una imagen de ciudad futurista frenética, caótica, pero también arrebatadora. Una megalópolis surcada por autopistas de correos electrónicos y poblada por rascacielos flotantes, sedes de las redes sociales más célebres, las webs más visitadas y los buscadores más frecuentados.

En cualquier caso, es el marco ideal para seguir las andanzas de una conocida pareja de amigos, Ralph (voz de John C. Reilly) y Vanellope (voz de Sarah Silverman). Para quienes no tuvieron el placer de conocerles hace algunos años, son los protagonistas de ‘¡Rompe Ralph’!, nominada a la Mejor Película de Animación en los Premios Oscar de la Academia de Hollywood del año 2012.

En esta ocasión, el ‘malote que no quiere serlo’ y la pequeña corredora de carreras electrónicas se embarcan en una nueva aventura de dimensiones digitales. Colándose primero por un router para escapar de los viejos videojuegos en los que viven, sumergiéndose en Internet y entrando en eBay, donde se endeudarán hasta las cejas al comprar un repuesto para una de sus máquinas. En ese nuevo territorio les pasará de todo: se toparán con un simpático spam que les llevará a los bajos fondos para hacerse con un virus; conocerán a una auténtica heroína del asfalto, curtida en un videojuego online y cada vez que se vean en apuros, acudirán a su particular oráculo, un motor de búsqueda con pinta de empollón.

Ralph rompe Internet

Más allá de los confines de este fascinante universo, superpoblado por marcas y referencias a la Red, ‘Ralph rompe Internet’ es una película sobre la amistad que no se anda con rodeos, que se expresa con naturalidad, sin complejos ni empalagos. Porque la relación entre Ralph y Vanellope es un viaje de ida y vuelta donde sucede de todo: se enfrentan desde las trincheras del egoísmo más absoluto, entran en barrena cuando se desatan los celos descontrolados. Pero también dejan al descubierto, como quien no quiere la cosa, esa sintonía mágica, única, muchas veces inexplicable que produce la compañía de una persona determinada. Este retrato de la camaradería muestra, además, una reivindicación del espacio propio que resulta rematadamente original en un producto para el entretenimiento diseñado, a priori, para niños.

Sin embargo, muchos encontrarán que lo mejor del espectáculo se cifra en el corrosivo sarcasmo que destila su sentido del humor. Un humor que no deja títere con cabeza cuando se detiene ante las nuevas formas de tiranía impuestas por la Red. Con un par de guiños, soltados con clase y algo de mala leche, pone en evidencia la histeria colectiva que se propaga por el universo de las interacciones en las redes sociales. Todo queda retratado con astucia: desde la esclavitud en la que se enredan los que quieren atesorar el mayor número de Corazones / ‘Me gusta’  (y les va en ello la autoestima), pasando por el entretenimiento absurdo de los vídeos que llenan el vacío de un aburrimiento casi existencial… Hasta el estrés desbocado que produce mantenerse en lo más alto, en la élite de las publicaciones virales. Huracanes de entusiasmo y reconocimiento, en definitiva, que duran un suspiro y producen falsos espejismos de popularidad.

La película también brinda un divertido y necesario canto a la libertad. El que entonan las princesas Disney (al fin inteligentes , seguras e ingeniosas) para contarnos que los tiempos han cambiado. Ha llegado el momento de librarse del rancio ‘colorín colorado’ donde “hombres grandes y fuertes” aparecen, providencialmente, “para solucionarlo todo” y redimirlas de su desgraciada existencia.

Su destino y el ‘selfie’, por fin, es cosa de ellas.

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