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A favor y en contra de ‘El guateque’, de Blake Edwards

Dos críticas contrapuestas sobre una de las comedias más admiradas de todos los tiempos: ¿genialidad o simples gags?

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El guateque

A favor: la comicidad de un genio

‘El guateque’ es mucho más que una película. Es optimismo en estado puro, alegría de vivir que nace del absurdo, de un universo alocado que se sale de su órbita psicodélica para anclarse en nuestra memoria, en nuestro Olimpo de películas imprescindibles. Allí, alterando nuestra percepción del espacio, del tiempo, y del sentido común, echó raíces esa casa automatizada de Hollywood, donde sitúa su acción. Donde tiene lugar una desenfrenada fiesta en la que se lo pasan en grande (o no tanto) camareros borrachos, productores que no soportan a la parienta, bellas italianas de gula insaciable, elefantes coloristas y pollos asados con un punto retozón. Y por supuesto, donde se encuentra el protagonista más divertido de la historia del cine, Hrundi V. Bakshi: el educado, optimista, ceremonioso, pesado, torpe e inocente hindú interpretado por Peter Sellers. Un pobre diablo que intenta hacerse un hueco como estrella de Hollywood con las maneras de un arma de destrucción masiva. 

Heredero del humor de los Hermanos Marx y de las películas que protagonizaron bajo las órdenes de Leo McCarey, ‘El guateque’, de Blake Edwards, es la esencia del cine. Puro lenguaje visual y gestual. Edwards logra un magistral ‘tempo cómico’ haciendo uso de tomas largas llenas de ocurrencias inesperadas, con gags y diálogos impresionistas de acento cínico. Cada plano, cada secuencia, cada diálogo están llenos de potencial cómico y de una mirada sarcástica que dirige hacia el mundo de Hollywood y sus habitantes.

El guateque

Toda la película es una sublime tontería, pero resulta tan demoledoramente divertida, que nunca deja de sorprender, aun cuando nos hayamos muerto de la risa, muchas veces, con las torpezas del protagonista. Hay tantos momentos memorables que cuesta resaltar algunos para dejar de lado otros. Es especialmente brillante la secuencia en la que Hrundi se pone a enredar con el cuadro de mandos que dirige la ‘casa inteligente’ (esa gallina retransmitida a través del altavoz). O el momento en el que un tenedor, mal hincado, le da alas a un pollo que vuela, de una manera completamente inverosímil, hasta lo alto de un moño. O aquella ‘cruel’ escena en que Hrundi, apremiado por unas ganas irresistibles de orinar, tiene que guardar las formas, de una manera muy retorcida, mientras la guapa francesa, que le hace ojitos, termina su interpretación musical. 

El humor de ‘El guateque’ es capaz de poner el mundo patas arriba, de tal manera que, por obra y gracia de otro sortilegio psicodélico, Hrundi deja de ser ese patoso de solemnidad que todos creemos ver. Es más bien el universo que le rodea el que parece haberse confabulado contra ese pobre diablo de buenas intenciones. Así, un tropel de invitados decide ir al cuarto de baño cuando él necesita aliviarse con urgencia; el papel higiénico, ante su presencia, cobra vida hasta soltar lastre o su zapato se le escapa y vive mil y una aventuras acuáticas que finalizan cuando es servido como un entremés.

La grandeza cómica de esta película no hubiera sido posible sin la presencia del actor británico que la protagoniza, Peter Sellers. Se nos hacen inolvidables su actitud complaciente, sus movimientos y gestos de disimulo, pausados, exagerados, conscientes; sus miradas aumentadas por la sorpresa o el bochorno; o su gesto crispado cuando se ve enredado en una situación incómoda. Woody Allen dijo, en una ocasión, que Peter Sellers poseía “la comicidad de un genio”. Y no podemos estar más de acuerdo porque el actor cuenta con una capacidad, inexplorada por otros actores, de adentrarse en un sinfín de papeles. Lo hace de la mano, principalmente, de su prodigiosa habilidad para imitar acentos, pero también para perderse, físicamente, en la piel de una multitud de personajes paródicos o inventados. Como siempre, Sellers tiene la capacidad de extraer una interpretación imposible e inesperada de cualquier virtuoso de la torpeza, de cualquier hijo del disparate.

El guateque

Más de una vez hemos acudido a la fiesta de Blake Edwards para alejarnos de nosotros mismos y del mundanal ruido. Más de una vez hemos soñado con vivir, para siempre, en ese eterno estado de jolgorio, tan simplón, pero tan creativo y lleno de vida. Es lo más parecido que hemos encontrado al paraíso en la tierra. Un territorio donde la risa que te invade es tan irracional, tan pura y absurda, que no sólo nos distingue de los animales, como nos diría Hrundi, sino mejor aún, de los tristes mortales.

En contra: plastificada sucesión de gags

 No vamos a decir que ‘El guateque’ no tenga su gracia. Es más, posee un componente de humor sesentero que hasta podríamos calificar de ‘fashion’, con ese toque de culto pictórico con el que Blake Edwards supo plastificar la mayoría de sus películas. Sabemos que hoy en día es muy difícil encontrar comedias de este tipo, dotadas de elegancia en forma y fondo. El sentido de la risa cambia junto con las generaciones y actualmente es lo irrisorio, lo políticamente incorrecto y lo bestia lo que más hace desternillarse a las grandes masas, entre las que nos incluimos. Pero por aquello de la exclusividad, solo en este plano, el de la sofisticación, destacamos la contribución de esta película a la historia del cine.

Mas allá poco hay. Se trata de una sucesión de gags que recaen, hasta bien entrado el final, en el personaje principal de Hrundi V. Bakshi, actor hindú que acude a una fiesta por error, encarnado por el fantástico Peter Sellers, fetiche del cineasta, cuya capa facial de betún no podemos dejar de apreciar todo el rato sin que todavía comprendamos a cuento de qué tal caracterización. El caso es que a su chepa arrastra durante la película todas las surrealistas situaciones que él mismo provoca o le vienen dadas, desde que cruza la puerta del piso hasta la gran bacanal espumosa de su desenlace. Son como pequeños cortometrajes que bien podrían ser independientes, y que no necesitan de una trama argumental ni para comprenderlos ni para justificarlos.

Es decir, no captamos ningún trabajo especial en el guion, y eso es algo que nos cuesta perdonar en las comedias, tras habernos entrenado durante años con los clásicos de Billy Wilder y Howard Hawks, con personajes ensartados entre diálogos alocados, agudos y absolutamente perfectos. Por eso todavía nos cuesta también comprender que fueran tres los guionistas del filme.

El guateque

Es muy curioso que, precisamente, los miles de admiradores de ‘El guateque’ vean este argumento como algo positivo, por aquello de regresar a la esencia muda de los primeros constructores del ‘sketch’ cinematográfico: Charlot, Harold Lloyd o Buster Keaton. No es nuestro caso. Estos cumplieron el papel que les tocaba en su época, y si se les homenajea resulta anacrónico hacerlo en color y a golpe de las retro-partituras de Henry Mancini. La mezcla al final queda algo friqui: parodias del ‘slapstick’ mezcladas con pausadísimas y lentísimas escenas de “situación”.

Siempre que nos detenemos entre las secuencias ya antológicas de esta película, como la entrada al apartamento a través de la pequeña piscina, el camarero cada vez más borracho, el caos en el cuarto de baño o el barullo final, no pasamos de la media sonrisa. Y no es que solo nos guste que fuercen más nuestra máquina de reír, es que llega un momento en el que el intruso, el no invitado, nos cae hasta un poco gordo en su pavi-sosez aunque le perdonemos gracias a la mímica de un Sellers al que no podemos dejar de recordar en la multipolaridad de ‘¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú’ o en su torpeza, mucho más indómita, como el inspector Clouseau de las cinco entregas cinematográficas de ‘La pantera rosa’.

Cuando Blake Edwards falleció, ‘El guateque’ fue una de las películas más repuestas en televisión para homenajearlo y recordarlo. Tampoco es extraño, porque se trata de puro entretenimiento, sin más. Pero bizqueamos un poco ante la falta de proyección, salvo contadas excepciones como la maravillosa ‘Desayuno con diamantes’, de sus mejores tragicomedias como ‘Días de vino y rosas’, ‘Operación Pacífico’ o ‘La carrera del siglo’. Pero en fin, una fiesta es siempre mucho más atrayente, más visual, menos complicada. Mejor dejar los dilemas morales de otras películas para cuando vengan buenos tiempos.

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