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Un día con mi trabajadora social

A las siete de la mañana, Pepa se levanta. Después de asearse y dejar dispuesta a su familia, se dirige al trabajo sobre las ocho menos cuarto.

Pepa es una profesional, como muchas otras, que trabaja en Servicios Sociales del Medio Rural de Castilla-La Mancha, en un Área con municipios pequeños, el mayor de ellos no pasa de los dos mil quinientos habitantes. Los ciudadanos que aquí viven no tienen que hacer mucho esfuerzo para marcar la distancia de seguridad por riesgo de contagio del COVID-19.

Cuando llega al despacho del municipio cabecera en el que realizan la atención, a causa del estado de alerta decretado por el gobierno y el consiguiente confinamiento preventivo, tiene que conformarse con realizar su trabajo a través del teléfono y el correo electrónico. Las visitas a domicilio están restringidas para caso de alto riesgo social.

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Agricultores más allá de sus funciones

Agricultores participando en la desinfección de municipios

Debido al actual estado de alarma, agricultores y ganaderos son dos de los sectores económicos que permanecen activos con el objetivo de asegurar el abastecimiento de la ciudadanía. Sin embargo, algunos de ellos han ido más allá de sus funciones. Muchos han sido quienes en nuestra región se han volcado en los trabajos de desinfección de las calles para prevenir los contagios por coronavirus.

En Castilla-La Mancha han aflorado varios ejemplos. Desde Socuéllamos, en Ciudad Real, nos llega la experiencia de la bodega de producción ecológica Explotaciones Hermanos Delgado quienes han compartido con este diario cómo están viviendo esta activa cuarentena.

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Luchando contra el odio y las mentiras desde mi ventana

Lo que veo desde mi ventana, o mejor, lo que veo desde mi ordenador
La reflexión es parte de una época como la que vivimos. Nuestra vida puede parecer solitaria, triste, descolorada, aunque estemos rodeados de personas. ¿Cuándo fue la última vez que nos abrazamos? ¿Cuándo fue la última vez que nos besamos?

La ventana de los periodistas es estos días el teléfono y el ordenador. Se acabaron las ruedas de prensa, se acabaron las entrevista cara a cara. La rapidez de la información que está corriendo estos días es abrumadora, la necesidad de las personas de sentirse acogidas, de sentirse acunadas en sus casas para combatir el miedo es también abrumadora.

Desde mi ventana veo mucha injusticia, todos los días. Por la falta de recursos, porque el sistema simplemente no llega a todos. Porque hay gente que se va quedando en el camino, porque viven muy lejos, porque son muy mayores, porque no saben lo que les está pasando. Porque una fiebre puede ser muchas cosas, porque la falta de aliento puede significar muchas cosas.

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El mundo educativo que anima a su alumnado: "Mañana saldrá el sol"

"The sun will come out, tomorrow" [mañana saldrá el sol]. Así empieza el regalo que nos ha hecho llegar el profesorado del departamento de Música del Instituto Blas de Prado de Camarena (Toledo). Se trata de un vídeo musical en el que, desde sus casas, interpretan la canción 'Tomorrow', del musical 'Annie'.

Con esta muestra de apoyo al alumnado y a sus compañeros de este centro educativo quieren transmitir que "a pesar de estos duros momentos de cuarentena siempre hay que recordar que mañana saldrá el sol".

Con el permiso de Carmen Fuentes (voz), Daniel Gutiérrez (cello), Víctor Cano (saxo) y Aníbal Martínez (piano), dedicamos también este vídeo a todos nuestros lectores y lectoras. 

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Desde el supermercado

"Ahora ya todo el mundo en casa, con la panza llena y la satisfacción de estar a salvo. Mientras, los sanitarios jugándosela en los hospitales y centros de salud y mis compañeros y yo esperando con incertidumbre unos síntomas mil veces relatados, esperando quién es el primero que va a caer, y mientras tanto trabajando, reponiendo las escasas existencias para que no le falte nada a nadie, pero no es suficiente... Ahora los que venís lo hacéis enfadados porque os toca salir de casa sin ganas (no pensáis que nosotros lo hacemos con miedo) y os quejáis porque "no hay de nada", algunos venís varias veces al día, a pesar de que está prohibido, pero claro, hay colas por las mañanas, por la tarde "está más tranquilo".

Con vuestro egoísmo e hipocresía nos habéis dejado tirados, y ahora nos menospreciáis porque "no hay de nada", porque no reponemos "porque no nos da la gana" o "porque nos lo guardamos para nosotros". Pues esto no ha hecho más que empezar, y habrá medidas más duras, y aun así, sanitarios, fuerzas de seguridad y sí, también nosotros, empleados de supermercados, farmacias, sector agrícola y de transporte estaremos ahí, al pie del cañón porque es nuestra obligación”.

Hay un poco de frustración en mis palabras, algo de desánimo y unas gotas de desconocimiento, mezclado con mucho miedo. Sin embargo, reconozco que no es acertado hacer una crítica general solo por unos pocos, y por eso debo daros las gracias a todos por vuestros comentarios, positivos y negativos, pues entiendo que todo el mundo lo está pasando mal estos días.

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¿Cómo estás, Garcilaso?

Algún arrebato bohemio me ha hecho detenerme muchas veces en la plaza de San Román, delante de la escultura del poeta toledano Garcilaso de la Vega. Ataviado con su espada y su pluma, pasaba los días observando el trasiego de almas que disfrutaban de la magia de las calles de Toledo. Supongo que hoy, después de una semana en estado de alarma, allí seguirá, pero la estampa será diferente.

Y digo supongo porque, desde que he interiorizado este complejo de Condesa de Montecristo, me pregunto cada día cómo estarán llevando la cuarentena mis admiradas calles toledanas y sus gentes. Aquí, desde mi ventana en la Plata 6, observo hoy cómo un torrente de agua amarga va estrechándose en el abrazo de la calle. Los edificios de torso empedrado contemplan en silencio la negrura de un cielo que se balancea al ritmo de “Les habla la policía nacional, estamos en estado de alarma”.

Atrás quedaron los retrovisores lamiendo paredes, las turistas omnipresentes, las calles apeonadas con paraguas brillantes, las despedidas de soltero. Atrás quedaron también las personas que nunca volverán. Y los bares a reventar de vida, el Antonio, el Botero, el Ludeña, toda la gente a la que ya le debías una caña y un rato. Abrazos sumidos en una deuda que crece cada día. Una deuda que pagaremos con placer y que puede que nos sirva para valorar algunas cosas que dormían en los cajones de la pereza y la rutina.

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VÍDEO | Cuando homenajear también es cosa de la Guardia Civil

Cuartel de la Guardia Civil en Humanes (Guadalajara)

Todas las noches, después de los aplausos de la tarde, los guardias civiles nos envían desde su cuartel mensajes con altavoces y nos ponen alguna canción a quienes vivimos en Humanes (Guadalajara).

El cuartel está en la parte alta del pueblo y se ve y se oye desde casi toda la localidad. En agradecimiento, nosotros desde nuestras casas les enviamos señales con nuestras linternas.

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Desde mi ventana...

Desde mi ventana no veo la pancarta porque vivimos en la misma acera, pero cuando vi la foto en los grupos de whatsapp no pude resistir la tentación de bajar a verla. Es una producción casera, está hecha con un retal de tela que parece que tiene taras en la tintada y sobre la tela ha puesto unos portafolios que protegen las hojas donde ha dibujado motivos infantiles: emoticonos, flores, un tractor, una ambulancia, un cubo de fregona, una jeringa…. Iconos que representan las profesiones, los oficios y las ocupaciones de la gente que tiene que salir de casa para cuidarnos a los demás, para cuidar la vida. Entre dibujo y dibujo, un folio con una palabra que se repite más que nada: “Gracias”. En el centro de la pancarta casera, rodeada por los dibujos y los agradecimientos, la consigna universal, el hastag más abundante en las redes: #LO VAMOS A PARAR.

Son las ventanas de una médica que hace guardias de 24 horas fuera del pueblo. No la hemos visto en la primera semana de la cuarentena, mejor dicho, no hemos visto que tuviera las persianas subidas durante la primera semana, que es el detalle que vamos interpretando como la señal de que está en casa. Pero hoy no solo estaban todas las ventanas despejadas sino que también hemos visto esta pancarta.

Así es que he decidido imaginarme su historia ¿Quién no ha jugado a imaginarse la historia de la gente que vive tras las ventanas que se ven desde la calle, desde el coche?

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Si no aplaudo es porque necesito escucharlos

Vivo en el barrio toledano de Santa Bárbara. Es un barrio antiguo, con historia. Historia contemporánea, pero historia. No es muy bonito. Es como un pequeño pueblo levantado sobre cuestas, separado del Casco Histórico por el río Tajo y con su propia vida. Después de la Guerra Civil comenzaron a asentarse aquí familias enteras de toda índole. De muchas de ellas, ahora solo quedan los abuelos. Hubo años en que el barrio tuvo muy mala fama. Cuando me mudé aquí y se lo decía a la gente que conocía, muchos me miraban raro. Pero a mí siempre me pareció un barrio ideal, muy parecido a aquel en el que me crié en Torrejón de Ardoz y a otros donde he vivido en Madrid.

Esa primera generación que se vino a vivir aquí se ha juntado en los últimos años con la de nacidos y nacidas en los años 70, que vinimos en el nuevo siglo buscando precios de la vivienda más baratos que los de Madrid u otras ciudades, cuando comenzó la burbuja inmobiliaria. Es normal ver por la calle, en las tiendas de productos frescos, en el supermercado, en las peluquerías, a gente muy mayor y gente muy joven al mismo tiempo. No hay, o al menos yo no le he visto, un vínculo muy grande entre ellos. Cada uno hace su vida. También los antiguos bares del Parque de Viguetas fueron sustituidos por otros que ahora ocupan jóvenes familias. Con el cambio climático, hasta en febrero las terrazas estaban llenas. El tapeo es excepcional. La vida es estupenda en esos momentos.

Yo no he sido muy social en este barrio. Mi trabajo es frenético, apenas deja tiempo, y durante muchos años también tuve que ir y venir de Madrid. No he tenido tiempo apenas de conocer a mis vecinos y vecinas. Sí a los de mi portal, pero poco más. A todos los que conozco son colegas de mi profesión que se han mudado aquí, pero no a la gente “de aquí”. Aún así siempre he sentido como mío el ruido del barrio. De furgonetas, de motos, de las terrazas de los bares, del tapicero, del afilador, del melonero, de los padres jugando a dejar caer los carritos de sus hijos por las pequeñas cuestas o de los jóvenes que no saben dónde meterse para darse un homenaje. Y siempre lo he observado desde el balcón y la ventana de mi salón. Tengo la suerte de vivir en un tercero, el más alto del bloque, que debido a la cuesta de la calle, es como un quinto o un sexto piso en cuanto a las vistas. Veo decenas de tejados y terrazas, y lo escucho casi todo.

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Este silencio...

Esta es mi calle de cada día, la misma que veo al levantarme y casi con el mismo aspecto. Pocos paseantes a primera hora del día en este recoveco de la judería toledana. Luego, más entrada la mañana, sí que se nota la ausencia del trasiego de los turistas que vienen y se paran justo delante de la pequeña tienda de alimentación de la esquina. Allí compran agua fresca o algún tentempié.

Hoy, esta tienda es el centro neurálgico del barrio. Aquí está la única actividad, y no sólo porque los vecinos tenemos la posibilidad de aprovisionarnos para este confinamiento que ya parece sin fin, sino, sobre todo por la intensa actividad que realizan para llevar hasta la puerta de los vecinos mayores y de todos los que están en aislamiento, las provisiones necesarias. En un rincón como éste, dónde viven muchas personas ancianas, otras impedidas que no deben exponerse al virus, es una labor impagable.

Y me impresiona sobre todo el absoluto silencio de la mañana a la noche. No se escucha el parloteo de mis vecinas octogenarias cuando van a tomar el sol hasta el mirador de la Virgen de Gracia. Tampoco el saludo de Pepe, que nos falta ya desde hace muchos días, desde que cayó enfermo mucho antes de que nos enclaustrásemos; porque Pepe, el que cada día nos saludaba en su puerta con una sonrisa e invitaba a los turistas a pasar a ver su patio que tenía impoluto, el que siempre tenía ganas de echarse una parrafada, dejó el barrio para siempre, más silencioso, más triste, menos amable. 

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