Lipedema: una enfermedad que no se cura con dieta ni deporte y que afecta mayoritariamente a las mujeres

Cristian Vázquez

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Existen problemas de salud que, pese a que afectan a mucha gente, deben esperar largo tiempo para ser valorados en su justa medida. Un buen ejemplo es el lipedema, identificado ya en la década de 1940 pero reconocido como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud (OMS) apenas en 2018.

El lipedema es una enfermedad crónica que se da casi exclusivamente entre las mujeres y que consiste en la acumulación anormal de tejido adiposo subcutáneo en las piernas (aunque en ocasiones también se produce en los brazos). El resto del cuerpo -incluidos pies y manos- no resulta afectado.

Tal acumulación genera una hinchazón o “gordura” que es simétrica en ambos lados del cuerpo y que hace que la persona tenga una silueta descompensada, pues la mitad inferior del cuerpo es más gruesa que la superior.

Se considera que existen tres grados de lipedema. En el grado I, el menos grave, la superficie de la piel es normal. El tejido adiposo es blando, pero pueden palparse algunos nódulos de grasa. En el grado II, en tanto, la piel se torna irregular y se endurece, por el incremento de la estructura nodular.

Al alcanzar el grado III, el engrosamiento de las piernas ya es considerable, y los nódulos abundan. Una de las principales consecuencias negativas del lipedema es el aspecto estético, que genera un importante malestar psicológico y social.

Pero no es solo eso. También aparece una sensación de pesadez, hipersensibilidad al dolor (lo ocasiona la menor presión sobre la piel), problemas para la movilidad y fragilidad capilar, lo cual ocasiona la aparición de hematomas de forma espontánea o ante los traumatismos más leves.

Estos síntomas se hacen más notorios a medida que la enfermedad avanza. Por lo tanto, con el paso del tiempo también empeora la calidad de vida de quienes la padecen.

Algunas cifras sobre el lipedema

Es difícil determinar a qué porcentaje de las mujeres alcanza esta enfermedad, debido a que los datos son parciales y heterogéneos y a la falta de criterios diagnósticos claros. Algunos estudios, no obstante, señalan que sufren algún grado de lipedema alrededor del 11% de las mujeres adultas en todo el mundo: es decir, una de cada nueve.

Uno de los grandes problemas relacionados con el lipedema son los diagnósticos erróneos. En muchos casos, esta dolencia se confunde con obesidad, linfedema (inflamación de los tejidos por acumulación de líquidos), lipodistrofias o insuficiencia venosa crónica, según un Documento de Consenso sobre Lipedema publicado en 2018.

Estos diagnósticos equivocados llevan a que muchas pacientes se sometan a “tratamientos inadecuados e ineficaces y, en el mejor de los casos, tratamientos sintomáticos”, señala el mismo texto.

En España, de hecho, las mujeres con lipedema necesitan una media de cinco visitas médicas para obtener un diagnóstico correcto. Así lo revela una encuesta realizada por expertos del Hospital Virgen de la Luz y de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Cuenca, que analizó datos de 463 mujeres que padecen la enfermedad.

Según ese mismo trabajo, publicado en 2020, los síntomas de lipedema comienzan a aparecer -de media- a los 18 años de edad. Casi el 80% de las pacientes probaron al menos tres tipos de tratamientos diferentes; el más utilizado fue la pérdida de peso.

Pero ese es otro problema, porque las células adiposas afectadas por lipedema tienen una respuesta casi nula a las dietas y al ejercicio físico, incluso aunque este sea intenso. Como esta forma de tratamiento no surte casi ningún efecto, suele producir frustración.

El tratamiento percibido como más efectivo -de acuerdo con la encuesta- es el uso de prendas de compresión, que modifican el aspecto de las piernas y producen una mejora en la parte estética del problema y también aminoran el dolor. Es decir, permiten paliar algunos de los síntomas, pero no atacan la raíz de la cuestión.

Causas y factores agravantes

No están claras las causas que originan el lipedema, aunque existen indicios de que involucran factores genéticos y hormonales. Estos últimos se hacen visibles en el hecho de que los síntomas “suelen manifestarse o empeorar en momentos de cambios hormonales considerables”, como la pubertad, el embarazo o la menopausia.

Así lo explica un artículo de la Asociación de Afectadas de Lipidema en España (ADALIPE), organización fundada en 2016 con el objetivo de visibilizar el problema. Al año siguiente, se reunieron expertos de distintas sociedades científicas españolas con el fin de crear una guía de práctica clínica sobre la cuestión, no pudieron hacerlo.

¿Por qué no pudieron? Pues por “la ausencia de publicaciones con evidencia científica suficiente que nos permitiesen una revisión sistemática del tema”, según ha explicado Margarita Novoa, miembro de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (SECPRE), en un artículo publicado a comienzos de este año.

Así de recientes y escasos son los estudios sobre el tema. Lo que sí pudieron editar esos especialistas fue el ya citado Documento de Consenso sobre Lipedema, publicado en 2018, casi al mismo tiempo en que la OMS daba al problema rango de enfermedad.

El Documento de Consenso apunta -volviendo a las causas del lipedema- que factores como la obesidad, la inmovilidad y la insuficiencia linfática y venosa son agravantes pero no etiopatogénicos. Es decir, no están vinculados con su origen o desarrollo.

Tratamientos contra el lidepema

¿Cuál es entonces el tratamiento más adecuado contra el lipedema? Además del uso de prendas compresivas y eventualmente también de analgésicos para reducir el dolor, se pueden algunas terapias físicas como mesoterapia, ultrasonidos, radiaciones electromagnéticas o infiltraciones.

Por otra parte, llevar una dieta saludable, mantener un índice de masa corporal adecuado y realizar actividad física también es beneficioso para las personas con lipedema, pues ayuda a reducir los síntomas -o al menos a que no aumenten- y por lo tanto mejora la calidad de vida.

Sin embargo, como explica el Documento de Consenso, en los últimos años la intervención quirúrgica “se ha convertido en la única opción definitiva de tratamiento de estas pacientes”. El método más común es la liposucción; pero se emplean técnicas de liposucción diferentes que las utilizadas con fines meramente estéticos.

Para curar el lipedema se utilizan “dispositivos que eliminan la grasa de una manera menos traumática, como la liposucción asistida por potencia (PAL, por sus siglas en inglés) con una cánula vibratoria o la liposucción asistida por agua (WAL)”. Son cirugías complejas, a cargo de cirujanos plásticos.

Por desgracia, en España estas operaciones no están incluidas en la seguridad social, pese a que ya pasaron cuatro años desde que la OMS aceptó que el lipedema es un problema de salud y no solo una cuestión de estética personal.

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Existen problemas de salud que, pese a que afectan a mucha gente, deben esperar largo tiempo para ser valorados en su justa medida. Un buen ejemplo es el lipedema, identificado ya en la década de 1940 pero reconocido como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud (OMS) apenas en 2018.

El lipedema es una enfermedad crónica que se da casi exclusivamente entre las mujeres y que consiste en la acumulación anormal de tejido adiposo subcutáneo en las piernas (aunque en ocasiones también se produce en los brazos). El resto del cuerpo -incluidos pies y manos- no resulta afectado.

Tal acumulación genera una hinchazón o “gordura” que es simétrica en ambos lados del cuerpo y que hace que la persona tenga una silueta descompensada, pues la mitad inferior del cuerpo es más gruesa que la superior.

Se considera que existen tres grados de lipedema. En el grado I, el menos grave, la superficie de la piel es normal. El tejido adiposo es blando, pero pueden palparse algunos nódulos de grasa. En el grado II, en tanto, la piel se torna irregular y se endurece, por el incremento de la estructura nodular.

Al alcanzar el grado III, el engrosamiento de las piernas ya es considerable, y los nódulos abundan. Una de las principales consecuencias negativas del lipedema es el aspecto estético, que genera un importante malestar psicológico y social.

Pero no es solo eso. También aparece una sensación de pesadez, hipersensibilidad al dolor (lo ocasiona la menor presión sobre la piel), problemas para la movilidad y fragilidad capilar, lo cual ocasiona la aparición de hematomas de forma espontánea o ante los traumatismos más leves.

Estos síntomas se hacen más notorios a medida que la enfermedad avanza. Por lo tanto, con el paso del tiempo también empeora la calidad de vida de quienes la padecen.

Algunas cifras sobre el lipedema

Es difícil determinar a qué porcentaje de las mujeres alcanza esta enfermedad, debido a que los datos son parciales y heterogéneos y a la falta de criterios diagnósticos claros. Algunos estudios, no obstante, señalan que sufren algún grado de lipedema alrededor del 11% de las mujeres adultas en todo el mundo: es decir, una de cada nueve.

Uno de los grandes problemas relacionados con el lipedema son los diagnósticos erróneos. En muchos casos, esta dolencia se confunde con obesidad, linfedema (inflamación de los tejidos por acumulación de líquidos), lipodistrofias o insuficiencia venosa crónica, según un Documento de Consenso sobre Lipedema publicado en 2018.

Estos diagnósticos equivocados llevan a que muchas pacientes se sometan a “tratamientos inadecuados e ineficaces y, en el mejor de los casos, tratamientos sintomáticos”, señala el mismo texto.

En España, de hecho, las mujeres con lipedema necesitan una media de cinco visitas médicas para obtener un diagnóstico correcto. Así lo revela una encuesta realizada por expertos del Hospital Virgen de la Luz y de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Cuenca, que analizó datos de 463 mujeres que padecen la enfermedad.

Según ese mismo trabajo, publicado en 2020, los síntomas de lipedema comienzan a aparecer -de media- a los 18 años de edad. Casi el 80% de las pacientes probaron al menos tres tipos de tratamientos diferentes; el más utilizado fue la pérdida de peso.

Pero ese es otro problema, porque las células adiposas afectadas por lipedema tienen una respuesta casi nula a las dietas y al ejercicio físico, incluso aunque este sea intenso. Como esta forma de tratamiento no surte casi ningún efecto, suele producir frustración.

El tratamiento percibido como más efectivo -de acuerdo con la encuesta- es el uso de prendas de compresión, que modifican el aspecto de las piernas y producen una mejora en la parte estética del problema y también aminoran el dolor. Es decir, permiten paliar algunos de los síntomas, pero no atacan la raíz de la cuestión.

Causas y factores agravantes

No están claras las causas que originan el lipedema, aunque existen indicios de que involucran factores genéticos y hormonales. Estos últimos se hacen visibles en el hecho de que los síntomas “suelen manifestarse o empeorar en momentos de cambios hormonales considerables”, como la pubertad, el embarazo o la menopausia.

Así lo explica un artículo de la Asociación de Afectadas de Lipidema en España (ADALIPE), organización fundada en 2016 con el objetivo de visibilizar el problema. Al año siguiente, se reunieron expertos de distintas sociedades científicas españolas con el fin de crear una guía de práctica clínica sobre la cuestión, no pudieron hacerlo.

¿Por qué no pudieron? Pues por “la ausencia de publicaciones con evidencia científica suficiente que nos permitiesen una revisión sistemática del tema”, según ha explicado Margarita Novoa, miembro de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (SECPRE), en un artículo publicado a comienzos de este año.

Así de recientes y escasos son los estudios sobre el tema. Lo que sí pudieron editar esos especialistas fue el ya citado Documento de Consenso sobre Lipedema, publicado en 2018, casi al mismo tiempo en que la OMS daba al problema rango de enfermedad.

El Documento de Consenso apunta -volviendo a las causas del lipedema- que factores como la obesidad, la inmovilidad y la insuficiencia linfática y venosa son agravantes pero no etiopatogénicos. Es decir, no están vinculados con su origen o desarrollo.

Tratamientos contra el lidepema

¿Cuál es entonces el tratamiento más adecuado contra el lipedema? Además del uso de prendas compresivas y eventualmente también de analgésicos para reducir el dolor, se pueden algunas terapias físicas como mesoterapia, ultrasonidos, radiaciones electromagnéticas o infiltraciones.

Por otra parte, llevar una dieta saludable, mantener un índice de masa corporal adecuado y realizar actividad física también es beneficioso para las personas con lipedema, pues ayuda a reducir los síntomas -o al menos a que no aumenten- y por lo tanto mejora la calidad de vida.

Sin embargo, como explica el Documento de Consenso, en los últimos años la intervención quirúrgica “se ha convertido en la única opción definitiva de tratamiento de estas pacientes”. El método más común es la liposucción; pero se emplean técnicas de liposucción diferentes que las utilizadas con fines meramente estéticos.

Para curar el lipedema se utilizan “dispositivos que eliminan la grasa de una manera menos traumática, como la liposucción asistida por potencia (PAL, por sus siglas en inglés) con una cánula vibratoria o la liposucción asistida por agua (WAL)”. Son cirugías complejas, a cargo de cirujanos plásticos.

Por desgracia, en España estas operaciones no están incluidas en la seguridad social, pese a que ya pasaron cuatro años desde que la OMS aceptó que el lipedema es un problema de salud y no solo una cuestión de estética personal.

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Existen problemas de salud que, pese a que afectan a mucha gente, deben esperar largo tiempo para ser valorados en su justa medida. Un buen ejemplo es el lipedema, identificado ya en la década de 1940 pero reconocido como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud (OMS) apenas en 2018.

El lipedema es una enfermedad crónica que se da casi exclusivamente entre las mujeres y que consiste en la acumulación anormal de tejido adiposo subcutáneo en las piernas (aunque en ocasiones también se produce en los brazos). El resto del cuerpo -incluidos pies y manos- no resulta afectado.