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¿Es recomendable usar productos con lejía para lavar frutas y verduras?

Cada vez es más frecuente la comercialización de lejía diluida para lavar alimentos

Respondemos a la pregunta de Gema, lectora y socia de eldiario.es 

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Foto: Jacqui Sosa

Foto: Jacqui Sosa

Gema, lectora y socia de eldiario.es no escribe el siguiente texto en un correo electrónico: "últimamente algunos supermercados están ofreciendo un producto para lavar en casa frutas y verduras. Lo he probado y tiene un olor claro a lejía. Pero en su web afirman que a diferencia de la lejía, se fabrica a partir de un cloruro sódico de elevada pureza mediante un proceso de electrólisis. Quisiera saber si este producto es recomendable, si se justifica el alto precio que tiene. Y que otros métodos de lavar vegetales son recomendables y seguros".

Hemos omitido el nombre de la marca comercial del producto que citaba Gema en su texto debido a que no es el único en el mercado con similares funciones y entendemos que ella nos pide hablar en general de si conviene o no lavar las frutas y verduras para consumir crudas con químicos comerciales.

Por lo pronto dejar claro que sí este tipo de productos se encuentran en supermercados es porque han pasado los controles preceptivos y están aprobados por las leyes españolas y europeas referentes a la seguridad alimentaria. De hecho la Agencia Española del Consumo y la Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) recomienda en su página web: "si vas a comer fruta cruda con piel, verdura cruda (lechuga, espinacas…) o verdura cruda con piel (pepino) sumérgelas durante 5 minutos en agua potable con 1 cucharita de postre de lejía (4,5 ml) por cada 3 litros de agua. Después acláralas con abundante agua corriente".

Seguidamente en el mismo documento AECOSAN matiza que "la lejía debe estar etiquetada como 'apta para la desinfección de agua de bebida'", lo cual nos da indicación de que no sirve cualquier lejía. A este respecto cabe recordar que la lejía es un potente desinfectante formado a partir de hipoclorito sódico, con gran poder abrasivo y que se utiliza para limpiar y blanquear ropa. Según puede leerse en la página web de una de las empresas que comercializan lejía para lavar frutas y hortalizas, "la lejía convencional contiene agentes alcalinizantes como la sosa caústica e impurezasa residuales".

Esta marca, y muchas otras, intenta desligar su producto del concepto que tenemos de la lejía, asociado a la limpieza y a numerosas precauciones por tu potente poder abrasivo. Nos asegura que "se fabrica a partir de un cloruro sódico (sal) de elevada pureza mediante un proceso de electrólisis que utiliza: baja corriente eléctrica con bajo flujo de iones, lo que consigue una parcial conversión a hipoclorito (NaClO)".

Después añade que "[el proceso de fabricación] utiliza un sistema a base de células de grafito, lo que hace que la calidad sea farmacéutica aunque con una rentabilidad baja, con lo que el coste de producción es muy superior al de otros métodos industriales". Pero al fin y al cabo el producto que se obtiene es lejía, al menos tal como lo entiende AECOSA, con el matiz de que es "apta para la desinfección del agua de bebida".

Si bien según el DRAE, lejía es "una solución de sales alcalinas en agua que se utiliza para la limpieza y la desinfección doméstica", por lo que este tipo de productos podrían acogerse desde el punto de vista académico de la definición clásica de lejía. De todos modos, ello no hace a este tipo de soluciones menos peligrosas si no se toman las precauciones preceptivas y se sigue el método correcto, y de hecho en el apartado de preguntas frecuentes de otra de las marcas puede leerse: "Accidentalmente ha ingerido el líquido ¿qué puede hacer?: En caso de ingesta accidental, llamar al teléfono 91-5620420 (Servicio Médico de Información Toxicológica)".

¿Es aconsejable usar estos productos a base de lejía?

Los fabricantes de este producto aseguran que diluyendo 50 mililitros de su producto en 2,5 litros de agua -aproximadamente las mismas proporciones que aconseja AECOSAN- durante quince minutos, se consigue eliminar la práctica totalidad de gérmenes capaces de causarnos una infección. Desde Pseudomonas aeruginosa a Staphyllococcus aureus,  pasando por Klebsiella psnuemoniae  y por supuesto Escherichia coli, así como virus de la hepatitis A, B y C (solo la A puede contraerse vía alimentos contaminados, pero se incluyen las tres) y el hongo Candida albicans presentan certificaciones sobre la eficacia de su producto a la hora de erradicar estos patógenos.

Sobre la posible peligrosidad que justifique su uso, explican que AECOSAN vela para que normalmente se garantice que los productos hortofrutícolas llegan a la tienda en las condiciones perfectas para su consumo; no obstante, "a veces existen circunstancias accidentales en las que los alimentos pueden llegar a contaminarse, como son:

  • La contaminación accidental del agua de riego debida a la sequía o a la posible filtración de aguas procedentes de pozos sépticos o aguas fecales.

  • Un eventual uso de abono orgánico sin tratar puede contaminar las aguas de riego.

  • La posibilidad de contacto de las frutas y verduras con el suelo, insectos u otros animales.

  • El traslado de los productos de las cámaras de conservación en frío al punto de venta. La conservación en cámaras frigoríficas a 4°-6° centígrados evita que las hortalizas se deterioren durante un determinado tiempo, pero no evita la presencia de bacterias. En el momento en que las frutas y verduras salen de la cadena de frío y se someten a temperatura ambiente las bacterias recuperan su capacidad de crecimiento.

  • A pesar de que se recomienda utilizar guantes al manipular frutas y verduras, estas se manosean con frecuencia en busca de la “mejor” pieza."

Son posibilidades que no dejan de ser ciertas, aunque como la mayoría de nosotros habremos experimentado, son sumamente remotas, en gran parte gracias a los controles y las normativas tanto europeas como estatales. Es decir que estos productos y marcas recurren al alarmismo, o si se quiere al exceso de celo, para vender su producto, que sin duda es una aportación adicional a la desinfección para estar 100% seguros.

Razones para no usarlos

A pesar de la recomendación de la AECOSAN y aun reconociendo la eficacia y la inocuidad -siempre que se empleen correctamente, de estos productos- existen una serie de razones poderosas para no hacer uso de ellos a no ser que estemos en condiciones excepcionales, como una epidemia infecciosa por una partida no controlada -la crisis del pepino de 2011- o bien que vayamos a consumir fruta o verdura directa de una huerta doméstica no comercial de la que desconocemos detalles como el agua de riego, si se han usado abonos orgánicos, etc. En los citados casos, el uso de lejía diluida puede ser una medida sensata.

Sin embargo su empleo por sistema tiene dos inconvenientes: el primero es que el lavado de las hortalizas y la fruta -especialmente durante quince minutos y posteriormente con la aplicación de otro lavado para retirar la lejía- produce una importante merma de vitaminas hidrosolubles, que hace perder calidad nutricional al producto, tal como explicamos en Cómo cocinar para perder el mínimo de vitaminas de los alimentos.

El otro inconveniente es que no es malo comer alimentos llenos de bacterias, tal como se explica en este y este artículo. El motivo es que de este modo aportamos elementos de renovación a nuestra flora intestinal, de modo que sea más sana y diversa. En Nueve razones por las que amarás a tu flora intestinal sobre todas las cosas te explicábamos la importancia que tiene la llamada microbiota, como si fuera un órgano más de nuestro cuerpo.

Hay una conexión real entre nuestro cerebro y nuestro intestino que se alimenta de las bacterias, virus, parásitos y hongos que entran con nuestra comida. Por lo tanto, al tomar por sistema medidas sépticas como el uso de lejías para limpiar frutas y hortalizas, eliminamos riesgo de contaminaciones  pero empobrecemos nuestra microbiota, aumentando así el riesgo de padecer consecuencias como aumento de alergias, enfermedades autoinmunes o incluso diabetes de tipo 2. Así que debemos evaluar qué riesgo preferimos asumir.

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