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Libertad de prensa, sí; respeto y responsabilidad, también

Gustavo Petro, candidato a la presidencia de Colombia.

Vivo en Alemania y cuando me quiero informar sobre lo que sucede en Colombia o cualquier país de la región, prefiero hacerlo a través de los medios locales más que los internacionales. Creo que son finalmente estos los que están en medio del suceso.
Soy consciente  que el estilo periodístico colombiano dista mucho del de otros países, sobre todo del alemán, algo que también tiene que ver con un asunto cultural y puede a uno gustarle o no. Sin embargo, lo que tuvimos que soportar quienes queríamos informarnos a través de los medios de comunicación colombianos durante las elecciones presidenciales de ese país fue, lamentablemente en varios casos, una experiencia aberrante.

Es la labor del periodista la de cuestionar las acciones y proyectos de los políticos. Su función es llegar hasta la raíz del asunto. Una entrevista debe por eso contener preguntas atrevidas o fuertes, lo que permite en el mejor de los casos que todos podemos estar mejor informados. La idea finalmente es destapar la verdad, lo que entonces convierte al periodismo casi que un activista de Derechos Humanos.

Sin embargo, lo que se vio en Colombia fue un ataque vergonzoso al candidato de izquierda que casi dolía verlo por el grado de humillación al que se lo quería someter. Me sentí profundamente indignada y también yo misma maltratada y es por eso que escribo.

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El PSOE en el gobierno ¿de qué cambio estamos hablando?

Hemiciclo del Congreso de los Diputados

La salida del PP y la entrada del PSOE en el Gobierno ha generado, en ciertos sectores sociales, la esperanza de que se ponga fin al autoritarismo de los últimos años y se encuentren soluciones democráticas a los dos grandes problemas que vive España. En lo nacional, la cuestión catalana y en lo social, la precariedad vital de muchos derivada el modelo neoliberal salvaje inspirado en las orientaciones que vienen de la UE. Sin embargo, ninguno de estos dos problemas va a encontrar una salida democrática con el PSOE, puesto que ambas cuestiones forman parte de lo que llamaremos el campo de acción política cerrado.

España es un sistema político mixto con espacios de autoritarismo y de democracia liberal solapados, o dicho de otra manera, un sistema donde hay dos campos de acción política superpuestos. Un campo de acción cerrado donde el Estado opera como estructura autoritaria sin división de poderes y uno abierto donde opera como democracia liberal con división de poderes. Veamos primero que entendemos por división de poderes para detenernos, luego, en cada uno de estos dos campos.

La división de poderes. A diferencia de lo que suele decirse, la división de poderes no hace referencia a la simple “separación” o existencia de tres poderes, sino a la “desconcentración” de poder, que son cosas totalmente distintas. Lo que más preocupaba a Montesquieu cuando sentó las bases de esta teoría no era la simple división del poder en tres esferas, él era consciente que la mera existencia de tres poderes no paliaba, necesariamente, que uno de esos poderes terminara por ocupar una posición dominante frente al resto y anular la posición de los demás. A modo de ejemplo, durante el siglo XIX en Europa, existían tres poderes, sin embargo se daba una dura lucha entre absolutismo (Ejecutivo) y Parlamentarismo (Legislativo) por la soberanía, preeminencia o concentración de un poder sobre el otro, para convertirse en poder absoluto. A la vez que el sistema judicial se configuraba como un poder subsidiario o instrumental sin capacidad de control. Así pues, la existencia de tres poderes no evitó muchos momentos de concentración del poder en una rama del Estado, el Ejecutivo o el Legislativo, que actuaba como poder autoritario sin límites imponiéndose sobre el resto y vulnerando derechos a los ciudadanos.

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Sobre las contradicciones del fascismo y las contradicciones propias

Parece que el fantasma vuelve a recorrer Europa. A veces a ese fantasma lo llamamos fascismo, otro totalitarismo, ultraderecha, neo-fascismo, populismo de derechas y de otras tantas maneras según lo creativos que nos pongamos. Siempre nos cuesta ponerle nombre. Nos asustamos primero y luego nos sumergimos en debates sobre qué es realmente el fascismo. Este es un movimiento bastante lógico porque, mientras discutimos sobre qué es eso que nos da miedo, retrasamos el momento de enfrentarlo. Además, quizás al diseccionarlo descubramos que no estamos ante verdadero fascismo, quizás podamos concluir que "la cosa" sólo era un poquito fascista. Tenía unos elementos y no otros, así que es tolerable. No habría por tanto nada de lo que preocuparse.

El problema es que el fascismo rara vez respeta su propia ortodoxia. Como sostiene Žižek, “en todo verdadero fascismo encontramos elementos que nos hacen decir: «Esto no es puro fascismo»”. Al fascismo lo caracteriza un discurso completamente contradictorio. Una sucesión hipócrita de consignas que se contradicen constantemente.

Como muy bien señalaba Gabriel Moreno hace unas semanas, el primer ministro italiano, Matteo Salvini, se permite el lujo de declararse católico y a la vez “cerrar los puertos de su país a barcos repletos de seres humanos”. Para este autor, los fascistas parecen aquejados de una constante hipocresía: dicen defender el Estado de Derecho mientras lo destruyen, dicen defender los derechos sociales mientras se los niegan a quien creen conveniente.

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A Oriol, el ingenioso hidalgo

En un lugar de Estremera, cuyo nombre prefiero no recordar, no ha mucho tiempo vive un hidalgo de los de lanza en astillero. Hombre de ancho pecho y buenas maneras, Oriol por nombre lleva y de familia, Junqueras. Como sabedor de la tradición conoce que el destino del hidalgo es la derrota; lo contrario es cosa de otras gentes, de los importantes, de los ricos, del gentleman que explota. El burgués sabe triunfar y de éxito coronarse, siempre limpio el traje, sin marca de espada las manos, de elogios busca hartarse. Oriol, en cambio, vive en la inopia, del amor un olvidado, tenido por loco y rodeado en su celda por fantasmas, que no es poco. Cierra los ojos el hidalgo noble de Barcino, su mirada recorre el mundo y triste piensa que su destino habría de ser otro.

Porque Oriol ha equivocado la tierra. Nació donde la hidalguía, el heroísmo y el martirio hoy se olvidan; mientras la astucia, la estrategia, la pulcritud, por útiles, en mejor altar anidan. Oriol tiene su espejo inverso, y es ese reflejo y no él quien dirige los destinos de la tierra, el que es admirado, obedecido y ensalzado. Oriol, con injusta suerte, yace encerrado. Mientras en tierra extranjera su alter ego es llamado President y coronado con guirnaldas y hasta virreyes tiene; Oriol respira el olor del olvido que hasta Castilla viene. No es raro que así sea, tal vez ni él consciente fuera, pero Oriol es de hechura demasiado castiza para ser amado o tenido por profeta en su tierra austera. De Castilla podrá decirse todo, de lo bueno y de lo malo, pero es cierto que, por querer lo viejo, a hidalgos y también truhanes ha admirado; es tierra de cantos caballerescos, de esos oxidados, pues mientras en las tierras de Oriol triunfaba el mercader arrollador, los castellanos seguían pensando en gestas de añejo esplendor.

Hoy Oriol, que lleva una en el cuerpo, que es un héroe sin ninguna condición, ha, sin embargo, errado el pueblo para el que pide liberación. Porque si Oriol en vez de cargar señera tuviera por blasón un castillo y un león, seguro que hasta Estremera irían muchos en procesión. ¡Cómo envidia la tierra sin mar la suerte de la Cataluña perseverante que a Junqueras parió y su talante! Castilla en cambio enrojece de pudor porque su hidalgo, nacido en el dolor, cae en traición mudando villa por mansión. Empero, en la tierra del norte, donde la torpe hidalguía ha tiempo no causa fervor ni compasión, Oriol es olvidado y la victoria del astuto entraña admiración. El que se entrega es eclipsado por quien con truco puso pies en polvorosa, mientras él está cautivo en una celda dolorosa.

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'La manada': Una libertad muy cuestionada

Uno de los lemas de la concentración que clama contra la actuación judicial en el juicio contra "la manada".

Nuestro ordenamiento jurídico prevé la prisión provisional en demasiados casos y supuestos, de tal manera que el artículo que regula esta medida cautelar -503 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal- es extenso y farragoso.

Tratándose de una medida excepcionalmente necesaria, habida cuenta de la importancia que como valor superior de nuestro ordenamiento tiene la libertad personal, los jueces deberían acordar la libertad de forma general y en situaciones muy peculiares, aisladas y singulares han de motivar mínimamente las resoluciones que acuerden la prisión provisional, a la espera del resultado del juicio oral contra el investigado, encausado o acusado. Es decir, responde al cumplimiento de una doble exigencia: el respeto a la presunción de inocencia y al derecho fundamental a la libertad personal.

Desde hace años muchos venimos reclamando unos estándares aceptables acerca de esta figura de la que se ha abusado y se abusa en nuestro país. Las cárceles están desbordadas y no parece muy justo que haya un gran número de presos preventivos a la espera de juicio, cuando les asiste el derecho a la presunción de inocencia. Vemos desde hace tiempo que los jueces se esfuerzan más en motivar un auto de libertad que el de prisión provisional en un sistema -art. 503 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal- que parece acoger como norma la prisión provisional en perjuicio del derecho fundamental a la libertad personal.

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Frente al despotismo urbano, comunalizar la ciudad

Movilización en Barcelona contra la especulación

Frente a la emergencia habitacional y a la inexistencia de un parque de vivienda social en Barcelona, distintas entidades sociales de la ciudad han impulsado una moción en el Ayuntamiento para ampliar el parque de vivienda asequible en la ciudad. Esta moción se ha aprobado con un amplio consenso en el pleno municipal de febrero del 2018. Sin embargo, en las últimas semanas la presión ejercida por los promotores inmobiliarios ha puesto en peligro la modificación del Plan General Metropolitano que garantiza la aplicación real de esta medida.

Gracias al liderazgo de los movimientos sociales,  finalmente se ha aprobado el pasado 18 de junio la obligación de dedicar un 30% de las nuevas construcciones y rehabilitaciones a viviendas sociales. Esta aprobación demuestra que frente a los lobbies inmobiliarios y a las lógicas partidistas la ciudadanía organizada puede transformar las reglas del juego y responsabilizar los sectores privados cómplices de la emergencia habitacional que vivimos. ¿Quién es legítimo en la ciudad para tomar decisiones? ¿Es posible legislar y crear nuevas leyes garantistas desde afuera de las instituciones políticas? ¿Qué ciudad queremos, por quien está hecha y para quién?       

En los últimos días, los representantes de los promotores inmobiliarios han expresado en distintos medios su inquietud frente a esta moción: la medida paralizaría el sector y el país y tendría un efecto negativo sobre el precio de las viviendas. Otra manera de considerar el asunto es estimar que los promotores ya se pueden dar por más que satisfechos con el 70% de las nuevas construcciones que les queda para poder especular. Podríamos así considerar que en realidad el 100% de las nuevas construcciones pertenece a la ciudad en su conjunto. Pertenece a las obreras y a los obreros que construyen las obras, a las mujeres que sostienen la reproducción de la vida, a las familias que menos recursos tienen y ni siquiera pueden acceder a una vivienda digna.

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Un fantasma recorre Europa: la hipocresía

Matteo Salvini, el fulgurante líder de la Liga Norte y nuevo Ministro italiano del Interior, se considera a sí mismo católico y aparece en los mítines con un rosario en la mano. Una mano que, a su vez, no le tiembla al cerrar los puertos de su país a barcos repletos de seres humanos y al alegrarse, sin ocultarlo, de quitárselos de en medio como si de un triunfo deportivo se tratara. Sin embargo, su tocayo de hace más de dos mil años, el evangelista Mateo, recogía así las palabras de quien es considerado por el catolicismo, la religión que Salvini dice profesar, como el mismísimo hijo de Dios: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis” (Mt 25:35).

En general, este patrón de contradicciones insalvables e hipocresía manifiesta se repite a lo largo y ancho de toda la extrema derecha europea. Desde los confines de la Rusia occidental a los grupúsculos de franquistas españoles, pasando por el Frente Nacional de Le Pen o por la AfD alemana, el neofascismo del viejo continente dice defender la comunidad y los valores tradicionales y benéficos aparejados a ella, pero no duda en apoyar las políticas neoliberales que fragmentan la sociedad y potencian el individualismo egoísta y la competitividad deshumanizadora. Se cree baluarte del cristianismo y su tradición acumulada durante siglos, cuando en verdad constituye el máximo ejemplo de ideario anti-cristiano y contrario a una mínima concepción de la dignidad humana.

Algunos de sus representantes, incluso, se erigen en los más firmes defensores del liberalismo y el Estado de Derecho, cuando en sus acciones demuestran ser sus principales enemigos, pues no hay nada más alejado del pluralismo de valores liberal y de los derechos fundamentales que las categorías trasnochadas, nacionalistas y xenófobas de la ultraderecha. Desde los altavoces de sus nuevas posiciones de poder, políticos como Salvini intentan dar fundamento a su ideología mediante una preeminencia de lo colectivo (“los italianos primero”) que en el fondo, como el resto del andamiaje teórico que pretenden crear, es absolutamente falsa. Al apoyar las políticas que atentan contra los derechos sociales y el bienestar de la mayor parte del pueblo que dicen defender, condenan a éste a niveles cada vez mayores de desigualdad e injusticia. Sus concepciones cerradas de la soberanía también parten, además, de una contradicción flagrante, ya que no tienen reparo alguno en vender la riqueza de sus países y el trabajo de sus ciudadanos a un capital transnacional, parásito, que poco o nada entiende de fronteras.

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Tres graves anomalías de las Instituciones Penitenciarias (y el desprecio por el envilecimiento público)

Pretendo con estas breves reflexiones, poner de manifiesto tres anomalías del sistema penitenciario español (entre otras que podrían señalarse) en unas horas decisivas para las decisiones político jurídicas que se están adoptando.

Conviene recordar en estos días de conformación de un nuevo gobierno en España, algo que es en realidad una anomalía que parece haberse ido naturalizando y que convierte a España, por cuanto hace a sus instituciones penitenciarias, en algo digamos “especial”. Tanto en la tradición histórica española (desde su primer Código Penal de 1822 y su primera Ordenanza General de los Presidios del Reino en 1834) como, en general, en el orden internacional, siempre se ha situado a las instituciones penitenciarias en la órbita de los ministerios de Justicia, con el fin de que el mandato resocializador de las pernas privativas de libertad se ejecute con criterios de justicia estricta: formal y material. Pese a ello, desde hace ya algunos años en España, primero con una fusión de los ministerios de Justicia e Interior y luego tras su separación, la Administración Penitenciaria española, quedó sustraída del Ministerio de Justicia y pasó a Interior, hecho no menor y que ha merecido muy poca atención. Como en general es muy poca la que recibe el ámbito penitenciario casi siempre.

Semejante anomalía ha sido “legalizada” por virtud de las normas jurídicas necesarias para ello, mas, dicha operación no le resta, a mi juicio la gravedad de una medida de política penal (y penitenciaria) que, con mucha tensión, pretende acomodarse a la legalidad constitucional y al derecho internacional de los derechos humanos. Como digo, ahora que se conforma un nuevo ejecutivo en España, no está demás recordar esta cuestión que hace que sean los criterios más de orden y seguridad los que presidan el gobierno de las cárceles, que aquellos de carácter terapéutico, asistencial y de protección que deberían primar.

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El delito de autoadoctrinamiento o por qué deberíamos cuidar lo que leemos

Manifestación contra la Ley Mordaza convocada por las Marchas por la Dignidad. EFE

Como hace unos días se expuso ante el Parlamento Europeo, la libertad de expresión en España se está viendo seriamente amenazada. Tristemente, todos conocemos casos de personas condenadas, encarceladas o forzadas al exilio por haber ejercido este derecho. La punta de lanza de esta ofensiva contra nuestros derechos ha sido -con perdón de otros tipos penales también incompatibles con un Estado de Derecho- el delito de enaltecimiento del terrorismo. Este tipo penal se está usando para encarcelar a aquel que manifieste en público cierto discurso que, a ojos de la justicia, pueda ser considerado radical y, por tanto, intrínsecamente peligroso.

Sin embargo, acusar de enaltecimiento del terrorismo no es la única forma que tiene nuestro estado de encarcelar a quien considere un radical. Existe en nuestro código penal la posibilidad de condenar a penas de entre 2 y 5 años de prisión a todo aquel que acceda regularmente, o posea, contenidos que, como reza la ley: “estén dirigidos o resulten idóneos para incitar a la incorporación a una organización o grupo terrorista, o a colaborar con cualquiera de ellos o en sus fines”. Esta posibilidad de encuentra recogida en el artículo 575.2 del Código Penal, y se conoce como delito de autoadoctrinamiento terrorista.

El autoadoctrinamiento terrorista fue introducido en el Código Penal por la LO 2/2015, de 30 de marzo –sí, la misma reforma que creó un concepto de terrorismo tan amplio que estuvo a punto de usarse contra los CDR–, la cual fue fruto del "pacto antiyihadista" que firmaron los dos grandes partidos tras los atentados de Charlie Hebdo. La reforma del año 2015 continuaba la tendencia, ya seguida por sus predecesoras de 2000 y 2010, de llevar la intervención de la justicia cada vez más atrás en la cadena de causalidad que, se presupone, conduce a un atentado.

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Recuperar la polis

Al contrario de lo que se suele pensar, en la Antigua Grecia el término polis no se refería a la ciudad como concepto estático o delimitador de la urbe, sino a la comunidad política, al conjunto de ciudadanos que la comprendía. Por eso Tucídides habla de polis cuando se refiere a los atenienses lejos de su ciudad en el transcurso de la Guerra del Peloponeso, y por eso Aristóteles puede abstraerse de las ciudades-Estado concretas para explicarnos su Política.

La comunidad de ciudadanos depende, por tanto, no de las fronteras geográficas constituidas por la metafísica de la Historia, sino del compromiso continuo de sus componentes en “un vivir y hacer” juntos. Lo que Ortega denominó como “proyecto sugestivo de vida en común” o Renan, quizá con menos acierto, como plebiscito cotidiano, no son más que derivaciones de esa concepción dinámica del demos que está, o debería estar, en la base de nuestros sistemas políticos. Ahora bien, para que ese sustrato de esperanzas conjuntas y deseos compartidos pueda nutrir a la democracia, se hace necesario que el horizonte de posibilidades esté abierto y que la política pueda operar en él sin excesivas ataduras. Y esto es, precisamente, lo contrario de lo que ocurre en la actualidad de nuestras frágiles democracias constitucionales, constreñidas por factores externos e internos de diversa naturaleza que impiden, al tiempo, poder desplegar una mínima autonomía de la política.

En primer lugar, nunca como hasta ahora las interdependencias globales habían sido tan fuertes y decisivas, sobre todo las económicas. Ante nuestros ojos hemos visto cómo Estados soberanos se amilanaban frente al poder aparentemente omnímodo de los “mercados” y los poderes financieros. El caso paradigmático de la rendición griega nos ilustra a la perfección, además, la nueva forma de operar conjunta que tienen las instituciones supranacionales ( troika, etc...) y el capital transnacional, que al aunar sus fuerzas se erigen en un nuevo Leviatán sin límites ni escrúpulos. Y aunque no hay que obviar el papel activo que los propios Estados han desempeñado en la conformación de esas estructuras alejadas de la democracia, lo cierto y verdad es que una vez creadas y dotadas de independencia, éstas se convierten en elementos distorsionadores de cualquier concepción de autonomía política y democrática. El neoliberalismo, incrustado en la tecnocracia de las instituciones y organismos supranacionales, en los dictados aparentemente científicos en materia económica que los nuevos eforados imponen y en la propia articulación interdependiente de la comunidad internacional, se proyecta desde el exterior sobre los Estados y cierra el abanico de posibilidades en el que las políticas de distinto signo podrían desenvolverse. El There Is No Alternative de Margaret Thatcher institucionalizado al más alto nivel.

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