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El largo siglo XX y los socialdemócratas

Las políticas de shock de los últimos cuarenta años se han llevado por delante aquella histórica flexibilidad del capitalismo que le hacía invencible según los reformistas. 

El cambio de época pasa inexorablemente por la superación de la tradición socialdemócrata.

El historiador Eric Hobsbawm popularizó en su Historia del Siglo XX la idea de “el corto siglo XX”. Tal sería el que va de 1914 (inicio de la Primera Guerra Mundial) a 1991 (caída del bloque soviético). Tal siglo XX corto se dividiría en tres etapas bien definidas: de 1914 a 1945 (la Gran Guerra), de 1945 a los años 70 (una edad de oro del capitalismo) y un epílogo hasta la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. Esta última etapa comienza con la crisis del petróleo y la implantación de los postulados neoliberales que hacen que esa edad de oro (en la que las políticas socialdemócratas llevaron al capitalismo a años de crecimiento económico y estabilidad política) fuera sucedida por una época de desmantelamiento de políticas sociales y públicas con sucesivas crisis económicas compatibles con la victoria geopolítica sobre el bloque soviético.

Hobsbawm escribió su Historia del Siglo XX en 1994, tres años después de dar por amortizado el siglo. El derrumbe del bloque soviético supuso un estruendo tal que resultaba indiscutible que simbólicamente ése era el signo de un cambio de época, de siglo. Sin embargo, dos décadas después cabría enmendar la propuesta. Porque si bien es evidente que la caída del bloque soviético supuso un cambio absoluto en el mapa mundial, los rasgos de esa tercera etapa del siglo no sólo permanecieron vigentes sino que se extendieron y radicalizaron. Podríamos, pues, hablar de un “largo siglo XX” cuyo final acaso podamos estar viviendo estos años de gran crisis.

Esos años 70 que definen el mundo posterior a la crisis del petróleo son los de la implantación de las políticas neoliberales de la Escuela de Chicago. Su extensión (y su contenido) son perfectamente descritos en La Doctrina del Shock de Naomi Klein: desde el Chile de Pinochet al Reino Unido de Thatcher, pero también en la China del PCCh y en casi todos los países que formaron parte del Pacto de Varsovia. Desde ese punto de vista 1991 no termina con un ciclo histórico, sino que más bien supone su consolidación e incluso su radicalización. Las políticas antisociales y de recortes democráticos se impulsan estos años como las únicas posibles (there is no alternative) y eso sucede en gran parte porque los países que teóricamente suponían una alternativa sucumben y se convierten en vanguardia de esas políticas.

Más allá del protagonismo de Thatcher, Reagan, etc., el giro que se produce en los años 70 tiene como cooperadora necesaria a la tradición socialdemócrata. Que los conservadores impulsen las políticas que les son propias no es nada extraño. Que los partidos socialdemócratas (el PSF de Mitterrand, el PSOE de Felipe González en los primeros 80…) asumieran el modelo y, junto a los conservadores oficiales, construyeran una Europa de Maastricht sobre ese patrón fue decisivo para estrechar el cauce de lo posible.

La tradición socialdemócrata venía de poner en marcha sus políticas con un éxito del que supo sacar partido el poder económico: esa edad de oro del capitalismo que describe Hobsbawm supuso un gran crecimiento sostenido a partir de las políticas keynesianas. Y llama la atención que los datos macroeconómicos muestran que la Europa de aquellos años, mucho menos integrada que la actual, tendía a una cohesión económica y social muy superior a la que hay después con la UE. Pero eso no fue fruto de un enfrentamiento de los socialdemócratas al poder, sino de la funcionalidad de los partidos socialdemócratas para ese ciclo de prosperidad. A largo plazo eso fue letal para la tradición socialdemócrata.

La historia del capitalismo es la historia de su adaptación y rediseño. Tras la crisis del 29 renació con nuevas políticas, las keynesianas. En esos años 20 y 30, y fundamentalmente tras la Segunda Guerra Mundial, los socialdemócratas se convirtieron en funcionales, en uno de los dos pies del poder político al que habían sido oposición. Tras la crisis del 73 se dio por agotado el ciclo fordista y la tradición socialdemócrata asumió que en su ADN era más fuerte ser funcional al poder que la defensa de las políticas que la definieron. Tony Blair y la “tercera vía” de Anthony Giddens sólo vinieron a teorizar lo que llevaba lustros en marcha: la rendición de los partidos socialdemócratas a lo sustancial de las doctrinas de Chicago permitiéndose sólo diferencias en cuestiones de moralidad, libertades… nunca de modelo social y económico.

La crisis que empezó en 2008 es en buena medida la primera vez que el capitalismo no es capaz de afrontar una crisis de esta gravedad sustituyendo el modelo colapsado por uno nuevo. Esa adaptabilidad del capitalismo fue el gran argumento que a principios del siglo XX esgrimían los reformistas contra los revolucionarios: el capitalismo no colapsará porque su extrema flexibilidad y capacidad de adaptación le permitirán superar crisis tras crisis adoptando nuevas formas. Por primera vez ante una crisis profunda la respuesta no es un nuevo modelo de capitalismo, sino radicalizar el vigente: ante la crisis del neoliberalismo la receta han sido políticas de austeridad, recortes y privatizaciones, es decir, ante la podredumbre del caldo, dos tazas.

Esa misma extrema rigidez hace que hoy esa frontera entre reforma y revolución quede absolutamente diluida, puesto que el más tibio reformismo aparece como peligrosamente revolucionario. ¿Qué es ese socialismo del siglo XXI de América Latina salvo una aplicación en el sur de políticas económicas indistinguibles de las viejas recetas socialdemócratas? Se distingue por su rebeldía frente a los centros de poder mundiales, pero no por las políticas concretas. La tradición socialdemócrata se mantiene en su rol de partidos funcionales al poder (aun cuando éste adopta fórmulas sanguinarias y crueles con los pueblos). Y, mientras, las políticas socialdemócratas aparecen como indigestas al poder: son políticas incompatibles con esta Unión Europea y catalogadas de radicales y populistas que se combaten con hostilidades inéditas en nuestras “democracias”.

En este escenario la elección de Corbyn en el Partido Laborista británico e incluso la emergencia de un candidato como Sanders en el Partido Demócrata estadounidense pueden suponer una catástrofe para esa tradición socialdemócrata necesaria para mantener el orden vigente. Y, por tanto, una catástrofe para el cruel orden vigente: si cae una de las dos patas que lo sostienen cae el modelo. En otros países tenemos la obligación de debilitar esas patas por superación; mientras, probablemente en países con bipartidismos más perfeccionados (Reino Unido, EEUU) esa forma de entrismo sea demoledora si triunfa, que no lo tendrá nada fácil. Obviamente se toparán con los mismos enemigos ingentes que nuestras fuerzas emancipadoras… salvo que sean percibidos como inofensivos.

Las políticas de shock de los últimos cuarenta años se han llevado por delante aquella histórica flexibilidad del capitalismo que le hacía invencible según los reformistas. Hoy la rigidez del sistema nos lleva a entender que reforma es revolución. Esta rigidez supone una grave fragilidad que permite augurar que pase lo que pase la época abierta en los 70 sí está llegando a su fin y con ella un siglo XX largo, no por su duración (desde 1914 sólo han pasado 101 años) sino por lo eterna que se hace su agonía. El cambio de época pasa inexorablemente por la superación de la tradición socialdemócrata. Desde esa superación tocará medir fuerzas con las patas derechas del modelo para dilucidar en qué dirección arranca el siglo XXI. Iremos hacia un nuevo modelo de democracia libre y soberana o hacia modelos autoritarios y oligárquicos, eso no está escrito: es la dificilísima pelea que toca dar.

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