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¿La manzana de Blancanieves o el telar de Penélope?

Tradicionalmente la historia se ha escrito desde el poder, quedando en manos de unos pocos la decisión sobre cuál sea la verdad oficial que deba perdurar en la memoria.

Para lograr una transformación social que asiente las bases de una paz sólida y duradera es necesario huir de cualquier modelo de perpetuación del poder y orientar todos los esfuerzos hacia un modelo polifónico que permita la coexistencia de distintas voces.

Este artículo forma parte de una serie de la misma autora sobre la búsqueda de la paz positiva en el País Vasco. El primero puede consultarse aquí.

Es común querer ver la verdad como revestida de un halo de neutralidad. Una verdad única y objetiva separada del poder y no influenciable por éste. También existe una tendencia a entender la memoria colectiva y la historia como neutrales al fundarse en verdades categóricas. Para comprender el importante papel que juegan verdad, memoria e historia en la construcción de la paz conviene aproximarnos a estos conceptos como construcciones sociales. Es decir, discernir que la verdad no es única y que se genera a través de discursos que operan bajo bases de exclusión. En otras palabras, al promover una verdad se marginalizan y prohíben otras verdades que estén en competencia, creando un instrumento de exclusión. Y esto a su vez está muy relacionado con el poder. La verdad es uno de los mayores vehículos de expresión del poder, que a su vez se ejerce a través de la producción y diseminación de verdades. El caso de la historia es muy similar. Depende de quién la cuente y de cómo se interpreten los datos. Tradicionalmente, la historia se ha escrito desde el poder, quedando en manos de unos pocos la decisión de cuál era la verdad oficial que debía perdurar en la memoria colectiva de pueblos y culturas, y cómo debía ser narrada en los libros para ser transmitida a futuras generaciones.

Esta forma de construir la historia y de entender el saber reproduce las estructuras de dominación que dieron origen al conflicto, alejándose de la pazpositiva. Mantiene las divisiones sociales basadas en la bipartición excluyente entre un nosotros opuesto a un otro y que conlleva su deshumanización. Perpetúa el status quo que dio origen al conflicto y por lo tanto no rompe con el ciclo de la violencia, pudiendo resurgir en un futuro. Pero igualmente importante es no caer en la trampa del olvido. De proyectar un futuro desde cero, sin tener en cuenta nuestra herencia histórica y sin valorar los episodios violentos que han sacudido fuertemente a la sociedad. El olvido solo conduce a que el pasado resurja constantemente, como cerrar una herida en falso. España ha vivido esto en sus propias carnes, por lo que es nuestro deber no caer en este error dos veces. Somos testigos en la actualidad de las consecuencias de no proyectar un futuro basado en la memoria. Las heridas de la guerra civil y del franquismo permanecen y parece que tristemente lo único que las cerrará será el inexorable paso del tiempo.

A la larga, las narrativas colectivas que se construyen sobre el conflicto permean lo cotidiano integrándose en la familia, las memorias de las distintas comunidades, la cultura popular, la historia, la educación y los mitos colectivos avalados por líderes políticos y religiosos. Para lograr una transformación social que asiente las bases para una paz sólida y duradera es necesario huir de cualquier modelo de perpetuación del poder y orientar todos los esfuerzos hacia un modelo polifónico que permita la coexistencia de distintas voces. Construir una memoria inclusiva, que posibilite que distintas verdades, realidades y memorias individuales se entrecrucen y convivan. Es esencial proyectar un futuro en paz en el que todos puedan expresarse libremente y que integre en el espacio político las voces que antes se expresaban mediante la violencia. Es un ejercicio conjunto que requiere del esfuerzo de toda la sociedad para tejer y destejer las veces que sea necesaria esta memoria repleta de realidades y experiencias muy distintas desde unas bases éticas sólidas fundadas en el respeto. Es importante aceptar que aunque estas memorias puedan parecer contrarias, disonantes e incoherentes la belleza de lo que se teje está en su diversidad. La pregunta es, ¿conseguiremos huir de la apetitosa manzana envenenada de la paz de los vencedores para tejer esforzadamente una memoria inclusiva basada en la regeneración y la transformación social?

Análisis como el recientemente publicado Informe Foronda -sobre el impacto del terrorismo en la sociedad vasca- nos llevan a pensar que nos conducimos irremediablemente hacia una paz de los vencedores. No cabe duda de que el informe presenta nuevos datos que resultan de gran interés y que la denuncia que lleva a cabo sobre el olvido que sufrieron las víctimas no se puede dejar de tener en cuenta. Sin embargo, aunque el documento en su declaración de intenciones pretende imparcialidad y huir de la homogeneización de la visión sobre el pasado, la realidad es que se enmarca dentro de la narrativa predominante sobre el conflicto construida desde el poder, mostrando un único punto de vista. Limita la dimensión del conflicto a la puramente relacionada con el terrorismo, excluyendo del análisis otras víctimas fruto de los excesos policiales y, aunque menores en número, también merecedoras de ser tenidas en cuenta. Tampoco se hace mención alguna a la existencia de torturas. Al hablar del escaso apoyo y movilización social en repulsa del terrorismo por parte de la sociedad vasca durante la década de los setenta y ochenta, el informe adopta un tono de reproche y estigmatiza de forma genérica al conjunto de la sociedad vasca sin hacer ningún matiz. Pese a su intento de imparcialidad, el Informe Foronda hace un uso del lenguaje poco neutral posicionado en el discurso sobre el conflicto elaborado desde el poder.

Otro ejemplo de perpetuación de la memoria desde el poder es el proyecto para el Memorial de Víctimas del Terrorismo. Un proyecto que ha permanecido años en el fondo del cajón en algún despacho de Madrid hasta ser convenientemente desempolvado -casualmente tres años más tarde- en pleno año electoral y cuando el Gobierno de Rajoy afronta duras críticas por parte de las asociaciones de víctimas. El memorial, según ha sido formulado, presenta una memoria asimétrica al generar una clasificación discriminatoria de las víctimas en función de la violencia que las originó. Esta crítica no pretende la equiparación, pero sí que todas las víctimas se tengan en cuenta y encuentren su espacio en el memorial. No se puede olvidar tampoco a las víctimas de torturas o de excesos policiales, ya que también son víctimas de la violencia política. Es cierto que no se pueden utilizar unas violaciones de derechos humanos para justificar otras, pero tampoco se puede dejar de reconocer que tuvieron lugar, y sacar conclusiones.

Tampoco debemos caer en el pesimismo. No todas las iniciativas existentes están orientadas hacia una memoria e historia excluyentes. Existen numerosos proyectos que buscan salir de este camino como los encuentros restaurativos de la "vía Nanclares", la iniciativa Glencree o el informe sobre víctimas de vulneraciones de derechos humanos. Nuestro deber como ciudadanos es ser conscientes de que desde el poder se está librando una última batalla, la de la memoria, y debemos entender que esta forma de plantearlo tan solo perpetuará las divisiones. Para lograr un futuro que esté marcado por la coexistencia pacífica en el día a día es necesario ir más allá de las divisiones y generar espacios para el diálogo. En palabras de Nelson Mandela, “si quieres hacer la paz con tu enemigo, tienes que trabajar con él. Entonces se convierte en tu compañero” (El largo camino hacia la libertad).

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