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Las elecciones de Susana Underwood

La convocatoria anticipada de elecciones andaluzas responde a una estrategia de partido y a una hábil operación de la actual dirigencia española.

Los dirigentes del PSOE llamaban a sus socios "primos" en su doble acepción, por el parentesco ideológico, pero también por su ingenua propensión a ceder parcelas de poder.

Susana Díaz asegura que "el único tren" que va a coger "es el de Andalucía"

Susana Díaz, en un acto con candidatos socialistas a las elecciones municipales en Sevilla.

La convocatoria anticipada de las elecciones andaluzas constituye un brillante acto de estrategia. Ha permitido al PSOE tomar la iniciativa, obligando al resto de formaciones con aspiraciones de gobernar a cambiar el paso y adaptarse a su agenda. La excusa esgrimida para justificar la medida carece, sin embargo, de fundamento. La presidenta lleva demasiado tiempo amagando con elecciones anticipadas y reconociendo su deseo de desembarazarse de sus socios para gobernar en solitario. El anuncio de un posible referéndum entre las bases de IU el próximo mes de junio para ratificar, o rechazar, la continuidad del pacto de gobierno solo ha proporcionado el pretexto perfecto.

IU entró en el gobierno con la oposición de un tercio de su militancia. Dirigentes de peso defendieron la conveniencia de apoyar la investidura de Griñán, pero pasando a la oposición. Este sector crítico no solo no ha cambiado de parecer, sino que se ha confirmado en sus posiciones. Episodios como el de la Corrala Utopía, expresiones de gobernación unilateral, recortes en servicios públicos o las reiteradas negativas por parte de sus diputados a apoyar comisiones de investigación sobre los casos de corrupción del PSOE no han hecho más que endurecerlas.

La dirección de IU ha tratado de mitigar esta fractura interna. Pero la evidencia de que, a falta de apenas año y medio para concluir la legislatura, aún no se había aprobado la mayor parte de las leyes que daban justificación al pacto impedía nuevas muestras de pasividad. La presencia de Podemos, formación opuesta al pacto y destino razonable para muchos integrantes de ese ala crítica, lo impedía aún más. En este contexto, el ofrecimiento de un referéndum futuro parecía una medida sensata para calmar al sector crítico y, al tiempo, reforzar la posición negociadora de IU en el gobierno.

Si este futurible hubiera sido causa real de inestabilidad en el gobierno andaluz, quedaría demostrado que los dirigentes del PSOE no tenían la menor intención de cumplir lo pactado. Considerar una exigencia inadmisible, casi un chantaje, el reclamar la observancia de los acuerdos alcanzados revela una concepción muy particular, y deplorable, del ejercicio del poder. Cabría incluso sostener que el referéndum era del todo improcedente, pues, llegado el momento, lo que hubiera cumplido interponer era más bien un ultimátum, que ligase la permanencia en el gobierno a la tramitación inmediata de las leyes comprometidas. Además, una eventual salida de los miembros de IU el próximo verano por un resultado adverso en la consulta habría supuesto, no el fin de la legislatura, sino el paso a un gobierno en solitario del PSOE, cuya debilidad estaría por ver, y sería, en cualquier caso, la que hubiese prestado fundamento sólido a una convocatoria anticipada.

La hipotética propensión de los socios de IU a la desestabilización no se corresponde con la realidad interna de la Junta de Andalucía. Es conocido que los dirigentes del PSOE los llamaban «primos» en su doble acepción, por el parentesco ideológico, pero también por la impreparación clamorosa a la hora de reclamar puestos estratégicos de poder, copados todos por los cuadros socialistas sin la menor resistencia de sus socios. También es notoria la inclinación de Diego Valderas a aceptar todas las condiciones planteadas por sus socios.       

La excusa sobrevenida de que la ruptura se debe al ascenso de Alberto Garzón no merece siquiera comentario. Ha convertido la última declaración de la presidenta en su primera actuación de campaña.

La convocatoria anticipada responde más bien a una estrategia de partido, y también a una hábil operación de la actual dirigencia política, social y económica española. Es más que probable que en la decisión de convocar haya jugado un papel fundamental la próxima encuesta de invierno de la EGOPA. No es de extrañar que sus resultados hayan sido filtrados. Si, como es de prever, estos otorgan más de un 35% al PSOE, un relativo descenso a IU, una irrupción insuficiente a Podemos y una bajada sensible del PP, han podido, con razón, llevar a pensar que estamos ante la coyuntura electoral más favorable para el principal partido andaluz, pues semejantes resultados permitirían al PSOE gobernar en solitario, con eventuales apoyos del PP, justificados en la idea de «responsabilidad» frente a las exigencias «radicales» de IU y Podemos.

Semejante escenario reforzaría aún más la posición del PSOE andaluz en el seno del partido. Con Andalucía amarrada, sería ya una opción a plena disposición de la presidenta el presentarse a las primarias para la candidatura a las generales. Motivos de urgencia y necesidad para el partido le permitirían decantarse por esta opción sin coste alguno, porque se cifraría en ella la oportunidad del relanzamiento de su propia formación, algo que medios afines no han parado de sugerir, y que los resultados favorables en Andalucía vendrían a confirmar.

La convocatoria anticipada juega también un papel fundamental en la política nacional. Los resultados que arrojen las elecciones andaluzas serán determinantes para las citas ulteriores. Un desinfle en las expectativas de Podemos, una factura a IU por haber pactado, una ratificación masiva del liderazgo de Susana y un descenso solo relativo del PP interrumpirían abruptamente las ansias de cambio y darían un gran respiro a los partidarios del statu quo. Unos resultados de Podemos acordes con su presunta intención de voto, la conservación de IU, en un contexto de mayor competencia en el campo de la izquierda, de sus anteriores resultados, el descalabro incontestable del PP, la entrada en el Parlamento de Ciudadanos o UPyD y un mayor descenso del PSOE afianzarían, sin embargo, el escenario de transformación política de España. Estos cálculos no se los ha hecho solo el ciudadano de a pie. Entran dentro de los pronósticos de los centros de poder. Y la posibilidad razonable de que se produzca la primera coyuntura explica la convocatoria anticipada.

Al estilo del maquiavélico protagonista de House of Cards, Susana Díaz ha activado con ello una estrategia arriesgada pero certera para las posiciones que defiende. En materia territorial y socioeconómica representa al sector moderado, incluso escorado a la derecha, de su partido. No es un secreto que tiene el apoyo de algunos de los puntales fundamentales de régimen vigente. Parte además de una clara posición de ventaja. La despótica destitución de los consejeros de IU sustraerá a esta formación la capacidad de utilizar recursos informativos valiosos para la campaña. Su suelo de votos es notablemente alto. Se calcula que la «administración paralela» de la Junta asciende a unos 25.000 empleados que no han conocido un proceso contrastado de acceso a su puesto. A ello deben sumarse las redes clientelares nutridas desde ayuntamientos y diputaciones controlados por el partido. Si la cifra se amplía con los vínculos de solidaridad familiar que inspiran el voto, se alcanzan varios centenares de miles en un contexto de participación de apenas cuatro millones de votantes.

La presidenta es, por cierto, la mayor experta en populismo. La imagen que viene tratando de construirse coincide con la de una joven de procedencia humilde y trabajadora, devota de las tradiciones populares andaluzas, de los toros a la Semana Santa, y sencilla en gestos y expresiones. Resulta verosímil en su intento de mostrarse concernida por los problemas acuciantes que atraviesan muchos andaluces. Transmite una disposición constante a una suerte de protección maternal de su tierra, evitando cualquiera arista de confrontación con sectores poderosos. A su silueta moderada, y con el fin de reinventar su lastre de ser solo una apparatchik, añade la imagen de una política de raza, que sabe hablar en público sin papeles, y con una capacidad indiscutible de mando, virtud valiosa en tiempos de reclamación de liderazgos fuertes.

Está por ver que pueda capitalizar estas ventajas, logrando que las emociones se sobrepongan a ciertas evidencias incontestables. Justo en el momento en que la clase política sufre su mayor descrédito, no tiene más trayectoria que la de ser una profesional de partido. Ha ocupado puestos centrales durante la época en que se verificaron los casos de corrupción hoy en los juzgados. A duras penas puede ocultar la situación penosa que atraviesa la sanidad andaluza, con personal en precario y saturado de obligaciones, todo consecuencia de ser la comunidad autónoma con menor porcentaje de gasto en salud. No se encuentra en mejores condiciones la educación. Las cifras de paro alcanzan niveles escandalosos. Y todo ello se da en un contexto de mantenimiento casi incólume de un mastodóntico aparato clientelar, que comprende no solo a «colocados» sino a toda una trama empresarial y asociativa que no factura más que a la administración autonómica.

IU podrá blandir los logros alcanzados por sus consejerías más activas y por su presencia en el gobierno. La política antidesahucios, que ha cosechado más esperanzas que resultados efectivos. La erradicación, en el capítulo de inversiones, de la fórmula de la «colaboración público-privada» para la construcción de infraestructuras, ideada por Griñán y que multiplicaba por cuatro su coste para la administración. La destitución de 42 directivos de la Empresa Pública del Suelo, que en tiempos del PSOE llegó a tener 107 para una plantilla de apenas 600. La exigencia, para apoyar los Presupuestos en vigor, de pasar a todo el personal sanitario eventual con dedicación permanente a un 100% de jornada y salario, en lugar del 75% que venía padeciendo. O las propias leyes que la ruptura arruinará, como la de defensa de los prestatarios de la banca, la integral de agricultura, la de memoria democrática, la de participación, la de creación de una banca pública, la de renta básica o la de garantía de los suministros.

Pero IU lo tendrá sumamente complicado. La presencia de Podemos elimina todo horizonte de conversión en un partido mayoritario. Su máxima aspiración hoy solo puede ser la de constituirse en ala izquierda de un gobierno plural de cambio. La coalición dista de estar liberada de las rémoras de aparato, mediocridad, sectarismo y apoltronamiento que lastran su credibilidad. El propio pacto con el PSOE ha dañado ya su flanco izquierdo. La aqueja además una incapacidad para ir más allá de su base tradicional de adeptos, aunque quizá este gravamen pueda compensarlo su futuro candidato. A diferencia de Díaz, Maíllo se distingue por contar con una solvente trayectoria profesional fuera de la política. Su candidatura puede resentirse por no resultar lo suficientemente conocido, pero conecta más con la clase media ilustrada y progresista, colocada a la izquierda del PSOE, de lo que puede hacerlo el resto de los dirigentes de la coalición, de perfil más duro, e incluso el futuro candidato de Podemos.

Como en todo el ciclo electoral de 2015, la clave radicará en esta formación. De la intensidad de su irrupción en el Parlamento andaluz dependerá la fortaleza proporcional del PSOE. La constitución de los círculos locales no ha puesto en cabeza a líderes brillantes y ha significado la entrada de discursos contraproducentes. La posible candidata, Teresa Rodríguez, puede explotar su andalucismo integral como medio para granjearse las simpatías populares, y enarbolar su inequívoco compromiso histórico con los sectores azotados por la crisis, pero su reconocida trayectoria de activista de izquierdas, con sus notorias alianzas sindicales, quiebran un tanto la estrategia oficial podemista de refractar realismo, moderación y «sentido común». Hasta podrían eclipsar injustamente un proyecto de verdadero interés para la región, que quizá tendría la oportunidad de suscitar más adhesiones de ser encabezado por Sergio Pascual, poseedor de las dotes dialécticas y de liderazgo que forman uno de los mejores capitales de Podemos.

El próximo 22 de marzo los andaluces elegirán entre dos opciones. Podrán otorgar una mayoría holgada al PSOE, concediéndole de nuevo el control hegemónico de la administración autonómica, apostando con ello por la continuidad de la actual situación regional y nacional. O podrán obligarlo a entenderse, en pie de igualdad, con las dos fuerzas restantes a su izquierda para llevar a cabo transformaciones sustantivas, obligación que solo podría eludir apoyándose de forma suicida en el PP andaluz. Si nuestra realidad la escribiesen los guionistas de House of Cards darían una victoria incontestable a la arriesgada estrategia de Susana Underwood, pero esta historia la escribirán los andaluces con su voto.  

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