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Lucha de historias, lucha de memorias

El último libro del imprescindible historiador Francisco Espinosa compone un valioso testimonio del combate presente por la memoria democrática

Los años transcurridos de este siglo de han caracterizado en España por el esforzado intento de recuperación de una memoria histórica de signo democrático frente a la impunidad del sanguinario golpe de Estado y la no menos criminal dictadura del franquismo, así como frente al empeño de olvido y alarde de injusticia de casi todos los gobiernos, sin acepción de partidos, que se han sucedido en España desde el fenecimiento del régimen no constitucional. Excepción fue el primer Gobierno Zapatero, que cedió en todo lo sustancial. Ni asumió la responsabilidad del Estado ni abrió el acceso a la justicia.

Lucha de historias, Lucha de memorias. España 2002-2015 es una colección de escritos dedicados a dicha historia de presente. Se deben a Francisco Espinosa, autor que se singulariza por ser a un tiempo historiador, testigo y actor de tal intento de recuperación de historia y de memoria, un intento fallido finalmente o al menos hasta el momento. Mas Espinosa no se deja en absoluto vencer por la melancolía. Persiste en esas luchas de su nuevo título, por la historia solvente y por la memoria democrática.

Comienza siendo lucha por las palabras. A mediados de los noventa, Espinosa publicó su primer libro, La Guerra Civil en Huelva, dándose cuenta sobre la marcha de lo inapropiado del título. Según el resultado de su propia investigación, ahí, en Huelva, no había habido guerra civil, sino golpe militar y plan de exterminio. Guerra en rigor no hubo prácticamente en media España, desde Galicia hasta Andalucía. Conscientes de que no contaban con apoyo popular, los golpistas tenían previsto y pusieron en práctica un plan terrorista mediante torturas y asesinatos selectivos y aleatorios, acompañado de todo tipo de despojos, de una envergadura absolutamente inédita en toda la historia española. ¿Merece esto el nombre de guerra civil? Así comenzó para Espinosa la lucha contra unas palabras y a favor de otras.

Persiste en ella porque estamos todavía en tiempos, quién lo diría, en los que hay que luchar por lo evidente. Memoria es palabra que también requiere investigación y promoción. Para Espinosa el sentido es doble y complementario. Aquí y ahora, memoria histórica es la contribución de la historiografía profesional al esclarecimiento de responsabilidades en la destrucción, hace casi ochenta años, de la democracia española representada por la Segunda República. Memoria histórica, aquí y ahora, es también la suma de memorias individuales y colectivas de quienes sufrieron en carne propia o de la familia, allegados y correligionarios la destrucción sanguinaria y su institucionalización de larga duración, en cuanto a impunidad hasta hoy, por obra del régimen franquista. Han de ser memorias interactivas. A la hora de la verdad, queda claro para Espinosa que la más importante es la segunda, la memoria ciudadana por sí misma y por la socialización de la memoria historiográfica con la que procede que interactúe.

La memoria histórica de signo democrático tiene sus enemigos jurados no solo en los sectores por donde cabe esperárseles, los neofranquistas de toda laya, confesos y furtivos, sino también en medios que presumen de demócratas. Espinosa se enfrenta a ellos con todo el bagaje de sus investigaciones y lecturas. Tras haberse ocupado de la historiografía neofranquista, cuida finalmente la selección de sus objetivos. Pretiriendo a sicofantes y charlatanes, su crítica acaba centrándose especialmente en las posiciones de un Santos Juliá, demócrata militante donde los haya. Por esto es más representativo y el debate de sus posiciones, más relevante. Dicho historiador profesional y politólogo aficionado representa por excelencia y contumacia un triple negacionismo. Niega la memoria hasta tres veces. Encima derrama desprecio y displicencia a dos bandas.

Juliá niega la conveniencia de seguir investigando la represión franquista con la pretensión de que ya estamos saturados. Juliá niega la pertinencia de la memoria histórica de signo democrático con la falacia de que la facultad de recordar es algo individual, propio de personas y no de colectividades. Juliá niega que exista una justicia pendiente de cara a la impunidad franquista con el argumento no menos inconsistente de que la amnistía preconstitucional implicó su renuncia pese cuanto pese a la Constitución misma. Juliá desprecia los testimonios y las aspiraciones de las víctimas y de sus descendientes. Como investigador, Juliá también es representativo por carecer de la responsabilidad que habría de hacerle debatir con quienes le critican seriamente. También a éstos resulta que les desprecia. Espinosa, y no Juliá, frecuenta los archivos.

Juliá niega la conveniencia de seguir investigando la represión franquista con la pretensión de que ya estamos saturados

Espinosa lo lleva bien desde un comienzo. Lo primero que se propuso fue investigar el golpe de Estado, cruento como pocos, de Queipo de Llano haciéndose con la Segunda División militar en Sevilla. A mediados de los años setenta, recién licenciado, presentó el proyecto como trabajo de tesis en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, donde no se lo aceptaron, al tiempo que se ponían investigaciones sobre la República y su agonía en manos de meritorios más fiables para quienes le rechazaban. A él se le adujo que cuarenta años son pocos para tener perspectiva histórica respecto a unos acontecimientos de tal calibre. Espinosa se ha resarcido con creces. He ahí su trilogía de la represión: La Justicia de Queipo. Violencia selectiva y terror fascista en la II División en 1936. Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba, Málaga y Badajoz; La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz, y Masacre. La represión franquista en Villafranca de los Barros, 1936-1945. Ya se ve cómo ha venido a afinar realmente en los títulos.

Aquel rechazo de la Universidad de Sevilla hoy resulta una ironía. Espinosa no sólo se adentró en dicha investigación con la perspectiva de los años transcurridos, sino que también ha venido a ocuparse de historia de presente, de una historia que él mismo, participando, está viviendo. Y lo hace sin pérdida de perspectiva. La principal manifestación se encuentra ahora en esta recopilación de Lucha de historias. Se trata del capítulo La justicia española, Baltasar Garzón y los crímenes franquistas. Inédito en castellano con anterioridad, procede de la edición inglesa, puesta al día, de su Callar al mensajero. La represión franquista entre la libertad de información y el derecho al honor. Es la pieza clave para entender por qué hablo de Francisco Espinosa no tan sólo como historiador, sino también como actor de una historia viva. Sin pretender protagonismo, refleja su participación desaprovechada en el intento judicial de abrir a las víctimas del franquismo y sus descendientes acceso a la justicia.

Callaral mensajero es un título singular en la obra de Espinosa. Aunque sea historiador sin estudios jurídicos, ofrece bajo este título una obra del máximo interés para el derecho constitucional y su papel en la transición española. La Constitución sitúa el derecho al honor, franquista por supuesto, por encima de las libertades de información, de comunicación, literaria, artística y científica, de todo ello. Estudiando casos judiciales, a los que luego añadiría el referido y más sonado de la inhabilitación del juez Garzón, Espinosa muestra hasta qué punto la prevalencia del honor tuvo un efecto disuasorio sobre todo tipo de investigaciones, la historiográfica incluida, acerca de la criminalidad y la impunidad franquistas, ese efecto que los santosjuliás siguen negándose a reconocer. Callar al mensajero lo tengo y recomiendo como un libro esencial para introducirse en el conocimiento de los mecanismos puestos en juego para blindar los crímenes franquistas frente a la política y la justicia de tiempo constitucional; dicho de otro modo, para imponer discretamente un plan de olvido.

Lucha de historias está dedicado a Josep Fontana, Paul Preston, Ricardo Robledo, Ángel Viñas, Alberto Reig Tapia y Francisco Moreno Gómez, quien además prologa. Podrían añadirse desde luego más nombres para mostrar que el empeño historiográfico y ciudadano de Francisco Espinosa no está solo ni se desarrolla en un vacío. Pero a la vista está que todos los nombres resultan insuficientes. La historiografía neofranquista reciclada resiste en el mercado y la enseñanza. Aquella otra que modela equidistancias políticas e ingenia coartadas intelectuales para seguir tapando vergüenzas del golpe militar y el régimen dictatorial franquistas anda crecida. El negacionismo del exterminio impera. Entretanto, el Valle de los Caídos se mantiene enhiesto como el más insultante de los monumentos a la más monumental de las impunidades.

Vergüenza se sentirá más generalizadamente algún día por la complicidad institucionalizada del sistema constitucional con los crímenes de la dictadura. Lucha de historias, Luchas de memorias será entonces testimonio de cargo concluyente.

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