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El momento "Tom Cruise"

La abogada y profesora Bonita Meyersfeld escribe hoy en el espacio de Wolfgang Kaleck, narrando su visión y experiencia como abogada comprometida con la defensa de los derechos humanos.

Desde el inicio, este espacio estaba planeado para dar cabida en él también a colegas a quienes estoy agradecido por la gran inspiración y motivación que he recibido de ellos. Hoy escribe Bonita Meyersfeld, profesora en la Universidad de Witwatersrand de Johannesburgo, Suráfrica. Bonita Meyersfeld se dedica a la investigación y a la docencia en el área de los derechos humanos y ha fundado la asociación “Lawyers against Abuse”.

Cuando vi por primera vez “Algunos hombres buenos”, protagonizada por Tom Cruise, yo era una joven abogada. Me encantó la película y su mensaje: nadie está por encima de la ley. Muchos años más tarde volví a verla y me impresionó la gran defensa que hace de la lucha por los derechos humanos y la justicia social.

En la parte final de la película, la cámara enfoca a Tom Cruise, un joven abogado, como en el libro, rebosante de talento y de pasión. Sintiéndose obligado a proseguir en su lucha incansable por la justicia, se viste con su uniforme de la Marina, entra en la sala de audiencias por primera vez y se enfrenta a la personificación del mal: Jack Nicholson, del cual Cruise recibe después la esperada confesión: “Maldita sea, usted tiene razón, he obedecido el Código Rojo”. En la última secuencia Tom Cruise mira a su alrededor en la soleada sala de audiencias con muebles de caoba, ahora vacía, la música aumenta de volumen y Cruise abandona el tribunal: el bien ha triunfado sobre el mal, ha sido el triunfo de la ley sobre todas las injusticias.

Todo joven que contemple ese momento querrá llegar a ser abogado. Es imposible que ese deseo no te invada en ese preciso instante. Naturalmente, no me refiero al deseo de ser un abogado cualquiera, sino al de ser un abogado de los desposeídos, un abogado defensor de los derechos humanos. Un abogado que ya en los primeros meses de ejercicio consiga una victoria que, realmente, es imposible (y que sea, además, tremendamente atractivo). Queremos llegar a ser ese abogado que vive el momento en que comprende que él puede cambiar el mundo en solitario.

Todos los abogados jóvenes de derechos humanos quieren experimentar ese momento “Tom Cruise”.

Pero, ¿existe siquiera? Nuestro trabajo a favor de los derechos humanos raramente, o nunca, aspira a conseguir un momento de victoria. Más bien se trata de una recolección fatigosa, constante, detallada, inacabable y banal de pruebas, de amontonar pilas de papeles para poder ver si ganamos el caso o perdemos la batalla. Es un trabajo difícil en el que apenas vemos alguna vez los frutos de nuestros esfuerzos, y si lo hacemos, entonces es posible que ganemos ante los tribunales, pero que sólo consigamos pocos cambios concretos en la vida de nuestro cliente.

¿Cómo medimos entonces el éxito?

Recientemente tuve el honor de estar presente en un encuentro de jóvenes abogados especializados en la defensa de los derechos humanos. Una abogada que se graduó hace poco me estuvo contando la frustración que siente en su trabajo a favor de los derechos humanos. Se quejaba de que en los seis meses que lleva en el oficio, aún no había podido dar solución a ninguno de los problemas de sus clientes.

Yo estaba asombrada: durante cientos de años ha habido personas que han dedicado su vida entera a conseguir cambios minúsculos. A menudo fallecieron antes de verlos. Esclavitud, apartheid, derechos de la infancia, derechos medioambientales. Todo el espectro de derechos fue llevado hacia delante pasito a pasito, como una piedra pesada, empujada durante generaciones por cientos de personas, y entre ellas, por muchos abogados en defensa de los derechos humanos. Y aquí teníamos a una abogada que quería lograr grandes cambios en seis meses.

Pero ella tenía razón: todos los que trabajamos en este ámbito deberíamos reclamar furiosa, impaciente y absolutamente que nos dejen hacer posible el cambio de verdad. No deberíamos ser conformistas ni contentarnos con la lentitud de la justicia o con obtener los derechos poco a poco. Pero deberíamos acordarnos siempre de que no trabajamos en solitario: trabajamos en una red de cientos de abogados, durante docenas de generaciones, que han promovido el avance de la justicia social paso a paso, solo a veces y en algunos lugares. Esta joven abogada, por ejemplo, nunca hubiera llegado a serlo si antes de ella no hubieran existido feministas que lucharon por los derechos de las mujeres también en la profesión de la abogacía.

Trabajamos por los derechos humanos porque queremos saber si podemos conseguir que haya cambios para alguien. Porque luchamos contra la miseria y la injusticia. Pero si sólo contemplamos los cambios obtenidos como una forma de medir nuestro propio éxito, entonces creo que abandonaríamos nuestra lucha.

Todos los abogados quieren su momento “Tom Cruise”. Pero no precisamente para medir su propio éxito. La mejor forma de ponderarlo es que un cliente tenga por fin la posibilidad de contarle su historia a alguien que le escucha. Los éxitos experimentados por un abogado de los derechos humanos tienen lugar también en el área privada: lo importante siempre son aquellos a quienes servimos y nos deberíamos medir con los ojos de nuestros clientes. El trabajo del abogado de derechos humanos nunca debería girar en torno al abogado mismo, sino en torno a la persona para la cual realizamos todo el trabajo.

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