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Los comunistas rusos, en el laberinto del Minotauro global

El autor examina la posición que en el presente ocupa el Partido Comunista ruso, las razones originarias de su declive, ubicadas en la peculiar y autoritaria desintegración de la URSS, y los motivos recientes de su actual parálisis, debida tanto a su inclinación nacionalista como a la eficaz gestión de Putin.

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Mañana se celebrará en Rusia, como en el resto del mundo (salvo Estados Unidos), el Primero de Mayo. En una fecha así, el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR) tendría mucho que decir: la desigualdad, la corrupción o la arbitrariedad institucional son problemas bien conocidos de la sociedad rusa. Sin embargo, el PCFR parece haber encallado electoral y socialmente.

El PCFR cuenta con 161.569 afiliados y 92 escaños en la Duma, donde es segunda fuerza. Aunque se encuentra a una enorme distancia de Rusia Unida (238 escaños y 2.073.772 de afiliados) e incluso por debajo en número de afiliados del Partido Liberal-Demócrata (LDPR) del populista Vladímir Zhirinovsky (235.651 miembros), estos datos, unidos a su implantación territorial (en 81 de los 85 sujetos federales de Rusia), lo convierten en la segunda fuerza de la Federación Rusa y la primera de la oposición parlamentaria. Los comunistas obtuvieron un 19,19% en las elecciones legislativas de 2011 (un aumento de 35 escaños y más de 7 puntos con respecto a los comicios anteriores), y más de un 20% en 44 sujetos federales. En el óblast de Novosibirsk quedó incluso a sólo tres puntos de Rusia Unida. En las elecciones presidenciales de 2012, el candidato del PCFR, Guennadi Ziugánov, quedó en segunda posición con el 17,2% de los votos. Los comunistas cuentan con dos alcaldías: la de Kimry (Tverskaya óblast, 46.753 habitantes), en manos de Roman Andréiev, y la de Novosibirsk (1.567.087 habitantes), que ocupa Anatoli Lotok.

Con todo, estos resultados quedan lejos de los obtenidos por el partido en las elecciones presidenciales de 1996 (32%) o el 2000 (29,2%), o las parlamentarias de 1995 (22,3% de votos, 157 escaños) y 1999 (24,29%, 113 escaños), en las que fue la primera fuerza. Y los pronósticos para el PCFR no son buenos. S u base de afiliados envejece, y su discurso en ocasiones nostálgico no atrae a una nueva generación que no tiene ya recuerdos de la Unión Soviética o que incluso nació tras su desintegración, lo que conduce en última instancia al PCFR a la falta de renovación generacional. Ziugánov, como Zhirinovski, lleva al frente el partido desde 1993, y su veteranía y edad (70 años) son vistas por muchos más como un lastre que como una ventaja. En 2012 el secretario general del PCFR hubo de desmentir los rumores de que había sufrido un ataque al corazón. Meses atrás, cuando el coordinador del Frente de Izquierdas (una coalición de fuerzas de izquierda, extraparlamentaria), Serguéi Udaltsov, anunció en una rueda de prensa conjunta que apoyaría la candidatura de Ziugánov a las presidenciales, se especuló con la posibilidad de que Udaltsov –más joven y con contacto directo con la protesta callejera– se convirtiese en un futuro próximo en su reemplazo. El arresto domiciliario del líder del Frente de Izquierdas meses después, acusado de organizar desórdenes, eliminó esa posibilidad por completo, si es que alguna vez fue tenida en consideración por la cúpula del PCFR.

Los comentaristas occidentales acostumbran a tachar al PCFR, como al resto de la oposición parlamentaria, de “leal oposición”, abundando así en el estereotipo de que los rusos tienen algo así como una tendencia irrefrenable hacia el autoritarismo. Las razones de la situación del PCFR, sin embargo, hay que buscarlas en otro lugar.

De las cenizas, en las cenizas

Para entender por qué el PCFR es rehén de una situación a la que ha contribuido hay que retroceder, al menos, hasta la desintegración de la Unión Soviética. El 23 de agosto de 1991, el presidente de la República Socialista Federativa de Rusia (RSFR), Borís Yeltsin, aprobó un decreto suspendiendo las actividades del PCUS en la RSFR; dos días después, el 25 de agosto, suspendía las actividades del partido y confiscaba sus propiedades; y el 6 de noviembre aprobaba el decreto que lo prohibía por completo. Diferentes corrientes del PCUS se constituyeron tras un congreso en 1993 en el actual PCFR, que se reclamó heredero de aquél. Fue entonces cuando Guennadi Ziugánov –un funcionario del PCUS que se había opuesto a la perestroika de Gorbachov– fue elegido su secretario general.

El PCFR consiguió, para sorpresa de los sepultureros del comunismo, convertirse rápidamente en el primer partido de la oposición. La terapia de shock neoliberal –con el desplome de la calidad de vida, el drástico aumento de las desigualdades sociales y el crimen, la desintegración del Estado y el incremento de las tensiones nacionales en la Federación– daba la razón y favorecía electoralmente a los comunistas. En 1996, y para evitar su victoria en las elecciones presidenciales contra el candidato favorecido por Occidente y los oligarcas, Borís Yeltsin, tanto EEUU como la Unión Europea decidieron obviar las graves irregularidades electorales que se cometieron. Ziugánov obtuvo finalmente un 40,7%, aunque hay quien asegura que realmente ganó aquellas elecciones.

Al mismo tiempo, durante la década de los noventa, el PCFR tuvo como principal rival político en la oposición a los nacionalistas, ayer como hoy sin una fuerza política que los aunase, pero que pescaban en los mismos caladeros de votantes, aprovechando, como siempre ha hecho la ultraderecha, las malas condiciones de vida y la desorientación ideológica inmediatamente posterior a la desintegración del campo socialista. El PCFR decidió que, para evitar su ascenso, como había ocurrido en los ochenta en Francia o Reino Unido a costa de los socialistas y laboristas, la mejor opción era atraerse a estos sectores con una “alianza patriótica” que, en ocasiones, llevó al partido incluso a cooperar con partidos nacionalistas y de Tercera Posición, de cuyo contacto los comunistas nunca se recuperaron del todo. Los intentos por interpretar la historia y los conflictos del país desde una perspectiva civilizatoria, y no de lucha de clases, son aún frecuentes en el PCFR, lo que lleva a muchos comentaristas a calificar al partido de “nacionalista de izquierdas” o incluso de “nacional-comunista”.

Con el cambio de siglo, el aumento del precio de los hidrocarburos y la reordenación del Estado ruso que realizó el nuevo presidente ruso, Vladímir Putin, y que incluyó la nacionalización parcial de sectores clave de la economía, aportando estabilidad y un aumento en la calidad de vida de muchos rusos, trastocó al PCFR, lo mismo que la nueva política exterior, que devolvió al país buena parte de la relevancia internacional que había perdido tras el desplome de la URSS y la era Yeltsin. Además, Putin cooptó elementos del discurso nostálgico del PCFR, restableciendo la música del himno de la URSS en el año 2000 o los desfiles militares del 9 de mayo, día de la victoria, a partir de 2008. Ello explica que, en lugar de Putin –cuya popularidad supera hoy el 85%, según el Centro Levada (independiente)–, el blanco de las campañas del PCFR sea una figura de segundo orden, el primer ministro ruso, Dmitri Medvédev, conocido por su cercanía con los sectores económicos neoliberales.

El partido que renació de sus cenizas se ve ahora envuelto de ellas. ¿Le espera al PCFR extinguirse lentamente como lo haría la luz de una vela? No necesariamente. Aunque oficialmente sigue declarándose marxista-leninista y utilizando simbología soviética, e incluso estalinista y nacionalista, el PCFR definió en su programa de 2008 como meta el “socialismo del siglo XXI” –un término de claras resonancias latinoamericanas– y ha expresado su interés por el socialismo de mercado chino, muestras de un todavía tímido intento por adaptarse a los nuevos tiempos. Si lo conseguirán o no, dependerá de los acontecimientos, pero mucho más de las decisiones de los propios dirigentes comunistas.

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