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El sistema funciona: por eso hay que cambiarlo

La creciente pérdida en calidad democrática, libertades públicas y derechos sociales es la mejor prueba de que el sistema capitalista funciona. Urge cambiarlo antes de que sea demasiado tarde.

En medio de un desastre generalizado, los números de la pobreza, la desocupación, la malnutrición infantil y la falta de esperanza de los jóvenes asombran en España y se unen a la corrupción desenfrenada. En este panorama desolador vemos a políticos y tertulianos cómplices del desastre afirmar, con caras de dignidad forzada, que el sistema funciona. Y tienen razón. Claro que funciona. Esto es el sistema.

El sistema consiste en desnaturalizar la democracia dejando las decisiones fundamentales que atañen a nuestras vidas en manos de la troika. Es la acumulación de riqueza de los ricos que aumentan sus fortunas obscenamente al mismo tiempo que el nivel de pobreza del resto de la gente alcanza cifras insoportables. Esto es el sistema y por supuesto que funciona. El sistema son las grandes empresas sobornando a políticos complacientes para ejercer su dominio. Y funciona mundialmente. El sistema son los empleos precarios con sueldos miserables para disminuir algo el número de parados. Son también los grandes inversores alterando el mercado de alimentos básicos en su favor mientras provocan el hambre y la muerte de millones de personas. ¿Quién puede decir que no funciona?

El sistema es la gente rescatando a los bancos y los bancos quedándose con las casas de la gente que no puede pagar las hipotecas por la crisis que causaron las grandes entidades financieras que, además, mantienen la deuda a la gente. ¿Funciona o no funciona? El sistema hace que muera un niño cada 5 segundos en el mundo de hambre o enfermedades curables, mientras un puñado de multimillonarios tiene más que 3.500 millones de pobres.

El sistema es Rajoy anunciando sin rubor medidas para combatir la corrupción, mientras se le caen los corruptos de los bolsillos. El sistema es poner todo el énfasis en los corruptos y esconder o disimular a los corruptores que son las grandes empresas, las que realmente mandan y deciden. El sistema es soportar una contaminación ambiental asfixiante y asistir al saqueo de la naturaleza "porque la economía no puede parar", como dijo George Bush. En el subterráneo del sistema los lobbistas y "nicolases" manejan los hilos de lo inconfesable sin que nadie les conozca.

Eso es el sistema y funciona, claro que funciona, y funcionaría de maravilla si no fuera por algunos que se empeñan en alterar el orden establecido. El sistema convierte todo en un negocio y se está apoderando de la sanidad, para que la salud de la gente sea también un gran negocio, y de la educación, para lucrar con el conocimiento e impedir que la mayoría pueda pensar con libertad. El sistema es ideal para las 20 personas más ricas de España que tienen más que 14 millones de los más pobres. Pregúntenle a esas 20 personas si el sistema funciona o no funciona.

El sistema se llama capitalismo neoliberal y para perpetuarse en el poder necesita que nadie haga olas y de tertulianos que convenzan a la gente de que esta es la realidad y de que fuera de esta realidad nada es posible. Necesita de economistas impecables con jerga enmarañada ex profeso para que nadie entienda nada y dejen bien claro, finalmente, que la libertad consiste en enriquecerse libremente a costa de los demás.

Necesita el sistema filósofos de buen pensamiento para que entendamos de una vez por todas que si estamos como estamos es por nuestra culpa, por no ser lo suficientemente rápidos en esta carrera que es la vida, donde solo los primeros reciben premio. Lo que no nos dicen esos filósofos bien pensantes es que los que llegan primero corren con coches de fórmula uno y a nosotros nos dan bicicletas con ruedas pinchadas, por las dudas. El sistema trabaja en la sombra elaborando un tratado de libre comercio entre EEUU y Europa para dejarlo todo “atado y bien atado”. El sistema, por último, y por si con todo eso no le alcanza, cuenta con la represión siempre dispuesta y lista para lo que sea necesario: leyes mordaza, palos, censura, difamación y una larga serie de artimañas aprendidas históricamente.

Sin embargo, hay situaciones, como la que vivimos, donde el sistema es tan alevoso, tan descarado, que ya no le alcanzan ni los economistas a su servicio, ni los tertulianos desaforados, ni los filósofos bien pensantes. Solo les queda la represión. Y ni por esas, con tantas grietas que tiene el sistema. Entonces surgen los afectados, los indignados, que son muchísimos, que salen a la calle a reclamar pacíficamente lo que les pertenece. Y se organizan y comprenden que la crisis no es tal, sino una estafa; que tener trabajo, vivienda, sanidad y educación públicas y, en general, una vida digna, no es vivir por encima de sus posibilidades, sino que se trata de derechos humanos y hasta están contenidos en la Constitución. Que la política no es solo para los políticos, sino para todos los ciudadanos, que todos debemos participar para hacer de la democracia una realidad y no en lo que la han convertido ahora. Que los que mandan deben mandar obedeciendo a la gente, no a los mercados. La gente deja de creer tantas mentiras y el cambio pasa a ser mas que una posibilidad una necesidad.

No obstante, jamás el poder cedió un milímetro alegremente y por eso existe la lucha de clases. No porque los pobres, los despojados, la hayan elegido, sino porque los poderosos se resistieron y se resisten a resignar sus privilegios. El sistema funciona muy bien para unos pocos. El desafío es construir un nuevo sistema que funcione para todos los que prefieren vivir en justicia y en auténtica democracia.

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