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La ultraderecha y la España olvidada

Si la izquierda no sale de sus círculos de autorreferencialidad urbanita corre el riesgo de perder el país que pretende gobernar y transformar

No vale quejarse posteriormente de aquellos que no nos votan cuando nunca, antes, han sido nuestro objeto de preocupación

Pueblo de Soria

En la "España vacía" vive gente, mucha gente, que no siente habitar en la nada sino en una tierra castigada por la dejadez del Estado Clara Roca

En los últimos tiempos ha recobrado cierto vigor el debate y la preocupación en torno a la mal llamada "España vacía", en torno a uno de los problemas más graves del país que refleja el abandono de regiones y zonas cada vez más grandes de nuestro territorio. La fórmula, acuñada por Sergio del Molino, ha tenido éxito tanto para poner el debate encima de la mesa como para dotarlo de un significante propio, único y muy plástico. Sin embargo, en la "España vacía" vive gente, mucha gente, que no siente habitar en la nada sino en una tierra castigada por la dejadez del Estado, de parte de la sociedad española y la hiperconcentración capitalista.

Existe una frontera porosa y simbólica que se agranda a pasos gigantescos entre las preocupaciones de las grandes ciudades y las del medio rural y que comienza por la propia consideración urbanita de este. Es rara la semana que no se publica un reportaje sobre aldeas en extinción, pueblitos con apenas vecinos o el retorno de una familia de neorrurales que ha decidido dedicarse al pastoreo, pero aunque loables tales descripciones, nuestro mundo rural es mucho más rico y complejo, y contiene además posibilidades de desarrollo endógeno que lo alejarían de cualquier beatus ille arcádico. Hay zonas en España que han estado siempre, desde tiempo inmemorial, muy poco pobladas por las características geográficas y ambientales, y otras que, por el contrario, han sufrido procesos vertiginosos de vaciamiento desde cotas demográficas relativamente altas. Para ambas se necesita, ya y urgentemente, un verdadero plan nacional, ambicioso, que corte de raíz la despoblación y articule el territorio. Para el segundo tipo de zonas, asimismo, se debería convertir en prioridad la revitalización de los pueblos y ciudades medianas que, lejos de aquella concepción inocentemente idílica, pueden vertebrar sus regiones de influencia para asentar a la población y para dotarla de prestaciones y servicios equiparables a los de las grandes ciudades. 

El problema de la despoblación, de la España olvidada, esconde además una variable política de especial relevancia en el contexto actual. Tenemos una parte del país que, por su olvido en infraestructuras, en inversiones y servicios, se siente menospreciada y maltratada. El clima de descontento en las zonas rurales es cada vez mayor, lo que abona el campo para que lógicas dicotómicas nacionalistas se asienten y canalicen la indignación. Estos días hemos visto cómo los trenes extremeños volvían a pararse en la oscuridad de la noche y de sus traviesas decimonónicas, pero también cómo Vox llenaba el Palacio de Congresos de Teruel. La posibilidad de que la ultraderecha se dirija con eficacia a los más olvidados del mundo rural viene además alentada, en su probabilidad de éxito, por la irrupción de los discursos nacionalistas que se retroalimentan y en los que la identificación rápida entre presuntas colectividades se basa en la pura estrategia identitaria y excluyente. Para evitar esta situación, creo que se deberían elaborar desde ya dos respuestas.

En primer lugar, se ha de partir del hecho de que las reivindicaciones de la España rural son justas y se deben a una acumulación secular de discriminaciones y disparidades territoriales. Hacen falta políticas decididas en materia de inversión, fiscalidad e infraestructuras, que cumplan con el mandato constitucional para los poderes públicos, hoy apenas recordado, de velar por "un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español". Ese equilibrio debe abandonar el "modelo AVE" de conexión entre grandes urbes con olvido total de los espacios intermedios, y ser hoy dirigido, además, a través del objetivo de la transición energética y del cambio de modelo productivo, pues ambas dimensiones tienen su máxima virtualidad en el aprovechamiento sostenible del medio rural y pueden potenciar sus posibilidades de desarrollo. La lucha contra la despoblación rural y por la vertebración del país ha de erigirse en una política prioritaria para los poderes públicos y en una cuestión de interés permanente.

En segundo lugar, las élites políticas y culturales españolas deberían dejar de mirar con desprecio o altanería a sus conciudadanos por el mero hecho de no habitar en las grandes ciudades y tener para ellos, y con ellos, un proyecto integral de país. La conciencia de los retos a los que nos debemos enfrentar y la interconexión en el medio rural son más intensas y fuertes de lo que aquellas élites creen. Las izquierdas necesitarían, en este sentido, abandonar el rechazo total que siguen mostrando al marco de adscripción simbólica de las gentes que habitan la España olvidada, hegemónico en su soledad dialéctica y en el que la inmensa mayoría de ciudadanos se sienten cómodos o, cuanto menos, indiferentes.

Disputar la idea de país y sus marcos simbólicos desde la conciencia de su diversidad no puede ser una quimera ante su injusta apropiación por parte de quienes nunca van a preocuparse de verdad por el medio rural. ¿Tanto cuesta que un partido progresista o de izquierdas abra su campaña electoral en un pueblo de 6000 habitantes? ¿Tanto cuesta elaborar un catálogo completo de propuestas para combatir la despoblación y mejorar la vida de los pueblos y pequeñas ciudades? Si la izquierda no sale de sus círculos de autorreferencialidad urbanita corre el riesgo de perder el país que pretende gobernar y transformar, y no, no vale quejarse posteriormente de aquellos que no nos votan cuando nunca, antes, han sido nuestro objeto de preocupación.

A pesar de lo que aparece en nuestras contaminadas televisiones, los "chalecos amarillos" franceses han sido y son una contestación de indignación que procede, mayoritariamente, de la Francia rural, de la Francia que también está en proceso de despoblación y que se siente menospreciada por las élites neoliberales de las ciudades. La paradoja tanto para la "España vacía" como para esta Francia en proceso de vaciamiento reside en que los partidos que quieren canalizar más eficazmente ese descontento son, precisamente, aquellos que no sólo no solucionarán los problemas que aquejan al medio rural, sino que los potenciarán.

Cualquier proceso de transformación económica, y el que necesita nuestro país olvidado lo es sin duda, precisa de una fuerte intervención del Estado y de un predominio de las decisiones políticas frente a las económicas, es decir, lo contrario de lo que propugnan los partidos de ultraderecha. Estos defienden en sus programas políticas abiertamente neoliberales que serían incapaces de dar una respuesta a los retos del mundo rural. La historia, en el caso español, se repetiría como farsa: el franquismo ya se erigió como portador de las esencias de una patria folclórica mancillada, pero fue el franquismo el que con sus falsas políticas desarrollistas acabó con la vida de nuestros pueblos, desvertebró el país, maltrató al mundo rural y condenó a generaciones y generaciones de españoles a la emigración y al éxodo. Demos, pues, una respuesta verdadera, fiable y eficaz a la cuestión rural, hagamos que la España olvidada deje de serlo, y cuidemos así no sólo de nuestro país, sino también de nuestra democracia.

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