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Las vergüenzas del fútbol argentino: los dos partidos que no debieron jugarse

Sindicatos de la Policía piden que Interior distinga a los agentes de la final entre River-Boca en Madrid

Hinchas de River junto a policías españoles en Madrid

Primera vergüenza 

El 25 de junio de 1978, Daniel Passarella recibía de manos del general Videla -jefe de la Junta Militar genocida que dirigía el país- la copa del mundo de fútbol después de derrotar en la final a Holanda por 3 a 1. A pocos cientos de metros del estadio de River Plate, donde se disputó la final, estaba la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), conocida por ser uno de los centros clandestinos de detención más terribles de la dictadura -de allí salieron los vuelos de la muerte- y que en ese momento se encontraba en plena actividad asesina. Incluso fue el lugar donde se organizó un centro de contra información para dar respuestas a la campaña internacional que intentaba impedir la realización del Campeonato Mundial en la Argentina. El país más beligerante en esta lucha por la dignidad del fútbol y en contra de la dictadura fue Francia, junto con Holanda, Italia, Gran Bretaña, Dinamarca, Suecia, España y Suiza. Ante las denuncias por violación de los derechos humanos la dictadura respondió con el slogan “Los argentinos somos derechos y humanos”, anticipándose en 40 años al ejercicio actual de la posverdad. Fue notoria la complicidad de la FIFA, bajo la dirección de Joao Havelange, en el necesario triunfo de Argentina para blanquear a la dictadura, así como lo fueron las enormes sospechas que generó el triunfo sobre Perú, tan abultado como imprescindible. Hay que destacar que Videla y Henry Kissinger visitaron el vestuario peruano instantes antes de comenzar el partido, donde le leyeron al plantel una carta del dictador de Perú, el general Fráncico Morales Bermúdez, condenado años después por su participación en el Plan Condor-, en la cual les hablaba de la hermandad argentino-peruana y que fue interpretada por los jugadores como una amenaza.

¿Cómo es posible que entrenador, jugadores y directivos aceptaran jugar ese Mundial y, sobre todo, recibir la copa de las manos manchadas de sangre de Videla? ¿Temieron por sus vidas si no lo jugaban o coincidían con la dictadura? ¿Cómo es posible que se siga contando ese Mundial como un gran éxito del país mientras este estaba en estado de excepción y era un gran campo de concentración?

Una copa que llena de vergüenza al fútbol argentino, que no debiera ocupar ningún lugar en las vitrinas ni en el corazón de los argentinos. 

Segunda vergüenza 

La final de la Copa Libertadores, equivalente a la Champions europea, ha juntado a los dos clubes más importantes de la Argentina, eternos rivales, luego de haber eliminado a sendos clubes brasileños. Por primera vez en la historia Boca Juniors y River Plate han disputado entre ellos el título de mejor club de América. Era la final soñada y temida por millones de hinchas argentinos que anhelaban obtener la victoria en un encuentro que no se repetirá seguramente en décadas y, al mismo tiempo, temían caer derrotados y ser motivo de la burla pública durante un tiempo que se asemejaría al infinito. El primer partido que se jugó en el estadio de Boca, la Bombonera, tuvo que ser postergado 24 horas por incidentes y terminó con un empate, lo cual dejaba todo por decidir en el partido de vuelta que se jugaría en el estadio de River, el Monumental.

El sábado 24 de noviembre -día de dicha confrontación- un grupo de hinchas de River atacó con piedras el autobús que transportaba a los jugadores de Boca y el gas pimienta que usó la policía se coló en el interior del vehículo, produciéndose heridos por las piedras e intoxicación entre los jugadores. En el estadio ya estaban instaladas 60.000 personas, pero, dadas las circunstancias y existiendo jugadores de Boca heridos, se decidió posponer el encuentro para el día siguiente. Finalmente, Boca pidió que se le diera por ganado el partido tal como había sucedido tiempo atrás en otro clásico, en el cual los hinchas de Boca rociaron con gas pimienta dentro del estadio a los jugadores de River y perdieron los puntos. River argumentó que el ataque había sido fuera del estadio, a 700 metros, y que la protección de los jugadores de Boca durante el trayecto correspondía al gobierno. Tenía razón. De hecho, el jefe del operativo de seguridad que organizó el gobierno renunció. River fue castigado a jugar el partido fuera de su estadio, perdiendo la ventaja cualitativa de hacerlo como local. 

Y entonces sucede lo insólito: la CONMEBOL (Confederación sudamericana de fútbol) decide que el partido se celebre fuera de Argentina y de América: ¡en el estadio del Real Madrid!, el 9 de diciembre. Pese a algunas protestas por parte de ambos clubes la decisión es aceptada por todas las instancias directivas, humillando así al país. Una copa que corresponde que sea disputada en América se va a jugar fuera de ella porque el país organizador no tiene los medios como para garantizar la seguridad de los jugadores y de los espectadores (hacer notar que en esos días se llevaba a cabo la reunión del G20 en Buenos Aires sin ningún problema de seguridad). La inventiva popular ya la empieza a llamar Copa Conquistadores de América, en vez de Copa Libertadores de América.

Esta decisión ha dejado en el camino la ilusión de la gente que iba a disfrutar de la competición en su estadio y ha puesto por los suelos el prestigio del futbol argentino y la capacidad del gobierno para garantizar la seguridad de un evento deportivo. De algún modo, Argentina se declaró incapaz y asumió calladamente el desplazamiento, inundando de vergüenza al país, de una vergüenza que no sienten sus dirigentes ni el gobierno de la Nación, pues no hicieron nada para evitar el desplazamiento. Claro está que lo sucedido no es una casualidad o el producto de una falta de recursos para garantizar la seguridad sino todo lo contrario. Vieron inmediatamente una enorme oportunidad para sus business y para la globalización cada vez mayor del fútbol, pues ya da igual donde se juegue puesto que los verdaderos espectadores/consumidores son los televidentes y los que van al campo no son más que el decorado necesario para mantener el espectáculo.

Bajo la excusa de impedir la violencia en el fútbol, castigando a los clubes que la encubren y sostienen, se esconde la pura ideología neoliberal, donde lo que prima son los ingresos que se puedan obtener sin tomar en cuenta la subjetividad de nadie. No les ha importado el daño a los aficionados, a los clubes, al fútbol como deporte o al país entero. No les ha importado robar este partido a la Argentina y situarla como un país subalterno, habitado, según ellos, por un pueblo violento e incontrolable, lo cual justifica muchas otras violencias ejercidas sobre él. En realidad, esto es lo que los propios gobernantes piensan de verdad y no es de extrañar, pues son ellos mismos quienes sumen en la desesperación con su política cotidiana al conjunto de la nación.

 

Sin-vergüenza 

Cuarenta años separan a estos dos partidos. Uno tuvo lugar bajo una dictadura asesina, en el estadio de River, donde “ganó” Argentina; el otro se ha disputado en Madrid, en el Santiago Bernabéu, con la anuencia y la complicidad de un gobierno argentino al límite de lo democrático y profundamente antipopular, cuya política económica ha despreciado y hundido a las clases populares.

Dos partidos que no debieron jugarse. Dos robos que no debieron haberse tolerado. Dos gobiernos que no debieron producirse.

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