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Cultura

ANÁLISIS

Javier Pradera: la eminencia gris de la Transición

Influyó muchísimo. Por ello fue temido, odiado y respetado. Como editor que fue repartiendo metralla de la buena en capas expansivas de lectores

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El presidente del gobierno, Felipe González, conversa en 1983 con los periodistas Javier Pradera y Roberto Cerecedo, y el juez Clemente Auger, durante el acto de entrega del I Premio de Periodismo Francisco Cerecedo que había recaído en el escritor Rafael Sánchez Ferlosio

El presidente del gobierno, Felipe González, conversa en 1983 con los periodistas Javier Pradera y Roberto Cerecedo, y el juez Clemente Auger, durante el acto de entrega del I Premio de Periodismo Francisco Cerecedo que había recaído en el escritor Rafael Sánchez Ferlosio EFE

¿Cómo llegó Jordi Gracia a descubrir el secreto de Javier Pradera? La respuesta a esta pregunta es el resumen de la trayectoria intelectual de mi amigo Gracia y en su último libro, desvelando el secreto de ese hombre escondido tras un interrogante, ha mostrado una de las claves para comprender la refundación de una cultura política democrática en España durante la segunda mitad del siglo XX. Este artículo pretende responder a esa pregunta inicial que se desdobla. ¿Cómo llegó el autor a descubrir el secreto? ¿Cuál era la clave que ese secreto escondía?

Fue en un tiempo muy lejano, en el año 1993, cuando Jordi Gracia (Barcelona, 1965) leyó su tesis doctoral titulada Estado y cultura. El corpus primario de su investigación, dirigida por el maestro de filólogos José-Carlos Mainer, era la prensa universitaria del primer franquismo. La hipótesis de partida la había diseminado Mainer mismo en Falange y literatura. Porque esas publicaciones se habían desarrollado en una paradójica rendija. Las revistas del obligatorio Sindicato Español Universitario disfrutaron de un cierto margen de libertad que algunos de sus colaboradores, inconformistas, aprovecharon para poner en marcha una tarea colectiva de corrosión del nacionalcatolicismo. A menudo empezaron esa demolición no desde postulados democráticos sino desde una radicalidad falangista frustrada. Este era el proceso olvidado que descubría la investigación de Gracia y ese resultado forzaba a replantear la explicación canónica de la vida intelectual en España durante la primera parte de la dictadura.

Fruto inmediato de su tesis fue una antología de artículos olvidados que habían visto la dudosa luz del día en aquella prensa del franquismo –la tituló Crónica de una deserción (1993)– y en 1996 la Universidad de Toulouse imprimió la adaptación de la tesis en forma de ensayo académico. Difícilmente Javier Pradera (1934-2011) podría haber sido uno de los autores seleccionados en la antología. Y no porque su peripecia no encajase con el retrato robot del joven que emergía tanto de la lectura del prólogo sesudo de Gracia como de la selección intencionada de los artículos. Pradera, en realidad, había sido como muchos de ellos. Era un joven de alta cuna que, a pesar de haberse socializado en la cúpula de la sociedad de la victoria, se había ido transformando en disidente rompiendo la inercia de su estirpe. Tanto el abuelo de Pradera, preboste del carlismo, como su padre fueron asesinados durante la Guerra Civil, pero la biografía que nacía con ese origen se cortocircuitó cuando se contrastó con otro: el nieto de Víctor Pradera fue encarcelado como antifranquista alborotador tras los mitificados Sucesos Universitarios de 1956.

Un alfil del activismo

Pero en la antología de esos universitarios del primer franquismo, Pradera no estaba. No estaba a pesar de ser alfil del activismo en las aulas de Madrid de la década de los 50. No estaba porque no consta que firmara ni un solo artículo ni un solo cuento en aquellas cabeceras. Y ese silencio, interpretado como el arranque de la parábola de su trayectoria completa, preludia la invisible influencia que siempre le gustaría ejercer. En el libro Estado y cultura Pradera sí que aparecía pero todavía poco, sólo a hurtadillas, diseminado en las retahílas de nombres que Gracia usaba para mostrar las redes de amistad, sintonía estética y afinidad ideológica donde poco a poco se sustanciaba un sistema cultural alternativo al oficial.

A diferencia de tantos académicos apoltronados, a quienes su investigación doctoral parece esposar la curiosidad de por vida, Gracia siguió desplegando la potencialidad del replanteamiento interpretativo elaborado en su tesis. La idea nuclear la ensanchó en La resistencia silenciosa (2004), llevando la reflexión desde los universitarios a los intelectuales que ganaron la guerra y que, después de haber impuesto una lógica tridentina y contrarrevolucionaria a la vida española, intentaron, con menor o mayor intensidad, "reanudar el ciclo de una modernidad que había perdido el uso de la razón".

En aquel libro, otra vez, Pradera no era más que un nombre. Aparecía dos o tres veces asociado al núcleo de emboscados Múgica, López Pacheco, Sánchez Dragó... – que en 1955 intentaron organizar un Congreso de Escritores Jóvenes a través del SEU. Pero entonces ya no tenían nada de falangistas sino que usaban al sindicato como tapadera al servicio de la estrategia de penetración en instituciones del Estado por la que había optado el Partido Comunista al abandonar la guerrilla como principal vía de combate. Eran rojos y quien los orientaba era el fascinante responsable clandestino de la célula: el camarada Federico Sánchez. Pradera, con la red de la élite madrileña registrada en el ADN, sabía que el hombre de la gabardina era Jorge Semprún Maura. Casi a la vez que se hizo militante comunista, Pradera había empezado a salir con Gabriela Sánchez Ferlosio –hija de uno de los principales ideólogos de Falange, hermana de Miguel y Rafael y cuñada de Carmen Martín Gaite, y que sería la madre de sus dos hijos.

La resistencia silenciosa, que ganó el Premio Anagrama de Ensayo, se presentó el 6 de junio del 2004 en el Círculo de Bellas Artes. El encargado de glosar el libro fue el escritor a quien estaba dedicado y que ya reventaba stocks con una novela que tenía como protagonista a Rafael Sánchez Mazas. Aquella noche Javier Cercas dijo cosas fundamentales sobre el ensayo. Hablando de uno de sus protagonistas –el falangista Dionisio Ridruejo que, reconvertido en socialdemócrata, también fue a la prisión esos días del 56– afirmó que era "un hombre a cuya estatura moral, literaria y política este país aún no ha hecho justicia". Gracia asumió el reto, que tendría la mejor concreción en la biografía La vida rescatada de Dionisio Ridruejo (2008), y de hecho Pradera, que estaba sentado entre el público, fue el insider que desde las bambalinas del poder cultural hizo posible el homenaje oficial que se tributó a Ridruejo finalmente. A propósito de la posición digamos deontológica en la que se situaba Gracia, Cercas afirmó que "sólo se puede combatir a fondo una actitud moral o un ideario político si se los comprende a fondo". Pradera no podía hacer otra cosa que asentir: la tesis doctoral que él escribió, pero no leyó, estaba dedicada precisamente a la deconstrucción del ideario falangista (se publicó en el 2014, póstumamente, con el título La mitología falangista). Y a propósito del autor, por si alguien lo dudaba (porque hay gente para todo), Cercas dijo que la obra era "una apología de la cultura liberal de la que surge nuestra democracia".

Evolución desde dentro del sistema

Que el discurso de Cercas le gustó a Pradera, pero mucho, es evidente. Al acabar el acto de presentación le robó literalmente las cuartillas de las manos para publicarlas en Claves de Razón Práctica al cabo un mes (y ahora pueden leerse reelaboradas, sea dicho entre paréntesis, en el misceláneo La verdad de Agamenón). Que la idea de fondo del libro la sintetizaba muy bien la última frase de Cercas, está claro también: la cultura política que hizo posible la Transición venía de esa evolución desde dentro del sistema. Entonces Gracia estaba firmemente convencido de ello, pero quizá ahora, después de haber pensado a fondo la trayectoria de Pradera –a quien conoció precisamente aquel día–, la matizaría. Porque pensar es cambiar, dijo Ridruejo. Y ese cambio a la hora de detectar las raíces del presente tal vez sea el interés principal historiográfico de un libro tan importante como esta densa biografía que es Javier Pradera o el poder izquierda: un replanteamiento de la hipótesis sobre cuándo que se produjo, de una manera efectiva, la reanudación del ciclo de la modernidad en España. Dicho de otra manera: el libro desarrolla una idea sobre cómo y cuándo se reconstituyó la cultura democrática, cuál era la propuesta para el país que planteaba y cuál fue la clase dirigente que la formuló y la transformó en acción política.

Hasta ahora el intento más ambicioso de explicar esta reconstitución fue un ensayo fallido: El cura y los mandarines de Gregorio Morán. Allí, de manera mistificadora y casi vengativa, el esquinado Morán defendía la idea acusadora que aquella reconstitución, en último término, había sido básicamente una impostura (como demostraría la derrota ilustrada de un Manuel Sacristán a quien Pradera –según me explicó el editor Xavier Folch- apodaba como "El Maestro"). Ahora Gracia, refutando de facto el gatillazo polemista de Morán, demuestra que fue precisamente a través del proceso de revisión autocrítica de una izquierda revolucionaria cuando se acabó compactando el proyecto cultural de una tradición regeneracionista refundada que llegó al poder el año 1982 con la victoria socialista. La eminencia gris de dicho tránsito, editando o dialogando con Semprún y Fernando Claudín, habría sido Pradera. A quién Pradera había querido orientar, como un Pigmalión exigente que iba de revolucionario a socialdemócrata y al fin tal vez a socialista liberal, habría sido a Felipe González.

Pradera empezó a frecuentar, fascinado, a Isidoro en 1972. Y como ha repetido su amigo juez Clemente Auger, Pradera "lo apostó todo a él políticamente": Ese él era Felipe y la apuesta era tan firme, que, primero, su apoyo explícito al sí en el referéndum de la OTAN lo apartó del lugar donde había ejercido su máxima influencia –jefe de opinión y editorialista del diario El País– y, segundo, probablemente la fidelidad al presidente fue el motivo secreto que lo llevó a esconder en el cajón el ensayo Corrupción y política, un libro de denuncia que habría sido un verdadero servicio público que se hubiera publicado cuando tocaba (y que solo pudimos leer, conmovidos por tanta lucidez, también póstumamente). Y es que la relación con González quizá sea la excepción que confirme la regla en la caracterización moral de Pradera. Porque aquello que siempre lo definió fue la alta capacidad analítica de la realidad donde la exigencia intelectual se transmutada en la rectitud civil –una caracterización que valdría también para Ridruejo, por cierto, cuya presencia y espíritu atraviesan toda la biografía.

Reunión maniaca con Carrillo

Esta capacidad analítica la puso muy pronto de largo, el año 1960, en el momento de despegue del desarrollismo, y en la controversia privada con Federico Sánchez. La destapó el malogrado Santos Juliá en el sobresaliente Camarada Javier Pradera. Pradera –un comunista a quien no le hacía falta desestalinizarse, un hombre emocionalmente duro que se supo siempre élite– no quería comulgar con ruedas de molino y sabía que la estrategia de ruptura revolucionaria a través de una huelga política había fracasado porque se había diseñado a partir de un diagnóstico impreciso de la sociedad española. Un Semprún canino lo respondió leyéndole la cartilla del dogmatismo. La firmeza con la que el joven resistió el embate, incluso la reunión maniaca a la que lo sometió Santiago Carrillo, eran la demostración de su libertad exigente. La demostró en el momento de transición entre el primer y el segundo franquismo. Del hilo de su argumento, en realidad, tirarían Claudín y Semprún mismo años después y esa controversia incluso se replicaría en la cárcel de Burgos, como desvela Enric Juliana en un libro a punto de imprimirse y que dará mucho de qué hablar.

Las dos grandes transiciones que vivía España durante la segunda mitad del siglo XX, tuvieron en Javier Pradera a uno de sus más perspicaces intérpretes. Fue gracias a esa exigencia, que prefería ocultar asumiendo tareas de responsabilidad en la dirección editorial (Fondo de Cultura Económica, Alianza, Siglo XXI), que habría actuado durante varias décadas como un catalizador de modernidad. Fue como editor que fue repartiendo metralla de la buena en capas expansivas de lectores para que les estallara el Moloch autoritario que había configurado su conciencia. Este es, de hecho, el relato que Gracia elaboró en la exposición Los papeles del cambio. Revolución, edición literaria y democracia (1968-1988) o que propuso en la recopilación de materiales inéditos y profesionales que es Javier Pradera. Itinerario de un editor (2017). Esta capacidad, al fin, es la que en la sombra brilló durante los años en que consiguió lo que más deseaba: influir.

Javier Pradera influyó muchísimo. Por ello fue temido, odiado y respetado. En especial durante los años como redactor esencial de los editoriales sobre política de El País –en cuya redacción disfrutaba de autoridad moral, donde era percibido por la propiedad como un útil contrapoder de la dirección de Juan Luís Cebrián-. Gracia se ha tragado todos los editoriales y, poniéndolos en contexto, ha descubierto no tanto el disco duro de la Transición sino más bien su más alta conciencia crítica.

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Una versión en catalán de este artículo fue publicada en la revista Política&Prosa

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