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Tibias reflexiones sobre ética periodística

Jonah Hill a punto de ser despedido del New York Times

Pedro Moral Martín

“Yo todavía creo que el periodismo tiene un valor. Y tiene una misión de servicio público. Y estoy convencido de que todavía habrá buenos lugares donde trabajen los periodistas y se haga buen periodismo”, así acababa David Simon una entrevista con Paula Corroto. Las grandes cabeceras deberían ser lugares de acogida donde todavía se trabaja el buen periodismo, lugares como The New York Times. Sin embargo, el famoso diario también tiene que hacer purgas. En el 2003, el periodista Michael Finkel cambió los datos a favor de la historia y llegó a inventar un testigo inexistente para su reportaje sobre la esclavitud en las plantaciones de cacao de África occidental. Finkel olvidó el valor de su profesión y lo echaron.

Poco después, en México, un tipo que había asesinado a su mujer y sus tres hijos y que después los había tirado a la costa de Oregón fue detenido mientras se hacía pasar por Michael Finkel. Estos sucesos son los que dan origen al filme dirigido por Rupert Goold e interpretado por Jonah Hill (Finkel) y James Franco (Christian Longo) titulado Una historia real. La película debería reflexionar sobre la identidad, sobre el asesinato y también sobre el rigor periodístico, y lo consigue, pero sólo a ratos.

Simon, creador de The Wire, una serie que unos cuantos colocan entre las mejores de la historia y que otros cuantos como Jorge Sánchez Cabezudo -director de Crematorio- reconocen en ella a la gran novela americana, siempre ha sido un apasionado del buen periodismo, del único periodismo posible. Ese que él hacía cuando compartía jornadas enteras con los policías de Baltimore, cuando les acompañaba al bar y cuando tenía amigos entre las filas de los buenos y también de los malos. La historia es importante, pero la utilidad social es el objetivo y para contar todo hay que verlo todo y conocerlos a todos.

David Simon vivió la última gran época de The Baltimore Sun antes de que fuera vendido a un gran grupo y el periodismo pasara de ser un servicio público para ser un producto rentable. Ante este panorama Simon se largó y apadrinado por HBO hizo The Wire. La quinta temporada, la última, se la dedicó a la profesión y a su antigua redacción. En este falso Baltimore Sun conviven todo tipo de periodistas, más o menos dotados y más o menos trabajadores que se rigen bajo las órdenes de un carismático editor llamado Gus Haynes. Y es en esta redacción donde aparece uno de los personajes más interesantes de toda la serie, Scott Templeton. El redactor que ama mal la profesión, que se obsesiona con las historias y olvida el rigor, la verdad y el único significado del periodismo. Templeton 'cocina' parcial o totalmente todas las noticias que escribe.  

Esto provoca un efecto mariposa en los acontecimientos de Baltimore pero también es una metáfora brillante que David Simon utiliza para ridiculizar el toque dickensiano que muchos periodistas deciden adoptar cuando se obsesionan con la historieta y crean una especie de aura literaria con la que rodean a los personajes de una noticia para convertirlos en memorables sin tener en cuenta las causas de sus desdichas. Todo lo contrario de lo que hace el creador de The Wire o Tréme, a las que dedica su profundo estudio de personajes reales, personajes que él mismo conoce -Little Omar sólo puede ser real, es demasiado bueno para que alguien se lo invente-, con el fin de analizar las causas que han llevado a toda una ciudad, o a toda una generación, a la debacle moral.  

Hay periodistas que como el personaje de Templenton o el Finkel que interpreta Jonah Hill acaban devorados por Dickens y se transforman en escritores obsesionados por el cuento, por los personajes, por la atmósfera, por su propio estilo... 

Entre Truman Capote y Stephen Glass

El nuevo periodismo consiguió combinar la literatura con la investigación periodística, las figuras alimentaban los textos de los corresponsales que vivían en primera mano el suceso. Compaginaban los elementos de la ficción con las herramientas periodísticas para ofrecer al lector un retrato más profundo, complejo y entretenido de los hechos. En Una historia real el Finkel interpretado por Jonah Hill ve la oportunidad de relanzar su carrera cuando un compañero le cuenta como el asesino Christian Longo ha usurpado su identidad al ser detenido en México.

Cuando por fin Finkel y Longo se encuentran, el thriller psicológico se desata y la ambición de ese desacreditado reportero del New York Time le empuja a pensar que ahí no hay un reportaje, sino un libro, su propio A sangre fría. Existe un paralelismo entre la relación que se estableció entre Truman Capote y Perry Smith y la que mantuvieron Finkel y Longo durante sus conversaciones. Motivado por el potencial de la historia que tenía entre manos, Finkel hace un trabajo de investigación muy superficial basado únicamente en su experiencia personal con el asesino. El libro que publica titulado True Story: Murder, Memoir, Mea Culpa (y en el que está basado esta película) es una exploración psicológica de Longo y de él mismo, pero apenas se adentra en el asesinato. De hecho Finkel llega a poner en duda la culpabilidad de Longo sin más pruebas que sus encuentros.

Finkel es consumido totalmente por el toque dickensiano. Pasa de ser Truman Capote a ser Stephen Glass, el periodista de The New Republic que se inventó la mitad de sus reportajes  y que Hayden Christensen interpreta en la maravillosa cinta (y también desconocidísima) El precio de la verdad. El periodista traicionado por su deseo de triunfar que viola la ética periodística sin ningún pudor. Poco de esto se refleja con claridad en la película de Rupert Goold, en la que existe una extraña carencia de dramatismo teniendo en cuenta todos los rasgos interesantes que nutren la historia real de Longo y Finkel. El ritmo irregular y la tensión intermitente de Una historia real dificulta al espectador disfrutar del todo la propuesta de este thriller que se salva gracias a un par de interpretaciones brillantes de dos actores en plena forma, Hill y Franco. Curiosamente, del mal periodismo de Finkel solo se ha conseguido extraer una mala ficción.

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